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Néstor Martínez Valls

Toda la trama de El Código da Vinci se basa en un error cristológico: creer que la fe en la Divinidad de Jesucristo se opone al reconocimiento de su humanidad. Según la novela de Brown, la Iglesia decidió ocultar el matrimonio de Jesús con María Magdalena, porque ese rasgo demasiado “humano” del Salvador revelaría que en realidad no era Dios, sino un “hombre mortal,” cuya divinidad había sido inventada por motivos políticos por Constantino. El punto crucial es que el haber engendrado un hijo (más precisamente: una hija) sería señal clara del carácter mortal, y por tanto, no divino, de Jesucristo.[1]

El argumento de los eclesiásticos sería, según Brown, el siguiente: “El que engendra hijos humanos, es mortal. Y el que es mortal, no puede ser Dios. Pero Jesús es Dios. Luego, no ha podido engendrar hijos humanos.”

Pero es claro que a esto, Brown contesta lo siguiente: “El que engendra hijos humanos es mortal. Y el que es mortal, no puede ser Dios. Pero Jesús ha engendrado hijos humanos. Luego, no es Dios.”

O sea, él comparte las premisas del argumento que atribuye a la Iglesia, es decir, en realidad, el argumento que Brown atribuye a la Iglesia es una proyección de su propia teología, la de Brown.

Pero resulta que ésa no es la teología católica. El ser mortal no es incompatible para la Iglesia con el ser Dios, pues la fe católica enseña que Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, como hombre murió en la Cruz, y resucitó de entre los muertos.

Según la novela, este interés por ocultar el hecho de que el Crucificado era “un hombre mortal” habría llevado a eliminar los Evangelios primitivos, anteriores a Constantino, unos ochenta, según Brown,[2] o miles, según otro pasaje de la novela,[3] y redactar en su lugar, en el siglo IV, los cuatro Evangelios canónicos, de los cuales se habría eliminado todo lo que hace referencia a la humanidad de Jesucristo.

“Constantino encargó y financió la redacción de una nueva Biblia que omitiera los evangelios en los que se hablara de los rasgos “humanos” de Cristo y que exagerara los que lo acercaban a la divinidad. Y los evangelios anteriores fueron prohibidos y quemados.”[4]

Por su parte, el secreto de María Magdalena ha sido conservado desde los tiempos de Jesucristo y ha sido trasmitido en la Edad Media a una sociedad secreta llamada el “Priorato de Sión.” Los miembros del Priorato de Sión reconocen la divinidad de María Magdalena y la adoran.[5]

Los descendientes de María Magdalena llegan hasta la dinastía merovingia, de la cual a su vez descendería Godofredo de Bouillon, el rey del “reino latino de Jerusalén” instalado tras la primera Cruzada. Godofredo habría fundado en Jerusalén el “Priorato de Sión,” el cual poco después habría creado los Templarios, que serían su “brazo armado.” Entre los “grandes maestres” del priorato figurarían Newton, Boyle, Leonardo da Vinci, Víctor Hugo, Jean Cocteau y otros.

Es obvio que toda esta argumentación presenta severas carencias.

En primer lugar, los Evangelios canónicos no esconden para nada la humanidad de Cristo, que nace de mujer, tiene hambre y sed, se cansa, es tentado, está triste, se angustia, sufre en la Cruz y muere, efectivamente, como todo “ser humano mortal.”

En segundo lugar, si el engendrar hijos humanos es incompatible con la Divinidad, no se ve qué lugar queda para la divinidad de la Magdalena, presunta madre de la hija de Jesús, que sin embargo es sostenida en la novela por los que “tienen razón,” los del Priorato de Sión.

Es obvio por otra parte que los Evangelios canónicos han sido redactados mucho antes de Constantino. Su texto se puede reconstruir en buena medida con citas de Padres de la Iglesia anteriores a Constantino.

Por otra parte, no es para nada probable que los Evangelios apócrifos, particularmente los de origen gnóstico, sean especialmente fieles a la humanidad de Jesucristo. Por el contrario, los gnósticos, por lo general, niegan la verdadera humanidad de Jesús. Su error es el “docetismo,” de dokeo, apariencia, porque en efecto, dicen que el cuerpo de Jesús era un cuerpo sólo aparente.

En realidad, la teología de Brown concuerda en esto con la gnóstica, pues sostiene la imposibilidad de un contacto verdadero entre lo divino y lo humano. Por su parte, si la Iglesia luchó contra el gnosticismo, no fue tanto porque negasen la Divinidad de Jesús, sino porque negaban su Humanidad.

