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Guzmán Carriquiry Lecour

Intentaré una introducción esquemática sobre las cuestiones cruciales del laicado en nuestro tiempo, con la esperanza que sea sugestiva, estimulante, provocativa, capaz de suscitar nuevas reflexiones sobre un tema con vastas y múltiples repercusiones.

Una premisa y diez puntos

La premisa es que debemos ser conscientes que somos protagonistas de una gran corriente histórica contemporánea que fuera llamada de “promoción del laicado,” que hunde sus raíces históricas en la segunda mitad del siglo XIX y que se desarrolla como una de las características que marcará el siglo XX eclesial. Desde el punto de vista crítico, esta corriente implica la superación de las huellas clericalistas presentes en el rostro y la praxis de la Iglesia en la época tridentina tardía, causadas por la reacción resistente y defensiva ante el asedio de la modernidad secularizada bajo el impulso de las dos instancias críticas de la Reforma protestante y de la Ilustración. Desde el punto de vista proposicional, esta corriente manifiesta y suscita una renovada autoconciencia de la vocación, dignidad, identidad de los fieles laicos, de su pertenencia, corresponsabilidad, participación en la comunión eclesial, de su responsabilidad y contribución singular a la misión.

En este marco, enunciaré sólo diez hipótesis de juicio sobre cuestiones cruciales que se presentan al inicio del siglo XXI (con la advertencia que éstas se implican y se entrelazan unas con otras).

Primera hipótesis. Los bautizados en la Iglesia católica son más de mil millones. El 98% de los bautizados son laicos, pero de éstos sólo una media aproximada entre el 5 y el 10% participa en lo que se considera un índice necesario pero no suficiente de la praxis cristiana: el precepto dominical. Para muchos el bautismo ha quedado sepultado bajo una capa de indiferencia y olvido en medio de una inaudita descristianización. Y de ese 10% hay un alto porcentaje que vive la propia confesión cristiana en modo fragmentario y episódico, seleccionando las verdades de la doctrina y la moral de la Iglesia que desean seguir, con poca repercusión en la propia existencia. Alguien dijo que el laicado es como un gigante dormido, un enorme potencial sin explotar. La primera hipótesis de juicio, es decir, la primera cuestión crucial es cómo viene acogido el don de la fe, cómo uno lo abraza, cómo lo vive y lo piensa, cómo lo celebra, cómo lo comunica. La primera cuestión crucial es la fe de los cristianos –¡es el acontecimiento de Cristo en la vida de la persona!– y no las circunstancias ni las tareas que deben enfrentar.

La segunda hipótesis de juicio. Siempre necesitamos – y hoy más que nunca – de una vasta y perseverante misión capilar de evangelización, de catequesis, de educación en la fe, de formación cristiana de los bautizados, de iniciación a la madurez cristiana. Esta tarea requiere:

  • Incorporar al bautizado en la corriente de la tradición católica (corriente de gracia y santidad, de doctrina y caridad, de cultura cristiana y de obras).
  • Dar “forma” a la vida en todas sus dimensiones, yendo más allá del tranquilo divorcio entre fe y vida, entre fe y cultura.
  • Suscitar una sensibilidad y una mentalidad católicas que generen un hábito de mirar toda la realidad y de juzgarlo todo a la luz de la fe.

