constantino

Daniel Iglesias Grèzes

En El Código da Vinci de Dan Brown se sostiene que la divinidad de Cristo habría sido ignorada durante los tres primeros siglos de la era cristiana, inventada luego por el emperador romano Constantino y promulgada por mayoría en el Concilio de Nicea (el primer concilio ecuménico), en el año 325. Además se sostiene que, a fin de apuntalar su invención, Constantino habría mandado destruir los numerosos evangelios que circulaban hasta ese entonces y habría ordenado y financiado la composición de los cuatro evangelios reconocidos por la Iglesia como canónicos.

Nos proponemos demostrar el carácter totalmente falso de esa tesis del origen constantiniano del cristianismo, la principal de las numerosas tesis anticristianas de esa tristemente célebre obra de Dan Brown.

Para refutar esa tesis absurda basta recordar dos hechos evidentes para cualquiera que tenga un mínimo conocimiento del origen del cristianismo:

– el Nuevo Testamento fue escrito en el siglo I;
– el Nuevo Testamento afirma explícitamente la divinidad de Cristo.

A pesar de la obviedad de estos hechos, los presentaremos con algún detenimiento.

El Nuevo Testamento fue escrito en el siglo I

Hay un consenso unánime entre los expertos de todas las tendencias religiosas y filosóficas acerca de que el Nuevo Testamento fue escrito sustancialmente en el siglo I: es seguro que hacia el año 100 se había completado la redacción de los cuatro Evangelios canónicos, los Hechos de los Apóstoles, el Apocalipsis y la gran mayoría de las Epístolas del Nuevo Testamento. Algunos estudiosos difieren hasta principios del siglo II la redacción de algunas de las Epístolas. No obstante, todos concuerdan en que alrededor del año 120 –más de doscientos años antes del Concilio de Nicea– el proceso redaccional del Nuevo Testamento estaba totalmente concluido.

Sin embargo, no nos limitaremos a presentar un argumento de autoridad. Las razones que fundamentan el consenso referido son muchas y muy sólidas. Expondremos dos pruebas de la redacción del Nuevo Testamento –y por ende de los cuatro Evangelios canónicos– antes del siglo IV o, más exactamente, en el siglo I: la prueba basada en las citas patrísticas y la prueba basada en los manuscritos antiguos.

Acerca de la primera de estas pruebas, diremos simplemente que se conocen más de 32.000 citas del Nuevo Testamento incluidas en las obras de los Padres de la Iglesia y otros escritores eclesiásticos anteriores al Concilio de Nicea.[1] El Nuevo Testamento entero, con la única excepción de once versículos, podría ser reconstruido a partir de esta sola fuente. Si ya de por sí la teoría conspiratoria de Dan Brown sobre el origen constantiniano de los Evangelios canónicos es completamente inverosímil, extenderla suponiendo que Constantino también habría mandado interpolar estas 32.000 citas en centenares de obras de los siglos I, II y III, conservadas en millares de copias dispersas por todo el territorio del Imperio Romano y más allá de sus límites, aumentaría infinitamente la inverosimilitud de su teoría.

Presentaremos con mayor amplitud la segunda de las pruebas anunciadas

Se conocen más de 5.300 manuscritos griegos antiguos del Nuevo Testamento. Además han sobrevivido hasta hoy unos 10.000 manuscritos antiguos con copias del Nuevo Testamento en latín y otros 9.300 con versiones en siríaco, copto, armenio, gótico y etíope, totalizando más de 24.000 manuscritos antiguos del Nuevo Testamento, una cantidad mucho mayor que la correspondiente a cualquier otra obra literaria de la Antigüedad, exceptuando el Antiguo Testamento. Las variaciones del texto encontradas en estos manuscritos son pequeñas y no afectan a la sustancia de la doctrina cristiana.

En cuanto al canon del Nuevo Testamento, Tertuliano afirma que hacia el año 150 la Iglesia de Roma había compilado una lista de libros del Nuevo Testamento, idéntica a la actual. Se conserva un fragmento casi completo de esta lista en el Canon Muratoriano del año 170.

