apologetics
Equipo de Dirección

Desde que fue publicada en 2003, la novela El Código da Vinci de Dan Brown ha sido el best-seller de la década, dando una enorme difusión popular a un amplio conjunto de tesis anticristianas y anticatólicas de nulo valor histórico o teológico. La obra citada se apoya en un género literario preexistente –llamémosle “ficción anticatólica”– al cual ha potenciado mucho, dando lugar incluso a una nutrida literatura secundaria, o sea a numerosos libros que tratan acerca de El Código da Vinci.

¿Cómo ha sido posible que una novela como ésta, tan decididamente anticatólica, haya tenido un éxito tan clamoroso en casi todo el mundo? ¿Por qué tanta gente ha creído que esta fantasiosa obra de ficción representa una verdadera refutación del catolicismo? ¿Por qué tantos cristianos la han leído sin aplicar sobre ella el sentido crítico? El gran éxito editorial de El Código da Vinci provoca muchos interrogantes de esta clase, a los que no podemos dar respuestas exhaustivas aquí.

Para el viernes 19 de mayo está previsto el estreno mundial de la versión cinematográfica de El Código da Vinci. Según se anuncia, esta versión se mantiene fiel a la trama de la novela correspondiente, por lo cual presentará al cristianismo como una gran y sangrienta mentira de la que es preciso liberarse. Una aceitada maquinaria de marketing se hará cargo de que esta película sea el mayor evento cinematográfico del año, con muchos millones de espectadores. Seguramente la película dará una difusión superior, cuantitativa y cualitativamente –por el gran poder de la imagen– a las tesis anticristianas de la novela, alcanzando incluso a personas de menor cultura, que no suelen leer libros.

Además, en el pasado mes de abril, una semana antes de la Semana Santa y un mes antes del estreno de la película citada, alcanzó gran resonancia en los medios de comunicación social de todo el mundo el anuncio del descubrimiento de un manuscrito del Evangelio de Judas, un evangelio apócrifo de contenido gnóstico, muy posterior a los Evangelios canónicos. No obstante, se ha pretendido presentarlo –sin fundamentos serios– como una revelación del verdadero rol del apóstol Judas en la pasión de Cristo, un descubrimiento que supuestamente conmovería la fe en la historicidad de los Evangelios, que la Iglesia sigue afirmando sin vacilaciones.

Por estos motivos hemos considerado oportuno dedicar el Número 4 de Fe y Razón principalmente al análisis crítico de El Código da Vinci y de la relevancia religiosa del hallazgo del –así llamado– Evangelio de Judas.

Tantos críticos sensacionalistas han anunciado ya tantas veces descubrimientos que supuestamente afectarían las bases de la fe católica que habría que preguntarles cómo es que esa misma fe puede subsistir tan viva hoy como ayer. Los católicos deberíamos aprovechar estos lamentables escándalos mediáticos para procurar que brille serenamente en el mundo la verdad de Cristo, luz de las gentes. Muchas personas se sentirán impulsadas a saber más acerca de Cristo y de la Iglesia y debemos estar listos para ayudarlos. En este sentido es importante que seamos capaces de demostrar la razonabilidad de la fe católica y de defenderla de las falsas imputaciones que se le hacen.

En el ámbito teológico, la disciplina que aborda esta tarea solía ser llamada apologética, hoy suplantada por la teología fundamental. Aunque la vieja apologética católica incurrió a veces en tendencias racionalistas o en excesos polémicos, cumplió un rol positivo y necesario. La actual teología fundamental suele estar más orientada al estudio dogmático de las nociones de revelación y de fe, o al estudio del método epistemológico de la ciencia teológica. En el descuido del enfoque propiamente apologético, ha incidido la influencia de la teología protestante en la teología católica contemporánea; porque en el marco de la clásica contraposición protestante entre la fe y las obras, se tiende a ver a la apologética como una obra de la razón. La tendencia fideísta del protestantismo conduce a despreciar el esfuerzo racional por fundamentar la credibilidad de la fe. La fe sería tanto más pura cuanto menos se apoyara en la luz de la razón. Esta actitud antiapologética ha tenido consecuencias muy negativas para el pueblo fiel.

La actual situación de crecimiento de toda clase de sectas y de nuevos movimientos religiosos –a menudo no cristianos– en tierras que otrora fueron macizamente católicas impulsa a reconocer la urgente necesidad de una nueva apologética católica. En Fe y Razón estamos convencidos de esto; y nos comprometemos a aportar nuestras modestas fuerzas en esa dirección.

Permítasenos agregar unas breves observaciones finales:

Siguiendo, aunque desde muy lejos, al maestro G. K. Chesterton, quisiéramos hacer siempre apologética católica con buen humor. Por eso los invitamos a reírse un poco leyendo el disfrutable artículo de Enric Cantín, Dan Brown no existe, en el excelente diario virtual Forum Libertas.

Nuestros hermanos del Opus Dei han sido quizás las mayores víctimas de las feroces calumnias anticatólicas de El Código da Vinci. Por tal motivo publicamos parte del primer capítulo de una magnífica investigación periodística de Vittorio Messori que desmonta, pieza por pieza, la pesada leyenda negra creada en torno al Opus Dei.

Hace poco la publicación en diarios de Dinamarca de unas caricaturas que se burlaban de Mahoma generó violentas protestas en el mundo musulmán y sesudas y preocupadas reflexiones sobre los límites éticos de la libertad de expresión en Occidente. Nada semejante –ni en cuanto a fanatismo ni en cuanto a examen de conciencia– ha sucedido tras la publicación de la obra de Dan Brown, que comparativamente reduce a los caricaturistas daneses a burdos aprendices del arte de la blasfemia. Sin duda los católicos no debemos reaccionar con violencia frente a las cada vez más frecuentes irreverencias contra lo sagrado cristiano por parte de un laicismo agresivamente antirreligioso; pero tampoco cabe que nos crucemos de brazos, indiferentes. Ojalá el poema de Newman que incluimos al final de este número nos ayude a hacer crecer en nosotros la reverencia hacia Nuestro Señor Jesucristo.

¡Alabado sea Jesucristo, el Señor resucitado!