embrion-humano

Dolores Torrado

Persona humana es la unidad sustancial compuesta por cuerpo y alma. El cuerpo humano está “animado” (alma, ánima) por un alma espiritual, racional y libre.

Cada hombre tiene determinadas capacidades, ejecuta operaciones y se comporta de cierta manera, pero siempre es el mismo a lo largo de su vida, se diferencia de los otros, como “alguien” que es único e irrepetible. Como persona, es sujeto de derechos inviolables, entre ellos, el más básico, el derecho a la vida.

La persona es esencialmente racional y libre. Ello puede comprobarse en distintas manifestaciones que tienen lugar en el razonamiento abstracto, la categorización y el pensamiento lógico, en la comunicación a través de un lenguaje conceptual y en la capacidad de modificar racionalmente el ambiente en que vive, tanto en beneficio propio como en el de toda la sociedad.

Se es esencialmente persona humana aunque la racionalidad no se encuentre actualizada en el plano de la naturaleza, en un espacio-tiempo concreto, con expresión en el plano de la fenomenología. Es persona el minusválido, el embrión, el enfermo terminal o en coma profundo, aunque no se manifieste su racionalidad en circunstancias concretas de un lugar y un momento determinados.

El ser persona pertenece al orden ontológico: la persona es o no es. No se puede ser más o menos persona. Tampoco se puede ser preembrión o prepersona. El término preembrión (con menos de quince días, antes de su implantación uterina,) se utiliza en la legislación de algunos países para negar el carácter de persona (sujeto de derechos,) que sin embargo ya es digna de protección jurídica. Resulta contradictorio que se niegue su condición personal aunque se reconozca su esencia y naturaleza humana, pero se hace para justificar su manipulación, su utilización como material de experimentación e industria.

Los conceptos de Tertuliano “es ya hombre, aquel que lo será”, coinciden con el hecho de que el embrión humano es desde el inicio un verdadero individuo humano. La unidad y continuidad del desarrollo embrionario requiere que desde el momento de la concepción sea un individuo de la especie humana, una persona.

Al concepto de persona están ligados los de dignidad y valor. El ser humano es fin en sí mismo, es inviolable y goza de derechos y deberes fundamentales, no es disponible, no puede utilizarse como medio ni como instrumento para otros.

Programa de desarrollo.

La vida de la persona requiere de un programa de desarrollo, de una secuencia de mensajes ordenados en el tiempo y coordinados en el espacio. Al fusionarse los gametos del padre y de la madre se pone en marcha la información contenida en los pronúcleos de esos gametos, iniciándose la emisión del programa. Con este primer desarrollo del mensaje genético ha comenzado la existencia de un nuevo ser humano, de una persona.

La singularidad de la vida es consecuencia de la singularidad genética y de su ubicación espacio-temporal específica. Este segundo aspecto es tan importante como el primero, y puede advertirse por ejemplo en los gemelos univitelinos, que pese a ser genéticamente idénticos son personas diferentes por existir en un espacio y en un tiempo diferente, que es el que corresponde a su corporeidad individual.

Dejando de lado el caso especial de los gemelos, cada individuo es genéticamente idéntico a sí mismo, desde el cigoto, pasando por todas y cada una de las etapas de la vida, hasta llegar a su muerte natural.

El cigoto se autoorganiza y determina su propia información de modo de que su proceso vital continúe ordenadamente y de manera irreversible, para constituirse en embrión, en feto, en recién nacido, en niño y así sucesivamente.

Este programa, que “autoconstruye” el propio cuerpo, no está enteramente predeterminado por la carga genética; en cada etapa de la vida la información genética se expresa de diferente forma, modificándose por la información que es recibida desde el medio ambiente (información epigenética,) prolongándose el proceso a lo largo de toda la vida.

