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Vittorio Messori

Entre las muchas cosas que me fueron dichas por el Cardenal Ratzinger y anticipadas por el reportaje que precedió a este libro, hay un aspecto no precisamente central que parece haber monopolizado la atención de muchos comentaristas. Como, en verdad, era de preverse, varios artículos, con sus correspondientes títulos, fueron dedicados no tanto a los severos análisis teológicos, exegéticos y eclesiológicos del Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y sí a las alusiones –pocos párrafos, en comparación con las decenas de hojas ̶ sobre aquella realidad que la tradición cristiana indica con el nombre de “Diablo,”   “Demonio,” “Satanás.

¿Por qué los comentaristas concentraron su atención en un tema que, repetimos, en modo alguno era central en la palabra del Prefecto?

¿Gusto por lo pintoresco, curiosidad divertida por aquello que muchos, tal vez hasta incluso entre los cristianos, consideran como una   “sobrevivencia folclórica,” como un aspecto de cualquier forma “inaceptable para una fe que se volvió adulta?” ¿O se trata de algo más profundo, una inquietud enmascarada por la sonrisa? ¿Serena tranquilidad o exorcismo que toma la forma de ironía?

No nos compete responder. A nosotros nos cabe, cuando mucho, registrar el hecho objetivo: no hay asunto como el del Demonio para despertar inmediatamente la frenética agitación de los mass-media de la sociedad secularizada.

Es difícil olvidar el eco suscitado por el Papa Pablo VI, inmenso y no sólo irónico, o mejor, tal vez hasta incluso rabioso, a veces. Él, hablando durante una audiencia general, en el día 15 de noviembre de 1972, retornó a lo que había dicho en el día 29 de junio del mismo año, en la Basílica de San Pedro, cuando, aludiendo a la situación de la Iglesia, confesaba:   “Tengo la sensación de que el humo de Satanás penetró en el templo de Dios por alguna brecha.” Agregó, a continuación, que “si tantas veces, en el Evangelio, retorna en la boca de Cristo la mención de ese enemigo de los hombres,” también para nuestros tiempos él, Pablo VI, creía   “en algo preternatural venido al mundo para perturbar, para sofocar los frutos del Concilio Ecuménico y para impedir a la Iglesia prorrumpir en el himno de alegría, sembrando la duda, la incerteza, la problemática, la inquietud y la insatisfacción.

Ya en ocasión de aquellas primeras alusiones, se levantaron gritos de protesta.

Ésta, no obstante, explotó sin frenos, durante meses, en los medios de comunicación social del mundo entero, en aquel 15 de noviembre de 1972 que se volvió famoso: “El mal que existe en el mundo es ocasión y efecto de una intervención en nosotros y en nuestra sociedad de un agente obscuro y enemigo, el Demonio. El mal no es apenas una deficiencia, sino un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor. Terrible realidad. Misteriosa y amedrentadora. Rompe con el contexto bíblico y eclesiástico quien se rehúsa a reconocerla como existente; o quien hace de ella un principio que se basta a sí mismo, como si ella no tuviese, como toda criatura, origen en Dios; o aún la explica como una pseudo-realidad, una personificación conceptual fantástica de las causas ignotas de nuestro malestar.”

Después de una serie de citas bíblicas en apoyo de su argumentación, continuaba Pablo VI: “El Demonio es el enemigo número uno, es el tentador por excelencia. Sabemos así que ese ser obscuro y perturbador existe realmente y continúa actuando, es el sofista insidiador del equilibrio moral del hombre, el pérfido encantador que sabe insinuarse en nosotros por medio de los sentidos, de la fantasía, de la concupiscencia, de la lógica utópica o de los desordenados contactos sociales, para introducir desvíos…”

El Papa lamentaba, a continuación, la insuficiente atención al problema por parte de la teología contemporánea: “Sería un capítulo muy importante de la doctrina católica, a ser reestudiado, este sobre el Demonio y la influencia que él puede ejercer. Sin embargo, esto ocurre poco hoy en día.

Sobre el asunto, evidentemente en defensa de la doctrina presentada nuevamente por el Papa, hubo una intervención de la Congregación para la Doctrina de la Fe, con el documento de junio de 1975: “Las proposiciones sobre el Demonio son una afirmación indiscutible de la conciencia cristiana;” si “la existencia de Satanás y de los demonios nunca fue objeto de una declaración dogmática” es justamente porque ésta parecía superflua, siendo tal creencia obvia “para la fe constante y universal de la Iglesia, basada en su fuente mayor, la enseñanza de Cristo, como también en aquella expresión concreta de la fe vivida que es la liturgia, que siempre insistió en la existencia de los demonios y en las amenazas que ellos constituyen.

Un año antes de su muerte, Pablo VI quiso volver todavía al asunto, en otra audiencia general: “No nos debe admirar si nuestra sociedad se degrada y si la Escritura acerbamente nos amonesta que “todo el mundo,” en el sentido negativo del término, “yace bajo el poder del Maligno,” a quien la propia Escritura llama “el Príncipe de este mundo.”

Después de cada intervención del Papa, siempre sucedieron gritos y protestas; y, curiosamente, sobre todo en aquellos jornales y por parte de aquellos comentaristas a quienes poco debería importar la reafirmación de un aspecto de una fe que dicen rechazar en su totalidad. En esa perspectiva de ellos, la ironía es justificada. ¿Pero por qué la ira? [1]


[1] Tomado de Joseph Ratzinger -Vittorio Messori, A fé em crise? O Cardeal Ratzinger se interroga, , Capítulo X – Coisas do Demônio e escatologia, pp. 103-105. Publicado por Editora Pedagógica e Universitária Ltda., Sao Paulo 1985. Traducido del original italiano: Rapporto sulla fede. Este libro fue publicado en español como: Informe sobre la fe. Traducción del portugués para Fe y Razón por Daniel Iglesias.