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Comentario

Mi propósito es comentar algunas de las opiniones vertidas en la entrevista realizada por el Sr. Carlos María Domínguez al Sr. José Pedro Barrán, publicada en el número 964 de “Búsqueda”, en la cual se presenta el nuevo libro de José Pedro Barrán: La espiritualización de la riqueza. Catolicismo y economía en Uruguay: 1730-1900. A continuación transcribo esas opiniones, seguidas de mis comentarios:

José Pedro Barrán: “La imagen que uno tenía de la teología católica era la de un mundo dual, en donde el espíritu es el bien, la virtud, y el mal es la carne, el pecado, la riqueza. Pero cuando comencé a ver cómo funcionaba…, me dije: Cómo se pueden trasegar bienes de la materia al espíritu y del espíritu a la materia si no se tiene una concepción de que en el fondo son lo mismo. Eso es lo que sostengo”.

Temo que José Pedro Barrán distorsiona gravemente la figura de la teología católica tanto en el punto de partida como en el punto de llegada de su investigación. José Pedro Barrán comienza su análisis creyendo que el catolicismo es un dualismo de tipo maniqueo. Pero ocurre que, a través de su larga historia, la Iglesia Católica ha rechazado constantemente el maniqueísmo (por ejemplo en el Concilio de Braga del año 561). La neta contraposición entre catolicismo y maniqueísmo resulta evidente tras un somero examen de algunas nociones básicas de la teología católica:

Creación: Todo lo que existe proviene del libre acto creador de Dios; y todo lo que Dios ha hecho es bueno (cfr. capítulo 1 del Génesis). A tal punto que los escolásticos dirán “ens et bonum convertuntur” (“el ser y el bien se identifican”).

Encarnación: El Hijo de Dios asumió una naturaleza humana real y completa, con un cuerpo verdadero (cfr. Concilio de Calcedonia, del año 451).

Pascua: Jesucristo nos redimió amándonos hasta el extremo en el sacrificio de la cruz, donde entregó su cuerpo, su sangre y su Espíritu.

Sacramentos: El misterio pascual se actualiza en los sacramentos de la Iglesia, signos visibles y eficaces del amor salvífico de Cristo.

Gracia: Según el clásico principio tomista, el don sobrenatural de la gracia de Dios no destruye ni sustituye a la naturaleza humana, sino que la perfecciona. Así la Alianza entre Dios y el hombre justificado surge del encuentro de dos libertades: La libertad de Dios que nos amó primero y en Jesucristo nos reveló su infinito amor; y la libertad del hombre que responde a esa revelación con la fe, adhiriéndose personalmente a Cristo, el Redentor.

Resurrección de la carne: El triunfo pascual de Cristo sobre el pecado y la muerte se consumará en la Parusía, cuando los muertos resucitarán con sus cuerpos.

Pero al final de su estudio José Pedro Barrán concluye que el catolicismo, en su teoría o en su praxis, supone alguna forma de monismo. La historia de la Iglesia Católica ilustra también su rechazo constante a las filosofías monistas, en todas sus variantes: panteísmo, materialismo, etc.

José Pedro Barrán: “El pueblo no concibe el sufrimiento espiritual porque no cree en el espíritu, nunca lo han percibido así, sólo cree en los sufrimientos materiales.”

Creo que José Pedro Barrán comete un serio error histórico al proyectar una concepción materialista (que quizás sea la suya) sobre el sentido de la fe del pueblo creyente. A la inversa de lo que sostiene José Pedro Barrán, podría decirse que el pueblo cristiano no cree en el materialismo porque vive en la evidencia de las realidades espirituales. Sólo la esperanza teologal es el fundamento firme del creyente sometido a la prueba del sufrimiento y de la muerte.

José Pedro Barrán: “Esa religiosidad que vive del dualismo y ha edificado una teología sobre la base de la condena de la mujer, la carnalidad y la riqueza, termina asediada por un mundo muy concreto, con una manera mágica de manipular a la divinidad. Porque cuando los integrantes del Cabildo de Montevideo mandan decir una rogativa para que llueva, no adoran a la divinidad, la usan pragmáticamente.

La teología católica:

No condena a la mujer, sino que llega incluso a presentar a una mujer (María) como la realización plena del designio de Dios sobre la persona humana.

No condena la carnalidad o corporeidad, que es parte de la naturaleza humana, sino el vicio de la lujuria.

No condena la riqueza, sino la idolatría del dinero y el vicio de la avaricia. Las bienaventuranzas evangélicas no son un elogio de la miseria, sino un llamado al desprendimiento, la disponibilidad, la generosidad y la humildad. Cristo libera al hombre de todas las esclavitudes, incluso la esclavitud de la riqueza.

Creo que, en el caso de la rogativa que manda decir el Cabildo, José Pedro Barrán incurre en un error de interpretación. La oración cristiana de petición no es una manipulación mágica de la divinidad, sino la palabra que el cristiano dirige a su Padre Dios presentándole con simplicidad sus necesidades, confiando en que Dios sabe mucho mejor que él que es lo que le conviene.

Carlos María Domínguez: Me cuesta creer que Ud. coloque la reforma moral antes que las condiciones históricas que marginaron el poder del clero.

Carlos María Domínguez: En la actualidad, el principio de solidaridad es la bandera agitada por toda la izquierda.

José Pedro Barrán: Claro, la Iglesia no le llama solidaridad, habla de caritas, pero en el fondo es lo mismo, la obligación con el semejante.

Parecería que Carlos María Domínguez parte de una concepción similar a la del axioma marxista que postula que la infraestructura económica determina la superestructura cultural. Una concepción de ese tipo implica la negación de la libertad y la responsabilidad del hombre y por tanto choca frontalmente contra la cosmovisión cristiana. Contra las ideologías que enseñan a sospechar de todo acto humano desinteresado y a buscar soterradas motivaciones egoístas en toda decisión, la Iglesia sostiene incansablemente que el amor existe, que es posible y saludable para el hombre “perder su vida” por amor a Dios y al prójimo. Caritas significa esta entrega radical de la persona a Dios, no una solidaridad de clase o un sentimiento difuso de unión con el género humano.

En resumen, no puedo dejar de suponer que el libro del Sr. Barrán, que sin duda ha de ser muy interesante, habría salido ganando en términos de objetividad si su autor hubiera profundizado su conocimiento del primero de los dos términos (catolicismo y economía) cuya relación analizó extensamente (342 páginas).