En efecto, en la hipótesis de Brown se vuelve inexplicable el ardor con que la Iglesia combatió las herejías que afirmaban plenamente la Divinidad de Jesús, pero negaban su humanidad, como el docetismo, el monofisismo, etc. Y nótese que lo más arduo de esa lucha fue después de Constantino. El Concilio de Calcedonia, condena definitiva del monofisismo y defensa enérgica de la verdadera naturaleza humana de Jesucristo, es del año 451.

Pero aquí hay otra contradicción de Brown, porque según la doctrina “verdadera” del paganismo y del Priorato, algo tan carnal como la unión sexual es un medio posible para la unión inmediata con Dios, sin necesidad de la mediación de la Iglesia.[6] Pero entonces, ¿qué dificultad habría en que un ser humano mortal que engendra hijos fuese Dios?

Obviamente, no estamos diciendo que Jesús haya tenido hijos, sino que la misma premisa que Brown comparte con la imaginaria teología católica que presenta en su novela, es contradicha por el mismo Brown.

La misma mentalidad de oposición entre lo divino y lo humano aparece cuando se dice en la novela que la Biblia es un producto del hombre, no de Dios (p. 288). Para la doctrina católica, la Biblia es una obra de Dios que se vale de autores humanos. Es decir, creemos que no fue escrita directamente por Dios, ni “cayó del cielo,” cosa que acertadamente rechaza Brown… sino que fue escrita por autores humanos inspirados por Dios.

Hay que recordar además que el gnosticismo tiene su auge en los siglos II y III d.C. de modo que los evangelios gnósticos son posteriores, y no anteriores, a los cuatro Evangelios canónicos. De hecho, la fecha del Evangelio más tardío, el de Juan, se coloca por el 100 D.C.

Es históricamente falso, además, decir que el Concilio de Nicea, reunido bajo Constantino en el 325, definió que Jesús es el Hijo de Dios.[7] No fue la filiación divina, sino la consustancialidad entre el Hijo y el Padre, lo que definió Nicea. La filiación divina de Jesucristo era afirmada prácticamente por todos, ortodoxos y herejes, en el cristianismo antiguo.

Y mucho antes, obviamente, de Constantino. Baste para eso leer las obras de los Padres de la Iglesia de los siglos II y III, si es que no se quiere acudir al testimonio mucho más inmediato de los mismos Evangelios, como el de Marcos, que empieza así: “Principio del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios,” y que los críticos menos ortodoxos fechan en los años 70. Siempre y cuando no resulte verdadero el descubrimiento del P. O’ Callaghan que lo situaría hacia la década del 50.

Afirma Brown además que la identificación de María Magdalena con una prostituta fue hecha por la Iglesia primitiva para alejar la idea de su matrimonio con Jesús, a fin de “proteger” la divinidad de Jesucristo, como ya se ha dicho.[8]

Pero resulta que dicha identificación es en todo caso la tendencia de la Iglesia latina, no de la oriental, cuya tradición exegética más bien distingue entre María Magdalena, la pecadora que lava los pies de Jesús, María de Betania, y la adúltera que aparece en el Evangelio de Juan. Y nótese que es al Oriente, justamente, donde la influencia imperial era más fuerte, porque Constantino trasladó la sede del Imperio de Roma a Constantinopla.

Dice la novela que establecer la divinidad de Cristo era fundamental para la posterior unificación del Imperio y el establecimiento de la nueva base de poder en el Vaticano (p. 290).

Lo cual nos lleva a su vez a preguntarnos, en primer lugar, porqué entonces Constantino trasladó la capital del Imperio de Roma (del “Vaticano”) a Constantinopla, y en segundo lugar, por qué no trasladó también la sede pontificia a Constantinopla. Si trataba según Brown de fortalecer el poder imperial mediante la religión católica, apostólica y romana, ¿qué mejor que hacer que el Papa residiese en Constantinopla, de ser posible en las dependencias mismas del palacio imperial, o al menos, en la misma ciudad que el Emperador? Sólo una razón se lo impidió, de hecho: que Roma era la sede suprema de la Iglesia, no porque fuese la capital del Imperio, sino porque había sido la sede de Pedro.

