riccardi
Paloma Gómez Borrero

Hacía quince años que se libraba en Mozambique una guerra civil cruel e interminable. El FRELIMO, el partido en el poder, y los guerrilleros de la RENAMO luchaban encarnizadamente y la mayoría de las víctimas, como siempre, eran los habitantes de las aldeas. Inocentes entre dos fuegos, pues como dice el proverbio africano, “cuando dos elefantes luchan, quien sufre es la hierba.” Las Naciones Unidas mediaban en el conflicto sin éxito, tratando de acabar con tanto odio y violencia. En Roma, en un antiguo monasterio carmelita del barrio del Trastevere, la comunidad eclesial de San Egidio perseguía el mismo objetivo. Su lema “junto a los pobres sin fronteras” ilustra su diplomacia paralela, casi podríamos llamarla freelance, hecha de oración y diálogo, de constancia y fe. Mientras organizaban encuentros de plegarias por la paz, durante dos años, unas veces en Roma y otras en Maputo, se sentaron a la misma mesa con las delegaciones rivales. San Egidio demostró lo que afirma Juan Pablo II: que “la paz es posible, la paz es un don que nos ha traído Cristo. Nuestro mundo puede cambiar y no es esclavo de un futuro inevitable.”

Lo que no consiguieron los líderes políticos del Palacio de Cristal neoyorquino, lo logró esta comunidad eclesial que vive la propia fidelidad al Evangelio en el servicio a los más pobres. Lo logró, a fin de cuentas, “la diplomacia del corazón.”

A partir de la paz en Mozambique, a San Egidio la llaman “la ONU del Trastevere”: a su forma de intervenir en los conflictos, Butros-Ghali la definió como “la fórmula de Roma”; y Madeleine Albright calificó a la comunidad de “a wonderful people.”[1]

San Egidio no se detuvo en Mozambique; serán heraldos de paz en todos aquellos puntos candentes del tablero mundial. Paracaídas de paz destinado a zonas del planeta como Argelia, Albania, Kosovo, Ruanda, Burundi, Oriente Medio o Yugoslavia, que se están precipitando en caída libre hacia el abismo de la guerra.

¿Quién ha hecho posible este milagro? Esto se preguntan quienes oyen hablar por vez primera de la Comunidad de San Egidio.

El movimiento nació en 1968, en plena protesta estudiantil, en una famosa escuela romana, el Liceo Virgilio. Andrea Riccardi, un estudiante de dieciocho años, con ascendente y carisma sobre sus compañeros, decidió organizar encuentros en una sala junto al oratorio de San Felipe Neri, a los que acudían jóvenes como él, que se interrogaban sobre la pobreza y la dificultad de vivir en una gran ciudad. Acababa de terminar el Concilio Vaticano II y el clima era propicio a las discusiones y los proyectos. Los estudiantes en torno a Andrea Riccardi deciden aplicar el Evangelio a la vida cotidiana y dedicar tiempo y energías a los desheredados de Roma. Y descubren que el Tercer Mundo está a pocos pasos de la puerta de casa.

El germen de la aventura internacional nace en los barrios de los marginados. Del cinturón de pobreza de la Ciudad Eterna, la Comunidad de San Egidio pasa a los bidonville de los otros continentes. Hoy son más de veinte mil los “sanegidianos”; no llevan ningún signo externo que les identifique ni pronuncian votos. Son un ejército de voluntarios con el ideal común de vivir según los preceptos evangélicos y al servicio de los más pobres y abandonados, en una moderna interpretación del principio ora et labora.

El trabajo por la paz y el diálogo interreligioso es otra de las múltiples actividades de la comunidad. Su fundador, Andrea Riccardi, ha cumplido los cincuenta años, enseña historia contemporánea en la Universidad de Roma y continúa transmitiendo fuerza y entusiasmo. Cada día a las ocho de la tarde, salvo cuando está fuera de Roma, se reúne con “los chicos,” en la basílica de Santa María del Trastevere. Rezan y dialogan. El profesor Riccardi les habla de sus experiencias, del espíritu de oración, del servicio a los pobres, del diálogo entre hombres, culturas y religiones…

Por la pequeña puerta de la sede de la comunidad, en la trasteverina plaza de San Egidio, han entrado políticos, jefes de Estado, de Gobierno, altos prelados… En 1975 les visitó el rector de la Universidad Gregoriana, el jesuita Carlo María Martini; después de conocerles pidió a Andrea Riccardi entrar a formar parte del grupo de voluntarios que visitaban a inmigrantes y mendigos. Hoy el padre Martini es cardenal arzobispo de Milán, pero sigue estrechamente vinculado a la comunidad.

En el 25to aniversario de la fundación, fue Juan Pablo II quien puso el broche de oro a un cuarto de siglo “a lo San Egidio.” El Papa también entró por la puertecilla lateral del viejo convento, para confirmar con sus palabras la misión encomendada. Les dijo: “No tenéis   más objetivo que el de la Caridad.”

Con ocasión de las bodas de plata de la congregación, al profesor Riccardi le enviaron una carta de felicitación los responsables de las más importantes órdenes religiosas, jesuitas, benedictinos, dominicos: “Muchos habrán pensado que estabais locos, pero al final vosotros teníais razón. Gracias por lo que sois.”

El 7 de febrero, en la basílica de San Juan de Letrán, el cardenal vicario de Roma, Camilo Ruini, celebró la misa por el 33er aniversario de la fundación. Días antes, Andrea Riccardi recibió el enésimo premio por su labor. La UNESCO había otorgado a San Egidio el reconocimiento más importante de este organismo, el “premio Felix Houphoet-Boigny por la búsqueda de la paz.” Se lo concedió un jurado internacional presidido por Henry Kissinger, “por los esfuerzos a favor de la comprensión ecuménica, del entendimiento entre todas las religiones y por su labor a favor de la paz en Mozambique, Argelia, Guinea Bissau y Yugoslavia…”

El semanario norteamericano Time ha encabezado con el nombre de Andrea Riccardi la lista de los diez italianos más destacados del siglo XX, un decálogo en el que figuran nombres como Gianni Agnelli y Susanna Tamaro. Son “los diez magníficos que de una infinidad de maneras conducen a Italia, il bel paese, hacia el nuevo milenio.”[2]

 


[1] “Una gente maravillosa”.

[2] Andrea Riccardi, San Egidio, Roma y el mundo, Plaza & Janés Editores S.A., Barcelona 2001, Prólogo de Paloma Gómez Borrero, pp. 1-4.