los-evangelios
Juan Carlos Riojas Alvarez

Desde el comienzo de su existencia, la Iglesia cristiana no careció de una autoridad escrita. Esta era el Antiguo Testamento. Jesús y sus seguidores lo aceptarán, aun cuando su intención es ofrecer una interpretación más pura y profunda que la de sus contemporáneos. Asimismo, la comunidad cristiana poseía otra autoridad, la del propio Jesús, cuyas palabras, transmitidas inicialmente por medio de la tradición oral, se situaban junto a los preceptos veterotestamentarios, completándolos y corrigiéndolos. Paralelamente corrían las interpretaciones y exhortaciones de los apóstoles sobre la importancia, muerte y mensaje de Jesús, así como sus cartas, con temas de teología y moral, que contribuían a la unión de las comunidades. Aunadas a estos principios de autoridad, se encuentran también las “manifestaciones del Espíritu,” que hacen sentir a las comunidades partícipes de la fuerza e inspiración del mismo Espíritu de Cristo. A medida que el tiempo pasaba, debido a la expansión del mensaje cristiano por muchas partes y por el hecho también de que se iban acabando los testigos directos e inmediatos del Señor, se fueron consignando por escrito los testimonios que daban fe de estas autoridades de la iglesia primitiva, además del Antiguo Testamento. Ya Clemente de Roma –según lo afirma Ireneo de Lyon– en el 96, en su carta a la iglesia de Corinto, e Ignacio de Antioquia entre el 107 y 110, hacen abundantes alusiones y semi-citas de palabras del Señor y de cartas de Pablo, de modo que su pensamiento se moldea también en torno a ellas, dejando ver una natural veneración hacia las mismas y situando su propia producción escrita a un nivel inferior de autoridad que el de aquella que manifestaba directa o indirectamente una cercanía al Señor o a sus apóstoles.

Hacia fines del siglo I se ha formado un grupo especial de evangelios –los sinópticos y el de Juan– que gozó de mucho más respeto y extensión geográfica de influencia que el resto de las composiciones evangélicas que circulaban entre diversos grupos. A mediados del siglo II, ya los primeros Padres Apostólicos introducirán en sus obras citas de esos evangelios, con la misma fórmula de citación que se empleaba para los escritos de la Antigua Alianza. Estas obras aluden repetidas veces a palabras del Señor, aunque encabezándolas normalmente con la fórmula “El Señor dice.” Aun cuando las citas pueden no ser siempre literales, por lo general sólo se cita o se alude de acuerdo con la versión de los cuatro evangelios, lo que refuerza, a la vez, su relevancia, prestigio y autoridad. De igual manera, hacia el 150, gracias a la primera Apología de Justino Mártir, sabemos que existía la costumbre de leer litúrgicamente en las asambleas los evangelios a los que Justino llama “memorias de los apóstoles,” pero deja claro que esas memorias se llaman Evangelios: “Num apostoli, in memoriis suis, quae vocantur evangelia.”[1] junto con los profetas del Antiguo Testamento, y que luego se pronunciaba una homilía comentando lo leído. Ello indica que esa colección de evangelios ocupaba ya, al menos en la comunidad de Justino, en Roma, una posición relevante en el culto. También por ese tiempo, el autor –probablemente miembro de la escuela valentiniana en Egipto– del escrito gnóstico conocido como el Evangelio de la Verdad, conoce y utiliza a los sinópticos y a Pablo, y también al cuarto evangelio y al Apocalipsis, aunque no formule citas precisas. Y en 31,35-32,34 el escritor alude explícitamente a la parábola de la oveja perdida, interpretándola a continuación alegóricamente por medio de una simbología de los números. La exégesis alegórica es una señal inequívoca de que en el momento de la composición del Evangelio de la Verdad, al menos los sinópticos gozaban de un rango cercano a la sacralidad, pues solamente los libros sagrados son objeto de alegoría. Así, mientras que por su parte la iglesia, cuando entabla alguna discusión con los herejes, apela en forma natural a alguno de estos evangelios como a un argumento decisivo, por otra parte se observa que cuando cada una de estas sectas rompe con la Iglesia, conserva siempre un vínculo con alguno de estos cuatro Evangelios, al menos para justificar su propia posición doctrinal. De esta manera los ebionitas, judíos fanáticos, se apoyan en Mateo; Marción y los marcionitas, hostiles a los judíos, rechazan el Antiguo Testamento pero apelan a Lucas; Cerinto y sus discípulos invocan el Evangelio de Marcos, mientras que Valentín y los suyos basan sus especulaciones en el Evangelio de Juan. Así pues, a su manera, también los herejes confirman la autoridad de los Evangelios.

