la-fe-y-la-filosofia

Néstor Martínez Valls

La fe tiene una dimensión filosófica. Hay una filosofía cristiana. Con esto queremos decir ahora, no tanto una filosofía que se deja guiar por la fe cristiana, cuanto una filosofía que viene implícita en la misma Revelación. A esto se puede objetar que lo que viene por Revelación es teología, no es filosofía.

Sin embargo, la Iglesia ha definido dogmas en materias que son filosóficas. Así, el Concilio Vaticano I, en la Constitución Dogmática Dei Filius; basándose en Romanos 1, 20ss y en Sabiduría 13, define que Dios, uno y verdadero, Creador y Señor nuestro, puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón, por medio de las cosas creadas.

La Revelación contiene, entonces, algunas verdades de orden filosófico.

Estas verdades, en sí mismas consideradas, son filosóficas. En cuanto son sobrenaturalmente reveladas, son teológicas.

Si se quiere, son filosóficas quoad substantiam y teológicas quoad modum.

Mientras que las mismas verdades, en tanto que demostradas por la sola razón natural, son filosóficas también quoad modum.

Esto tiene consecuencias muy importantes. La más importante de todas tal vez sea ésta: se puede pecar contra la fe también en el plano filosófico.

Porque al negar ciertas verdades filosóficas, se estará negando verdades que son reveladas por Dios.

La ortodoxia cristiana y católica, entonces, no consiste solamente en profesar todas las verdades reveladas que son teológicas quoad substantiam, es decir, las verdades que tienen que ver con misterios sobrenaturales como la Trinidad y lo que de ella se deriva.

Y de aquí se sigue que un modo de corromper la fe de los fieles es inducirlos a negar ciertas verdades filosóficas manteniendo, en apariencia al menos, todas las verdades propiamente teológicas.

De hecho la filosofía moderna, o niega esas verdades filosóficas que la Revelación trasmite, o niega la posibilidad de conocerlas filosóficamente.

En el primer caso, se trata de filosofías que contradicen la visión cristiana del ser.

Al adoptarlas, lo que se hace es deformar en su base la fe cristiana. Pensemos por ejemplo en el hegelianismo, con su reducción del ser al devenir. Si esto se aplica a la teología, entonces tenemos un Dios cambiante e identificado con el mundo, que no es el Dios de la Revelación.

Por este camino, un cristiano llegará necesariamente a una forma de racionalismo filosófico, que somete la fe a la razón, si no es que se queda a medio camino, inestablemente, en una especie de “doble verdad”: hegeliano en filosofía, realista y cristiano en teología.

En teología, entonces, ese cristiano será fideísta; en filosofía, racionalista. Porque las verdades teológicas deberá sostenerlas a contrapelo de lo que le dice la razón filosófica.

Ésta es una postura contradictoria, porque entre las mismas verdades teológicas, al menos quoad modum, hay, como vimos, verdades filosóficas.

En el segundo caso, se trata de filosofías que niegan la metafísica y se estacionan en un agnosticismo radical respecto del ser de las cosas.

Estos cristianos, se podría decir, mantienen las verdades filosóficas propias de la fe cristiana, pero solamente por fe, es decir, para ellos son filosóficas solamente quoad substantiam, no quoad modum.

Sin embargo, resulta que por ello mismo, estos cristianos están yendo en contra de la Revelación, pues ésta contiene, como dijimos, no solamente algunas verdades que de suyo son filosóficas, sino también la afirmación de que estas verdades pueden ser conocidas por la sola luz natural de la razón, es decir, comentamos nosotros, filosóficamente.

Es decir, el agnosticismo metafísico es contrario a la fe cristiana.

Dicho de otro modo: paradójicamente, el que sostiene que solamente por la fe se puede llegar a ciertas verdades de orden filosófico, va en contra de esa misma fe.

Es posible, ciertamente, que un cristiano no conozca ninguna forma de conocer filosóficamente, con certeza, la existencia de Dios, o que todavía no la haya encontrado, pero eso no lo exime de profesar, con la Iglesia, que tal conocimiento filosófico es posible, aunque él personalmente todavía no sepa cómo alcanzarlo.

Y eso lo lleva a oponerse a los agnosticismos metafísicos y a hacer la crítica de los mismos, porque son contradictorios con su propia fe y porque, aunque no encuentre aún una vía filosófica cierta hacia la existencia de Dios, sí puede encontrar, filosóficamente, las fallas de los argumentos con que intenta imponerse el agnosticismo filosófico.

