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Nicolás Cotugno

Los días 11 y 12 de octubre de 2003 se realizó en Montevideo el Segundo Congreso Nacional de la Familia, bajo el lema “Familia: Germen de Vida y Esperanza de mi País.”

El Congreso fue precedido por una ardua labor de preparación, desarrollada a lo largo de casi dos años: múltiples reuniones del Consejo Nacional, las Comisiones Diocesanas y la Comisión Nacional de Pastoral Familiar, publicación de seis números de una nueva revista (“Pastoral Familiar”), con una amplia tirada y con “fichas” concebidas para orientar la reflexión de los grupos de familias en todo el país, “Pre-Congresos” en las distintas Diócesis, etc.

Esta labor fermental tendió a consolidar la pastoral familiar, otorgándole a ésta el lugar que le corresponde en el marco de la pastoral de conjunto. En efecto, dado que “el hombre es el camino de la Iglesia” y que el hombre es un “ser familiar” – es decir, un ser que naturalmente nace, crece y madura en el seno de una familia – resulta que la familia es el primer camino de la Iglesia. De ahí que se pueda afirmar que la familia es un “trascendental de la pastoral.” O sea, toda la acción pastoral de la Iglesia debe tomar en cuenta la dimensión familiar inherente al ser humano. He aquí un tema que convendría analizar en profundidad en las Parroquias, los movimientos, los servicios… ¡Cuánto se podría mejorar todavía en procura de una adecuada complementación entre la pastoral familiar, por un lado, y la catequesis, la pastoral juvenil, la pastoral social etc., por otro lado!

El primer día del Congreso tuvo lugar la parte académica en el Colegio y Liceo San Francisco de Sales (Maturana), con una concurrencia de unas mil trescientas personas. Las doce ponencias, divididas en cuatro módulos, tuvieron un muy buen nivel y dejaron muchos elementos de reflexión a los participantes, planteando temas que seguramente dejarán huellas en la pastoral familiar nacional. Los cuatro testimonios llegaron al corazón de todos los presentes, manifestando biográficamente la acción santificadora del Espíritu de Dios en las familias cristianas. Los 24 talleres permitieron a los participantes del Congreso profundizar en los temas planteados por los expositores, en una forma dialogal y participativa.

El segundo día del Congreso tuvo lugar la Fiesta de la Familia en el Palacio Peñarol, con una concurrencia de unas tres mil personas. Todo contribuyó a hacer de este día una verdadera fiesta: los espectáculos musicales (con diversos coros y conjuntos musicales), los testimonios y la notable actuación especial de Luis Landriscina y el P. Mamerto Menapace, quienes aportaron su cuota de humor abierto al Misterio (Landriscina) y de reflexión cristiana a partir del aspecto humorístico (Menapace). La Eucaristía, Celebración de la Familia, fue el broche de oro de este inolvidable Congreso, por el cual damos gracias a Dios y a todos los que aportaron su trabajo, durante los años 2002 y 2003, para preparar su digna celebración.

Como se hizo después del Primer Congreso Nacional de la Familia (realizado en 1994 en la Universidad Católica del Uruguay), también en esta ocasión se ha publicado un libro con las alocuciones, las ponencias y los testimonios presentados en el Congreso. En esta oportunidad se han recogido las intervenciones completas de los oradores, gracias a la oportuna grabación de las mismas. Esperamos que este libro sirva de ayuda para que las familias cristianas y los agentes de la pastoral familiar reanuden la reflexión sobre los importantes temas planteados en el Congreso, profundizándolos, sacando conclusiones y llevándolas a la práctica.

En esta época de cambios acelerados, que configura un verdadero cambio de época, asistimos desde hace algunas décadas a una grave crisis de la familia fundada en el matrimonio. El divorcio, la unión libre y otros males semejantes se están volviendo cada vez más frecuentes. Sin embargo los cristianos no debemos caer en el error de comportarnos como “profetas de calamidades” (según decía el Beato Papa Juan XXIII), regodeándonos en pronosticar un futuro intra-mundano cada vez más sombrío. Es necesario e importante denunciar las injusticias, pero más todavía lo es anunciar el Evangelio y confiar en el triunfo definitivo del bien sobre el mal. Nuestro Señor Jesucristo nos dice a nosotros hoy: “No teman. Yo he vencido al mundo.” “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo.” “El que permanece en Mí y Yo en él, dará mucho fruto.” “Los cielos y la tierra pasarán, pero mi palabra no pasará.”

Dos culturas o civilizaciones se enfrentan hoy en día en todo el mundo y su pugna es especialmente intensa en nuestra civilización occidental: siguiendo al Magisterio pontificio reciente, podemos denominarlas la cultura de la muerte y la civilización del amor. Trabajar a favor de la extensión de la civilización del amor es parte esencial de la misión de la familia cristiana.

Vale la pena mencionar que, a pesar de las invitaciones cursadas y de haber sido un evento cuantitativa y cualitativamente muy importante de la confesión religiosa mayoritaria del Uruguay, la que se identifica con las raíces de la Patria, nuestro Congreso no contó con la presencia de autoridades nacionales ni departamentales y tuvo una escasa cobertura en los medios de comunicación social. No pretendo analizar aquí las causas de hechos como éste, pero sí deseo subrayar que, a fin de cumplir más plenamente su misión de defensa y promoción de la vida y la familia, la Iglesia Católica deberá incrementar su presencia en el espacio público. Para ello los católicos tendremos que superar el influjo de una ideología laicista que intenta excluir a la religión de ese espacio y deberemos actuar siempre de acuerdo con la conocida máxima de San Agustín: “Unidad en lo necesario, libertad en lo opinable, caridad en todo.”

El Segundo Congreso Nacional de la Familia ha marcado un hito en el camino de la Iglesia peregrina en el Uruguay. En el contexto de una sociedad secularizada que sufre una enconada embestida contra los derechos y deberes de las familias, los católicos uruguayos hemos reafirmado nuestra visión de la familia como santuario de la vida, como escuela del más rico humanismo y como un bien para la sociedad, una célula básica para la construcción de una sociedad más justa y fraterna; y, sobre todo, hemos profesado nuestra fe en el Evangelio de Jesucristo acerca de la vida y la familia, comprometiéndonos a hacer de nuestras familias cristianas, con el auxilio de la Gracia, pequeñas “iglesias domésticas,” en las que los padres ejerzan con amor y responsabilidad su misión de ser “pastores” de sus hijos, guiándolos en el camino hacia el Padre.

La mayor parte de la existencia terrena de la Palabra de Dios hecha carne, Jesucristo, transcurrió en la apacible intimidad de la Sagrada Familia de Nazareth. De los largos años que van entre el episodio del niño Jesús perdido y hallado en el Templo de Jerusalén y el comienzo de su vida pública, los Evangelios nos dicen solamente lo siguiente:

“Bajó con ellos y vino a Nazareth, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón. Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres.”[1]

Quiera Dios que, contemplando a Jesús, María y José y siguiendo sus huellas, nuestras familias se conviertan cada día más, mediante el encuentro con Jesús, el Señor resucitado, en germen de vida, semilla del Reino y signo de esperanza para nuestro querido país.[2]


[1] Lucas 2,51-52.

[2] Extraído del II Congreso Nacional de la Familia. Montevideo, 11 y 12 de octubre de 2003, Conferencia Episcopal del Uruguay, Comisión Nacional de Pastoral Familiar, Montevideo 2005, Prólogo, pp. III-VI.