espiritu-santo

S. S. Juan Pablo II

El Espíritu Santo y la Iglesia en Concilio

“Donde está la Iglesia, está también el Espíritu de Dios; y donde está el Espíritu de Dios, está la Iglesia y toda gracia, pues el Espíritu es verdad.”[1] Así pues, hay un vínculo íntimo entre el Espíritu Santo y la Iglesia. Él la construye y le dona la verdad; como dice san Pablo, derrama el amor en el corazón de los creyentes.[2] El Espíritu Santo fecunda a su Iglesia en todos los tiempos y responde, seguramente con mayor solicitud, a la oración que implora una acción renovadora, si proviene de Pedro y sus sucesores,[3] cuando lo manifiestan como una necesidad imperiosa. Declaraba Juan XIII, “acogiendo como venida de lo alto una voz íntima de nuestro espíritu, hemos juzgado que los tiempos estaban ya maduros para ofrecer a la Iglesia católica y al mundo el nuevo don de un Concilio ecuménico…”[4]

Este deseo, primero sembrado por el mismo Espíritu en el corazón del Pastor de la Iglesia Universal, se une al espíritu humano, como nos lo enseña san Pablo, en su maravilloso capítulo 8 de la epístola a los Romanos: “El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios”[5] … “Y de igual manera, el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables, y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios.”[6]

El Papa bueno de afable sonrisa, y ochenta años, convocaría a los obispos del mundo, sucesores de los apóstoles, a un Concilio Universal,[7] para escuchar lo que el Espíritu dice a la Iglesia en el trágico siglo XX, y así orar e implorar, por medio de un nuevo Pentecostés, una honda renovación.[8] Imploraba Juan XXIII: “Renueva en nuestro tiempo los prodigios como de un nuevo Pentecostés, y concede que la Iglesia santa, reunida en unánime y más intensa oración en torno a María, Madre de Jesús, y guiada por Pedro, propague el Reino del Salvador divino, que es reino de verdad, de justicia, de amor y de paz.” El Papa Juan XXIII vislumbraba, “en medio de tantas tinieblas, no pocos indicios que nos hacen concebir esperanzas de tiempos mejores para la Iglesia y la humanidad.”[9]

Todo comenzó a manifestarse con una palabra pronunciada a modo de clave hermenéutica: aggiornamento. “Con la ayuda de Dios, los padres conciliares, en cuatro años de trabajo, pudieron elaborar y ofrecer a toda la Iglesia un notable conjunto de exposiciones doctrinales y directrices pastorales. Pastores y fieles encuentran en él orientaciones para llevar a cabo aquella renovación de pensamientos y actividades, de costumbres y virtudes morales, de gozo y esperanza, que era un deseo ardiente del Concilio.”[10]

La esposa de Cristo tiene algo para decir al mundo, algo por lo que es, y que está destinado a dar vida al mundo, una verdad eterna que la sustenta y que anida en su Corazón y que en el jardín del mundo está ordenada a germinar. Sería un grave error pensar que los padres conciliares anduvieron a tientas buscando qué decir, sabían claramente cuál era el tesoro que Jesús había depositado en su Iglesia, y que debían anunciarlo, pero piden al Espíritu que sea Él quien abra las puertas que se van cerrando a la verdad del Evangelio en la cultura emergente. “Guardar el depósito de la fe es la misión que el Señor confió a su Iglesia y que ella realiza en todo tiempo. El Concilio ecuménico Vaticano II, […] tenía como intención y finalidad poner de manifiesto la misión apostólica y pastoral de la Iglesia, a fin de que el resplandor de la verdad evangélica llevara a todos los hombres a buscar y aceptar el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento.”[11]

El Concilio quería una profunda reforma y de hecho, sentó las bases para su realización. Se puede evaluar la etapa post-conciliar a partir de estas preguntas: ¿Cuál ha sido el resultado del Concilio? ¿Ha sido acogido de manera adecuada? En la recepción del Concilio, ¿qué es lo que ha habido de bueno y qué es lo que ha sido insuficiente o equivocado? ¿Qué queda por hacer? Así respondía Benedicto XVI a estos interrogantes:

