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Guzmán Carriquiry Lecour

La presencia del Señor se hizo evidente en el año 2005 de manera misteriosa y pedagógicamente eficaz. Hace un año sucedió un espectáculo sorprendente en torno a San Pedro: miles y miles, centenares de miles de personas confluyeron en Roma, provenientes de todas las regiones de Italia y del mundo entero, espontáneamente, por ímpetus de corazón, para un último saludo a S.S. Juan Pablo II, yaciente de frente a la tumba del apóstol Pedro. Toda la humanidad parecía estar representada en esos momentos. No las convocaba sino el reconocimiento de una paternidad, una capacidad de acogida y un abrazo de caridad de los que los hombres no pueden prescindir, aunque vivan en condiciones de distracción y confusión. Sin duda, en esa peregrinación singular y durante las horas de colas interminables hasta el féretro, hubo muchas conversiones.

Un año después no puede ser un sentimiento de “amarcord” lo que nos mueve a reflexionar sobre el gran pontificado de S.S. Juan Pablo II. Y esto, por tres razones. La primera es que nos ponemos en sintonía con aquellas filas interminables de personas que hasta hoy se acercan a su tumba, con la actitud humana más verdadera y profunda, la de la gratitud. La nuestra es la memoria grata de hijos. La segunda razón es que Juan Pablo II nos sigue acompañando, ahora desde la “communio sanctorum”, cuya realidad hacía exclamar a S.S. Benedicto XVI en la homilía de comienzo de su ministerio petrino: “no estamos nunca solos.” Y en tercer lugar, porque el Espíritu Santo y los cardenales reunidos en cónclave nos han dado al más íntimo colaborador del Papa Juan Pablo II como su sucesor, y ahora toda nuestra adhesión afectiva y efectiva va hacia él. No sea que se insinúe la grosera tentación, siempre alimentada por los poderes mundanos, de exaltar la figura del Papa que ya no está más –aunque de vivo se lo lapidase– para pretender contraponerlo al Papa actual. Al contrario, estamos ante la realidad de la misteriosa continuidad entre los sucesores de Pedro, que se despliega a través de la carnalidad de la existencia de la Iglesia, lo que hace que los Papas se expresen mediante biografías y temperamentos muy diversos y, a la vez, gracias al Espíritu interpreten el propio tiempo histórico.

Es muy difícil concentrarse sintéticamente en la conmemoración del pontificado de Juan Pablo II, después de más de 26 años de increíble densidad de vida, acontecimientos, iniciativas, documentos… Llevamos grabados en el corazón y aún presentes ante los ojos un agolparse variadísimo de impresiones: la sorpresa de un Papa “venido de un país lejano”, la firma de su primera extraordinaria encíclica programática, Redemptor Hominis, el terrible atentado contra su vida en plaza S. Pedro, el agradecimiento en Fátima por la protección de la Madre, el gesto del perdón hacia Alí Agca. Y así suceden las más diversas y conmovedoras imágenes del Papa peregrino a todos los pueblos, en sus más de 100 viajes internacionales (192 países del mundo visitados) y 142 visitas pastorales en Italia. Fue grande su ímpetu ecuménico. Esperaba poder acelerar el proceso de unidad de los cristianos ¡Y cómo olvidar la primera visita a una sinagoga y su oración depositada en el muro de los lamentos de Jerusalén, así como la primera visita a una mezquita! En Asís, recordamos también la primera gran manifestación de los representantes de los diversos patrimonios religiosos de la humanidad. Escuchamos aún al Papa en los pedidos humildes de perdón. Tuve oportunidad de seguirlo en todos los impresionantes encuentros mundiales de jóvenes. Dedicó mucho amor a la familia y la defensa firme de la cultura de la vida. ¿Cómo no recordar también el 30 de mayo de 1998 y su continuo aliento a movimientos y nuevas comunidades eclesiales? Su protagonismo internacional queda ligado al derrumbe del socialismo real, a la superación del mundo bipolar de Yalta, a la caída de los muros, a una Europa llamada a respirar con los dos pulmones, pero también al juicio crítico de la guerra en Irak, de los muros alzados entre los opulentos y los pobres, de la deriva de un ateísmo relativista y libertino, cuestionamientos radicales en la transición hacia un nuevo orden. Nos deja también 473 nuevos santos (mientras sus predecesores canonizaron a 300 en los últimos cuatro siglos) y 1.319 nuevos beatos. Todo se concentró en modo admirable en el año del Gran Jubileo. Después, del Papa atleta de Dios, “globetrotter”, a las imágenes de su larga y sufrida enfermedad hasta la agonía. Y aún nos faltaría repasar el brillante artículo en el que el Cardenal Joseph Ratzinger recapitulaba el tesoro de enseñanzas en los muy numerosos documentos pontificios.