En la novela incluso se dice que la Iglesia prohibió “el nombre” de María Magdalena.[9] Es cierto que no queda claro si se refiere a que no se podía mencionarla, o a que no se podía bautizar a alguien con ese nombre… El caso es que no debe de haber sido ninguna de las dos cosas, por la sencilla razón de que para la Iglesia María Magdalena es una Santa, cuya fiesta se celebra el 22 de Julio. Y es claro que desde el principio la Iglesia alentó el poner nombres de santos a los hijos que se bautizaban. La prueba de ello es la gran cantidad de Magdalenas que hay a lo largo de la historia.

Por otra parte, la novela establece un vínculo dudoso entre paganismo y feminismo y un vínculo imposible entre paganismo y judaísmo. No es tan claro que el paganismo sea en su totalidad o en su mayoría, o en su esencia, matriarcal. Y es evidentemente claro que el judaísmo no tiene nada que ver con el paganismo. ¡Menos aún con el matriarcado o el feminismo!

Sin embargo, María Magdalena, judía, sería la cabeza de una dinastía dedicada al culto pagano de la “diosa madre,” que por otra parte el autor quiere encontrar ya en el mismo Templo de Jerusalén, donde habría prostitución sagrada, y se veneraría a dos dioses, uno masculino, Jehová, o mejor, Jah, y otro femenino: ¡la Shekiná![10] Pero la Shekiná no es otro dios, sino que es la gloria de Dios, del único Dios. Hasta el monoteísmo judío se viene abajo en la “reconstrucción” histórica de Brown.

Para Brown, la “maniobra constantiniana” habría tenido por efecto nada menos que imposibilitar la existencia de rabinas judías y de clérigas islámicas! Alcance insospechado no sólo para la influencia imperial, sino incluso para la cristiana.[11]

Ahí mismo dice que incluso la vergüenza o pudor asociados al acto sexual tendría un origen relativamente moderno y sería en todo caso posterior a la “caza de brujas” en Europa hacia fines de la Edad Media. ¡De lo que uno se viene a enterar!

En la página 158 nos enteramos de más cosas. Según ahí se dice, durante tres siglos, la Iglesia dirige una campaña para reeducar a los paganos y practicantes del culto femenino. En esa campaña, la Inquisición publica el Malleus Maleficarum.

Se refiere por tanto al libro publicado en el año 1487, o sea, siglo XV. Poniéndonos en la hipótesis más favorable a Brown, éste era el último de esos tres siglos. O sea, que la campaña de “reeducación” de los paganos practicantes del culto femenino habría comenzado en el siglo XIII, unos nueve siglos después de Constantino. ¿No es una demora un poco excesiva?

Informa ahí mismo la novela que durante esos trescientos años, la Iglesia quemó en la hoguera a cinco millones de mujeres. Una simple multiplicación más una división nos da un saldo de 45 hogueras por día durante trescientos años. Un poco demasiado ¿verdad?

En realidad, las cifras que dan otras fuentes son muy distintas:

“Se calcula que hubo cerca de 100.000 causas de brujería en Europa, de las cuales, la mitad, o sea, unas 50.000 personas acabaron en la hoguera. Pero, como podemos ver, la intensidad de las persecuciones varió mucho de país a país.

La densidad de persecución de brujas en Europa (Behringer 1998)
País Ejecuciones Por cada 1.000 habitantes Población ca. 1600 d.C.
Portugal 7 0,0007 1.000.000
España 300 0,037 8.100.000
Italia 1000? 0,076 13.100.000
Países Bajos 200 0,133 1.500.000
Francia 4000? 0,200 20.000.000
Inglaterra/Escocia 1500 0,231 6.500.000
Finlandia 115 0,238 350.000
Hungría 800 0,267 3.000.000
Bélgica/Luxemburgo 500 0,384 1.300.000
Suecia 350 0,437 800.000
Islandia 22 0,440 50.000
Chequia/Eslovaquia 1000? 0,500 2.000.000
Austria 1000? 0,500 2.000.000
Dinamarca/Noruega 1350 1,391 970.000
Alemania 25000 1,563 16.000.000
Polonia/Lituania 10000? 2,941 3.400.000
Suiza 4000 4,000 1.000.000
Lichtenstein 300 100,000 3.000

La mitad de las quemas de brujas se produjeron como vemos en los estados alemanes, donde fueron ejecutadas 25.000 personas. Mas poniendo el número de ejecuciones en relación con el de habitantes, vemos que Lichtenstein es el lugar donde más cruda fue la persecución: 300 quemas con relación a 3.000 habitantes, corresponde a un diez por ciento de la población. A la cabeza del extremo opuesto de la escala, con una intensidad de un fracción de unidad por 1.000, encontramos a Portugal, España e Italia, los únicos países que conservaron la Inquisición, adaptándola a su nueva base nacional.

