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Santiago Raffo

Fe y Razón entrevistó a Santiago Raffo, 39 años, casado con Gabriela Isasa, con cinco hijos: Juan Pablo, Ignacio, María Magdalena, Agustín y María Lucía. Santiago Raffo es Director de Relaciones Públicas de la Facultad de Teología del Uruguay – donde además cursa estudios – y es Responsable Laico de la Parroquia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y San Alfonso (Tapes). En 2005 participó en el IV Sínodo Arquidiocesano de Montevideo y actuó como moderador en el Círculo Sinodal correspondiente al Diaconado Permanente.

Comunión y Liberación, una realidad eclesial

Comunión y Liberación es un movimiento eclesial fundado por don Luigi Giussani (1922-2005), cuyos orígenes se remontan a 1954. Comenzó en la ciudad de Milán y, tras difundirse rápidamente por toda Italia, hoy está presente en cerca de setenta países en todos los continentes y participan de esta experiencia unos 150.000 miembros. Comunión y Liberación se autodefine como un movimiento ante todo porque no se configura como una nueva organización o estructura (no hay ficha de inscripción), ni se centra específicamente en ningún aspecto o práctica particular de la vida de la fe; antes bien es una llamada a vivir en el presente la experiencia cristiana propia de la Tradición. El objetivo de la vida de Comunión y Liberación es proponer la presencia de Cristo como única y verdadera respuesta a las exigencias profundas de la vida humana en todos los tiempos. En la persona que encuentra y se adhiere a la presencia de Cristo, se genera un movimiento de conversión y testimonio que tiende a incidir sobre el ambiente en el que vive (familia, trabajo, escuela, barrio, sociedad, etc.). Nacido en un instituto como propuesta a los jóvenes con el nombre de Gioventù Studentesca, el movimiento se dirige hoy a todo el mundo, sin distinción de edad, ocupación o posición social.

El carisma de Comunión y Liberación

Don Giussani ha escrito: “Un carisma se puede definir como un don del Espíritu dado a una persona en un determinado contexto histórico, con el fin de que ese individuo inicie una experiencia de fe que pueda resultar de algún modo útil para la vida de la Iglesia. Subrayo el carácter existencial del carisma: éste hace más convincente, más persuasivo, más “abordable” el mensaje cristiano propio de la tradición apostólica. Un carisma es un terminal último de la Encarnación, es decir, una modalidad particular a través de la cual el Hecho de Jesucristo hombre-Dios me alcanza y, a través de mi persona, puede alcanzar a otros.”

La esencia del carisma dado a Comunión y Liberación puede resumirse en tres factores:

– en primer lugar, el anuncio de que Dios se hizo hombre (el estupor, la razonabilidad y el entusiasmo por esto): “El Verbo se hizo carne y habita entre nosotros”;

– en segundo lugar, la afirmación de que este hombre – Jesús de Nazaret muerto y resucitado – es un acontecimiento presente en un “signo” de “comunión,” es decir, en la unidad de un pueblo guiado como garantía por una persona viva, en última instancia, el Obispo de Roma;

– tercer factor: sólo en Dios hecho hombre y, por tanto, sólo en Su presencia, sólo a través de la forma que permite experimentar Su presencia (por tanto, sólo en la vida de la Iglesia), el hombre puede llegar a ser hombre de forma más verdadera y la humanidad puede ser realmente más humana. Escribe san Gregorio Nacianceno: “Si no fuese tuyo, Cristo mío, me sentiría criatura finita.” Únicamente de Su presencia brotan con seguridad la moralidad y la pasión por la salvación del hombre (misión).