Ahora bien, conmemorando este gran pontificado, hay que superar dos tentaciones. La primera es la de quedar encandilados por este “impresionismo” abundante y variado de imágenes, en la que cada uno destaca particularidades. La segunda es la de exaltar en tal medida al Papa magno hasta convertirlo en un héroe considerado aisladamente de la realidad del conjunto de la Iglesia y de su misión. Por eso, casi como juicio sintético y esquema de introducción y recapitulación, es fundamental arriesgar algunos hilos conductores capaces de ordenar y jerarquizar, desde su designio pastoral, toda esa abundancia y variedad de tareas e iniciativas.

Karol Wojtyla fue, sin duda, el último Papa que tuvo el don de participar como padre conciliar en el Concilio Ecuménico Vaticano II, el evento más importante del siglo XX eclesial, clave de toda inteligencia sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, en el que contribuyó con aportes muy significativos. Del Concilio, Juan Pablo II reconocerá “el fundamento y el comienzo de una gigantesca obra de evangelización del mundo moderno llegado a una nueva encrucijada de la historia de la humanidad en la que competen a la Iglesia tareas de una inmensa gravedad y amplitud.” Considerando el turbulento camino de actuación del Concilio –en el que signos de primavera y de helada se daban conjuntamente, en medio de una gigantesca crisis de renovación eclesial– al inicio de su pontificado, Juan Pablo II agradeció la sabia, fiel y paciente obra de S.S. Pablo VI, que le había consignado una Iglesia “más inmunizada contra los excesos del autocriticismo: se podría decir que es más crítica frente a las críticas desconsideradas, que es más resistente respecto a las variadas ‘novedades’, más madura en el espíritu de discernimiento, más idónea a extraer de su perenne tesoro ‘cosas nuevas y viejas’, más centrada en el propio misterio y, gracias a todo esto, más disponible para la misión de salvación de todos”[1] Ahora se trataba, para el pontificado de Juan Pablo II, de volver a dar dignidad, belleza y vitalidad a una planta aparentemente reseca. Juan Pablo II emprende, pues, en forma incansable y polifacética una obra ingente de reconstrucción, recomposición y revitalización de la Iglesia, que puede ser sintetizada y concentrada en torno a los siguientes hilos conductores:

  • el recentramiento kerigmático de una auténtica experiencia cristiana,
  • una renovada responsabilidad por custodiar y trasmitir educativamente el patrimonio de verdades del depositum fidei,
  • la reconstrucción del verdadero sensum ecclessiae,
  • el despliegue del ímpetu misionero que es propio de la vocación cristiana,
  • el abrazo de la caridad a todas las necesidades de los hombres y los pueblos.

