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Néstor Martínez Valls

Citamos algunos pasajes clave de la Declaración final del Congreso Internacional sobre el embrión humano en la fase de preimplantación y agregamos nuestro comentario.[1]

“Se vuelve por lo tanto ineludible afrontar un problema de fondo: “¿el embrión humano es alguien o cosa?” Para poder dar una respuesta fundada y coherente a tal interrogante se deben tener en cuenta criterios de acción que sean plenamente respetuosos de la verdad integral del mismo embrión.”

De entrada el planteo del problema muestra que muy probablemente las conclusiones del Congreso deberán entenderse en el sentido de que el embrión humano, en los quince primeros días, es persona. En efecto, no parece posible ser “alguien” sin ser “persona” y evidentemente, las conclusiones a que llega este Congreso no van en la dirección de que el embrión preimplantatorio sea “cosa.”

“A tal fin, según una correcta metodología bioética, es necesario ante todo volver la vista a los datos que la ciencia pone hoy a nuestra disposición para conocer en gran detalle los diversos procesos a través de los cuales un nuevo ser humano inicia su existencia. Tales datos deberían pues ser expuestos a la interpretación antropológica, a fin de evidenciar los significados y los valores emergentes, a los cuales, en fin, hacer referencia para derivar las normas morales del actuar concreto, de la praxis operativa.”

Es importante lo que dice en esta parte la Declaración: la ética no puede apoyarse directamente en la biología, sino que los datos biológicos deben pasar por la mediación filosófica, es decir, antropológica –lo cual supone en última instancia una metafísica– para poder “evidenciar los significados y los valores emergentes,” de los cuales se podrá entonces “derivar las normas morales del actuar concreto.”
Lo vuelve a decir poco después:

“Tales adquisiciones de la moderna embriología necesitan ser sometidas a la valoración de la interpretación filosófico-antropológica para poder acoger el precioso valor que cada ser humano, también en estadio embrionario, lleva con él y expresa. Se trata, entonces, de afrontar la cuestión básica del estatuto moral del embrión.”

En efecto, es cierto que al hablar, por ejemplo, de “individuo vivo de la especie humana” parecen estarse poniendo bases para un juicio ético, es decir, que tal vida debe ser respetada desde que existe, o sea, desde la concepción. Pero eso solamente porque en realidad tal expresión, si se considera en su sentido obvio, es sinónima de “persona,” que según Boecio es justamente “sustancia individual de naturaleza racional.” Es decir, el lenguaje natural es inevitablemente metafísico y por eso da pie para formulaciones éticas.

Dice algo más abajo:

“Para poder formular un juicio más objetivo sobre la realidad del embrión humano y deducir entonces las indicaciones éticas, se necesita tomar más en consideración los criterios “intrínsecos” al mismo embrión; a comenzar propiamente de los datos que el conocimiento científico pone a nuestra disposición. A partir de ellos, se puede asegurar que el embrión humano en la fase de preimplantación es:

  1. un ser de la especie humana;
  2. un ser individual;
  3. un ser que posee en sí mismo la finalidad de desarrollarse en cuanto persona humana y en conjunto la capacidad intrínseca de operar tal desarrollo.”

Aquí se está diciendo, equivalentemente, que el embrión humano, en la fase preimplantatoria, es un individuo de naturaleza humana. Ahora bien, esa es justamente la definición tradicional de “persona,” que según Boecio es “sustancia individual de naturaleza racional,” como dijimos.

Por otra parte, una finalidad intrínseca de “desarrollarse en cuanto persona humana” sólo puede tenerla algo que por naturaleza es un ser personal. La finalidad intrínseca es expresión de la naturaleza de algo, y además, sería absurdo que algo impersonal se “desarrollase en cuanto persona humana.”

“De todo esto ¿se puede concluir que el embrión humano en la fase de preimplantación sea ya realmente una “persona”? Es obvio que tratándose de una interpretación filosófica la respuesta a tal interrogante no sea de “fe definitiva” y permanezca abierta en cada caso a ulteriores consideraciones. Todavía en propiedad a partir de los datos biológicos disponibles, consideramos que no existe ninguna razón significativa que lleve a negar el ser persona del embrión ya en esta fase. Naturalmente esto presupone una interpretación del concepto de persona de tipo sustancial, es decir referida a la misma naturaleza humana en cuanto tal, rica de potencialidad que se expresará a lo largo de todo el desarrollo embrionario y también luego del nacimiento.”

En efecto, no parece posible que un individuo de la naturaleza humana no sea una persona. Se correría el riesgo, en caso de aceptarse esa posibilidad, de ver en la persona algo accidental, agregado posteriormente a la individualidad humana ya constituida. Por eso es importante un “concepto de persona de tipo sustancial,” como es el que da la citada definición de Boecio.

“Soportando tal posición se observa cómo la teoría de la animación inmediata aplicada a cada ser humano que llega a la existencia se muestra plenamente coherente con su realidad biológica (y además en “sustancial” continuidad con el pensamiento de la Tradición.)”