Tercera hipótesis de juicio. Diría que una cuestión crucial que aún se plantea es la que llamaría la “acogida de las enseñanzas del Concilio Vaticano II,” o también, la conciencia y la profundización de la identidad de los fieles laicos. Sabemos que el Vaticano II ha sido un gran acontecimiento del Espíritu que se encuentra en la base de la autoconciencia y autorrealización de la Iglesia en el mundo contemporáneo. Esta conciencia renovada de la identidad de los laicos resplandece especialmente en el eje de las enseñanzas entre la Lumen gentium y la Gaudium et spes, con un complemento que es la Apostolicam actuositatem. Posteriormente, en el camino sinodal que retomó y desarrolló estas enseñanzas, hemos recibido el don de la Exhortación apostólica post-sinodal Christifideles laici. Pues bien, muchos laicos se han quedado como destinatarios y clientes pasivos de servicios religiosos, alimentando la imagen de una Iglesia que se identifica con los sacerdotes. Otros viven el post-Concilio como si la Iglesia fuese el escenario de tres corporaciones (clero, religiosos y laicos) en tensión y lucha por la distribución de poderes, derechos y funciones. También hemos sufrido una primera fase post-conciliar de crisis, de prueba, de secularización de clérigos seguida después por una cierta clericalización de los laicos. Parece, entonces, importante reafirmar y difundir lo que significa de verdad ser “christifideles laicos.” El sustantivo es “christifideles” (es decir, lo que es más radical, originario, anterior e interior de todo estado de vida: lo común es la gracia de filiación, es común la vocación a la santidad, única e indivisa es la fe, la esperanza y la caridad). “Laicos” indica la modalidad, aunque con un profundo sentido teológico y sociológico, en el que se realiza la novedad cristiana derivada del bautismo. Hay que mantener con claridad la diferencia entre sacerdocio común y sacerdocio ministerial, entre estado de vida secular y estado de vida religioso; hay que mantener la peculiaridad de cada ministerio y estado de vida en la circularidad complementaria de la comunión eclesial.

Cuarta hipótesis de juicio: una cuestión crucial es la vocación a la santidad de todos los cristianos y, por ende, también de los fieles laicos. Ésta es la fuente de la conversión, renovación, crecimiento y apostolado. La vida cristiana está hecha de santidad. Juan Pablo II ha hablado mucho en sus catequesis sobre la santidad (“no tengáis miedo de ser santos”) y ha propuesto a muchos testigos de santidad como modelos paradigmáticos, edificantes, ejemplos de realización humana, de perfección en la caridad. Se trata de una llamada apremiante para redescubrir la nueva criatura que somos desde el momento del bautismo y crecer hacia la estatura para la cual hemos sido creados, regenerados y destinados, hasta llegar a exclamar como el apóstol: “no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí.” Hoy tenemos necesidad de santos esposos, padres santos, políticos santos, empresarios y sindicalistas santos, científicos y artistas santos…

Quinta hipótesis de juicio: una cuestión crucial es poner como fundamento de la vida cristiana, de la vida de los laicos, el primado de la gracia. Quizás hemos confiado demasiado en nuestros métodos, técnicas, planes, proyectos… El cristianismo no es un sentimiento, ni una ideología religiosa, ni un macro-proyecto, ni una utopía; menos aún un “sueño.” El cristianismo es el acontecimiento de un don, del don de una Presencia, del don del encuentro de Jesucristo, que es don de salvación. Sin éste, no podemos hacer nada. La verdadera actitud humana y cristiana es pedir que se manifieste en nuestra vida. Somos pobres pecadores suplicantes, mendigos de la gracia para reconocer en nuestra vida el Misterio de Dios y poder adherirnos con un pronto, obediente “fiat,” como el de María. Por ello, es fundamental la oración, la participación en la oración de la Iglesia, es decir, en la liturgia y en los sacramentos (fuente y culmen de la vida cristiana), que se prolonga en el arte y en la disciplina de la oración personal y familiar, en la adhesión a los dones del Espíritu. Es necesario invocar que se renueve el encuentro con Jesucristo en las circunstancias concretas de la vida, experimentando con estupor la misma realidad, la misma novedad, el mismo poder de persuasión y de afecto que este encuentro suscitó en los primeros discípulos del Señor. Siempre como un nuevo inicio.