El pontificado de Juan Pablo II sobre todo condujo a recentrar la vida de la Iglesia, de los bautizados, de las comunidades cristianas, en lo que es más radical y fontal, más identificante, esencial e insustituible de la experiencia cristiana. Desde el “abrid las puertas a Cristo” hasta el “recomenzar desde Cristo”, teniendo fija la mirada en el rostro del Señor, en toda la profundidad de su misterio de encarnación y redención. Había que vacunarse –¡y aún hay que hacerlo!- contra toda propuesta cristiana que se reduzca a sentimiento espiritual o ideología religiosa, o que busque afanosamente las consecuencias morales, sociales, culturales y políticas de la fe presuponiéndola en forma cada vez más irreal. Al contrario, el pontificado de Juan Pablo II fue como una vigorosa interpelación a todos los bautizados a convertirse en mendigos suplicantes de la gracia de Dios, para poder encontrar a Jesucristo como si lo fuera por la primera vez; o sea, con la misma realidad, actualidad, novedad y poder de persuasión y afecto como lo tuvo el primer encuentro de sus primeros discípulos a las orillas del Jordán. En eso fue fundamental el testimonio de un Papa enamorado de Cristo, profundamente unido a El en el misterio litúrgico, en la oración personal, en el reconocimiento de su Presencia en la trama de la vida de las personas y naciones, y, por eso, con ímpetu incontenible e infatigable de anunciar a todos los hombres, por todas las vías del hombre, en todos los confines de la tierra, en todos los areópagos, al único Señor y Redentor. Su pedagogía ha sido llamar a todos los que ha encontrado, en las más diversas circunstancias, a confrontarse con Cristo en cuanto presencia que irrumpe en nuestras vidas, con un impacto siempre originario y decisivo, sorprendente, sobreabundante y a la vez respuesta plena a los anhelos de verdad, felicidad, justicia y belleza que laten en el corazón de los hombres y en la cultura de los pueblos. No en vano el texto más citado en su magisterio es aquél de la Gaudium et Spes: “Solamente en el misterio del Verbo encarnado encuentra verdadera luz el misterio del hombre.” De tal modo, se enfrenta la cuestión fundamental: rehacer la fe de los cristianos. El pontificado de Juan Pablo II ha sembrado por doquier profundas certezas sobre la identidad de los christifideles –tan sacudida y a menudo confusa en la primera fase del postconcilio– cuyas raíces están, hoy y siempre, en el evento de Cristo, que, en el sacramento de la comunidad cristiana, se da y se propone a la libertad de cada persona, llamándola a una decisión para toda su existencia, llamándola a la santidad. No hay otro camino que el de la santidad –lo recordó Juan Pablo II permanentemente– para la renovación de la vida personal y eclesial.

Por ser testigo de Cristo, Juan Pablo II fue padre y maestro de muchos. Tuvo que manifestar una vigilante, renovada y firme responsabilidad por la verdad confiada a la Iglesia, dejando atrás muchas parcializaciones y confusiones sufridas en ámbitos eclesiásticos por efectos de derivas ideológicas, y en los últimos tiempos por la progresiva difusión mundial de una cultura relativista que degrada el credo de los católicos a opiniones subjetivas irracionales y tiende a presionar a los creyentes para que compongan un “mix” arbitrario de creencias y comportamientos. Ha sido fundamental la elaboración y difusión del Catecismo de la Iglesia católica y ahora también de su Compendio. El magisterio de Juan Pablo II ha cubierto una amplísima gama de materias de enseñanzas. Sin embargo, no le ha bastado con enunciarlas y repetirlas, sino que se desplegó en el pontificado una vasta obra educativa para que la radicalidad del Evangelio, el contenido objetivo de la fe y el flujo vivo de su tradición se comunicaran persuasivamente y se acogieran como experiencia estructurante de la persona. Fue testigo y maestro de la razonabilidad de la fe, de su verdad, bien y belleza para la vida del hombre y de las naciones. Supo dar por doquier razones de la esperanza de la que la Iglesia es portadora, en medio de la distracción y confusión de las sociedades del consumo y del espectáculo, ante las multitudes que sufren miseria y violencia, también rescatando lo humano de la destrucción de los regímenes del socialismo real.

