invento-descubrimiento

Eduardo Casanova

Hace tiempo que diversos autores, desde el campo de la sociología, la bioética, la antropología, la psicología, la teología y otras disciplinas, promueven un proceso de despersonalización deshumanizante. Esta despersonalización se expresa por una progresiva corrupción en la racionalidad del discurso y en la libertad de las opciones planteadas. La racionalidad en el conocimiento y la libertad en su aplicación son precisamente las características específicas del ser humano, del ser persona, que se pierden en el contemporáneo fenómeno de globalización que afecta nuestra cultura.

La globalización se relaciona con el consumo masivo de un producto, de una idea, de una versión de la realidad, de una opinión, que no necesariamente coincide con el beneficio de los consumidores, sino con los intereses del mercado de producción y consumo. Se masifica el consumo, atendiendo cada vez más a los intereses comerciales de lucro, antes que a la verdad racionalmente conocida, y al bien, libremente escogido. La evidencia científica y la libertad personal pasan a tener una importancia secundaria para la difusión masiva del producto, primando el interés del mercado. Así entendemos el mecanismo globalizante y despersonalizante.

El consumo globalizado, masificado y masivo se caracteriza precisamente por esa pérdida de racionalidad y de libertad, que se basa en eslóganes. La aplicación de este conocimiento, no crítico, no analítico, no fundado en la realidad objetiva, lleva a opciones no libres. Cuando sólo interesa la producción, vinculada al consumo, priman los intereses de quienes quieren imponer un producto o determinada versión u opinión de la realidad. Estos eslóganes, a menudo vacíos de objetividad y racionalidad, sólo pretenden un beneficio de lucro y no de servicio.

En estos carriles culturales es posible, y casi necesario, esperar un crecimiento de la superstición y la brujería, como el que actualmente se comprueba en nuestra sociedad. Si bien este fenómeno contrasta con el desarrollo científico y tecnológico, es coherente con el hábito de dejar de lado las opciones racionales y libres, personales. En este clima las nuevas sectas aparecen como los hongos después de la lluvia y sus adherentes crecen, al mismo tiempo que disminuyen quienes militan en la religión, que basa la relación del hombre con Dios, en el conocimiento racional teológico, y en la caridad, como máxima expresión de la libertad humana.

En los últimos años ha tenido lugar un nuevo avance en este proceso de irracionalidad, que se manifiesta en el consumo de fantasías, transmitidas por los medios de comunicación masiva, en forma de libros o películas, con historias tan absurdas como las que pretenden deformar la Revelación. Nos interesa llamar la atención, respecto a que se trata de una tendencia que resulta compatible con ciertas corrientes académicas de bioeticistas, que pretenden reivindicar el “invento” sobre el “descubrimiento.” Cuando Fernando Lolas discute la relación entre el “invento” y el “descubrimiento,” señalando para ello que “…desde la retórica de la producción de conocimiento […] no hay verdades ‘allá afuera’ listas para ser descubiertas. La realidad es un producto de la percepción, no su causa.”[1] Siguiendo la línea de este razonamiento, podríamos llegar a concluir que la propia Revelación (como realidad producto de la percepción), no cabría que sea “descubierta,” sino “inventada,” de acuerdo con las preferencias y tendencias del consumidor, del mercado. Esto parecería que es lo que hoy estamos descubriendo, en la nueva retórica de producción de conocimiento.

El Código Da Vinci, publicado por Dan Brown, si no el primero, fue quizá el caso más conocido de este tipo de “productos.” Por su éxito comercial en el mercado consumidor alentó nuevos y variados ensayos, que mantuvieron tres características idénticas en las ulteriores producciones: a) el interés económico-lucrativo que procura una masiva globalización en el consumo; b) la fantasía que se basa en postulados irracionales; y c) en provocar la atención del público, a través de enunciados que resultan llamativos, por un contenido morboso y por su presentación bajo una forma histriónica y escandalosa.

El éxito de haber afirmado que Jesús no murió, ni fue crucificado, puede llegar a ser tan rentable, como el afirmar que se fugó con María Magdalena hacia la India… o hacia Francia, según las versiones más actualizadas. En la misma línea de Dan Brown ha aparecido recientemente en Estados Unidos otro best seller, el Evangelio de Tomás, proponiendo un evangelio que “nos evita la crucifixión, hace innecesaria la resurrección y no nos obliga a creer en ningún Dios llamado Jesús.” Parecería que pudiese fabricarse la realidad más conveniente, de acuerdo con las preferencias del consumidor, y esa filosofía no tiene por qué dejar a la Revelación fuera de ese proceso de realidades producidas. Aunque por el momento el fenómeno se ha visto limitado al Evangelio, no dudamos que algún autor creativo, con conocimientos escriturísticos, podrá extender el mismo arte al Antiguo Testamento, incluyendo también a Abraham, a Moisés y a los profetas.