Sexta hipótesis. Una cuestión crucial es que los fieles laicos redescubran y vivan la pertenencia a la Iglesia como misterio, en toda su profundidad y densidad, en toda su verdad y belleza. Pablo VI tuvo que cargar una pesada cruz: ¿Cómo era posible que el Concilio, con su profunda y bellísima eclesiología, fuese actuado en medio de fuertes corrientes de desafección, contestación, manipulación, reduccionismos y abandono de la Iglesia por parte de no pocos de sus hijos? La Iglesia no es una institución religiosa entre otras. No es sólo una conciencia moral de la humanidad. Menos aún se trata de una gran organización no gubernamental de humanismo filantrópico. No se define nunca por sus éxitos políticos o culturales. Ella es un gran misterio, sacramento de la Presencia de Dios, cuerpo del Verbo encarnado, que prolonga esta Presencia en el tiempo y en el espacio para ser contemporánea a todo hombre a través del pueblo cristiano. Es necesario, por ello, educar a los cristianos a una gozosa gratitud y a una viva responsabilidad que surja del sentido de pertenencia a la Iglesia. Es necesario educar a vivir las dimensiones inescindibles, humana y divina, de la naturaleza de la Iglesia, con todos los factores que la constituyen (Palabra y Sacramentos, Sucesión apostólica y jerárquica, sacerdocio ministerial y sacerdocio común, comunidad y carismas…). Es necesario educar a los fieles en el sentido vertical y horizontal del misterio de comunión, como milagro de unidad que atrae a todos y derriba los muros de la indiferencia entre los hombres, de la manipulación, de la explotación y opresión, formas mundanas y pecaminosas de las relaciones humanas.

Séptima cuestión crucial para los fieles laicos: vivir toda la vida como una vocación, es decir, vivir la vocación cristiana en las circunstancias ordinarias de la vida familiar, laboral y social. Se trata de la dimensión secular de los laicos. Esto significa, ante todo, experimentar en la propia vida, y dar testimonio, que Jesucristo es la respuesta sobreabundante y exhaustiva a los interrogantes y a los anhelos sobre el sentido de la vida, sobre el significado de toda la realidad; Jesucristo es la respuesta a los deseos de realización humana, de felicidad, de belleza, de paz, de justicia que emergen de la naturaleza humana, del “corazón” de los hombres, deseos que no admiten confines y que no pueden quedar frustrados. ¡Sólo Él! A los laicos les toca mostrar con la propia vida el rostro de los redimidos, la potencia y la fecundidad de la caridad, la buena noticia de la dignidad de la persona, el verdadero sentido de la razón y de la libertad, una sorprendente novedad de vida en todos los ambientes y en todas las circunstancias. Esto es contrario a toda caricatura de “fuga mundis” o a toda forma de clericalización (es decir, de repliegue eclesiástico y anonimato mundano).

Octava hipótesis de juicio: hay cinco ámbitos o tareas fundamentales para el testimonio cristiano de los laicos y para la construcción de nuevas formas de vida más humanas en las cuales se entrevén los signos del Reino de Dios ya presente y operante:

  • La familia, fundada sobre el sacramento del matrimonio entre hombre y mujer, comunidad de amor y vida, célula basilar del tejido humano y social, escuela de humanidad e iglesia doméstica, hoy más que nunca agredida en su naturaleza misma, en su unidad, en su finalidad.
  • El trabajo, como co-creación, signo y crecimiento de dignidad, ámbito de solidaridad y santificación.
  • La política, como formación y apoyo a nuevas, competentes, valientes y coherentes generaciones y militantes cristianos de la política, en un tiempo en que, por una parte, el laicismo agresivo de la cultura dominada por el relativismo político y moral pretende confinar a la Iglesia a la dimensión privada (y ni siquiera a ésta, basta ver la manipulación en el ámbito del matrimonio y la procreación) reformulando su presencia y su mensaje según el designio del poder; y por otra parte, en un tiempo en el que se han desintegrado las tradicionales formas históricas y culturales del compromiso político de los cristianos.
  • La educación, porque todo inicia, encuentra su fuerza y depende de la conciencia del “yo” de la persona, de su libertad y responsabilidad, de su crecimiento integral, puesto delante a una verificación de la tradición como hipótesis educativa.
  • La cultura, como llamada a la presencia cristiana en los nuevos aerópagos del ámbito universitario, de la investigación científica, de las innovaciones tecnológicas, del discernimiento de las corrientes ideológicas post-modernas, de las creaciones artísticas y del cada vez más importante campo de las comunicaciones de masas.