Aquí se saca la consecuencia lógica de lo anterior, pero de tal modo, que subraya fuertemente el carácter personal del embrión desde la concepción misma. En efecto, la “animación inmediata” es la tesis que dice que el alma humana espiritual e inmortal es creada-infundida por Dios en el instante mismo de la concepción. Se opone a la tesis de la “animación retardada,” la cual, basándose en la biología del tiempo de Aristóteles, sostiene que el alma espiritual es creada-infundida solamente cuando el organismo está suficientemente desarrollado para poder ejercer las funciones intelectuales y volitivas, que sería a eso de los cuarenta días, según Aristóteles.

Ésta es la tesis que siguió Santo Tomás de Aquino, el cual aceptó en esto los conocimientos biológicos de su tiempo, los cuales eran muy inferiores a los que poseemos hoy día y que indican, como bien han visto los participantes de este Congreso, que la vida propiamente humana comienza con la concepción misma. Y entonces, pensamos que hoy día Santo Tomás sostendría la “animación inmediata,” puesto que efectivamente, en la filosofía tomista, el responsable último del carácter verdaderamente humano de nuestro cuerpo es el alma espiritual. Por eso el texto habla de continuidad “sustancial” con la tradición.

La referencia a la “animación inmediata” hace ver que el carácter personal que se atribuye al embrión preimplantatorio debe entenderse en sentido fuerte.

“Del punto de vista moral, luego, más allá de cada consideración sobre la personalidad del embrión humano, el simple hecho de estar en presencia de un ser humano (y sería suficiente también la duda de encontrarse en su presencia) exige en sus confrontaciones el pleno respeto de su integridad y dignidad: cada comportamiento que en cualquier modo pueda constituir una amenaza o una ofensa para sus derechos fundamentales, primero de todos el derecho a la vida, debe considerarse como gravemente inmoral.”

En realidad, nosotros diríamos más aún, siguiendo lo establecido al comienzo por la misma Declaración: o “alguien,” o “cosa.” Como no parece posible ser “alguien” sin ser “persona,” y es evidente que una “cosa” no sería fuente de exigencias éticas, el hecho de que por ser “humano” algo exija respeto en el plano ético sólo se entiende si ser “humano” implica ser “persona humana,” como venimos diciendo.

Por ello, es cierto que la sola duda, en este caso, implica la obligación de abstenerse de cualquier atentado contra la vida del embrión, pero eso es así, solamente, porque precisamente se trataría de la duda de estar o no estar ante un ser personal, y por eso humano. Entendemos que la hipótesis de esta duda no se justifica en el plano objetivo, sino solamente en el subjetivo, es decir, en el caso de una conciencia insuficientemente informada, que de todos modos, entonces, estaría obligada a respetar la para ella eventual existencia de vida humana personal en el embrión.

Finalmente, nos parece sugestiva la siguiente parte del Discurso al congreso organizado por la Academia Pontificia para la Vida dado por el S.S. Benedicto XVI a los congresistas el 27 de febrero de 2006 y publicado el 3 de marzo del mismo año por L’Ossevatore Romano. Cito de la página 104.

“El amor de Dios no hace diferencia entre el recién concebido, aún en el seno de su madre, y el niño o el joven o el hombre maduro o el anciano. No hace diferencia, porque en cada uno de ellos ve la huella de su imagen y semejanza.[2] No hace diferencia, porque en todos ve reflejado el rostro de su Hijo unigénito, en quien “nos ha elegido antes de la creación del mundo” […] eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos […] según el beneplácito de su voluntad.”[3] Este amor ilimitado y casi incomprensible de Dios al hombre revela hasta qué punto la persona humana es digna de ser amada por sí misma, independientemente de cualquier otra consideración: inteligencia, belleza, salud, juventud, integridad, etc. En definitiva, la vida humana siempre es un bien, puesto que es “manifestación de Dios en el mundo, signo de su presencia, resplandor de su gloria” [4] […] Por eso el Magisterio de la Iglesia ha proclamado constantemente el carácter sagrado e inviolable de toda vida humana, desde su concepción hasta su fin natural.[5] Este juicio moral vale ya al comienzo de la vida de un embrión, incluso antes de que se haya implantado en el seno materno, que lo custodirá y nutrirá durante nueve meses hasta el momento del nacimiento: “La vida humana es sagrada e inviolable en todo momento de su existencia, también en el inicial que precede al nacimiento.”[6]

En este pasaje del discurso del Papa, el amor de Dios, que no hace diferencia entre las diversas etapas de la vida del ser humano, es referido a la persona humana, en la medida en que ese amor de Dios revela “hasta qué punto la persona humana es digna de ser amada por sí misma, independientemente de cualquier otra consideración”. Con lo cual parece sugerirse que, independientemente de su estado de desarrollo inicial tras la concepción, estamos ante una persona humana.

Por tanto, el hecho de que después diga que “este juicio moral vale ya al comienzo de la vida de un embrión, incluso antes de que se haya implantado en el seno materno”, no quiere decir que ese juicio moral pueda no fundarse en el carácter personal del ser humano desde la misma concepción.

 


[1] Análisis de algunos párrafos de la Declaración final del Congreso Internacional sobre “El embrión humano en la fase de preimplantación”, Pontificia Academia para la Vida – XII Asamblea General.

[2] cf. Génesis 1, 26.

[3] Efesios 1, 4-6.

[4] Evangelium vitae, 34.

[5] cfr. ib., 57

[6] ib., 61

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