“Nadie puede negar que en amplias partes de la Iglesia, la recepción del Concilio tuvo lugar de manera más bien difícil […]Todo esto depende de la justa interpretación del Concilio o, como diríamos hoy, de una hermenéutica adecuada, de una clave de lectura adecuada para su aplicación. Los problemas de recepción nacieron por el hecho de que dos hermenéuticas contrarias se confrontaron y han tenido litigios entre sí. Una ha causado confusión, la otra, de manera silenciosa pero cada vez más visible, ha dado frutos. Por una parte, se da una interpretación que quisiera llamar “hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura”; con frecuencia ha podido servirse de la simpatía de los medios de comunicación y también de una parte de la teología moderna. Por otra parte, se da la “hermenéutica de la reforma,” de la renovación en la continuidad del único sujeto-Iglesia, que el Señor nos ha dado; es un sujeto que crece en el tiempo y se desarrolla, permaneciendo siempre el mismo sujeto único del Pueblo de Dios en camino. La hermenéutica de la discontinuidad corre el riesgo de acabar en una ruptura entre la Iglesia preconciliar y la Iglesia postconciliar. Afirma que los textos del Concilio como tal no serían la auténtica expresión del espíritu del Concilio.”[12]

La reforma propuesta por el Concilio Vaticano II, nos dice Benedicto XVI, se va realizando lentamente. Los distintos vaivenes humanos enlentecen su desarrollo, pero de todas formas, marcha a paso firme el proceso de aplicación y consolidación de las disposiciones conciliares. La ley de la Palabra sembrada, que es presentada bajo la imagen de la semilla, y que aparece narrada en el Evangelio, sigue su proceso de maduración en el interior de la tierra y aunque en su camino encuentre elementos que quieran obstaculizar su aparición, no pasarán de ser intentos que resultarán estériles, porque ella está impulsada por la “fuerza de Dios.”

“Está claro que este compromiso por expresar de forma nueva una verdad determinada exige una reflexión nueva y una nueva relación vital con ella; está claro también que la nueva expresión puede madurar sólo si nace de una comprensión consciente de la verdad expresada. Por otra parte, la reflexión sobre la fe exige también que se viva esta fe. En este sentido, el programa propuesto por Juan XXIII era sumamente exigente, como es exigente la síntesis de fidelidad y dinámica. Pero allí donde esta interpretación ha sido la orientación que ha guiado la recepción del Concilio, ha crecido una vida nueva y han madurado nuevos frutos. Cuarenta años después del Concilio podemos constatar que lo positivo es más grande y está más vivo de cuanto no lo pareciera en la agitación de los años alrededor de 1968. Hoy vemos que la semilla buena, a pesar de que se desarrolle lentamente, sin embargo crece, y crece así también nuestra profunda gratitud por la obra desarrollada por el Concilio.”[13]

Los nuevos movimientos eclesiales son parte de esta semilla buena que se desarrolla lentamente. Lo bueno no debe reducirse a estas realidades eclesiales, pero ciertamente en ellas se manifiesta la belleza de la vida que brota del Espíritu del Señor. El Concilio ha dado un impulso vital en muchas realidades de la vida eclesial (por mencionar algunas: Liturgia, Biblia, dimensión misionera, la misión de los laicos, familia como Iglesia doméstica, la existencia para todos en clave de camino de santificación) e incluso en ellas deben darse procesos de purificación. La Iglesia en sus pastores encauza las posibles desviaciones e incomprensiones. Los Movimientos Eclesiales están, dentro de este proceso, en la etapa de maduración. Ciertamente que el hecho central es el de su pertenencia a la Iglesia Universal y el de su inserción en la iglesia particular y en sus estructuras pastorales.

La comunidad eclesial, representada en Ananías, al recibir del Señor la noticia de lo que ha obrado en el perseguidor Saulo, siente temor y desorientación. Estas realidades que obra el Señor, a veces producen desconciertos en la comunidad eclesial. También ella es invitada por su Señor a confiar y discernir, para salir con gozo al encuentro de la obra de Dios, que en esta acción manifiesta su absoluta libertad. El Espíritu sopla donde quiere… con la certeza de que busca el bien de su Esposa amada.