Noveno desafío crucial es la superación de la diáspora de los cristianos en la sociedad, superación de su asimilación mundana, del anonimato, de la fractura entre fe privada y compromiso público, a través de una labor de formación en la fe y en la doctrina social de la Iglesia, de convergencia de ideales, de tensión hacia la unidad para saber afrontar las grandes cuestiones del momento actual que estamos viviendo. La Doctrina Social de la Iglesia propone tres principios ideales, hoy día actualísimos: dignidad de la persona (jamás reducible a una partícula de la naturaleza o a un elemento anónimo de la ciudad humana), subsidiariedad (como compromiso de la propia libertad, participación asociativa y democrática desde las bases, superando una confianza excesiva en el poder del Estado y en la mano invisible del mercado) y la solidaridad, expresión de la caridad, especialmente con los más pobres, los que sufren, los excluídos, los oprimidos; solidaridad vivida como buenos samaritanos y como constructores de formas de vida más dignas, más justas, más pacíficas, derribando muros de inicua indiferencia, violencia, egoísmo y desigualdad. Hay como un “programa” para este compromiso cristiano y para esta convergencia ideal: la defensa de la vida como don, desde la concepción hasta la muerte natural; la salvaguarda del sentido y misión del matrimonio y de la familia; la libertad de educación y todo lo que ello implica; la defensa de la “libertas ecclesiae” que es fuente y garantía de cualquier otra libertad; la promoción de los derechos naturales de la persona y de las naciones; la creación de un tejido de obras de caridad, de educación, de salud, de trabajo, de asistencia y solidaridad que sean como piezas de una sociedad que cambia y mejora; la construcción de la paz desde lo “micro” hasta lo “macro” con el realismo y la profecía de aquellos que son conscientes de todos los factores de la realidad; la lucha por la libertad y formas políticas democráticas en la vida de las naciones; el desarraigo de toda forma de ideología, violencia y terrorismo; la cooperación con los países y las poblaciones más pobres y la búsqueda de modalidades para superar las grandes desigualdades entre el Norte y el Sur del mundo; la solidaridad efectiva con los más pobres y abandonados; la búsqueda de un orden internacional nuevo, más justo, más equilibrado y pacífico, hacia una concepción y experiencia del mundo como familia humana. Todo esto con la certeza que Cristo es la piedra angular de toda construcción verdaderamente humana, con la disponibilidad a colaborar con los otros hermanos cristianos, creyentes de otras religiones y hombres de buena voluntad según este “programa.” Hoy más que nunca la Iglesia y los cristianos son – y deben serlo siempre más, a pesar de tantos límites y obstáculos – custodios de la vida, custodios de la razón y la libertad, custodios de una ecología humana de convivencia, custodios de los grandes ideales de la paz y de la justicia, custodios de la esperanza.

El décimo desafío crucial es el de saber edificar, proponer y hacer que los fieles laicos encuentren comunidades cristianas que los ayuden a vivir su vocación, a educarlos en la fe, a crecer en santidad, a ser protagonistas de la misión y dar testimonio de servicio en el mundo. Es decir: los fieles tienen necesidad de ser atraídos e incorporados, abrazados y sostenidos, acompañados y alimentados por comunidades cristianas que sean para ellos ámbitos de vida nueva, signo y reflejo del misterio de comunión, método y camino educativos, por el encuentro y seguimiento de Cristo en la compañía de sus discípulos. No basta la asistencia periódica a ritos religiosos ni referencias abstractas a la Iglesia. Es necesario, más que nunca, ambientes comunitarios, eclesiales, en los cuales se pueda vivir la vocación de manera razonable, persuasiva, atractiva, exigente hasta la radicalidad, misericordiosa y compasiva, llena de fidelidad y esperanza. Éstas pueden ser comunidades parroquiales, nuevas comunidades, movimientos, comunidades de consagrados u otras formas de hermandad y acompañamiento cristiano; en todo caso, comunidades en camino, modalidades de compañía guiada hacia el destino, ámbitos reconfortantes y edificantes por la fidelidad a la Iglesia y a su tradición, sostén de un gran amor.

Dado por el Consejo Pontificio para los Laicos. XXI Asamblea plenaria, 24-28 de noviembre de 2004. Cuestiones cruciales sobre la situación actual del laicado.