Si por el contrario, este cristiano adopta el punto de vista agnóstico en filosofía, mantendrá las verdades filosóficas de la Revelación solamente por fe, pero se trata entonces de un fideísmo herético, cuya base es en última instancia filosófica: el agnosticismo de origen empirista o kantiano.

Esto es grave, porque la teología católica enseña que el que peca contra una verdad de fe, peca contra toda la fe y ya no puede decirse que tenga la fe teologal, sino que a lo sumo tendrá la fe humana de los herejes. Una fe que no se apoya en última instancia en la Palabra de Dios, sino en el propio raciocinio humano, una fe que no salva y que no hace a su portador miembro de la comunidad de los creyentes. Curiosamente, pero no tanto, este fideísmo se basa, en última instancia, en una postura racionalista.

Por ello se entiende mejor la insistencia de los Papas en recomendar a Santo Tomás, que tan admirablemente supo ilustrar la capacidad metafísica natural de la inteligencia humana en orden a su armonía con la verdad sobrenaturalmente revelada: no se trata solamente de hacer posible el encuentro entre la fe y la razón, o de evangelizar la cultura, sino de salvaguardar la fe misma del pueblo cristiano.

Y se entiende también el encarnizamiento con que los enemigos de la fe católica atacan a Santo Tomás. Al igual que su Maestro, Santo Tomás resulta hoy día signo de contradicción.

Un ejemplo típico de lo que venimos diciendo lo tenemos en el ideólogo marxista italiano Antonio Gramsci. Fue considerado en su tiempo un heterodoxo del marxismo, porque a diferencia del leninismo, no ponía el acento en las contradicciones económicas de clases como medio para llegar violentamente al poder, sino en la lenta transformación de la cultura, en orden a conquistar el poder político por una estrategia silenciosa, gradual, a largo plazo. A los leninistas ortodoxos aquello parecía una vuelta al “idealismo burgués” que privilegiaba la “superestructura.”

Sin embargo, el peso histórico de Gramsci tal vez lo estemos viendo recién hoy día, en que los partidos de izquierda acceden al poder en muchos lugares, incluso en nuestro mismo país, luego de haber trabajado durante años la mentalidad de los pueblos mediante políticas, justamente, culturales, de largo plazo.

En realidad, muchas de las características más salientes del momento cultural actual, el relativismo, la negación de la naturaleza humana, la perversión hasta límites insospechados de las más elementales y básicas nociones del sentido común a nivel especulativo y moral, el proyecto, en fin, de “reinventar” al ser humano desde la misma raíz, proyecto satánico que resume el “serán como dioses” del comienzo de la historia, casan admirablemente con los postulados básicos de la filosofía gramsciana.

En este número de Fe y Razón dedicado a la familia y a la vida y a la crisis que hoy día se vive en nuestra sociedad respecto de las mismas, no podía faltar la mención de la influencia gramsciana en estos temas.

Pues bien, Gramsci, italiano, sabía que el principal adversario con que tendría que lidiar era la cultura cristiana de su pueblo y centraba su ataque en los siguientes frentes: la familia, la Iglesia y el realismo filosófico del sentido común.

Esto incluye, en buen criollo, el tomismo. Es interesante que otro marxista que al final fue expulsado del Partido Comunista francés, Henri Lefebvre, diga, en un libro que escribió cuando aún pertenecía al partido, que las dos únicas cosmovisiones consistentes que se enfrentaban en su tiempo eran el marxismo y el tomismo.

Es sabido que Gramsci ha tenido influencia en algunas teologías de la liberación, las más conocidas, las de corte marxista, y que por ejemplo Paulo Freire, ampliamente divulgado en su momento en nuestro medio por sus aportes pedagógicos, estaba bajo la influencia del gramscismo.

Y es que Gramsci, al parecer, apostaba al suicidio “desde dentro” de la Iglesia Católica, que en su opinión debía perecer, no mediante una persecución violenta, sino mediante la lenta y sutil transformación de la mentalidad de los católicos mismos, ante todo de los dirigentes y los intelectuales.

Eso arroja una luz muy sugestiva sobre la marginación de que viene siendo objeto el tomismo en muchos ambientes eclesiales, desde hace ya muchos años. Por eso mismo, se impone con más razón aún a los católicos el deber de fortalecerse en la fe, limpiando la razón de adherencias filosóficas extrañas y contrarias a la Revelación cristiana, y profundizando para ello, en la medida de las posibilidades de cada uno, en la perenne sabiduría filosófica y teológica de Santo Tomás de Aquino, constantemente recomendada por el Magisterio de la Iglesia.