Pero será sólo hasta fines del siglo II que los Evangelios adquieren propiamente la condición de canónicos, Los cuatro Evangelios son considerados entonces como un conjunto compacto, como un numerus clausus:[2] son cuatro, ni más ni menos. Todos los demás textos que reivindican el título de evangelios son rechazados como apócrifos (no siempre con ese nombre). Los cuatro Evangelios se consideran así como las cuatro formas de la única buena nueva de la salvación, que poseen la misma autoridad que el Antiguo Testamento y cuyo texto ha de ser universalmente respetado. De esto da evidencia una lista conteniendo cuáles libros debían considerarse sagrados, y cuáles no, en la principal iglesia de la cristiandad, en Roma, compuesta por un personaje desconocido, hacia el año 200, según se desprende de la crítica interna. Esta lista fue descubierta y publicada en 1740 por el erudito italiano Ludovico Antonio Muratori y es conocida desde entonces como Canon Muratori o “fragmento muratoriano.”[3] El texto señala que en aquel tiempo eran ya canónicos en Roma, es decir, “recibidos,” “santificados,” Mateo, Marcos, Lucas y Juan, entre otros escritos neotestamentarios (en total, 23 de los 27 actuales). Se indica también que tales libros tienen un carácter vinculante para la Iglesia, porque son leídos en el culto litúrgico y porque “proceden de los apóstoles.” También, Ireneo de Lyon, hacia el 180, en su Adversus Haereses, presenta un canon neotestamentario al que considera como un corpus de escritos apostólicos con la misma autoridad que el Antiguo Testamento, y califica a los cuatro evangelios como una unidad inseparable, refiriéndose a ellos como el “evangelio cuadriforme.” Por su parte, Tertuliano cita como sagrados, entre otros escritos del Nuevo Testamento, a los cuatro Evangelios e igualmente los considera escritos apostólicos con igual autoridad que la Ley y los Profetas y da a su invocación contra los herejes el carácter de argumento jurídico (“argumento evangélico”). Para Tertuliano la norma que regía a la comunidad era doble: por un lado, la “regla de fe” transmitida oralmente; por otro, las escrituras (cristianas y judías, divididas en dos “instrumentos”); pero nada que no pudiera conformarse con la regla de fe podía considerarse Escritura. Finalmente, Clemente de Alejandría –quien utiliza el vocablo “canon” en sus escritos, pero no el concepto de colección de libros – hacia el 190, realiza una distinción nítida entre los libros que considera vinculantes y sagrados y los que no, colocando a los cuatro Evangelios entre los escritos cristianos inspirados con el mismo rango y validez normativa que los del Antiguo Testamento.

Todos estos autores claramente buscan distinguir lo que es “escritura auténtica” de lo “apócrifo” y aun cuando sus listas de libros sagrados pueden no ser idénticas, sí guardan grandes semejanzas. En particular, todos incluyen, de la pléyade de evangelios, sólo a los sinópticos y a Juan, rechazando como espurios a los demás. Así, a fines del siglo II, nos encontramos con que la cristiandad, extendida por toda la cuenca mediterránea, con una gran diversidad de lengua, mentalidad y cultura, tiene ya un canon neotestamentario muy parecido al actual. Quedan aún algunas dudas y vacilaciones, pero otros escritos son ya explícitamente rechazados.

Son varios los criterios cuya influencia puede ser aducida en la formación del canon. Metodológicamente pueden ser divididos en:

Criterios externos a la Escritura misma

La procedencia apostólica;
La antigüedad del escrito;
El carácter realista de la fuente histórica;
La concordancia con el “criterio de verdad” o doctrina tradicional;
La concordancia expresa con la doctrina del Antiguo Testamento;
El contenido edificante o espiritual del escrito;
El destino universal del escrito a toda la Iglesia;
Las decisiones eclesiales;
La lectura pública litúrgica.

Criterios internos o espirituales

La inspiración o procedencia de Dios o de su Espíritu.

Criterio de los criterios

La recepción de un escrito por la Iglesia.

Desde luego no todos estos criterios son valorados de la misma forma por todos los estudiosos del tema, pero si parece existir consenso en los siguientes:
La conformidad con la regla de la fe, es decir, la congruencia con lo que la tradición de las comunidades cristianas consideraba como constituyente y normativo de la fe. Aun cuando no existiera una línea divisoria nítida entre ortodoxia y heterodoxia, el conjunto de las iglesias tenia muy claro el contenido dogmático esencial de lo transmitido. Es así que el Canon Muratori, Tertuliano e Ireneo rechazan ciertas obras como heréticas por el conjunto de sus doctrinas.