La documentación correspondiente a la primera parte de la Edad Moderna, que es la época que nos interesa, es tan abundante, que nos permite con gran seguridad decir cuántas de las quemas de brujas registradas se debieron a la Inquisición.

Las cifras, por inesperadas, resultan asombrosas. Para Portugal es 1. Para España, 27. Y para Italia, 8. El resto de un total de aproximadamente 1.300 ejecuciones, repartidas entre los tres países, se debieron a los tribunales civiles y episcopales de los mismos.

En ya anticuados estudios encontramos a menudo la suposición de que en España, Portugal e Italia, el Santo Oficio tenía tanto que hacer persiguiendo a judíos, mahometanos y protestantes, que no le quedaba tiempo para perseguir también a las brujas. La revisión sistemática de los archivos inquisitoriales nos demuestra algo muy distinto. Calculo que la Inquisición en los países católicos del Mediterráneo llevó a cabo entre 10.000 y 12.000 procesos de brujería, que, no obstante, fueron sentenciados con penas menores o absolución.”[12]

Esta información se confirma en otro sitio que tampoco es católico ni probablemente cristiano: religioustolerance.org.[13]

Y sin embargo, hay que decir que Brown ha sido superado en su propio terreno. Una hoja web de las “Católicas por el Derecho a Decidir” (es decir, pseudocatólicas por el derecho a matar mediante el aborto) dice que fueron ¡ocho millones de mujeres durante cuatrocientos años! La cita textual es de Francesca Gargallo.[14]

Recurrimos nuevamente a la calculadora, y obtenemos un promedio de ¡73 hogueras por día durante cuatro siglos! ¿Posible problema de contaminación ambiental?

Por otra parte ¿será que en el Malleus Maleficarum aparece la expresión “mujeres librepensadoras” citada entre comillas en la novela?[15] ¿No sería eso anticiparse al vocabulario de la Ilustración? Al menos una búsqueda que hemos efectuado de dicha expresión en una versión española de la obra, bajada de Internet, no ha encontrado apariciones de la misma.

La conocida asociación entre lo “izquierdo” y lo negativo, expresada por ejemplo en el uso que hacemos de la palabra “siniestro,” se debería a que a su vez se relacionó lo femenino, ya cargado de negatividad por todo lo anteriormente dicho, con lo izquierdo. No queda claro en la obra el porqué de esta última asociación. ¿Es mayor entre los zurdos el porcentaje de mujeres que el de varones? La “maldad” del lado izquierdo ¿no viene del hecho obvio de que la inmensa mayoría de la humanidad es hábil de la mano diestra, no de la siniestra?

Pero la revelación definitiva viene al final de toda esta sección. El origen de las guerras está en la testosterona. La agresividad es algo exclusivamente masculino, como lo sabe todo aquel que no ha tenido trato con mujeres jamás en su vida.

Ni es tan fácil tampoco sostener que el catolicismo sea el símbolo sin par del machismo. Si vamos al caso, el culto a la Virgen María se compagina menos con el machismo que las creencias de otras religiones.

El feminismo del Priorato, además, resulta bastante decepcionante, pues nos enteramos al final de la novela que solamente cuatro Grandes Maestres han sido mujeres (p. 544). ¡En novecientos años! ¡Parece menos que esas cuotas mínimas que se ponen algunos partidos políticos! ¡Oh diosa, perdona a tus seguidores!

En la obra se acusa al Papa Clemente V de haber sido el principal instigador de la extinción de los Templarios, y de haber reclutado al rey francés Felipe IV para la misma.[16]

La realidad histórica es al revés, por supuesto. La iniciativa fue del rey, que codiciaba los bienes de los Templarios. Clemente V, el primer Papa que vivió en Aviñón, durante lo que se conoce como el “cautiverio” del papado en Francia, era además francés y débil de carácter. Citamos al historiador católico Ludwig Hertling, en su libro Historia de la Iglesia; publicada por Herder, Barcelona, 1979:

