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Daniel Iglesias Grèzes

A modo de introducción a esta breve reflexión citaré algunos textos del Catecismo de la Iglesia Católica (CICa) sobre el año litúrgico.

El año litúrgico 
“La santa Madre Iglesia considera que es su deber celebrar la obra de salvación de su divino Esposo con un sagrado recuerdo, en días determinados a través del año. Cada semana, en el día que llamó `del Señor´, conmemora su resurrección, que una vez al año celebra también, junto con su santa pasión, en la máxima solemnidad de la Pascua. Además, en el ciclo del año desarrolla todo el misterio de Cristo… Al conmemorar así los misterios de la redención, abre la riqueza de las virtudes y los méritos de su Señor, de modo que se los hace presentes en cierto modo, durante todo tiempo, a los fieles para que los alcancen y se llenen de la gracia de la salvación.” (CICa, n. 1163).

“A partir del `Triduo pascual´, como de su fuente de luz, el tiempo nuevo de la resurrección llena todo el año litúrgico con su resplandor. De esta fuente, por todas partes, el año entero queda transfigurado por la Liturgia. Es realmente `año de gracia del Señor´. La economía de la salvación actúa en el marco del tiempo, pero desde su cumplimiento en la Pascua de Jesús y la efusión del Espíritu Santo, el fin de la historia es anticipado, como pregustado, y el Reino de Dios irrumpe en el tiempo de la humanidad.” (CICa, n. 1168).

“El año litúrgico es el desarrollo de los diversos aspectos del único misterio pascual. Esto vale muy particularmente para el ciclo de las fiestas en torno al misterio de la Encarnación (Anunciación, Navidad, Epifanía), que conmemoran el comienzo de nuestra salvación y nos comunican las primicias del misterio de Pascua.” (CICa, n. 1171).

El tiempo de Adviento

El año litúrgico comienza con el tiempo de Adviento, que abarca cuatro domingos y constituye la preparación inmediata para la gran fiesta de Navidad. El Adviento es un tiempo de esperanza, durante el cual los cristianos esperamos a Cristo, que vino, viene y vendrá.

Cristo vino: En el Adviento recordamos y celebramos la primera venida de Cristo, ocurrida históricamente hace dos mil años. Él es el Salvador anunciado por los profetas, el Mesías esperado por el pueblo de Israel durante muchos siglos. En Cristo se cumplieron sobradamente todas las promesas hechas por Dios en el tiempo de la Antigua Alianza. La venida del Salvador fue posible debido al sí de María a la voluntad de Dios. Ella también tuvo que esperar la venida de su hijo Jesús, durante los nueve meses en que lo llevó en su seno virginal.

Cristo viene: Jesús prometió a sus discípulos que estaría con ellos hasta el fin de los tiempos. Desde su Ascensión Él no está visiblemente con nosotros, pero nos dejó el Espíritu Santo, que habita en nosotros como en un templo, nos recuerda todas las enseñanzas de Jesús y nos guía hasta la verdad completa. Además Jesucristo se hace presente continuamente de muchas maneras en la vida de cada cristiano y de la Iglesia, particularmente por medio de la Sagrada Escritura y de los siete sacramentos, y sobre todo en la Sagrada Eucaristía, el gran sacramento del amor divino. Como el antiguo Israel, la Iglesia debe vivir poniendo su confianza en la Palabra de Dios; y, como María, el cristiano debe hacer siempre la voluntad de Dios: Así recibe en su corazón a Cristo, que viene a él cada día y lo transforma a semejanza Suya.

Cristo vendrá: Cristo vendrá de nuevo con gloria para juzgar a vivos y muertos y su Reino no tendrá fin. Creemos en la primera venida de Cristo y esperamos su segunda venida; y mientras esperamos la venida gloriosa de nuestro Redentor, debemos mantenernos siempre vigilantes y dar frutos de justicia y santidad. Así podemos esperar, confiando en la misericordia de nuestro Padre Dios, ser contados entre los elegidos en el día del juicio final.
En el Adviento, la meditación sobre el misterio de la encarnación de Dios eterno en la historia de los hombres nos impulsa a una progresiva apertura a la gracia de Cristo, que viene a nuestro encuentro cada día y nos prepara para el abrazo definitivo con Él en la gloria.

Jesucristo Rey del Universo 

Culminando el ciclo anual de las fiestas litúrgicas, en todo el mundo la Iglesia Católica celebra en el último domingo de dicho ciclo la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo. El aspecto del misterio de Cristo que se destaca en esta solemnidad es el expresado por estas palabras del Credo de Nicea-Constantinopla: “Y de nuevo vendrá con gloria, para juzgar a vivos y muertos, y su Reino no tendrá fin.”

Las lecturas bíblicas de las semanas previas a esta solemnidad nos guían paso a paso hacia la contemplación de nuestro encuentro definitivo con Cristo Resucitado, Fin de la historia, por quien todo será transfigurado y reconducido hasta Dios Padre. El Evangelio de la Misa de este domingo (Mateo 25,31-46) nos enseña que ese encuentro será también un juicio: Al final de nuestras vidas seremos examinados en el amor y entonces se pondrá de manifiesto si hemos permanecido fieles a Cristo, amando a Dios y a los hombres con el mismo amor de Cristo, que nos es regalado gratuitamente por Dios.

La Iglesia peregrina en la tierra vive en una situación paradójica: Está en el mundo, pero no es del mundo. Mientras espera y ansía la unión consumada con su Rey en la gloria, ella es actualmente el Reino de Cristo en germen, misteriosamente presente en el mundo, y vive y crece por el poder de Dios. Contra el secularismo exacerbado del mundo moderno, el cristiano ha de dar un testimonio permanente de la trascendencia de su esperanza en el Reino de Cristo, Reino de vida, verdad, justicia y paz.

Al final de esta breve reflexión, oremos a nuestro Padre celestial con las palabras de una de las oraciones de la Misa de la fiesta de Cristo Rey:

“Dios todopoderoso y eterno, que quisiste fundar todas las cosas en Tu Hijo muy amado, Rey del Universo, haz que toda la creación, liberada de la esclavitud del pecado, sirva a Tu majestad y Te glorifique sin fin.”