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Vittorio Messori

Pero, pregunto inquieto, ¿su imagen negativa de la realidad de la Iglesia post-conciliar no deja espacio para algunos elementos positivos?

“Paradójicamente,” responde él, “es exactamente lo negativo lo que se puede transformar en positivo. Muchos católicos, en estos años, hicieron la experiencia del éxodo, vivieron los resultados del conformismo de las ideologías, probaron lo que significa esperar del mundo la redención, la libertad y la esperanza. Qué aspecto tendría una vida sin Dios, un mundo sin Dios, hasta entonces se sabía solamente en teoría. Ahora se constató en la realidad. Es a partir de este vacío que podemos descubrir nuevamente la riqueza de la fe y cómo ella es indispensable. Para muchos, estos años fueron una ardua purificación, como un camino a través del fuego, que abrió la posibilidad nueva de una fe más profunda.”

“No olvidemos jamás” – continúa él– “que cada Concilio es, ante todo, una reforma que desde el vértice se debe extender hasta la base. Es decir, cada Concilio debe ser seguido por una onda de santidad, para dar realmente fruto. Así fue después de Trento, que, justamente por eso, alcanzó su finalidad de verdadera reforma. La salvación para la Iglesia viene de su interior, pero no está dicho de modo alguno que ella venga de los decretos de la jerarquía. Dependerá de todos los católicos, llamados a darles vida, si el Vaticano II y sus conquistas serán considerados un período luminoso para la historia de la Iglesia. Como Juan Pablo II ha repetido frecuentemente: “La Iglesia de hoy no precisa nuevos reformadores. Ella tiene necesidad de nuevos santos.”

¿No ve, entonces, insisto yo, otras señales positivas además de aquellas que provienen de lo “negativo” de este período de la historia eclesial?

“Ciertamente que las veo. No me detengo aquí a hablar del dinamismo de las jóvenes iglesias (como las de Corea del Sur) o de la vitalidad de las iglesias perseguidas, porque eso no puede ser atribuido directamente al Vaticano II, así como no pueden serle atribuidos directamente los fenómenos de la crisis. Lo que abre espacio a la esperanza en el nivel de la Iglesia universal –y esto sucede en el corazón mismo de la crisis de la Iglesia en el mundo occidental– es la aparición de nuevos movimientos, que nadie previó, pero que brotaron espontáneamente de la vitalidad interior de la fe misma. En ellos se manifiesta, aunque discretamente, algo como un período de Pentecostés en la Iglesia.”

¿En qué movimientos piensa, especialmente?

“Me refiero al Movimiento Carismático, a los Cursillos, al Movimiento de los Focolares, a las Comunidades Neocatecumenales, a Comunión y Liberación, etc. Ciertamente todos esos movimientos generan también algunos problemas y en mayor o menor medida traen también peligros. Pero eso ocurre en cualquier realidad viva. En forma creciente, encuentro ahora grupos de jóvenes en los que existe una cordial adhesión a la fe integral de la Iglesia. Jóvenes que quieren vivir plenamente esta fe y que traen en sí mismos un gran impulso misionero. La intensa vida de oración, presente en estos movimientos, no lleva a una fuga para el intimismo o a un reflujo para lo privado, sino simplemente a una plena e integral catolicidad. La alegría de la fe que en ella se experimenta trae en sí algo de contagioso. Y en este contexto crecen actualmente, de manera espontánea, nuevas vocaciones para el sacerdocio ministerial y para la vida religiosa.”

Nadie ignora, sin embargo, que entre los problemas suscitados por esos nuevos movimientos se encuentra también el de su inserción en la pastoral general. Su respuesta es inmediata: “Lo que espanta es que todo ese fervor no fue elaborado por algún organismo de programación pastoral, sino que, de alguna manera, surgió por sí mismo. Ese dato, de hecho, trae como consecuencia que los organismos de programación –exactamente cuando quieren ser muy “progresistas”– no saben qué hacer con ellos: no caben en sus planes. Así, mientras surgen tensiones en la inserción de los movimientos en el interior de las instituciones actuales, no existe tensión alguna con la Iglesia jerárquica como tal.”

Un juicio, pues, lleno de simpatía. El Cardenal lo confirma: “Surge aquí una nueva generación de la Iglesia, a la que miro con gran esperanza. Encuentro maravilloso que el Espíritu sea nuevamente más fuerte que nuestros programas y que valore algo bien distinto de aquello que habíamos imaginado. En este sentido, la renovación está en camino, discreta pero eficazmente. Viejas formas, que encallaron en la autocontradicción y en el gusto por la negación, salen de escena y lo nuevo ya está en movimiento. Naturalmente, todavía no tiene voz plena en el gran debate de las ideas dominantes. Crece en el silencio. Nuestra tarea, en cuanto encargados de un ministerio en la Iglesia y en cuanto teólogos, es mantenerle abiertas las puertas, prepararle el espacio. Porque las tendencias que prevalecen actualmente se mueven en un rumbo totalmente diferente. Si se observa justamente esta “situación meteorológica general” del espíritu, se debe hablar, como hacíamos antes, de una crisis de la fe y de la Iglesia. Solamente si la reconocemos sin preconceptos podremos también superarla.” [1]


[1] Joseph Ratzinger; Vittorio Messori, A fé em crise? O Cardeal Ratzinger se interroga, publ. Editora Pedagógica e Universitária Ltda., Sao Paulo; 1985; Capítulo II – Um concílio a ser redescoberto; pp. 26-28. Traducción del original italiano, Rapporto sulla fede.