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S. S. Juan Pablo II

Entrevista del periodista Vittorio Messori al Cardenal Joseph Ratzinger, entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, hoy S.S. Benedicto XVI, fue publicado en español con el título Informe sobre la fe. Texto del artículo traducido del portugués por Daniel Iglesias Grèzes.

Pregunta: Déjeme señalar que estas palabras Suyas, tan claras, confirman una vez más la parcialidad, la miopía de los que han llegado a sospechar en Usted intenciones “restauradoras,” planes “reaccionarios” ante las novedades conciliares.

Usted no ignora que son bien pocos, entre los que siguen siendo católicos, los que ponen en duda la oportunidad de la renovación obrada en la Iglesia. Lo que se discute no es ciertamente el Vaticano II, sino algunas interpretaciones calificadas de disconformes no sólo con la letra de esos documentos sino con el espíritu mismo de los padres conciliares.

Respuesta de S. S. Juan Pablo II: Permítame entonces volver a aquella pregunta suya, que también, como otras, era intencionadamente provocadora: ¿El Concilio abrió las puertas para que los hombres de hoy pudiesen entrar en la Iglesia, o bien las puertas se abrieron para que los hombres, ambientes y sociedades comenzaran a salir de Ella?

La opinión expresada en sus palabras responde en cierta medida a la verdad, especialmente si nos referimos a la Iglesia en su dimensión occidental-europea (aunque seamos testigos de la manifestación, en la misma Europa occidental, de muchos síntomas de renovación religiosa). Pero la situación de la Iglesia debe ser evaluada globalmente. Hay que tomar en consideración todo lo que hoy sucede en la Europa centro-oriental y fuera de Europa, en Norteamérica y en Sudamérica, lo que sucede en los países de misión, en particular en el continente africano, en las vastas áreas del océano Índico y del Pacífico, y en cierta medida en los países asiáticos, incluida China. En muchas de aquellas tierras la Iglesia está construida sobre el fundamento de los mártires y sobre este fundamento crece con vigor renovado, como Iglesia minoritaria, sí, pero muy viva.

A partir del Concilio asistimos a una renovación, que es en primer lugar cualitativa. Si continúan escaseando los sacerdotes y si las vocaciones siguen siendo demasiado pocas, sin embargo aparecen y se desarrollan diversos movimientos de carácter religioso. Nacen sobre un fondo un poco distinto del de las antiguas asociaciones católicas de perfil más bien social, que, inspirándose en la doctrina de la Iglesia sobre esa cuestión, pretendían la transformación de la sociedad, el restablecimiento de la justicia social; algunas iniciaron un diálogo tan intenso con el marxismo que perdieron, en alguna medida, su identidad católica.

Los nuevos movimientos, en cambio, están orientados sobre todo hacia la renovación de la persona. El hombre es el primer autor de todo cambio social e histórico, pero para poder desarrollar este papel él mismo debe renovarse en Cristo, en el Espíritu Santo. Es ésta una dirección muy prometedora ante el futuro de la Iglesia. Antes, la renovación de la Iglesia pasaba principalmente a través de las órdenes religiosas. Así fue en el período después de la caída del Imperio romano con los benedictinos y, en el Medievo, con las órdenes mendicantes, franciscanos y dominicos; así fue en el período después de la Reforma, con los jesuitas y otras iniciativas semejantes; en el siglo XVIII con los redentoristas y pasionistas; en el siglo XIX con dinámicas congregaciones misioneras como los verbitas, los salvatorianos y, naturalmente, los salesianos.

Junto a las órdenes religiosas de fundación reciente y junto al maravilloso florecimiento de los institutos seculares durante nuestro siglo, en el período conciliar y posconciliar han aparecido estos nuevos movimientos, los cuales, aun recogiendo también a personas consagradas, comprenden especialmente laicos que viven en el matrimonio y ejercen distintas profesiones. El ideal de la renovación del mundo en Cristo nace directamente del fundamental compromiso del Bautismo.

Sería injusto hoy hablar solamente de abandono. Hay también retornos. Sobre todo, hay una transformación profundamente radical del modelo de base. Pienso en Europa y en América, en particular en la del Norte y, en otro sentido, en la del Sur. El modelo tradicional, cuantitativo, se transforma en un modelo nuevo, más cualitativo. Y también esto es fruto del Concilio.

El Vaticano II apareció en un momento en que el viejo modelo comenzaba a ceder el puesto al nuevo. Así pues, hay que decir que el Concilio vino en el momento oportuno y asumió una tarea de la que esta época tenía necesidad, no solamente la Iglesia, sino el mundo entero.

Si la Iglesia posconciliar tiene dificultades en el campo de la doctrina o de la disciplina, no son sin embargo tan graves que comporten una seria amenaza de nuevas divisiones. La Iglesia del Concilio Vaticano II, la Iglesia de intensa colegialidad del episcopado mundial, sirve verdaderamente y de muy diversos modos a este mundo, y se propone a sí misma como el verdadero Cuerpo de Cristo, como ministra de Su misión salvífica y redentora, como valedora de la justicia y de la paz. En un mundo dividido, la unidad supranacional de la Iglesia católica permanece como una gran fuerza, comprobada cuando es el caso por sus enemigos y también hoy está presente en las diversas instancias de la política y de la organización mundial. No para todos es ésta una fuerza que resulte cómoda. La Iglesia repite en muchas direcciones su non possumus apostólico: “No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” [1] permaneciendo así fiel a sí misma y difundiendo a su alrededor aquel veritatis splendor que el Espíritu Santo efunde en el rostro de su Esposa.[2]


[1] Hechos de los Apóstoles 4,20

[2] Juan Pablo II entrevistado por Vittorio Messori, Cruzando el umbral de la esperanza, capítulo 26.