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Néstor Martínez Valls

En nuestros tiempos se ha vuelto a poner de moda la reencarnación. Dejando de lado otros aspectos, queremos mostrar aquí que la reencarnación es filosóficamente imposible, si partimos de la base de una antropología cristiana, que por otra parte, se sitúa en continuidad con la sana y recta antropología filosófica.

La persona que cree en la reencarnación puede llegar a decir, por ejemplo: “Yo fui Julio César”. Se le objeta que él y Julio César son evidentemente dos personas distintas, porque él vive en el siglo XXI, cuando Julio César ha muerto, y Julio César es del siglo I antes de Cristo, cuando él no había nacido, y que por tanto está afirmando algo imposible, porque contradictorio, a saber, que al menos durante la vida de Julio César dos personas distintas fueron la misma persona. Lo cual es contradictorio por las definiciones mismas de “distinto” y “mismo”.

Pero él responde que ni Julio César ha muerto totalmente, ni él era totalmente no nacido en tiempos de Julio César. Es decir, el alma es la misma, es el cuerpo lo que es diferente. Dos personas distintas en cuanto al cuerpo pueden ser la misma persona en cuanto al alma: no hay contradicción. El alma que ocupaba el cuerpo de Julio César ha pasado a ocupar el cuerpo que ahora es de esta persona: eso es justamente, nos dirá, la reencarnación. “Yo fui Julio César” significa que lo fui en cuanto al alma, no en cuanto al cuerpo. Por eso puedo decir a la vez “Yo”, que implica identidad, y “fui”, que por estar en pasado, implica distinción.

Podríamos responder que eso es posible, si aceptamos que el cuerpo es algo que existe por sí mismo, independientemente del alma. O sea, si aceptamos el dualismo antropológico, tal como es frecuente en la filosofía hindú, y tal como se encuentra, también, en Platón o en Descartes. Para esta tesis, alma y cuerpo se distinguen como dos sustancias completas, independientes una de la otra. Entonces la unión entre alma y cuerpo sería accidental, como la unión entre el jinete y el caballo, diría Platón. Y nada impediría que el jinete, es decir, el alma, pasase de un caballo a otro, es decir, de un cuerpo a otro.

Pero el dualismo antropológico es contrario a la vez a la fe cristiana y a la recta razón filosófica. Para el dualismo, como el hombre es evidentemente una realidad sustancial unitaria, es necesario identificar al hombre con el alma, que de esas dos supuestas sustancias diferentes, es la que aporta lo específicamente humano, o sea, la razón, la voluntad, etc. Pero eso contradice por un lado la fe cristiana, porque el Hijo de Dios, al hacerse hombre, asumió un cuerpo real, capaz de sufrir y morir, y resucitó en su cuerpo verdadero, que lleva las marcas de los clavos y la lanzada. Y a nosotros se nos promete la resurrección de nuestros cuerpos. La unión del alma con el cuerpo, entonces, para la fe cristiana, no es accidental, sino sustancial, es decir, ambos son aspectos esenciales de la realidad de la persona humana.

Contradice por otra parte a la recta razón filosófica. El alma es el principio de vida en el ser vivo, es lo que lo hace estar vivo. Y el ser vivo no es él mismo independientemente de su vida: un perro muerto no es un perro, sino un cadáver. Luego, el alma es lo que le da al ser vivo su ser, simplemente hablando. Pero la vida del hombre no termina en lo puramente espiritual: abarca también lo corporal. El alma humana, por tanto, da también al cuerpo humano la vida, y por tanto, el ser. Luego, el cuerpo humano no puede existir separado del alma: lo que existe separado del alma es el cadáver. Por tanto, es imposible que el alma pase de un cuerpo a otro como separándose de cuerpos que seguirían existiendo separados de ella.

Sin embargo, tal vez el partidario de la reencarnación nos dirá que no es eso lo que él afirma. El cuerpo humano deja de existir como tal con la muerte, es decir, la separación del alma: se convierte en cadáver. Y el nuevo cuerpo que asume esa alma no existe antes de la asunción misma: en el mismo instante en que comienza a existir, recibe esa alma preexistente. En ningún momento hay un cuerpo humano existiendo sin su alma.

Bien, pero entonces notemos que estamos ante un reencarnacionista no dualista, que acepta la unidad sustancial de cuerpo y alma en el hombre. Sin embargo, esa unidad sustancial va unida a un corolario que el reencarnacionismo no puede integrar: la unicidad de la persona humana compuesta de alma y cuerpo.