Recientemente señalaba el predicador de la Casa Pontificia, el P. Raniero Cantalamessa, que: “Personas que jamás se molestarían en leer un análisis serio de las tradiciones históricas sobre la pasión, muerte y resurrección de Jesús, son fascinadas por cada nueva teoría según la cual Él no fue crucificado y no murió.” A propósito de este fenómeno, hacía especial hincapié en el carácter “rentable” que lo sustenta: “Se habla mucho de la traición de Judas, y no se percibe que se está repitiendo. Cristo sigue siendo vendido, ya no a los jefes del Sanedrín por treinta denarios, sino a editores y libreros por miles de millones de denarios.”[2] Cuando ocurre un agravio al Bien y a la Verdad, de los que el ser humano es imagen y semejanza, suele haber un móvil económico. También lo hay en el aborto y la eutanasia, en la promoción de la promiscuidad sexual, en el uso de drogas y de pornografía. Existe también en este caso, en publicaciones morbosas que lucran con el escándalo y la fantasía.

El nuevo fenómeno editorial-publicitario tiene raíces profundas en una filosofía, como la del invento-descubrimiento, que no es nueva en su renuncia a la racionalidad, ni a la evidencia científica del bien, que es la moral. Es una tendencia casi tan antigua como el hombre mismo y se encuentra definida por San Juan: “la luz vino al mundo, pero los hombres prefirieron las tinieblas a la luz porque sus obras eran malas.”[3] Es el “estilo de vida” (las obras) las que determinan el pensamiento, en lugar de que sea la luz (la inteligencia racional), la que ordene la conducta de modo ético. Por no actuar de acuerdo al pensamiento, se termina pensando según se actúa.

Un ejemplo de lo que venimos sosteniendo, respecto a adaptar el descubrimiento al invento, en una retórica de producción de conocimiento, tuvo lugar al descubrirse la imagen, en negativo fotográfico, impreso en la Sábana de Turín, también conocida como Santa Síndone. La evidencia científica que documentaba la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús de Nazaret, fue desechada por considerar que ese negativo fotográfico procedía de la Edad Media, más de diez siglos después de que tuviesen lugar los acontecimientos del Gólgota. Dado que los asombrosos descubrimientos, en los que participaron la NASA y los científicos más competentes del mundo, no coincidían con los propios intereses, no importó que se demostrase la autenticidad del descubrimiento con una probabilidad en contra, frente a 225 mil millones de posibilidades a favor.[4] Se prefirió inventar el conocimiento de que en la Edad Media, ya se había inventado la fotografía. Una vez más se escogieron las tinieblas y se desechó la luz de la verdad, y se hizo por las mismas razones de siempre. No importó que debiese acudirse a las tinieblas más espesas e inverosímiles: ello permitía ocultar las obras, los intereses mezquinos… ¡bien valía la pena el invento!

Las historias que actualmente se inventan sobre el Evangelio, aún con su original fantasía, no son tan novedosas. Son parte de un fenómeno antiguo y conocido, que desprecia la realidad objetiva cuando la evidencia científica no se adecua a sus intereses, para optar por la retórica producción de conocimiento. Esta retórica es la que alimenta la necedad (“nesciencia,” falta de ciencia), señalada por el citado P. Cantalamessa cuando afirma que: “no podemos permitir que el silencio de los creyentes sea tomado por vergüenza y que la buena fe (¿o la necedad?) de millones de personas sea burdamente manipulada por los medios de comunicación sin levantar un grito de protesta en nombre no sólo de la fe, sino también del sentido común y de la sana razón.” Debemos recordar que ambas cosas que se reclaman, son los caracteres que se pierden en la actual escalada global de despersonalización, burdamente manipulada desde distintas organizaciones internacionales: la racionalidad, la sana razón, es oscurecida; y la libertad, que permitiría levantar un grito de protesta, es acallada, silenciada y ocultada.


[1] Lolas, F., Proposiciones para una teoría de la medicina, Ed. Universitaria. Santiago de Chile 1992, p. 32.

[2] Revista Zenit, viernes 14 de abril 2006: El predicador del Papa denuncia: La Pasión de Jesús, sometida a ‘rentable’ manipulación.

[3] Juan 3:19.

[4] Ansón, Federico, La Sábana Santa. Últimos hallazgos, 1999, Palabra, Madrid 1999, pp. 113-121.