Cultura: verificación de la experiencia, acción política, ecumenismo

La vida del movimiento se ha caracterizado siempre por una fecunda actividad cultural. La vivacidad cultural de Comunión y Liberación nace de la pasión por verificar la capacidad de la fe cristiana para ofrecer un criterio más fecundo y completo en la lectura de la realidad y de los acontecimientos. La sugerencia de san Pablo: “Valorad todo y quedaos con lo bueno” es para Comunión y Liberación la mejor definición del trabajo cultural: todo, en efecto, se puede abordar teniendo como criterio la claridad sobre el hombre aportada por la revelación cristiana, y de todo, como consecuencia de dicho criterio, se puede extraer y valorar lo que es verdadero y bueno. Desde el comienzo, los chicos de don Giussani, apremiados por un ambiente cultural y escolar que, hoy igual que entonces, tiende a marginar el hecho cristiano como hipótesis de lectura de la realidad, se han comprometido, a través de congresos, publicaciones y las llamadas “fichas de revisión,” a intervenir sobre cuanto las clases escolares o la actualidad social y cultural ponían en el punto de mira. Junto a este trabajo, se redescubrían y proponían autores, textos y problemas censurados u oscurecidos por la posición cultural dominante. En esta “escuela” han crecido personas y grupos que han dado vida o colaborado, bajo su responsabilidad, en obras culturales de alcance nacional e internacional, y en una miríada de iniciativas donde están presentes tanto el gusto por el encuentro entre experiencias diferentes, como la pasión por comunicar el propium del acontecimiento cristiano. Así han nacido, en Italia y fuera de ella, centenares de centros culturales, decenas de escuelas libres, promovidas a menudo por cooperativas de padres. Han surgido editoriales, se han realizado actividades editoriales y periodísticas, se han promocionado Institutos y Fundaciones a nivel académico, convenciones internacionales (como el anual “Meeting por la amistad entre los pueblos” de Rímini) que han implicado a los nombres más ilustres de la cultura y debatido los temas más candentes de la actualidad. Todo esto ha suscitado en torno al movimiento simpatías y antipatías. Más allá de las inevitables imprecisiones que ese trabajo comporta, a veces existe por parte de quien observa la dificultad, cuando no la cerrazón, para considerar la identidad cristiana como portadora de un juicio original sobre la cultura y la sociedad. Quienes, incluso dentro del llamado mundo católico, consideran la fe como un asunto “de la estratosfera,” y no como un factor que incide en la historia y la cultura, preferirían que la comunidad cristiana no se ocupase de cuanto está más allá de la puerta de la sacristía. En una experiencia cristiana comprometida, la dimensión política deriva naturalmente de la dimensión cultural. La acción política, dentro de la concepción de Comunión y Liberación, es uno de los campos donde un cristiano está llamado con mayor responsabilidad y generosidad ideal a verificar el criterio unitario que mueve su existencia frente a los problemas planteados por la vida de la sociedad y las instituciones. Dios ha dado poder a los hombres para que trabajen en Su creación a través del compromiso en el ámbito de los propios talentos, de la propia familia, de la sociedad, hasta esa “forma exigente de caridad” – como la definía Pablo VI – que es la política. No debe sorprender, por tanto, que de las filas de Comunión y Liberación hayan salido personalidades comprometidas a distintos niveles en la acción política, directamente y bajo su propia responsabilidad. En particular, siguiendo el cauce trazado por la Doctrina social de la Iglesia, lo que anima el compromiso cristiano en política es la defensa del bien sumo, la libertad, condición para que el hombre busque respuestas adecuadas a lo que desea su corazón y sus necesidades reclaman. Libertad amenazada demasiadas veces en la época moderna por las tendencias absolutistas – manifiestas u ocultas – del Estado y de las ideologías que identifican en éste la fuente del derecho individual y la libertad de asociación. La acción política propia de quien se ha educado en Comunión y Liberación debe tender, por tanto, a crear las condiciones para que la persona y la sociedad, que se expresan en obras lucrativas, culturales y asociativas, no sean mortificadas o penalizadas por una visión estatalista o el privilegio otorgado a unos pocos, por razones de poder. Una síntesis de la concepción que el movimiento tiene de la política se encuentra perfectamente expresada en el texto de la intervención de don Giussani en la asamblea de la lombarda Compañía de las Obras del 6 de febrero de 1987, recogido ahora en la publicación El yo, el poder, las obras.[1]

Las batallas que han implicado no sólo a personalidades individuales sino la disponibilidad de todo el movimiento, como la de la libertad de educación y la paridad entre escuela estatal y escuela privada, o la más general por el respeto del principio de “subsidiariedad,” tienden a realizar la unidad entre trabajo cultural y acción política. Finalmente, la concepción de cultura propia de Comunión y Liberación coincide con el significado más auténtico del término ecumenismo. Éste no es la búsqueda de un mínimo común denominador entre experiencias distintas con el fin de justificar una tolerancia que parece, en realidad, carencia de amor recíproco. Ecumenismo como significado verdadero de cultura indica más bien la capacidad de abrazar incluso la experiencia más lejana y distinta (por ejemplo la experiencia de los monjes budistas del Monte Koya, la cultura ruso-ortodoxa, la tradición judía), en virtud de que haber encontrado, por gracia y no por mérito propio, la verdad permite reconocer cada indicio de verdad y valorarlo.