Las Biblias completas más antiguas son el Códice Vaticano (circa año 300) y el Códice Sinaítico (circa año 350), conservados en el Museo Vaticano y el Museo Británico, respectivamente. Los manuscritos del Nuevo Testamento de los tres primeros siglos son fragmentarios: contienen desde unos pocos versículos hasta varios libros completos. Los más antiguos son los papiros. Los 96 papiros numerados –desde P1 hasta P96– contienen partes de cada libro del Nuevo Testamento excepto la Primera y la Segunda Epístola a Timoteo.

En 1897-1898 la nueva ciencia de la papirología se vio sacudida por el descubrimiento de los más de dos mil papiros de Oxyrhynchus en Egipto. 28 de estos papiros corresponden a quince de los veintisiete libros del Nuevo Testamento. Veinte de ellos eran más antiguos que los manuscritos más antiguos del Nuevo Testamento conocidos hasta ese entonces.

En 1930-1931 Sir Frederic Kenyon publicó los papiros Chester Beatty (P45, P46 y P47,) los cuales fueron datados como del período 200-250. Estudios más recientes demuestran que P45 es del año 150 y P46 del año 85, aproximadamente. Estos papiros eran mucho más extensos que los papiros conocidos hasta entonces: contienen docenas de capítulos de los Evangelios, los Hechos, las cartas de Pablo y el Apocalipsis.

En los años de la década de 1950 fueron descubiertos los papiros Bodmer (P66, P72, P73, P74 y P75.) El más importante de ellos es P66, que contiene los primeros catorce capítulos del Evangelio de Juan. Originalmente fue datado como del año 200, pero estudios más recientes prueban que es del año 125 o anterior.

Hacia 1960 se consideraba a P52 (el Papiro Rylands) como el papiro del Nuevo Testamento más antiguo. Originalmente datado como del año 125, hoy se considera más exacta una fecha cercana al año 100. Contiene cinco versículos del capítulo 18 de Juan.

La papirología ha avanzado mucho en los últimos cincuenta años debido a la disponibilidad de equipamiento moderno y de miles de papiros utilizables como medios de comparación. La mayor parte de las redataciones recientes han dado como resultado fechas más tempranas que las asignadas originalmente.

Trabajos recientes de Carsten Peter Thiede y Philip Comfort han demostrado que los papiros P64 y P67 son dos fragmentos del mismo manuscrito original, que contiene parte del Evangelio de Mateo. P64 es llamado Papiro Magdalen, debido a que es conservado en el Magdalen College de Oxford. P67 es conservado en Barcelona. En 1901 el Rev. Charles Huleatt dató a P64 como del siglo III. En 1953 C. H. Roberts lo redató alrededor del año 200. En 1995, usando técnicas modernas y los rollos del Mar Muerto, Thiede reasignó a P64/P67 la fecha del año 60.

Este descubrimiento es muy importante porque según la gran mayoría de los exégetas actuales el Evangelio de Mateo habría sido escrito hacia el año 80. Como además una mayoría todavía más contundente de los expertos atribuye la mayor antigüedad al Evangelio de Marcos, resulta que la redacción de Mateo y de Marcos habría tenido lugar al menos veinte o treinta años antes que lo que era generalmente admitido en medios académicos. Este descubrimiento tiene grandes consecuencias, que apenas han comenzado a ser evaluadas, en la cuestión de la historicidad de los Evangelios. Es un duro golpe a las teorías sobre el supuesto origen mitológico del cristianismo, porque la formación de un mito requiere, entre otras cosas, bastante tiempo, un tiempo que no puede haber existido si, como sostiene la tradición católica desde siempre, los Evangelios sinópticos fueron compuestos mientras aún vivían San Pedro y los demás apóstoles, testigos oculares de los acontecimientos de la vida de Jesús.

