azar-y-finalidad

Juan Carlos Riojas Alvarez

¿Qué piensan los católicos con relación a la evolución?

La Iglesia Católica, en cuanto tal, no cuestiona la evolución como hecho ni sus mecanismos; eso le corresponde a la ciencia. La Iglesia Católica y el Papa no hablan infaliblemente sobre cuestiones científicas. La infalibilidad se aplica acerca de cuestiones de fe y moral o costumbres. Lo cual no impide que cada católico, incluido el Papa, pueda tener su propia perspectiva sobre la teoría científica de la evolución.

La Iglesia Católica no cuestiona por tanto una creación evolutiva. Lo que sí cuestiona es una evolución creadora, que es algo sobre lo que la sola ciencia, en función de su propio método, no puede pronunciarse.

La doctrina católica afirma que todo depende de Dios y que la creación no salió plenamente acabada de las manos del Creador. Fue creada in statu viae (en estado de vía) hacia una perfección última todavía por alcanzar, a la que Dios la destinó. Desde esta perspectiva se habla de Dios como Causa Primera del ser de todo lo que existe y de las criaturas como causas segundas cuya existencia y actividad supone la acción divina.

La evolución y demás procesos naturales, en lugar de poner obstáculos a la existencia de la acción divina, son muy congruentes con los planes de un Dios que, porque así lo ha previsto, ordinariamente cuenta con la acción propia de las causas creadas (causas segundas.)

¿Qué puede decirse de la relación entre fe y razón cuando se tiene en cuenta el tema de la evolución?

Todo agente obra por un fin. Actuar por un fin no significa percibirlo necesariamente como tal fin; puede implicar simplemente una meta hacia la cual tiende una acción o proceso en función de determinados factores. En el obrar libre, hay un objetivo de la acción que es conocido de antemano y que ejerce su causalidad final precisamente en cuanto que, advertido por la inteligencia, mueve a la voluntad. Pero también los vivientes irracionales y los seres que carecen en absoluto de conocimiento actúan por un fin, se mueven a determinadas metas. Esta afirmación, por tanto, no prejuzga el problema del indeterminismo. Se habla de tendencias, que son compatibles con la existencia de un cierto indeterminismo; en la física cuántica, que es el ámbito principal donde surge esa situación, se formulan leyes probabilistas, e igualmente en las teorías sobre el caos también se señalan tendencias específicas.

La existencia de una finalidad en el obrar natural se puede inducir a partir de una atenta observación de la naturaleza. No sólo la experiencia ordinaria, sino también los logros del progreso científico subrayan ampliamente su presencia.

Existen dimensiones que resumen las principales manifestaciones de la finalidad en el obrar natural:

  • Direccionalidad.- Se refiere a la existencia de tendencias en torno a pautas en los procesos naturales.
  • Cooperatividad.- Se refiere a la capacidad que poseen las entidades y los procesos naturales para integrarse en resultados unitarios.
  • Funcionalidad.- Se refiere a que muchas partes de la naturaleza hacen posible, con su actividad, la existencia y la actividad de los sistemas de que forman parte.

La naturaleza se nos manifiesta como el despliegue de un dinamismo que se organiza de acuerdo con pautas. Los procesos naturales se desarrollan de modo direccional y selectivo, aún cuando la actualización de las potencialidades naturales involucre también factores aleatorios. Los sistemas naturales poseen características holísticas. Tanto la formación de los sistemas singulares como del sistema total de la naturaleza es posible por la cooperatividad de los dinamismos particulares. La naturaleza posee una fuerte unidad que se manifiesta en la continuidad de sus niveles y en la integración de los niveles más básicos en los niveles de mayor organización.

La existencia de dimensiones finalistas en la naturaleza nos lleva al problema de su explicación. Aunque la ciencia experimental no llegue por sí misma más que a aspectos materiales de la realidad, da pie a una reflexión filosófica que puede descubrir aspectos más profundos .No se trata sólo de temas marginales a la ciencia: cada vez que se intenta delimitar su sentido como conocimiento de la realidad, son inevitables las reflexiones filosóficas.

¿No nos da la ciencia por sí misma esa explicación?

Considerada desde la filosofía de la naturaleza, la teoría evolucionista puede ciertamente mostrar las condiciones necesarias de la evolución, pero no las suficientes. Muestra ciertos aspectos de la causa material y eficiente, pero elimina por completo el problema de la causa formal y final (teleología.)

En efecto, si bien la selección natural puede desempeñar una función en la formación del orden de la naturaleza, no puede ser la causa propia de ese orden. La selección consiste en dejar pasar a una parte de los candidatos y cerrar las puertas a otros y   en ese sentido, puede llegar a producir una situación más ordenada. Sin embargo, para poder seleccionas unos candidatos, es necesario que existan previamente: es imposible seleccionar unas propiedades positivas si no han sido producidas previamente. En cualquier caso, las propiedades deben producirse mediante causas propias. Los sistemas biológicos son el resultado de causas positivas, no del filtro de la selección.