En efecto, para la tesis de la unidad sustancial entre alma y cuerpo en el hombre, el cuerpo no es una parte accidental de la persona, sino esencial. Bien entendido, ni siquiera es una parte, sino que es toda la persona. En efecto, la persona es la “sustancia individual de naturaleza racional”, pero en los seres materiales, la sustancia no es la forma (en este caso, el alma) sola, es la forma unida a la materia. Y el cuerpo es el resultante de los dos, es decir, la sustancia corpórea misma. Esto quiere decir que el cuerpo animado por el alma racional es la persona. Ser una persona distinta “solamente en cuanto al cuerpo”, entonces, es ser otra persona, simplemente hablando.

Santo Tomás de Aquino sostiene coherentemente esta posición hasta el punto de decir que el alma separada del cuerpo tras la muerte no es “persona humana”. El cuerpo es integrante esencial de la persona como tal. Y como la persona es una realidad individual, se está hablando aquí del cuerpo individual, concreto. Otro cuerpo, entonces, significa otra persona.

Pero entonces, volvemos a lo del principio: al decir “Yo fui Julio César en cuanto al alma, no en cuanto al cuerpo”, estamos afirmando la identidad, al menos durante la vida de Julio César, de dos personas distintas, lo que es absurdo. Por eso la reencarnación es imposible filosóficamente hablando.

No vale aquí la distinción “lo fui en cuanto al alma, no en cuanto al cuerpo”, no sólo porque, como acabamos de ver, la distinción de cuerpos lleva necesariamente a la distinción de personas, sino porque además, en el reencarnacionismo, la palabra “yo” no tiene finalmente sentido alguno.

En efecto, si “yo” significa solamente el alma, entonces no es verdad que alguien pueda decir “Yo fui Julio César”, habría que decir que “Yo soy Julio César”, porque por hipótesis el alma es la misma. Y encima, tampoco se podría decir “Yo soy Julio César”, porque con la misma razón se podría decir “Yo soy Pepe”, es decir, el que ahora soy. Se trataría de un “alma sin nombre”, es decir, sin personalidad definida. Es decir, no habría un “yo”. A no ser que se diga que el alma tiene su personalidad propia totalmente aparte del cuerpo. Pero entonces ¿para qué las sucesivas reencarnaciones? ¿No se supone que es justamente para ir formando nuestra personalidad? ¿Y cómo será eso si el cuerpo no es parte de la misma?

Y si el “yo” es el alma unida al cuerpo, el compuesto de ambos, tampoco es verdad que alguien pueda decir “Yo fui Julio César en cuanto al alma, no al cuerpo”, porque en esta hipótesis no se tiene un “yo” hasta que se tiene un cuerpo determinado. Y entonces, no es el mismo compuesto, ni por tanto tampoco el mismo “yo”, ya que el cuerpo en ambos casos es, por hipótesis, distinto. Pero al decir “Yo fui Julio César” estamos identificando, al menos para un tiempo pasado, nuestro “yo” con el de Julio César.

La doctrina de la reencarnación, por tanto, significa negar la persona humana, e ignorar el valor único del individuo concreto, y su dignidad también única. Es incompatible con la fe cristiana, que basa su aprecio y valoración positiva del cuerpo y de la materia en el dogma de la Creación de todas las cosas por Dios, en el dogma de la Encarnación del Verbo de Dios y en el dogma de la Resurrección de la carne para la Vida Eterna.

Terminemos entonces constatando las semejanzas y diferencias entre la reencarnación y la resurrección. La semejanza está en que en ambas doctrinas, el alma que se ha separado de un cuerpo por la muerte, vuelve a unirse a un cuerpo.

La diferencia fundamental, además de que para la reencarnación la unión con el nuevo cuerpo supone una concepción o gestación de ese cuerpo, mientras que en la resurrección la unión se da con el mismo cuerpo del que el alma se separó por la muerte, sin concepción ni gestación alguna, está en que en el caso de la reencarnación, el resultado es una persona distinta, lo cual además lleva a contradicción, como ya vimos, o al dualismo antropológico, mientras que en la resurrección, el resultado es la misma persona, tanto respecto del alma como respecto del cuerpo, lo cual no contradice, al menos, a la recta razón.

Por lo que toca a la resurrección, el alma humana no tiene naturalmente el poder de unirse por sí sola nuevamente al cuerpo del que ha salido. La reunión del alma, después de la muerte, con su propio cuerpo, es un don sobrenatural del poder divino. Ello no es obra de ninguna ley impersonal ni necesaria de la naturaleza, sino de la libre iniciativa y el querer de Dios. Así como sólo Dios, el Señor de la vida y de la muerte, puede crear, si quiere,  al ser humano viviente, así también sólo él puede recuperarlo, si quiere, de la muerte.

La reencarnación también significa olvidar la absoluta seriedad y el carácter definitivo de esta única vida que vivimos en esta tierra, en la cual nuestras opciones libres deciden nuestro destino, feliz o desgraciado, para toda la Eternidad.