Caridad: la gratuidad como ley, la obra de la caridad

Las formas de acción caritativa son hoy variadísimas: ir a la parroquia o a un barrio para jugar con los niños, acudir a un asilo a hacer compañía a los ancianos, ayudar a los niños más pequeños a estudiar, compartir situaciones difíciles como la pobreza, la enfermedad psíquica o los estadios terminales de enfermedades incurables, ayudar a buscar un trabajo, etc. También en este caso, al igual que en la dimensión cultural, los desarrollos operativos, desde los más sencillos a los más complejos, están ligados a la iniciativa libre y a la elección de compromiso de los individuos o de los grupos de miembros de Comunión y Liberación y no comprometen al movimiento en cuanto tal.

Misión: un testimonio católico

Desde el comienzo los chicos eran educados en la misión también a través del interés por figuras de misioneros comprometidos en lugares lejanos y difíciles. A lo largo de toda su historia, Comunión y Liberación ha colaborado con la acción misionera de personalidades significativas (desde Marcello Candia a monseñor Pirovano; desde el Padre Lardo a la Madre Teresa) o de instituciones y órdenes religiosas (los padres del Pime, los padres Combonianos). Pero tuvo importancia sobre todo la propuesta que se hizo a aquellos chicos de bachillerato de los comienzos: sostener responsablemente y por entero (quizá por primera vez en la historia de la Iglesia) una acción misionera en Brasil, en Belo Horizonte, en 1962. La misión en Brasil tiene un significado más allá del hecho de que con la partida de aquellos jóvenes se esparcieron las primeras semillas de la presencia del movimiento en América Latina: en la historia del movimiento, aquel gesto significó que no existe distinción entre la invitación dirigida a un amigo para asistir a la Escuela de Comunidad o un gesto de la compañía, y la acción de anuncio cristiano llevada a cabo por muchos misioneros, hoy también de Comunión y Liberación, en tierras difíciles de África, Asia o América. Es la misma misión universal de la Iglesia, el mismo anuncio. La misión en el propio ambiente, el testimonio al que reclama el movimiento, se entienden ante todo como ofrecimiento a Cristo de la propia disponibilidad, más que como capacidad de iniciativa o estrategia comunicativa. Bajo este perfil, más que preocuparse por la propia difusión, Comunión y Liberación ha entendido siempre la misión como servicio a la misión de la Iglesia y reclamo a la experiencia cristiana en cada ambiente de estudio o trabajo donde sus seguidores se encuentran por todo el mundo.

Los gestos fundamentales

Uno de los motivos de sorpresa para quien se acerca a la vida de los miembros de Comunión y Liberación es advertir que se trata de una vida normal, en el sentido de que la adhesión al movimiento no comporta obligaciones particulares ni costumbres extrañas.

Una de las características a las que el movimiento siempre ha dado importancia y que lo ha diferenciado pronto del asociacionismo católico tradicional es la ausencia de cualquier forma de inscripción y el énfasis en la importancia de la adhesión libre del individuo a los contenidos y al método educativo del movimiento. Con análoga libertad, la experiencia de Comunión y Liberación indica unos gestos fundamentales para un camino personal y comunitario de educación en la fe. Son gestos “fundamentales,” pero ninguno de ellos es considerado obligatorio.

La oración

Una de las características peculiares del movimiento es el cuidado de gestos de oración personal y comunitaria, algo que se concreta en la edición, con imprimatur eclesiástico, de un Libro de las Horas que reproduce parte del Breviario de la Iglesia universal, en el cuidado del canto litúrgico y en el aprendizaje de himnos y cánticos de la Tradición. La participación en la liturgia y en los sacramentos, la costumbre de rezar el Angelus y la repetición de jaculatorias particularmente significativas de la Tradición (por ejemplo: Veni Sancte Spiritus, Veni per Mariam) tienden a generar en los miembros de Comunión y Liberación una familiaridad con el sentido más verdadero y sencillo de la oración.

Ella es, en efecto, el origen de la comunión y el primer fruto de una vida de comunidad auténticamente vivida. La oración es la expresión de la dependencia de Otro que todo hombre razonable y realista advierte.