Podría decirse que esas causas son las mutaciones genéticas, que no se producen de modo finalista, sino al azar. Pero esa afirmación, aunque igualmente contiene una parte de verdad, puede ser también una fuente de equívocos si se la interpreta como una explicación “completa.” En efecto, aunque se produzcan muchas mutaciones aleatorias, sólo resultarán viables unas pocas, concretamente aquellas que puedan integrarse funcionalmente dentro de un programa muy complejo que ya está actuando. Que exista la posibilidad de esas sucesivas integraciones, enormemente sutiles, que conducen a niveles crecientes de complejidad, deja la puerta abierta a los interrogantes acerca de las virtualidades, las tendencias y su explicación última.

¿Dónde debe buscarse la explicación última del orden natural?

La ciencia experimental supone que existe un orden natural, pues el conocimiento científico busca leyes constantes. Se trata de un presupuesto que la ciencia no examina ni discute, aunque lo constata. Si no existiese ese orden, no sería posible la ciencia.

La filosofía natural se pregunta explícitamente por el orden natural, y lógicamente lo atribuye a la naturaleza propia de cada ser, que no es otra cosa sino su esencia, considerada como principio de las acciones propias: según sea su esencia o su naturaleza, un ser tendrá la capacidad de actuar de determinados modos. Su materialidad está determinada, no es un puro caos, y esa determinación da razón de la esencia y operaciones características de cada tipo de seres, de su finalidad. Si no hubiera una finalidad, las acciones serían absolutamente indeterminadas, lo que equivale a decir que no habría acciones –no puede haber acción alguna cuando no existe en lo absoluto un modo de actuar– y de hecho, las hay.

¿Cuál es la razón de ser de la naturaleza activa propia de los diferentes elementos de nuestro universo?

Tómese cualquier sistema dinámicamente ordenado de elementos activos, como el de nuestro propio universo, en el que diferentes elementos activos se ordenan a la interacción recíproca regular. En tal sistema, donde cada una de las propiedades básicas de los elementos activos se definen por su relación con los otros en el sistema, ni un solo elemento puede explicar su propia naturaleza, o ser la razón suficiente de su propia naturaleza activa en cuanto existente y operante, a menos que también sea la razón suficiente de todos los otros elementos que se relacionan con él recíprocamente. Pero esto es imposible. Porque, entonces, este elemento tendría que ser primero en actividad que los demás (con prioridad causal, no necesariamente temporal,) y responsable de ellos; y al mismo tiempo, tendría que presuponerlos, ya que sus propiedades activas se ordenan todas a la interacción con ellos, según una ley. Así tendría que ser, por naturaleza, presupuesto activo de los otros– en cuanto constituidos recíprocamente con relación a él mismo –y además ser independiente y responsable de estas propiedades correlativas en los otros, por medio de las cuales se define su propia naturaleza activa. Es claro que esto no se cumple.

Este gran orden cósmico, por consiguiente, es uno en el que se conjuntan muchos elementos, en la unidad de grandes leyes comprensivas de interacción mutua. Pero este orden puede tener su última razón suficiente, su fundamentación inteligible, sólo en una causa capaz de ordenar así a los múltiples agentes activos en una sola unidad. Este agente unificador, ordenador, que debe realizar la unidad del orden recíproco primero (causal) para la operación actual de estos agentes, en términos de unos efectos futuros todavía-no-existentes, sólo puede ser una Mente. De hecho, ésta es casi una definición de inteligencia: el poder de construir creativamente un nuevo orden desde la mera posibilidad. Esta Mente Cósmica Ordenadora debe trascender, como es obvio, al sistema que ordena. De otro modo, no podría operar sino hasta que el sistema ya estuviese listo; sería anterior e independiente y a la vez, dependiente del mismo sistema.

Este argumento vale para cualquier orden dinámico básico en nuestro universo o en cualquier otro. Pues, sin alguna organización primitiva de los elementos activos básicos en un sistema de mutua interacción, anterior a su operación actual, nada podría suceder en lo absoluto, ni siquiera por casualidad; los elementos, si los hay   se cruzarían en un total aislamiento atómico mutuo. No habría un mundo como tal, en absoluto. Sólo una mente, capaz de configurar creativamente un orden desde la posibilidad, podría establecer la mutua ordenación básica de estas naturalezas activas, anterior a su operación actual en el orden existencial.

No importa qué tan simple pueda ser el estado original de energía del universo, éste evoluciona hacia unos elementos activos determinados, que presentan una orientación dinámica para combinarse por medio de la interacción mutua en formas regulares. Alguna orientación dinámica anterior debió haber existido, al interior del estado original de energía, para evolucionar así hacia un orden dinámico determinado. De otra manera, habría surgido totalmente de la nada, sería en principio ininteligible, sin razón suficiente alguna o lo que fuera, lo cual no es una explicación en absoluto, sino una huída intelectual. Nótese también, que aún si el orden particular que surge del estado simple original de energía lo hace puramente por casualidad –lo cual es muy discutible– cualquier orden, el que sea, tendría que haber estado ordenado al interior de sí mismo, si se va a producir algo determinado, para que sea, en absoluto, un orden cósmico discernible.