Desde su permanente llamamiento al reencuentro con Jesucristo, Juan Pablo II operó decididamente por la reconstrucción del sensum ecclessiae. S.S. Pablo VI había tenido que cargar una pesada cruz cuando advertía la dramática contradicción entre la muy profunda y bella eclesiología de comunión del Concilio –fruto de potente moción del Espíritu Santo en la autocomprensión eclesial del misterio que la constituye– y la ráfaga de contestaciones, manipulaciones, laceraciones, crisis y alejamientos que se sufrían en la Iglesia. Todos los fieles fueron invitados a redescubrir la verdad, la densidad, la belleza de ese misterio de comunión, en todas sus dimensiones constitutivas, Cuerpo de Cristo que hace contemporánea su Presencia a todo hombre en todo tiempo y lugar, cuyos gestos sacramentales abrazan y transforman la existencia del pueblo de Dios peregrino en la historia. Mucho se ha hecho para superar una comprensión mundana de la Iglesia como institución de servicios religiosos sometida a la disección analítica, a las propias precomprensiones, medidas y proyectos. La Iglesia no es nuestra, es de Dios, arraiga en su misterio, es don para la salvación de los hombres. Había que volver a despertar el estupor ante ese tremendum mysterium, que rompe los muros de indiferencia y opresión entre las personas, quienes, por gracia, se reconocen realmente “miembros de un mismo cuerpo”, hechos “uno en Cristo”, en ese “signo de unidad y vínculo de caridad” que es la Eucaristía, fuente y vértice de la vida de los cristianos y de la Iglesia. No basta, sin embargo, tener una buena idea de la Iglesia. Juan Pablo II ha llamado y educado a los fieles en un sentido de pertenencia eclesial que pasa por la incorporación en comunidades concretas que sean experimentadas como signos y reflejos luminosos de ese misterio de comunión y en las que los cristianos sean reconfortados y edificados por la fidelidad a la tradición de la Iglesia y por sus dones jerárquicos, sacramentales y carismáticos. Por eso, llamó providenciales para nuestro tiempo a las diversas formas paradigmáticas de movimientos eclesiales y nuevas comunidades.

Juan Pablo II ha sido un extraordinario Papa misionero, urgido en la tarea apremiante de comunicar a todos los hombres y pueblos, a la humanidad entera, la buena noticia de la salvación, el Evangelio de la vocación, dignidad y destino de la persona, “fuerza de libertad y mensaje de liberación.” Invirtió hasta sus últimas desfallecientes energías en esa tarea. “¡Ay de mí si no evangelizase!” Y quiso desatar detrás de sí una fase de movilización misionera de las comunidades cristianas, poniendo a toda la Iglesia en status missionis, impulsando a todos los cristianos a participar en una “nueva evangelización”, nueva en su ardor, en sus métodos y expresiones. ¿No era ésa acaso la intencionalidad del Concilio, retomada por la magnífica y tempestiva Evangelii Nuntiandi? No es que Juan Pablo II no fuera bien consciente del desafío de una radical, inaudita y difundida descristianización. Pero ese ímpetu misionero no era mera estrategia de respuesta y, para nada, operación de marketing para hacer más creíble y vendible el producto. Juan Pablo II nos ha demostrado nuevamente que la misión no es una tarea que se añada a la experiencia cristiana de modo extrínseco, sino la vocación para la que nos ha sido dada la vida, el ímpetu de comunicación del don extraordinario del encuentro con Cristo que, por ímpetu de gratitud y alegría, se comparte de persona a persona, de familia en familia, de comunidad en comunidad, apasionados por la vida y el destino de los demás. Precisamente en ese dinamismo misionero, el Papa demuestra que la identidad católica no se realiza en encierro protector, en instintos de mera conservación o en ghettos de restauración sino como condición e ímpetu renovados para hacerse presentes, de modo visible, explícito, sin temores ni cálculos, en todos los ambientes y situaciones de vida. Entre ellos, algunos fueron indicados como decisivos para el anuncio del Evangelio y la construcción de formas de vida más humanas: el matrimonio y la familia, las nuevas generaciones juveniles, los ámbitos de educación, cultura y comunicaciones, las experiencias del sufrimiento, el mundo del trabajo y de la construcción social, la vida pública de las naciones. Hay una carga de positividad en la acción misionera de Juan Pablo II que multiplica y valoriza todos los encuentros: una mirada cristiana que asume todo rasgo de bien y verdad, todo clamor de “sentido”, toda nostalgia y anhelo de Dios, dentro del designio divino que se realiza en Cristo. Nos deja el Papa esa afirmación misteriosa y apremiante cuando escribe: “la misión ad gentes está todavía en sus comienzos.”