Escuela de comunidad

Además de la invitación a la oración y a la vida normal de sacramentos de todo católico, el movimiento de don Giussani propone a sus miembros, y a quien lo desee, un gesto de catequesis y confrontación de la experiencia, con periodicidad normalmente semanal.

La “Escuela de comunidad” tiene como objetivo ser una verdadera escuela que, mediante la lectura y la comparación con la propia experiencia de textos propuestos por el Centro del movimiento, forme en quienes la siguen una conciencia más clara de la naturaleza del hecho cristiano e ilumine la vida. Los textos propuestos son generalmente del Magisterio o de don Giussani. La Escuela de comunidad es el momento normal de catequesis y encuentro, tanto para los jóvenes de bachillerato y de la universidad como para los adultos. Siguiendo la indicación de don Giussani para cada gesto de la comunidad desde los inicios, también la Escuela de comunidad tiene un carácter público, un valor para todos, en el sentido de que está abierta a la participación de cualquiera, y se propone a menudo en los ambientes de estudio y de trabajo.

Caritativa
La propuesta de la caritativa, que desde los primeros seguidores ha implicado a decenas de miles de jóvenes y de adultos, ha respondido siempre a unos motivos claros. No se trata de dar curso a acciones filantrópicas o de pretender ofrecer con tales iniciativas respuestas exhaustivas a necesidades a menudo vastas y complejas, sino de aprender, a través de la fidelidad a un gesto ejemplar, que la ley última de la existencia es la caridad, la gratuidad.

De tal “escuela” de gratuidad ha nacido en Italia y en el mundo, por medio de la iniciativa libre y responsable de miembros del movimiento o gracias a su colaboración, una serie interminable de actividades pequeñas y grandes con finalidad caritativa, en los campos más dispares: desde la catequesis de niños en las parroquias al acompañamiento de ancianos en los hospitales, desde la acogida en familias de niños o de personas con dificultades a la creación de verdaderas casas-familia para casos difíciles (madres solteras, toxicómanos, deficientes, minusválidos, enfermos de SIDA y enfermos terminales); desde la creación de empresas dedicadas a la reinserción laboral de minusválidos a la fundación de organizaciones no gubernamentales para proyectos de desarrollo y de asistencia en países pobres (por ejemplo AVSI en Italia, ente reconocido por la ONU, y CESAL en España); desde la constitución de fundaciones como el Banco de Alimentos (que proporciona alimento diario a casi un millón de pobres en Italia recogiendo los excedentes de producción alimentaria de grandes y medianas industrias) a la creación de Centros de solidaridad, en donde se ofrece ayuda en la búsqueda de empleo para jóvenes (y no tan jóvenes) desocupados; desde la asistencia en las cárceles de menores en África y América Latina al simple sostenimiento económico de familias en dificultad.

Tratándose en muchísimos casos de obras que unen a la finalidad caritativa una organización de tipo empresarial, puede decirse que estas iniciativas retoman, en clave actual y a menudo bajo la égida del llamado sector non profit, la tradición de las grandes obras caritativas que han marcado la historia de la cristiandad.

Vacaciones

Las vacaciones, en especial las vividas juntos en la montaña, han sido siempre uno de los momentos privilegiados para descubrir el gusto de la compañía cristiana y la actitud de estupor y respeto en la que ésta educa frente a la realidad de lo creado. Desde el comienzo, los primeros “observadores” se asombraban de cómo don Giussani llevaba de vacaciones a la montaña a grupos a veces numerosos de chicos y chicas, haciendo coincidir este tiempo (al contrario de lo que sucedía y sucede normalmente con los grupos escolares, e incluso con muchas asociaciones católicas) con momentos de gustosa y ordenada compañía y de fuerte propuesta cristiana. Por lo demás, como ya hemos señalado, es durante el denominado tiempo libre cuando se reconoce a qué le prestan verdadera atención en la vida un joven y un hombre, y a qué ideal se entregan. Las vacaciones, vividas en grupo o individualmente con la familia, son también una ocasión “misionera” para proponer la experiencia que se ha encontrado.

Lectura
Otra forma con la cual Comunión y Liberación educa en el sentido crítico, el descubrimiento de la dignidad humana y el verdadero rostro de la Iglesia, es la invitación a la lectura de libros (también a través del llamado “libro del mes”) y al trabajo cultural, animando así a no olvidar el valor de la belleza tal como emerge en algunas obras de arte de la música clásica, la pintura o el cine. Para los miembros de Comunión y Liberación han llegado a ser familiares y objeto de profundización, entre otros, los nombres de Dante, Leopardi, Pascoli, Ada Negri, Pasolini, Montale, Péguy, Eliot, Falco, Soloviev, De Lubac, Dawson, Moeller, Mounier, junto a los de Schubert, Beethoven, Mozart, Donizetti, y a los de Giotto, Antelami, Masaccio, Caravaggio, y también al de Dreyer y otros gigantes de la literatura y el arte.