Fecundación

La fecundación es un proceso que se inicia con el reconocimiento y activación mutuo de los gametos masculino y femenino (células haploides, que contienen 23 cromosomas, a diferencia de los 46 contenidos por las diploides) y que concluye constituyendo el cigoto.

Los espermatozoides luego de experimentar su capacitación en el tracto genital femenino, son atraídos a las trompas de Falopio. Uno de ellos se acerca al óvulo, se fusiona con su membrana y lo penetra. Se forma así un nuevo individuo unicelular, el cigoto, que está dotado de una nueva información genética procedente del padre y madre, pero distinta a la de ellos. Queda organizado un individuo dotado de 46 cromosomas, de la especie humana, con un ADN único y singular, compuesto por un patrimonio genético propio.

El inicio de la emisión del mensaje genético comunica al cigoto una identidad individual que se desarrollará según un programa que actualmente posee y que le habilita a un desarrollo coordinado y continuo, gradual.

El cigoto es la única verdadera célula totipotencial. Es una célula polarizada, que ya tiene definidos sus polos cefálico-caudal y sus polos dorso-ventrales, presentes en su primera división, cuando ya se encuentran trazados los ejes de su próxima estructura corporal. La primera división mitótica, en el estado de dos células, se produce entre las 25 y 33 horas de producida la fecundación.

Las primeras divisiones celulares son asincrónicas. Ello significa que los blastómeros (células iniciales) no se dividen todos al mismo tiempo. Por ello en sus primeras etapas tienen un número impar de células, comparando el polo superior respecto al inferior, que será el de la futura implantación. Las que derivan de la primera división, van a dar lugar en su evolución, a la existencia de dos tipos celulares diferentes: a) el que corresponde al embrión y b) el que forma el trofoblasto que da lugar al tejido extraembrionario. Estas segundas células son las del polo inferior.

Durante las primeras etapas del desarrollo se produce una segmentación sucesiva de las células que componen el embrión (mórula,) sin que haya un incremento de su tamaño. Se encuentra todavía dentro de la zona pelúcida, que rodeaba primitivamente al óvulo. En el momento en que la mórula penetra en la cavidad uterina, pasa a la etapa de blastocisto.

Al finalizar la primera semana el embrión aumenta el número de células y comienza el proceso de implantación en la pared uterina, proceso que se completa al final de la segunda semana.

A partir de las primeras divisiones comienza la etapa de diferenciación celular como consecuencia de la expresión de diferentes genes (información ya contenida en el cigoto) para constituir los distintos tipos de tejidos, órganos y sistemas.

Evidencia científica

La evidencia científica muestra:

  1. Que el nuevo ser es una unidad biológica que se desarrolla en perfecta coordinación, como un todo.
  2. Que todas sus actividades están coordinadas. El embrión no es un mero acúmulo de células, sino que ya desde la etapa de cigoto es un individuo humano actualizado en un espacio y tiempo determinados.
  3. Su desarrollo es continuo, no presentando saltos cualitativos. Permanece siendo siempre el mismo individuo, como lo seguirá siendo luego en su vida extrauterina hasta el momento de su muerte.
  4. Su desarrollo es gradual; alcanza gradualmente su desarrollo en una sucesión no sólo de formas estructurales sino también de funciones, cuya maduración se prolongará mucho más allá de su nacimiento y, en cierto sentido, durante toda su vida extrauterina. El propio fenómeno que conocemos bajo los términos de desarrollo humano puede concebirse iniciado desde el cigoto, como condición para alcanzar los grados más elevados de maduración socio-familiar, política y económica.
  5. El embrión que cumple con su ciclo vital mantiene su identidad, su individualidad, y su unicidad: es siempre el mismo e idéntico individuo.[1]

 

[1] Bibliografía. Bioética para todos. Ramón Lucas Lucas; publ. Trillas, México, 2003. Los primeros quince días de una vida humana. Natalia López Moratalla, María J. Iraburu Elizalde. Eunsa, Navarra, 2004.