La proveniencia apostólica o apostolicidad de cada escrito. Primaba el origen apostólico, directo o indirecto, real o seudónimo, como lo deja ver el Canon Muratori al excluir como canónico a un escrito con un contenido doctrinal que bien podría considerarse ortodoxo (el Pastor de Hermas), “porque había sido redactado hacía poco en la ciudad de Roma.”

La aceptación común, esto es, un cierto consenso en el uso continuo por parte de la mayoría de las iglesias de determinados libros, sobre todo como lectura espiritual de las asambleas litúrgicas, como lo expresa Jerónimo en su 129ma carta , dirigida a Dardanes, prefecto de las Galias, en la que valora a la Epístola a los Hebreos porque “es obra de un varón eclesiástico y se lee continuamente en todas las iglesias.”

Existieron desde luego circunstancias que actuaron a modo de catalizadores que aceleraron el proceso interno en la Iglesia hacia la confirmación y sanción del carácter sagrado de unos escritos, cuya santidad, como se ha visto, estaba ya implícita en la práctica. Pero afirmar, como hacen algunos, que esos hechos introducen una radical novedad en el desarrollo de tal proceso, suena tan risible como decir que el catolicismo ha tomado elementos de Lutero o Calvino, porque las decisiones del concilio de Trento, en 1546, fueron consecuencia de la Reforma, puesto que fue ella la que obligó a la Iglesia a precisar tales o cuales puntos de su doctrina.

Entre tales hechos tenemos, por una parte, el intento de los apócrifos, que para satisfacer la curiosidad popular tienden a “completar” los evangelios, especialmente con informaciones sobre el período de la vida de Jesús que precede a su vida pública y sobre el relato de la resurrección. Más o menos responde también a este mismo proyecto la empresa de Taciano, que en Siria y hacia el 170 d.C., se puso a escribir unos relatos seguidos de la vida de Jesús, tomando a Mateo como base, completado por Juan para el comienzo y el fin, y por Lucas y Marcos para el resto. Estos intentos no sólo sacrifican el mensaje de los Evangelios en aras de convertirlos primordialmente en una fuente de datos que satisfagan el gusto y piedad populares, sino que también tienden a separar el acontecimiento de su sentido, a darle una “plusvalía” tratándolo por él mismo como un “en-sí.” Por otra parte tenemos el intento de los escritos gnósticos, que, a la inversa de los apócrifos, sacrifican el acontecimiento en aras de su sentido e interpretan los evangelios a partir de ciertos presupuestos doctrinales ajenos a la tradición, como en el dualismo de Marción, que subordina los evangelios a su sistema y sustituye la visión de los mismos por la suya propia.

Ante estas dos posturas, la Iglesia afirmará a los cuatro Evangelios como fuente del mensaje auténtico de Jesús, reconocido y enseñado por la Tradición Apostólica viva de la Iglesia.


[1] Apologia, I, 66

[2] Lat. numerus clausus, número completo, cerrado.

[3] NOTA DEL REDACTOR: El fragmento muratoriano, o fragmento de Muratori, también llamado canon muratoriano es la lista más antigua conocida de libros considerados canónicos del Nuevo Testamento. En la lista figuran los nombres de los libros que el autor consideraba admisibles, con algunos comentarios. Está escrito en latín. Fue descubierto por Ludovico Antonio Muratori (1672-1750) en la Biblioteca Ambrosiana de Milán, y publicada por él mismo en 1740. Aunque el manuscrito en que figura el Fragmento Muratoriano data del siglo VII, la lista se ha fechado en torno al año 170, ya que se refiere como reciente al papado de Pío I, muerto en 157: “Pero el Pastor fue escrito por Hermas en la ciudad de Roma bastante recientemente, en nuestros propios días, cuando su hermano Pío ocupaba la silla del obispo en la iglesia de la ciudad de Roma”   Los libros canónicos mencionados en esta lista son aproximadamente los mismos que se tienen hoy por canónicos neotestamentarios, con algunas variaciones. El Fragmento acepta cuatro evangelios, dos de ellos son Lucas y Juan –falta el principio del manuscrito, donde estarían los nombres de los dos primeros– los Hechos de los Apóstoles, y trece epístolas de Pablo – no se menciona la Epístola a los Hebreos. Considera falsificaciones las epístolas supuestamente escritas por Pablo a los laodiceanos y a los alejandrinos. Sólo se mencionan dos epístolas de Juan, sin describirlas. Figuran también en el fragmento como canónicos los apocalipsis de Juan y Pedro, aunque este último con ciertas reservas: ‘el cual algunos de los nuestros no permiten que sea leído en la iglesia.’ Wikipedia.

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