Pero la revolución de los papiros no se detiene aquí. En 1947 unos beduinos redescubrieron accidentalmente en Qumran la biblioteca de la secta judía de los esenios, destruida en el año 68. Las cuevas de Qumran no contenían ningún texto griego, salvo la cueva 7, donde fueron encontrados diecinueve fragmentos en lengua griega, dieciocho de ellos papiros en forma de rollos. Dos de los textos de la cueva 7 (7Q1 y 7Q2) fueron inmediatamente identificados como pertenecientes a la Biblia de los LXX (la primera versión griega del Antiguo Testamento). El resto de los papiros (cada uno de ellos muy fragmentario) permanecieron no identificados durante mucho tiempo.

En 1972 el jesuita español José O’Callaghan descubrió que el texto del papiro 7Q5 encajaba perfectamente con Marcos 6,52-53. Posteriormente un análisis computarizado reveló que ése era el único texto griego antiguo conocido que concordaba con 7Q5. Los principales papirólogos del mundo han aceptado como indudable esa identificación de 7Q5. Usando microscopio electrónico, fotografía infrarroja y otras evidencias, Thiede dató 7Q5 como del año 50. La mayoría de los estudiosos que atacan las conclusiones de O’Callaghan y Thiede no son papirólogos sino exégetas que se rehúsan a aceptar que el Evangelio de Marcos pudo haber sido escrito tan tempranamente, porque esto contradice gran parte de su propia obra exegética.

Aún más segura es la identificación de 7Q4 con 1Timoteo 3,16-4,3, también propuesta por O’Callaghan y confirmada por estudios posteriores. La datación exacta de 7Q4 es difícil, pero este papiro es obviamente anterior al año 68, lo cual concuerda con la probable composición de 1Timoteo en el año 55. Es importante notar que muchos exégetas actuales consideran que las cartas 1 Timoteo, 2 Timoteo y Tito no serían del mismo San Pablo, sino de un discípulo suyo que, utilizando el nombre de su maestro, las habría escrito después del martirio de éste (año 67), incluso después del año 100. La identificación de 7Q4 ha destruido esta hipótesis. En la formación de esta hipótesis, que es la que prevalece en el campo protestante, ha influido el hecho de que en estas tres cartas paulinas se pueden detectar numerosos indicios (referencias a la jerarquía eclesiástica, etc.) de lo que autores protestantes llaman “protocatolicismo.”

En resumen, la identificación y la datación de P64, P67, 7Q4 y 7Q5 ha demostrado que gran parte de los Evangelios y de los otros libros del Nuevo Testamento fueron escritos antes del año 70, año de la destrucción de Jerusalén por parte del Emperador romano Tito.

El Nuevo Testamento afirma explícitamente la divinidad de Cristo

Según hemos demostrado, el Nuevo Testamento, escrito en el siglo I, afirma inequívocamente, muchas veces y de muchas maneras, la divinidad de Cristo. Es posible demostrar que la fe en la divinidad de Cristo está implícita en todo el Nuevo Testamento, por ejemplo mostrando que el título “Señor,” frecuentemente aplicado a Cristo, no se refiere a un señorío cualquiera sino al señorío absoluto e ilimitado de Dios. Sin embargo, en bien de la brevedad, nos limitaremos a citar nueve textos del Nuevo Testamento donde se afirma explícitamente la divinidad de Jesucristo, el Hijo de Dios:

· Juan 1,1: “En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios.” Este versículo, comienzo del Evangelio de Juan, identifica de la manera más formal posible a la Palabra de Dios (Jesucristo, el Hijo) con Dios. Esto significa que el Hijo es Dios como el Padre: un mismo Dios, no un segundo Dios. Aunque unos pocos eruditos de tendencia antitrinitaria han rechazado la traducción tradicional de este versículo, por su clara afirmación de la divinidad de Jesucristo, esta traducción permanece muy firme: la inmensa mayoría de los eruditos, a lo largo de dos milenios, a pesar de sus muy diversas tendencias religiosas y filosóficas, la ha sostenido.
· Juan 1,18: “A Dios nadie lo ha visto jamás: un Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado.” Esta versión del versículo final del prólogo del Evangelio de Juan es una variante representada en varios manuscritos antiguos. En la mayoría de los manuscritos se lee “el Hijo único” en lugar de “un Dios Hijo único.” Los dos textos expresan con distintas palabras la misma creencia fundamental de la comunidad cristiana primitiva.
· Juan 20,28: “Tomás le contestó: `Señor mío y Dios mío´.” Aquí el Apóstol Santo Tomás se dirige a Jesucristo resucitado.
· Romanos 9,5: “y los patriarcas; de los cuales también procede Cristo según la carne, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos. Amén.”
· Filipenses 2,5-11: “Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: el cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo, tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre.” Este texto magnífico, que sintetiza todo el misterio de Cristo, contiene un himno que muy probablemente es anterior a la obra escrita de San Pablo. Aquí se enuncian claramente, además de la preexistencia y la encarnación del Hijo, cuatro afirmaciones decisivas:

-Cristo es de condición divina, de naturaleza divina; es decir, Cristo es Dios.

– Cristo es igual a Dios (el Padre). Por lo tanto Cristo es Dios como el Padre. A pesar de ser Dios, el Hijo renunció a manifestar visiblemente su igualdad con Dios al asumir la naturaleza humana en la Encarnación.

– Dios (el Padre) concedió a Cristo el santo e inefable nombre de Dios.

– Toda rodilla se debe doblar ante Cristo y toda lengua debe confesar que Él es el Señor (o sea, Dios). Las alusiones a Isaías 45,23 (“toda rodilla se doble,” “y toda lengua confiese”), donde lo mismo se dice de Yahweh, subrayan aún más el carácter divino del título “Señor,” de por sí evidente en este contexto.
· Tito 2,13: “aguardando la feliz esperanza y la Manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo.”
· Hebreos 1,8: “Pero del Hijo: `Tu trono, ¡oh Dios! por los siglos de los siglos.´”
· 2 Pedro 1,1: “Simeón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a los que por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo les ha cabido en suerte una fe tan preciosa como la nuestra.”
· Apocalipsis 1,8: “Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios, Aquel que es, que era y que va a venir´, el Todopoderoso.”

Quien habla aquí es Jesucristo, el Señor resucitado.

Por otra parte, también en este punto podemos recurrir a los Padres de la Iglesia y otros escritores eclesiásticos anteriores al Concilio de Nicea para obtener una prueba complementaria a la prueba escriturística que hemos expuesto. En las numerosas obras de los Padres antenicenos encontramos abundantísimos testimonios de la fe cristiana en la divinidad de Cristo durante los siglos I, II y III.

Conclusión

El Concilio de Nicea no hizo otra cosa que reexpresar la tradicional fe cristiana sobre la divinidad de Cristo, profesada desde el principio por los apóstoles. Lo hizo por medio de una definición dogmática cuya intención principal era rechazar la herejía arriana, que negaba la divinidad del Hijo, contra la doctrina tradicional.

Durante dos milenios la Iglesia fundada por el mismo Jesucristo ha transmitido la fe en la divinidad de Cristo, expresada por escrito en los Evangelios, escritos poco después de la muerte y resurrección de Cristo. Hoy unos dos mil millones de cristianos (católicos, ortodoxos, anglicanos y protestantes) se mantienen fieles a este aspecto capital de la revelación bíblica: la divinidad de Cristo. A quienes hayan sentido que El Código da Vinci conmueve los fundamentos de la fe cristiana, los invitamos a reconocer la solidez de las evidencias que hemos expuesto y la inconsistencia de las “razones” que esa obra de ficción pretende oponer al consenso universal de las Iglesias y comunidades eclesiales cristianas.

Por último, exhortamos a los cristianos a profundizar sus conocimientos bíblicos para que estén en condiciones de dar razón de su esperanza a todo aquel que se lo pida.[2]


[1] Antenicenos’

[2] NOTA DEL AUTOR: Utilizamos datos tomados de N.T. Ancient Manuscripts; [http://www.biblefacts.org/history/oldtext.html] y Pastor V.S. Herrell, Papyrology and the Dating of the New Testament, [http://www.christianseparatist.org/briefs/sb4.09.htm].