“De súbito, Felipe el Hermoso tuvo noticia de unas inauditas monstruosidades que los templarios practicaban en secreto: idolatría, una desenfrenada licencia y un sinfín de otros crímenes. En el año 1307 hizo encarcelar a todos los templarios franceses, en número de unos dos mil. Las desatentadas acusaciones, cortadas sobre el mismo patrón de las monstruosas calumnias lanzadas por el propio rey contra Bonifacio, no merecían el menor crédito. Que algunos templarios hubiesen faltado a sus deberes, era perfectamente posible, pero lo mismo hubiera podido decirse de los miembros de cualquier otra orden religiosa; mas ni entonces ni más tarde pudo nadie presentar una prueba fehaciente de los crímenes que se le imputaban. Lo malo era que la orden poseía muchas riquezas, y como el rey las ambicionaba, había que probar la culpabilidad de aquélla a cualquier precio. Las posesiones de los templarios tenían el carácter de fundaciones eclesiásticas de beneficencia, y para que el rey pudiera confiscárselas necesitaba que el Papa disolviera las fundaciones. Para intimidar al Papa, le presentó las confesiones de los reos, arrancadas bajo tormento. El débil Clemente V se dejó acobardar, temeroso, además, de que, si irritaba a Felipe, éste le forzara a iniciar el proceso contra Bonifacio. Al final se decidió a convocar un Concilio ecuménico en Vienne (1311), para sacudirse sobre éste la responsabilidad. Sin embargo, los padres no se declararon convencidos por las pruebas y documentos que se les presentaron y se resistieron a sentenciar la culpabilidad de los templarios. Muchos de éstos, en el entretanto, habían sido ya ajusticiados. El Papa, acosado incesantemente por el rey, que asistía también al Concilio, encontró finalmente la escapatoria de disolver la orden por un simple acto de provisión apostólica, sin necesidad de dictar sentencia formal, cosa para la cual el Papa está siempre facultado con respecto a cualquier orden religiosa. En cuanto a los bienes, para no defraudar la finalidad de las fundaciones, fueron atribuidos a los caballeros de Rodas y a otras órdenes militares, aunque muy poco fue lo que llegó realmente a sus manos. Prosiguieron las ejecuciones, que difícilmente pueden considerarse como actos de provisión administrativa. Finalmente, en 1314, el gran maestre Jacobo de Molay, que hasta el final defendió la inocencia de los suyos, pereció en la hoguera. La extinción de los templarios es uno de los mayores escándalos de toda la historia eclesiástica, y pesa como una losa sobre la memoria de Clemente V, que en ello desempeñó el papel de Pilato.”[17]

Por lo visto, el ser católico y jesuita no le impide a Hertling el denunciar como corresponde la debilidad de Clemente V, ni se puede pensar entonces que su testimonio esté parcializado a favor del Papa. Sin embargo, no dice lo que dice la novela, que la iniciativa partió del Papa, sino que deja claro lo que cualquier historiador serio tiene que reconocer, que la iniciativa fue del ambicioso rey francés, y que la culpa del Papa estuvo en no oponerse con la firmeza y energía necesaria a la injusticia a que se lo quería obligar.

La exposición de Hertling coincide en lo sustancial con la de la Wikipedia[18] –que tampoco se caracteriza en general por ser favorable al cristianismo, pero que por esta vez parece bastante objetiva– en Internet.

Lo que sucede es que Brown necesita que el principal impulsor de la destrucción de los templarios haya sido el Papa, porque sólo así puede explicar la disolución de la orden como consecuencia de la búsqueda del secreto del Grial por parte de la Iglesia, búsqueda que por otra parte no tiene otra finalidad, según Brown, que hacer desaparecer dicha información.

Dice en la p. 203: “El verdadero objetivo del Papa eran los poderosos documentos que habían hallado y que en apariencia eran su fuente de poder, pero nunca los encontró.”

Esos documentos de los que habla son justamente, en la novela, los que prueban la relación de María Magdalena con Jesús y la existencia de una descendencia carnal de Jesucristo que llega hasta el mismo Godofredo de Bouillon.

Respecto, finalmente, del famoso Priorato de Sión, digamos solamente que existe, o existió, en realidad, pero solamente a partir de 1956, cuando fue fundado en Francia por un tal Pierre Plantard (el apellido aparece en la novela) y otros amigos. Al parecer, se trataba de un grupo antisemita. Dicho Plantard fraguó, según la policía francesa, una falsa genealogía que lo hacía descender de los Merovingios. El resultado final era que él tenía derecho a la corona de Francia. En francés, un artículo bastante completo sobre el tema, en Gazette de Rennes-le-Château.[19] Y en español, otra vez la Wikipedia: Piorato de Sion.[20]

La obra de Brown revela además una ignorancia bastante elemental de doctrinas, usos y costumbres de la Iglesia Católica.

