
Fragmento del cap. 13 del libro del R. P. Francisco J. Pose SDB, Siervo del Amor para el Uruguay. Mons. Jacinto Vera, Ed. Paulinas, Montevideo, 1981. El Siervo de Dios Mons. Jacinto Vera fue el primer Obispo del Uruguay. Con él la Banda Oriental dejó de depender en lo eclesial del Obispo de Buenos Aires. Evangelizador incansable y reorganizador de la Iglesia uruguaya tras las luchas independentistas, muerto en fama de santidad, ha sido introducida ya hace un tiempo su causa de beatificación.
Lo esencial no es el éxito, sino la fidelidad a Cristo
Que los hombres nos tengan por servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que se exige de los administradores es que sean fieles. 1 Corintios 4,1-2.
La infausta nueva del fallecimiento del Santo Obispo suscita general pesar manifestado en espontáneas demostraciones de duelo, a lo largo y ancho del país, sin distinción de ideas. Pueblo y Gobierno se apresuran a decretarle y discernirle los más altos honores fúnebres. Así es como, día y noche miles de personas —que dicen deberle algún favor— acompañan el cadáver del esclarecido Pastor desde Pan de Azúcar a Pando, de Pando a Toledo, de aquí al templo del Cordón en cuya sacristía es embalsamado el cuerpo. El corazón queda en dicha Iglesia, y el cuerpo es conducido en apoteosis a la Catedral. En el atrio rodeado del Presidente de la República, Diplomáticos, Jefes del Ejército y distinguidas personalidades del Clero y del Laicado Católico, el Dr. Juan Zorrilla de San Martín despide a Monseñor Vera en nombre del Club Católico. Sintetizando noblemente el sentir del pueblo, expresa el Poeta de la Patria:
Señores, hermanos, pueblo uruguayo: ¡el santo ha muerto! Su espíritu invisible vaga en torno nuestro y recoge nuestras lágrimas, que, en este momento, son lluvia de la tierra al cielo.
Ha caído, señores, como él lo presentía, como él lo anhelaba: en actitud de apóstol, andando, abrazado a su cruz en medio de nuestros campos desiertos, mártir de su deber de caminante. Se ha desplomado en nuestros brazos, como el águila herida de muerte en los aires, que deja en ellos su vuelo, que es su alma, y devuelve a la tierra lejana su cuerpo solo.
¡El santo ha muerto!
Ahora, inmóvil pero expresivo aún en su último lecho, que no es más duro que los que ocupaba en vida, es una sombra amiga. Vedlo: la misma muerte pierde su horror en su cara grave y apacible.
Nació predestinado a hacer la felicidad del pueblo uruguayo, y ha cumplido la voluntad de Dios.
Fue verdad, fue abnegación, fue consuelo, fue paz, fue ejemplo.
El pobló de consuelo infinito la soledad del lecho de muerte de nuestros padres, de nuestros hermanos, de nuestros amigos. Su sonrisa afable y serena ahuyentaba los rencores, conciliaba las familias, desarmaba a los enemigos. Hablaba con los hombres con la misma ingenua ternura que empleaba para bendecir a los niños. Y los hombres se sentían niños cuando estaban con él. Su sola presencia era una resignación difundida; su voz curaba y alentaba; su plegaria fecundaba como un riego, coma una lluvia lenta que cae sobre el campo mientras dormimos.
La historia de este anciano muerto, señores, es la historia íntima, amarga muchas veces, desconocida casi siempre, del espíritu de su pueblo. ¡ Oh santo mensajero! El se ha llevado en el alma el alma de nuestros dolores, el foco de las eternas redenciones; él es nuestra vida que alienta en la eternidad.
Maestro, buen maestro: las oraciones que nos enseñaste perfumarán de incienso tu memoria, de incienso ardiente. Duerme en paz, que nosotros velaremos.
Padre perdido para nuestra amor de la tierra: enséñanos a llenar el vacío que en nuestra alma dejas; enséñanos a llenarla con los amores del cielo.
Amigo, santo amigo… Ayúdanos a seguir el ejemplo de tu vida, como hemos seguido, oprimidos y llorosos, el camino de tus despojos.