“A la Iglesia que, según los Padres, es el lugar “donde florece el Espíritu”[14], el Consolador ha donado recientemente con el Concilio Vaticano II un renovado Pentecostés, suscitando un dinamismo nuevo e imprevisto. Siempre, cuando interviene el Espíritu produce estupefacción, suscita eventos cuya novedad asombra, cambia radicalmente las personas y la historia. Ésta ha sido la experiencia inolvidable del Concilio ecuménico Vaticano II, durante el cual, bajo la guía del mismo Espíritu, la Iglesia ha redescubierto, como constitutiva de sí misma, la dimensión carismática: “el Espíritu no se limita a santificar y a guiar al Pueblo de Dios por medio de los sacramentos y de los ministerios y adornarlo de virtudes, sino “distribuyendo a cada uno los propios dones como le place a Él,”[15] distribuye entre los fieles de todo orden gracias especiales… útiles para la renovación y la mayor expansión de la Iglesia.”[16]

El aspecto institucional y carismático son casi coesenciales en la constitución de la Iglesia y concurren, aunque de modo diverso, en su vida, para su renovación y santificación del Pueblo de Dios. Es de este providencial redescubrimiento de la dimensión carismática de la Iglesia, que antes y después del Concilio, se ha afirmado una singular línea de desarrollo de los movimientos eclesiales y de las nuevas comunidades.”[17]


[1] San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, III, 24, 1: J.P. Migne, ed., Patroligia Greaca 7, 966

[2] cf. Romanos 5, 5

[3] En la línea del Papa Juan XXIII, en 1975 el Papa Pablo VI decía: “Sí, la Iglesia tiene necesidad de un nuevo Pentecostés. Tiene necesidad de fuego en su corazón, palabras en sus labios, profecía en la mirada. Entonces, ¿cómo esta renovación espiritual no va a ser una oportunidad para la Iglesia y para el mundo?” En la Vigilia de Pentecostés del 17 de mayo de 1986, el Papa Juan Pablo II decía: “Aquel que es el soplo eterno: el Amor del Padre y del Hijo, nos ha sido dado. El mismo que se le dio a los Apóstoles en el Cenáculo de Jerusalén. Y nos ha sido dado bajo la forma de diferentes lenguas. En forma de diversos carismas y tareas, de diversas vocaciones y caminos; en forma de una múltiple captación de las necesidades de la Iglesia y del mundo; en forma de múltiples servicios de salvación, de muchos y diversos programas e iniciativas.” Publicado en Alfa y Omega. [http://www.alfayomega.es/]

[4] Juan XXIII, Constitución Apostólica Humanae Salutis, n. 5

[5] Romanos 8, 16.

[6] Romanos 8, 26-27.

[7] Juan Pablo II, Constitución Apostólica Fidei depositum: “A ese Concilio el Papa Juan XXIII había asignado como tarea principal custodiar y explicar mejor el precioso depósito de la doctrina católica, para hacerlo más accesible a los fieles y a todos los hombres de buena voluntad. Por consiguiente, el Concilio no tenía como misión primaria condenar los errores de la época, sino que debía ante todo esforzarse serenamente por mostrar la fuerza y la belleza de la doctrina de la fe. “Iluminada por la luz de este Concilio —decía el Papa— la Iglesia crecerá con riquezas espirituales y, sacando de él nueva energía y nuevas fuerzas, mirará intrépida al futuro.”

[8] “Las voces que de todos los puntos de la tierra Nos llegan, como expresión de alegre esperanza y deseos por el feliz éxito del Concilio Ecuménico Vaticano II, impulsan cada vez más nuestro ánimo a sacar provecho de la buena disposición de tantos corazones sencillos y sinceros, que con amable espontaneidad se vuelven a implorar el auxilio divino para acrecentamiento del fervor religioso, para clara orientación práctica en todo lo que la celebración conciliar supone y nos promete incremento de la vida interior y social de la Iglesia y de renovación espiritual de todo el mundo.” Juan XXIII, Exhortación Apostólica sobre la devoción a San José, dada el 19 de Marzo de 1961.

[9] Juan XXIII, Constitución apostólica Humanae Salutis, n. 3

[10] Juan Pablo II, Constitución Apostólica Fidei depositum

[11] Juan Pablo II citando cf. Efesios 3, 19. Juan Pablo II, Constitución Apostólica Fidei depositum, n. 1

[12] Benedicto XVI, Discurso a cardenales, arzobispos y obispos miembros de la Curia, en la sala Clementina, el 22 de diciembre de 2005.

J.P. Migne, ed., Patroligia Greaca, Paris, 1867-1866: PG 7, 966.

[13] Benedicto XVI, Discurso a cardenales, arzobispos y obispos miembros de la Curia, dado en la Sala Clementina, el 22 de diciembre de 2005

[14] Catecismo de la Iglesia Católica §749.

[15] 1Corintios 12, 11

[16] Lumen Gentium, 12.

[17] Dado por S. S. Juan Pablo II, en la Vigilia de Pentecostés de 1998.