Aparece por allí un “monje del Opus Dei,” con hábito y todo (pp. 147 y 161). Es sabido que en el Opus Dei no hay monjes. Además, parece que Brown entiende el título “prelatura personal” en el sentido de que es una “prelatura personal del Papa,” lo dice dos veces.[21] Es decir, lo de “personal” haría referencia según él a la persona del Papa.

Es sabido, por el contrario, que hace referencia a las personas que integran el Opus Dei: se trata de una prelatura personal, porque está dirigida por un Prelado, es decir, un Obispo, que en vez de tener jurisdicción sobre un territorio, como los Obispos diocesanos, tiene jurisdicción sobre un conjunto de personas que está repartido por todo el planeta.

Peor aún, al comienzo de la novela un personaje que es miembro del Opus Dei dice: “somos una Iglesia Católica.”[22] Al parecer, Brown entiende que las órdenes y congregaciones religiosas católicas, y también las prelaturas personales, son otras tantas “Iglesias” dentro de la Iglesia, noción eclesiológica totalmente peregrina e inaudita hasta el presente. Proponemos la hipótesis de que la etimología de ekklesía como “congregación” puede haber despistado a Brown. O tal vez, el hecho de que al frente de las prelaturas personales haya un Prelado, es decir, un Obispo. Pero nada de eso justifica llamarlas “iglesias.”

Dice además, hablando de una religiosa, que es una “mujer del clero.”[23] Es sabido por el contrario que en la Iglesia todos los miembros del clero son varones, y que las religiosas no son miembros del clero. Es posible que esto haya sido consecuencia inconsciente de los reflejos feministas de Brown…

Por ahí también su monje opusdeísta dice que “la oración es una dicha solitaria;”[24] con lo cual muestra tal monje no haber leído a Santa Teresa de Avila, ni a San Escrivá de Balaguer, ni tener la menor noción de lo que es la oración cristiana o la oración en general.

Bueno, también dice que los cristianos ignoramos por lo general toda la violencia que se oculta detrás del Crucifijo.[25] Obviamente. La repetición anual de la lectura de la Pasión en Pascua, el Via Crucis, etc., sólo han servido para convencernos de que se trata de un cómodo sofá o diván.

Milagrosamente se reconoce por ahí el interés del Vaticano por la ciencia.[26] Pero claro, el personaje que representa al Opus Dei lo enjuicia negativamente, y opone la objetividad de la ciencia a la fe. Nos preguntamos entonces: ¿qué pasa con el efectivo interés del Opus Dei por la ciencia?

Esto es más que suficiente para mostrar que cuando Brown habla del catolicismo toca de oído. A la vista de los resultados, parece que algunas de sus fuentes han sido otras novelas o algunas películas de Hollywood. O bien, simplemente, su imaginación.

En resumen: ¡Viva El Señor de los Anillos!


[1] El Código da Vinci cfr. pp. 290, 291, 315

[2] Ibid. p. 288

[3] Ibid. p. 291

[4] Ibid. p. 291

[5] Ibid. p. 319: “la divinidad femenina perdida”

[6] Ibid. p. 384

[7] Ibid. p. 290

[8] Ibid. p. 303

[9] Ibid. p. 316.

[10] Ibid. p. 384

[11] Ibid. p. 159

[12] http://www.mercaba.org/dossieres/brujas.htm

[13] http://www.religioustolerance.org/wic_burn.htm

[14] Breve historia de la Mujer; segunda parte; publ. en FEM, Publicación feminista mensual, Méjico, Septiembre 1990, p. 7.

[15] El Código Da Vinci, p. 158

[16] Ibid. p. 202

[17] Ibid. pp. 256–257

[18] http://es.wikipedia.org/wiki/Orden_del_Temple#Los_nueve_fundadores

[19] http://www.portail-rennes-le-chateau.com/davincicode1.htm

[20] https://es.wikipedia.org/wiki/Priorato_de_Sion

[21] El Código Da Vinci, pp. 46 y 59

[22] Ibid. p. 44

[23] Ibid. p. 115

[24] Ibid. p. 116

[25] Ibid. p.183

[26] Ibid. p.189