Celebrada la misa exequial por el Nuncio Apostólico Monseñor Matera, el cadáver queda expuesto delante del presbiterio, “para que todos los fieles puedan tener el último y triste placer de contemplar sus restos y besarle el anillo”.
Antes de darle sepultura, le despide del mundo el Presbítero Dr. Mariano Soler, que, entre otras cosas, dice:
Monseñor Vera salvó de la ruina a la Iglesia Oriental y levantó su espíritu profundamente menoscabado en el Clero y en el Pueblo. ¿Cómo? Renovando la abnegación de los tiempos apostólicos, convirtiéndose en misionero incansable y permanente de esta República y consagrando al bien espiritual de su Grey todos sus cuidados, sus insomnios, sus esfuerzos y hasta su misma vida.
Era necesario el heroísmo evangélico para levantar de su postración el espíritu religioso, y él consagró los veintidós años de su laborioso apostolado a esa gran obra de reparación, hasta el momento en que su corazón dio el último latido y ya no pudo continuar amando.
Su nombre será inmortal, recuerdo eterno de sublimes virtudes: y su vida, una leyenda Santa que pasará a las generaciones, cual monumento perenne del que fue el más grande de los Prelados de la Iglesia Oriental.
Ahora descansa en el mismo lugar en que tuvo tantos años su confesionario, donde “se le había visto millares de veces con su fisonomía dulce, serena y bondadosa, apareciendo como un iris de esperanza para cuantos sufrían y se arrodillaban a sus pies.
A renglón seguido, transcribimos algo de lo mucho y bueno con que la prensa de entonces se asocia al duelo de la comunidad nacional por la muerte del abnegado Pastor.
De El Bien Público
Hay que bendecir al Señor,. . . pues, a causa de la misma pérdida sufrida, viene a ponerse de relieve la inmensa y profunda religiosidad de nuestro pueblo, a que tanto había contribuido el virtuoso apóstol que acaba de sucumbir. Ante tal espectáculo, ¿cómo es posible que abriguemos temores para el porvenir? Sólo nos toca pedir a Dios… que todos y en todas circunstancias procuren inspirarse en la vida ejemplar del varón justo que acabamos de perder, y no olvidar sus enseñanzas y sus consejos.
De El Diario de Comercio
“La muerte de un hombre bueno conmueve siempre, aun a aquellos que no comparten sus creencias, y esa es la causa porque hoy Montevideo todo demuestra su pesar por el fallecimiento de Monseñor Vera, hombre lleno de virtudes y por ellas justamente apreciado”.
De La Democracia
La sociedad está vivamente conmovida. La muerte acaba de herirla en una de sus personalidades más eminentes. No brilló por las letras ni por las armas, ni deslumbró con las dotes del genio. Pero era un alma elegida que rebosaba de bondad y de piedad, y que esparcía, en la atmósfera que la rodeaba, el perfume de todas las virtudes. Era un gran corazón, en el que repercutían todos los dolores ajenos. Era un espíritu sano y noble, que sabía practicar la verdad y el bien, suavizando el rigor de sus convicciones con la dulzura de que estaba impregnado.
Fue el padre de todos los desgraciados. Setenta años de vida no costaron una lágrima a la humanidad. Supo enjugar por el contrario, las que arrancaba el infortunio a todos los que buscaban el refugio de su bondad inagotable y consoladora. Los pobres excitaban en él una simpatia profunda y le inspiraban un interés particular. Hizo de la caridad una obra viva. Sus bienes eran el patrimonio de los menesterosos. Su palabra era siempre animada y alentadora, y parecía buscar en la intimidad de todo hombre alguna cualidad generosa que pudiese amar, para hacerla destacar a sus propios ojos.
Su vida era de una simplicidad heroica. De una naturaleza tan suave como enérgica, poseía el valor del guerrero con la mansedumbre evangélica.
“Pocas existencias habrán dejado una huella más profunda y habrán ejercido una influencia más benéfica en la sociedad. Pocas serán más intensa y verdaderamente lloradas al desaparecer de la inmensidad. Don Jacinto Vera pertenecía a la estirpe de que se forman los santos y los mártires.” — Lorenzo A. Pons, Biografia.