Cualquier orden determinado, ya sea estable en sí mismo o se origine de un estado físico primero, debe estar fundamentado, a fin de cuentas, en una Mente Ordenadora, trascendente al sistema mismo.

Con respecto al desarrollo evolutivo de los seres vivientes, no importa qué tanta casualidad pueda haber en las condiciones externas del medio ambiente que estos organismos explotan para evolucionar, lo que permanece para todo el proceso como la primera condición esencial es el dinamismo interno, el impulso dinámico infatigable de los organismos para interactuar en determinadas formas con otros agentes en el universo que los rodea, para explotar activamente las oportunidades que se les ofrecen por casualidad. Este innato y positivo impulso de sobrevivir, de actuar, de interactuar, no puede provenir de ninguna de las azarosas condiciones externas. Debe estar integrado a las potencialidades activas de las mismas naturalezas de los organismos, preestructurados para interactuar en formas básicas determinadas. Es este impulso innato lo que no ofrece la teoría de la evolución; pero que en último término debe estar predeterminado por alguna Mente creativa ordenadora que pueda, por sí sola, trasponer las posibilidades inteligibles del orden, pasar de la idea creativa a la existencia actual con un enorme poder.

¿No es anulada esa finalidad natural de que se habla por los “fallos” que se observan en el transcurso de la evolución?

La existencia misma de defectos naturales también supone la presencia de un fin en el obrar natural. Si las acciones no se dirigieran a un objetivo, no se podría hablar de defecto, de falta de consecución de un fin, ya que algo es deficiente en la medida en que no alcanza lo que es propio de su naturaleza.

El proceso evolutivo admite desaciertos (extinción y competencia entre poblaciones, no adaptación, etc.) Más aún, necesita de los cambios del entorno que amplifiquen fluctuaciones y creen inestabilidades, sin las cuales no habría transformación, cambio de las formas.

Tanto la existencia de los defectos naturales, como el azar y la casualidad, no anulan la finalidad, sino que manifiestan simplemente la contingencia de los agentes naturales, que no siempre logran su fin.

¿Esa Mente creativa ordenadora es a su vez creada?

En lo que se ha argumentado faltaría el paso denominado imposibilidad de retroceso al infinito, que en este caso sería la serie de entes inteligentes que a su vez son dirigidos. No hay inconveniente en plantearlo, pero puesto que el punto de partida del argumento es la presencia de regularidad, orden e intencionalidad en los seres irracionales en general, la necesidad de poner últimamente una providencia para todo el mundo está, en todo caso, implícita. Se concluye, pues, en la existencia de una Mente Suprema Ordenadora, que responde a la definición nominal de Dios. Esto es, Un Dios personal creador, concebido como Causa Primera del ser y del obrar de todo lo que existe y actúa, y que no encuentra ningún problema para gobernar una naturaleza en la que existen el indeterminismo y el azar; un Dios que conoce todo perfectamente, de un modo distinto al nuestro, y abarca en su conocimiento y en su poder absolutamente todo.

Finalmente, ¿quiere Dios el mal que observamos en el mundo?

Ante todo debe observarse que este planteamiento no tiene que ver con la ciencia natural, sino que entra por completo en el terreno filosófico y teológico.

Dios no puede querer el mal, pues si así fuera, la voluntad divina, sumo bien, sería su causa. Pero el mal no es propiamente una cosa, un ente, sino algo que se opone al bien como privación. El mal, en cuanto mal, no puede ser apetecido por nadie-ni por la voluntad humana ni por el apetito natural – ya que el mal no es más que privación de un bien debido, existe en un sujeto, que como tal es bueno. Si lo que se está intentando mostrar entonces es que es lógicamente imposible que Dios y el mal que encontramos en el mundo coexistan, entonces se debe probar que es imposible para Dios tener suficientes razones morales para permitir la cantidad de males o la clase de males que existen; y nadie ha podido nunca probar tal afirmación, ni podría, a menos que fuera poseedor de la propia omnisciencia divina.

De la misma manera que Dios se dice omnisciente, se dice omnipotente: la razón de que no se produzcan más cosas de las que de hecho se producen está en que Dios no es omnivolente. Dios no obra por necesidad de naturaleza y su omnipotencia no está limitada al actual curso de cosas.

No habría mal una vez quitado el orden del bien, en cuya privación el mal consiste; y no habría ese orden final, si Dios no existiese. Sin el conocimiento de Dios, no tendríamos siquiera la noción propia de mal.

No se trata tampoco de que lo creado como tal, por ser creado, participado y por tanto limitado, sea malo; todo ente es bueno, el mal es “la privación de algún bien particular, en algo bueno.” La finitud no es el mal. Lo creado es bueno en cuanto es: el ente y el bien se convierten.

 


Bibliografía

Filosofía de la naturaleza, Mariano Artigas, EUNSA, Pamplona, 2003.

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Teología natural, Ángel Luis González, EUNSA, Pamplona, 2000.

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Metafísica, Tomás Melendo, EUNSA, Pamplona, 2001.

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Razón e incertidumbre, Carlos Pereda, Siglo XXI Editores, México, DF, 1994.

Orden y caos, Eduardo Césarman, Ediciones Gernika, México, D.F., 1986.