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Pedro Gaudiano

La libertad es una palabra “mágica,” que representa un ideal irrenunciable. Es una de las notas que definen a la persona humana. Permite al hombre alcanzar su máxima grandeza, pero también su mayor degradación.

Como toda realidad compleja, la libertad no se puede captar adecuadamente con una sola mirada. Por eso, siguiendo a Ricardo Yepes Stork, en sucesivos artículos iremos abordando los cuatro niveles de la libertad. Dichos niveles, que se superponen e implican mutuamente, son los siguientes:

  1. – la libertad interior o constitutiva;
  2. – la libertad de elección o de arbitrio;
  3. – el crecimiento y la realización de la libertad; y
  4. – la libertad social.

La libertad interior o constitutiva

Éste es el nivel más radical y profundo: la persona humana es un ser libre. Yo soy libre porque soy el dueño de mi intimidad y el dueño de la manifestación de mi intimidad a quien quiero, cuando quiero y como quiero. Esto me “constituye” como persona.

Soy dueño de mi intimidad

La intimidad es el mundo interior, mundo que está abierto para uno mismo y oculto para los demás. Es como el “santuario” de lo humano, un “lugar” donde sólo puede entrar uno mismo, del que uno es dueño. El sentimiento de vergüenza o pudor es la protección natural de la intimidad. Pertenece a mi intimidad todo aquello que considero como “mío”: yo tengo mi casa, mi armario, mi ropa, mi cepillo de dientes… Y si llega cualquier correspondencia a mi nombre, no me gusta que otra persona la abra.

La característica más importante de la intimidad es que no es fija, estática, sino que es dinámica, siempre está como en ebullición. De ella brotan los sentimientos, los pensamientos, los proyectos… es decir, todo lo que hay “dentro” mío. No existen dos intimidades idénticas. Si externamente una persona puede ser identificada por ejemplo por sus huellas dactilares o por el iris de su ojo,[1] cuánto más cada persona es única, original e irrepetible por su propio mundo interior. Nadie, absolutamente nadie, ha sido ni será nunca ni puede ser el “yo” que “yo” soy. Nadie puede usurpar mi personalidad, ni ocupar mi puesto bajo el sol.

Soy dueño de la manifestación de mi intimidad

La manifestación de la intimidad se realiza en primer lugar a través del cuerpo y, gracias a éste, también a través del lenguaje y de la acción. Es bueno recordar que yo no solamente “tengo” mi cuerpo, sino que yo “soy” también mi cuerpo. La intimidad se manifiesta ante todo en el rostro y especialmente en los ojos. Se suele decir que “los ojos son la ventana del alma.” Además se manifiesta en los gestos faciales (reírse, llorar, fruncir el ceño, etc.) o corporales (abrazar, acariciar, arrodillarse, un apretón de manos, una patada, etc.).

Es interesante constatar que, en nuestra cultura, la cara y las manos habitualmente están descubiertos. Es por eso que “manifiestan” mejor la propia intimidad. Pero también se expresa la intimidad a través del vestido. Cada uno se presenta ante los demás de determinada manera, según su rol o función social. La personalidad se refleja también en el modo de vestir, en lo que se llama el “estilo.”

Otra forma de manifestar la propia intimidad es el propio hogar. La elección y disposición de los objetos en mi casa, manifiesta quién soy yo. Si yo invito a alguien a mi casa, de alguna manera lo estoy invitando a entrar en mi propia intimidad. Si no, me encuentro con esa persona en la oficina, en el club, en un café o en cualquier otro lugar.

La base de los derechos humanos

La libertad constitutiva, pues, consiste en ser una intimidad libre, un espacio interior que nadie puede poseer si uno no quiere. Soy independiente, autónomo, puedo estar dentro de mí y ahí nadie puede apresarme ni quitarme la libertad. Ningún cautiverio, prisión o castigo es capaz de suprimir este nivel tan profundo de la libertad. Los mártires prefieren la muerte antes que dejar de ser libres. Los cautivos por sus ideales se reafirman en ellos.

De esta libertad interior o constitutiva brota la dignidad de la persona humana y por eso es la base de los derechos humanos y de todo el ordenamiento jurídico. En efecto, de ella brotan los derechos a la libertad de opinión y expresión, el derecho a la libertad religiosa – que incluye no sólo creer en un Ser Absoluto, sino también practicar una fe – el derecho a vivir según dicten las propias creencias y convicciones, etc.

Apertura, actividad, autorrealización

La libertad constitutiva es apertura a todo lo real, no estar atado a unos pocos objetos, sino tener una amplitud irrestricta de posibilidades respecto de los objetos que se pueden conocer y de las acciones que se pueden realizar para alcanzarlos.

Sólo puede encarcelarse a un ser libre. Después de la muerte, el castigo más universalmente aplicado al hombre es quitarle la libertad metiéndolo en una prisión, que es una forma de tortura. Esto no se puede hacer sin causa y procedimiento justos. Pero aún en una cárcel, la persona humana sigue siendo libre interiormente.

La libertad constitutiva es también inquietud de libertad, inclinación a autorrealizarse, a alcanzar el fin de la naturaleza humana del modo en que uno decida hacerlo. Es decir que cada uno se mueve a sí mismo hacia donde uno quiere, para alcanzar su propia plenitud. Esta realización y despliegue implica que uno forje un proyecto de vida que encarne aquellos valores que uno busca o ha encontrado. Esto se puede expresar así: “¡Realízate! ¡Sé el que puedes llegar a ser!”

Soy libre, pero a partir de la “síntesis pasiva”

La libertad constitutiva convive con todo lo que uno ya es, es decir con todo lo pre-consciente o inconsciente. Imaginarse que la libertad consiste en una ausencia total de barreras, de límites, es una utopía: una libertad así sencillamente no existe. El hombre tiene cuerpo, historia, nacimiento y lo que podemos llamar “síntesis pasiva.”

La síntesis pasiva es una “síntesis,” es decir un conjunto de elementos biológicos, genéticos, cognitivos, afectivos, educacionales, culturales, etc.; y es “pasiva” porque el hombre recibe esos elementos pasivamente, los lleva consigo cuando comienza su vida consciente y mientras desarrolla ésta. Así por ejemplo, yo no elegí ser varón o mujer, tener o no hermanos, nacer en un país o en otro, ir a una escuela o a otra, etc. Pero sí soy libre de asumir o no asumir esas condiciones en mi proyecto vital. Debo aceptar mis limitaciones porque son el requisito de mis grandezas. La síntesis pasiva, pues, es todo aquello que nos condiciona en nuestro ser y actuar, quizá sin que nosotros seamos conscientes de ello. En nuestro próximo artículo analizaremos la libertad de elección o de arbitrio.[2]


[1] Ver http://www.biometricgroup.com, en inglés

[2] Pedro Gaudiano es Doctor en Teología, profesor de Antropología y Fenomenología de la Religión en la Universidad Católica, y profesor de Antropología y Comunicación de Valores en la Familia en el CIEF (Centro de Investigación y Estudios Familiares). Este artículo fue publicado originalmente en: Boletín del CIEF, número 37, mayo 2006, pp. 10-11.

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