benedicto-xvi-discurso
S. S. Benedicto XVI

“El amor de Dios no hace diferencia entre el recién concebido, aún en el seno de su madre, y el niño o el joven o el hombre maduro o el anciano. No hace diferencia, porque en cada uno de ellos ve la huella de su imagen y semejanza.[1] No hace diferencia, porque en todos ve reflejado el rostro de su Hijo unigénito, en quien “nos ha elegido antes de la creación del mundo” […] eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos […] según el beneplácito de su voluntad.”[2] Este amor ilimitado y casi incomprensible de Dios al hombre revela hasta qué punto la persona humana es digna de ser amada por sí misma, independientemente de cualquier otra consideración: inteligencia, belleza, salud, juventud, integridad, etc. En definitiva, la vida humana siempre es un bien, puesto que es “manifestación de Dios en el mundo, signo de su presencia, resplandor de su gloria”[3] […] Por eso el Magisterio de la Iglesia ha proclamado constantemente el carácter sagrado e inviolable de toda vida humana, desde su concepción hasta su fin natural.[4] Este juicio moral vale ya al comienzo de la vida de un embrión, incluso antes de que se haya implantado en el seno materno, que lo custodirá y nutrirá durante nueve meses hasta el momento del nacimiento: “La vida humana es sagrada e inviolable en todo momento de su existencia, también en el inicial que precede al nacimiento.”[5]

En este pasaje del discurso del Papa, el amor de Dios, que no hace diferencia entre las diversas etapas de la vida del ser humano, es referido a la persona humana, en la medida en que ese amor de Dios revela “hasta qué punto la persona humana es digna de ser amada por sí misma, independientemente de cualquier otra consideración.” Con lo cual parece sugerirse que, independientemente de su estado de desarrollo inicial tras la concepción, estamos ante una persona humana. Por tanto, el hecho de que después diga que “este juicio moral vale ya al comienzo de la vida de un embrión, incluso antes de que se haya implantado en el seno materno,” no quiere decir que ese juicio moral pueda no fundarse en el carácter personal del ser humano desde la misma concepción.[6]

 


[1] cf. Génesis 1, 26.

[2] Efesios 1, 4-6.

[3] Evangelium vitae, 34.

[4] cfr. ib., 57.

[5] ib., 61.

[6] Dado en la Ciudad del Vaticano el 27 de febrero de 2006. Publicado originalmente por L’Osservatore Romano el 3 de marzo de 2006.