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Daniel Iglesias Grèzes

“Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal. He notado que, pese a las religiones, esa convicción es rarísima. Israelitas, cristianos y musulmanes profesan la inmortalidad, pero la veneración que tributan al primer siglo prueba que sólo creen en él, ya que destinan todos los demás, en número infinito, a premiarlo o a castigarlo. Más razonable me parece la rueda de ciertas religiones del Indostán; en esa rueda, que no tiene principio ni fin, cada vida es efecto de la anterior y engendra la siguiente, pero ninguna determina el conjunto.”[1]

En medio de un cuento fantástico, Borges dedica unas cuantas líneas a criticar la escatología de las tres grandes religiones monoteístas. Intentaré mostrar que, al menos en cuanto respecta al cristianismo, tal crítica es incorrecta.

El párrafo citado comienza con un grave error lógico: una criatura que ignora que va a morir no es inmortal, sino mortal e irracional. Todos los seres vivos de la Tierra, excepto los humanos, se hallan en esa situación.

El hombre, en cambio, es un ser mortal y racional, por lo cual sabe que va a morir. Sin embargo, su muerte no es el fin absoluto de su existencia, pues su alma es espiritual e inmortal. La espiritualidad e inmortalidad del alma humana puede ser conocida por la razón natural, aunque con cierta dificultad. A la luz de la divina revelación, el cristiano llega a conocer mucho más profundamente el sublime destino del hombre: Dios lo ha creado para que participe de la naturaleza divina, viviendo en eterna comunión de amor con El.

Borges confunde la eternidad con un tiempo infinito. La eternidad, según la clásica definición de Boecio, es la posesión total y simultánea de una vida interminable. De por sí, sólo Dios es eterno. Pero El, el Eterno, ha querido encarnarse en el tiempo para liberar y consumar el tiempo en su eternidad.

El aprecio del cristiano por el tiempo de su vida mortal no implica en modo alguno una falta de fe en la vida eterna. Al contrario, el valor inmenso que atribuye a esta vida está basado en que, durante el transcurso de la misma, el hombre, bajo el influjo de la gracia, va dando respuesta a la oferta divina de salvación eterna. Cuando el hombre muere, su respuesta asume un carácter definitivo. Dios, respetando la libre respuesta del hombre, concede a éste aquello que a lo largo de su vida ha elegido: La unión plena de amor con Dios y sus hermanos o la soledad completa del egoísmo.

El hombre, consciente o inconscientemente, anhela liberarse de la finitud que lo oprime y consumar su vida en la unión con el Ser infinito que lo rodea y que fundamenta su existencia. Durante su vida terrena el hombre puede vivir en unión con Dios, pero de un modo imperfecto, por causa de su finitud y de su pecado. Sólo en la eternidad podrá alcanzar la felicidad perfecta en la visión beatífica: la contemplación del rostro de Dios.

El mito del eterno retorno es mucho menos razonable que la fe en la vida eterna. La “rueda” del eterno retorno mantendría al hombre prisionero de su finitud y de su culpa, impidiéndole alcanzar su meta (la unión perfecta con Dios). En esta cosmovisión pesadillesca, cada vida individual es insignificante, pues no es más que un eslabón de la infinita cadena de reencarnaciones.

Una sucesión de reencarnaciones sin principio implica un mundo en el que cada estado actual depende de una sucesión infinita de causas. Esta regresión infinita de causas es un concepto altamente problemático. En esta hipótesis no es posible evitar consecuencias absurdas, como por ejemplo la posible existencia de libros transmitidos de generación en generación, pero no escritos por nadie.

La ciencia nos enseña que en nuestro universo la vida en general y la vida humana en particular tuvieron comienzos en el tiempo. Una sucesión de reencarnaciones sin principio supone lo contrario.

Si la imaginaria sucesión de reencarnaciones, contra lo supuesto por Borges, tuviera un principio, para evitar las consecuencias absurdas de la regresión infinita, y también un final, como postulan el hinduismo y el budismo, entonces un conjunto de vidas de duración finita determinaría el destino eterno del ser humano, por lo cual la situación sería análoga a la que Borges critica en las religiones monoteístas.

Por lo demás, en este punto Borges se refuta a sí mismo, con elocuencia insuperable:

“Sabía que en un plazo infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas. Por sus pasadas o futuras virtudes, todo hombre es acreedor a toda bondad, pero también a toda traición, por sus infamias del pasado o del porvenir. Así como en los juegos de azar las cifras pares y las cifras impares tienden al equilibrio, así también se anulan y se corrigen el ingenio y la estolidez, y acaso el rústico poema del Cid es el contrapeso exigido por un solo epíteto de las Églogas o por una sentencia de Heráclito. El pensamiento más fugaz obedece a un dibujo invisible y puede coronar, o inaugurar, una forma secreta. Sé de quienes obraban el mal para que en los siglos futuros resultara el bien, o hubiera resultado en los ya pretéritos… Encarados así, todos nuestros actos son justos, pero también son indiferentes. No hay méritos morales o intelectuales. Homero compuso la Odisea; postulado un plazo infinito, con infinitas circunstancias y cambios, lo imposible es no componer, siquiera una vez, la Odisea. Nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los hombres. Como Cornelio Agrippa, soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy.”[2]

Sólo me queda agregar que debe haber algo errado en las premisas que condujeron a nuestro autor a una conclusión tan claramente contraria a la más elemental de las experiencias humanas.

 

 


[1] Jorge Luis Borges, El inmortal, en: El Aleph, Alianza Editorial, Madrid, 1987, p. 21.

[2] Ibid. pp. 21-22