El canto

Uno de los gestos que señaló el nacimiento y acompañó el desarrollo de Comunión y Liberación es el canto, en especial, el canto común. Afirma Giussani “El canto es la expresión más alta del corazón del hombre. No existe un servicio a la comunidad comparable con el canto.” Ya se trate de cantos litúrgicos, canciones nacidas de la experiencia de algunos miembros de Comunión y Liberación (algunas de ellas han dado la vuelta al mundo) u otras pertenecientes al repertorio popular de varias naciones, el cuidado del canto común es signo distintivo de los encuentros de Comunión y Liberación. Con el canto, en efecto, la comunidad expresa de modo sintético y persuasivo su propia unidad y el gusto y la conciencia nueva que derivan de ella.[2]

Comunión y Liberación en Uruguay: un testimonio

¿Qué etapas ha tenido la historia del movimiento en el Uruguay? Se podría decir que Comunión y Liberación en Uruguay pasó por tres etapas.

En 1985 Don Giussani vino al Uruguay con intención de sembrar las primeras semillas del movimiento en nuestro País. Se reunió en aquel entonces con el Arzobispo, Mons. José Gottardi sdb, para hacerle la propuesta del movimiento. No conozco detalles de la reunión pero nuestra realidad eclesial de entonces estaba bastante distante de la aceptación diocesana de los movimientos en general.

En junio de 1986 Giussani viajó a Córdoba para participar de un encuentro con jóvenes de toda América Latina. Allí fui invitado a participar, aunque fui sin conocer la realidad a la que me iba a enfrentar, dado que yo estaba fuera de la Iglesia y sin ninguna intención de volver a ella. Cuando llegué al destino, la ciudad de Carlos Paz, nos alojamos en un Monasterio Franciscano. Una vez acomodados nos llevaron a un salón muy grande en el que había alrededor de mil jóvenes de toda América Latina. En el centro una mesa y una silla en la cual estaba sentado un señor muy chiquito y muy feo. Yo a esa altura me preguntaba ¿Qué estoy haciendo aquí? Lo primero que recuerdo de “ese señor” es que dijo llamarse Luigi Giussani y se disculpó porque su gran ignorancia le había impedido aprender a expresarse en español correctamente y debería depender de un traductor. Luego disparó su primer dardo directo al Corazón: “Al encontrar a Cristo me descubrí hombre.”

A partir de esa frase comenzó en mí un proceso de transformación, de búsqueda de la santidad y de participación activa en la Iglesia que ya lleva veinte años. De vuelta en Uruguay, comencé a vivir la experiencia de conocer la Iglesia, desde ese momento me inserté en el mundo de la parroquia, el cual nunca abandoné.

En esa primera etapa del movimiento tuvimos muchas dificultades operativas dado que caminábamos solos, cada tanto venía un sacerdote de Argentina pero nunca se logró una presencia real del movimiento en nuestra Arquidiócesis. Aprecié mucho el apoyo de Mons. Pablo Galimberti y desarrollamos muchas actividades en la diócesis de San José, donde siempre nos sentimos como en nuestra casa.

Las visitas desde Argentina se fueron espaciando y llegó un día en que perdimos contacto. Unos años después, en el 90, se realizó un nuevo intento a partir del interés de un grupo de laicos. Pero la falta de contacto con la experiencia original, de casi todos los participantes de ese nuevo grupo, fue causa de un nuevo revés.

Así fue que durante muchos años la experiencia de Comunión y Liberación quedó solamente como el acontecimiento personal gracias al cual retorné definitivamente a la Iglesia a la que había ingresado en el año 1975 cuando teniendo nueve años tomé mi primera y última comunión. El 22 de febrero de 2005 moría Don Luigi, mi padre espiritual, días más tarde me llegó un artículo por la agencia Zenit sobre el movimiento y decidí escribirles una carta de saludo, recordándoles que Don Gius, como le gustaba que lo llamaran, tenía un hijo aquí en Uruguay que lo recordaba con mucho cariño. A los tres días me llegó un mail de Alver Metalli perteneciente al grupo de los memores domine (consagrados) del movimiento que me decía: “Estimado Santiago, estoy viviendo en Uruguay, desde Italia me reenviaron tu mail, este viernes se reúne la escuela de comunidad en mi casa, estás invitado junto con tu señora. Te espero.”

