diacono
Milton Iglesias

En noviembre de 1964 el Concilio Ecuménico Vaticano II sentó las bases para el restablecimiento en la Iglesia latina del Diaconado como grado propio y permanente de la Jerarquía.[1] No obstante en las Iglesias de Oriente se mantuvo siempre.

San Ignacio de Antioquía decía que una Iglesia particular que no tuviera los tres órdenes sagrados (Obispos, Presbíteros y Diáconos) era impensable. Subrayaba además cómo el ministerio del diácono no es sino el “ministerio de Jesucristo, el cual antes de los siglos estaba en el Padre y ha aparecido al final de los tiempos.” Agregaba: “No son diáconos para comidas o bebidas, sino ministros de la Iglesia de Dios.” La Didascalia Apostolorum y los Padres de los siglos sucesivos, así como también los diversos concilios y la praxis eclesiástica testimonian la continuidad y el desarrollo del dato revelado.

El 18 de julio de 1967 el Papa Pablo VI publicó el Motu Propio Sacrum Diaconatus Ordinem, que contenía normas concretas para el restablecimiento y el 15 de agosto de 1972 publicó el Motu Propio Ad Pascendum que complementó el antes mencionado.

El Concilio dio testimonio de honor al diaconado en la Constitución Lumen Gentium, porque luego de ocuparse de los Obispos y los Presbíteros puso de manifiesto la dignidad de las funciones diaconales y las enumeró.

¡Qué bueno que el Pueblo de Dios tenga claro cuáles son estas funciones! Por ello las vamos a enumerar:

– Asistir durante las funciones litúrgicas al Obispo y al Presbítero en todo lo que le compete según las normas de los diferentes libros rituales.

– Administrar solemnemente el bautismo a niños y adultos.

– Conservar la Eucaristía, distribuirla a sí y a los demás, llevar el viático a los moribundos e impartir al pueblo con la sagrada píxide la bendición llamada Eucarística.

– Asistir a los matrimonios y bendecirlos en nombre de la Iglesia.

– Administrar sacramentales, presidir los ritos fúnebres y sepulcrales.

– Leer a los fieles los libros divinos de la Escritura e instruir y animar al pueblo.

– Presidir los oficios del culto y las oraciones donde no esté presente el Obispo o el Presbítero.

– Dirigir la celebración de la palabra de Dios, sobretodo cuando falte el Obispo o el Presbítero para hacerlo.

– Cumplir perfectamente, en nombre de la Jerarquía, las obligaciones de caridad y administración, así como las obras de asistencia social.

– Guiar legítimamente en nombre del Obispo o del Párroco las Comunidades dispersas.

– Promover y sostener las actividades apostólicas de los laicos.

No todas las comunidades eclesiales – quizás en muchas partes del mundo – han descubierto todas las potencialidades evangelizadoras del ministerio diaconal.

Algo que a esta altura quisiera resaltar es que en el caso del Diaconado Permanente de hombres casados, se es diácono desde el matrimonio y no a pesar de éste o contra éste.

¿Por qué lo precedente? Porque a veces hay comunidades que se quejan de que la presencia del diácono en ella no es, como la del presbítero, “a toda hora,” aunque hoy día muchos hermanos presbíteros ocupan tiempo de su ministerio en enseñanza en institutos escolares, liceales, facultades de teología, Iinstitutos de formación catequética, etc. etc.

El Diácono casado tiene que repartir su tiempo entre su familia, su trabajo (salvo que esté jubilado y muchas veces aún así debe buscar quehaceres que le complementen ingresos) y el trabajo eclesial. Es el famoso trípode del que siempre hemos hablado: familia, trabajo, iglesia. Y en todas partes se es diácono.

Gracias a Dios, y lo que prueba que es su voluntad, tanto por el apoyo y la valorización que la Jerarquía hace de este ministerio – recientemente el Papa Benedicto XVI dirigiéndose a sus diáconos romanos los llamó Servidores de la Verdad – los arzobispos y obispos de muchísimas diócesis del mundo, los hermanos presbíteros y sobre todo el diálogo cada vez más profundo, sincero y abierto con los Seminaristas, van haciendo desaparecer las tensiones que pudieron en algún momento dificultar en la práctica la acción pastoral o pretender reducirla a muy poca cosa, y todos vamos descubriendo y aprendiendo que nuestros ministerios son complementarios, no opuestos.

Por la imposición de manos del obispo, el diácono permanente es creado como ministro ordenado, por lo tanto no será obispo ni presbítero, pero tampoco laico, sino clérigo[2] y su ministerio es triple: de la Palabra, de la Liturgia y de la Caridad, oficios éstos que giran en torno a Cristo servidor. Presbíteros y diáconos son como dos brazos del obispo, cada uno con sus funciones propias y complementarias, ya que sólo el obispo tiene la plenitud del orden sagrado y es el centro de la vida de la Iglesia particular.

Sería deseable por cierto que en todo el mundo, y quizás hasta por expresa disposición jerárquica, cuando se eleven oraciones al Señor por las vocaciones, se incluyan siempre las sacerdotales, diaconales, religiosas, de especial consagración y ¿por qué no al matrimonio si éste es una vocación concreta a la cual está llamada la mayoría del pueblo de Dios? Aunque actualmente hay tantos que atentan contra la vida matrimonial pretendiendo que “todo vale”.

Es preciso que todo el pueblo de Dios insistentemente ore por las vocaciones sacerdotales, pues ¿que haríamos si nos faltan quienes “hagan la Eucaristía,” quienes nos reconcilien con Dios, con la comunidad y con nosotros mismos, quienes administren la Santa Unción a los enfermos? Pero tampoco debemos descuidar orar para que no falten diáconos, servidores de la verdad, predicadores de la Palabra, administradores de cuanto está en sus funciones enunciadas, que complementen a los sacerdotes para que ellos puedan dedicarse más plena y perfectamente a lo que les es propio y que resulta indelegable.

A quienes lean este artículo les digo: No tengan miedo, cuando un diácono permanente o transitorio proclama el Evangelio, predica, o enseña; es voz de Cristo, Dios y hombre verdadero, pues ha recibido del Obispo el oficio de proclamarlo, predicarlo, anunciarlo en las asambleas, debiendo convertirlo en fe viva, enseñarlo y cumplirlo. Son mensajeros del Evangelio.

La ordenación diaconal confiere el Espíritu de los siete dones, el de sabiduría e inteligencia, el de consejo y fortaleza, el de ciencia, el de piedad y del santo temor de Dios. Pueden entonces recurrir a un Diácono en búsqueda de consejo, de dirección espiritual, de consuelo, no de confesión ni reconciliación, porque ésta está reservada al primer y segundo orden, obispos y presbíteros.

Oren hermanos y hermanas para que todos los diáconos transitorios o permanentes del mundo se conviertan en agentes de paz, de armonía, de justicia, ya que tenemos en virtud del oficio diaconal la responsabilidad de promover y buscar el Reino de Dios y su justicia, respondiendo a la consagración a ser de por vida, sacramento, signo vivo y eficaz, del misterio de servicio de Cristo en su Iglesia, signos visibles de Cristo servidor en este mundo.

Que María Santísima nos conceda la merced de ser fieles testigos de su Hijo, servidores en la Iglesia por Él fundada.

 


[1] Lumen Gentium 29.

[2] Canon 266.

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