Un Papa que convoca a “abrir las puertas a Cristo” en todos ámbitos de la vida pública, peregrino a las naciones, que abraza en la caridad las necesidades y esperanzas de los hombres, que fortalece la unidad y la adhesión a la verdad en filas católicas, que renueva, enriquece y relanza la doctrina social de la Iglesia, no podía no dar lugar a un nuevo protagonismo de la Iglesia en el escenario mundial, en cuanto testimonio profético del Señor de la historia. Venido de las fronteras de Yalta conduce a la Iglesia hacia la superación del bipolarismo. Hay imágenes exageradas sobre el papel del pontificado en el derrumbe de los regímenes comunistas, pero lo cierto es que, en su detonante polaco, la cruz está erguida en los astilleros “Lenin”, quedando muy claro que construir la ciudad humana sin Dios, contra Dios, es construirla contra el hombre. Concluido el mundo bipolar, en la enorme y dramática transición cultural y búsqueda de un nuevo orden, el pontificado se yergue como autoridad moral, religiosa, pública –el único gran liderazgo mundial– que rescata una fundada confianza en el destino humano, en la dignidad, libertad y derechos de la persona, en el bien común de los pueblos y de la humanidad entera. Pone a la Iglesia en primera fila en la custodia de la vida –que no es mera partícula manipulable de la naturaleza ni elemento anónimo de la ciudad de los hombres– emprende la buena batalla de la verdadera libertad que no puede ser disociada de la verdad y responsabilidad, suscita una ingente tarea educativa para contrarrestar los poderes de banalización de la conciencia y la experiencia de lo humano, reafirma la familia como célula natural y básica del tejido humano y social cada vez más agredida, funda sobre la subjetividad de la persona y la sociedad renovados paradigmas de desarrollo humano más allá de estatalismos e individualismos. Abraza con la caritas Christi todas las necesidades humanas y, en especial, a los que en diversas situaciones comparten la pasión de Cristo, con amor preferencial a los pobres y a los que sufren. Aboga incansablemente por la paz desde la fuerza del Evangelio y su gran realismo de considerar todos los factores en juego. Indica con libertad y valentía que la gobernabilidad de la actual fase histórica no puede quedar librada al mero peso del poder, del dinero, de las armas, ni puede asentarse sobre el tembladeral del relativismo y del hedonismo, y menos aún puede tolerar que se idolatre la violencia y se utilice y ofenda el nombre de Dios mediante el fundamentalismo terrorista. Hasta sus últimos días no deja de comunicar apasionadamente razones e ideales para vivir y convivir más humanamente, para amar, para mantener viva la esperanza, desde la certeza que las auténticas construcciones humanas sólo pueden encontrar fundamento y cimiento en la única piedra angular, tan a menudo descartada por los constructores.

El trabajo de más de 25 años en la viña del Señor ha sido incesante, en intensidad, extensión y profundidad, consumiéndose en una siembra cuyos tiempos y modalidades de germinaciones, crecimientos y maduraciones dependen sólo del Patrón de la Viña. No puede esperarse todo ni siquiera de tan largo y fecundo Pontificado. Todavía hoy arrastramos muy dentro la radicalidad de la crisis de fe que se ha sufrido en los más variados niveles e instancias de la vida de la Iglesia. Quizás el designio pastoral, misionero, de Juan Pablo II no contó con suficientemente atentos, fieles e inteligentes seguidores y multiplicadores para que sus ímpetus de santidad, verdad, comunión, misión y caridad impregnaran más profundamente toda la vida de la Iglesia universal y de las Iglesias locales, y especialmente la vida de “agentes pastorales”, comunidades religiosas e instituciones educativas. Nadie puede sentirse exonerado de un examen de conciencia respecto a su respuesta ante tan preciosa herencia. Lo cierto es que toca ahora a S.S. Benedicto XVI conducir a la Iglesia por nuevos caminos y enfrentar la “buena batalla” de la fe -de la custodia, permanencia y transmisión de la fe– en las condiciones de nuestro tiempo. La gratitud por el pontificado de Juan Pablo II no puede hoy concluir sino en la total adhesión a Benedicto XVI, en la comunión afectiva y efectiva con El, en la oración a Dios para que lo sostenga cada vez más en tan magna tarea. El Siervo de Dios Juan Pablo II intercede ante Dios por él y por todos nosotros en la morada eterna.

[1] Redemptor Hominis, 4.