Grande fue mi sorpresa y alegría al enterarme de que recientemente había comenzado una nueva etapa de Comunión y Liberación en Montevideo, esta vez sí con todo el apoyo de nuestro Arzobispo Monseñor Nicolás Cotugno y una presencia real del movimiento. Inmediatamente mi esposa y yo nos integramos a esa escuela de comunidad de la que participan personas de diversas edades y profesiones.

El año pasado dos de nuestro jóvenes viajaron al famoso Meeting en la ciudad de Rímini experiencia que se va a repetir este año. Otro grupo participamos de la asamblea de responsables que tuvo lugar en la Maríapolis de O´Higgins en Argentina y también nuestros universitarios participaron como animadores de las vacaciones del movimiento en Bariloche y en varios retiros.

¿Qué puedes contarnos sobre la forma en que vives tu vocación particular de miembro de Comunión y Liberación?

En esta nueva etapa de consolidación del movimiento en Uruguay, estoy profundizando los vínculos desde la perspectiva de la comunidad. Releyendo ya con más camino andado, los libros que escribió Don Gius y volviendo a descubrir su gran riqueza. Recordando experiencias vividas para poderlas trasmitir a quienes no conocieron al fundador. Ejercitando la paciencia y soportando las críticas de quienes en la Iglesia no comprenden ni toleran la existencia de estas nuevas realidades.

¿Cuál es la experiencia de Comunión y Liberación en cuanto a su inserción en la vida pastoral de las diócesis en las que está presente?

El movimiento está presente en la Arquidiócesis de Montevideo y en la Diócesis de San José.

Aquí en Montevideo, debido al escaso tiempo que ha trascurrido de esta nueva etapa, recién estamos comenzando nuestra vida como movimiento, tendrá que pasar algún tiempo antes que podamos insertarnos y hacer un verdadero aporte en la vida pastoral de la Arquidiócesis.

En la diócesis de San José, están trabajando activamente tres sacerdotes del movimiento, dos de ellos de nacionalidad argentina, que fueron ordenados por Monseñor Pablo Galimberti y se incorporaron al clero de la diócesis.

El año pasado falleció el P. Giussani, fundador de Comunión y Liberación ¿Cómo están viviendo ustedes esta nueva etapa de la vida del movimiento?

El fallecimiento de Don Gius fue muy duro para el movimiento, pero él ya había sentado las bases sólidas de esta experiencia y nos había enseñado a caminar solos, por supuesto que siempre hay una etapa de acomodamiento a la nueva realidad y más aún cuando el que muere es el fundador. Esta etapa el movimiento la viene atravesando con mucha paz y tranquilidad de la mano de Don Julián Carrón, primer sucesor de Don Gius y con el apoyo explícito y amoroso de nuestro querido Papa Benedicto XVI.

¿Qué desafíos entrevés para el futuro de Comunión y Liberación en el Uruguay?

Haciendo una valoración hacia el futuro, los desafíos aquí en el Uruguay son muchos.

Primero consolidarnos como movimiento, vivenciar nuestra experiencia y trasmitirla a otros. Generar proyectos serios que son parte de la vida de Comunión y Liberación, como los explicados anteriormente: misión, caritativa, vacaciones etc., insertarnos en el ambiente universitario, multiplicar las escuelas de comunidad, donde podamos desarrollar un ámbito de discernimiento claro y sereno de la experiencia de Cristo en nuestras vidas.

Si alguno de los lectores tiene interés en conocer nuestra propuesta con mucho gusto lo invitamos a participar en nuestra escuela de comunidad.[3]


[1] El yo, el poder, las obras – Encuentro, Madrid 2001.

[2] Nota: en esta primera parte del artículo se reproducen textos del sitio web de Comunión y Liberación; el resto del artículo es la entrevista propiamente dicha.

[3] Para comunicarse por e-mail monsenor@adinet.com.uy o a teléfono 204-1442. Para profundizar la información se puede visitar nuestra página web internacional: http://www.clonline.org o adquirir nuestra revista Huellas en la Librería Editorial Arquidiocesana, Cerrito 477.