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Comisión Teológica Internacional

En el Nuevo Testamento se atribuye a la resurrección de los muertos un momento temporal determinado. Pablo, después de afirmar que la resurrección de los muertos ocurrirá por Cristo y en Cristo, agrega: “Cada uno según el orden que le corresponde: Cristo, el primero de todos; luego, aquellos que estén unidos a él en el momento de su venida” (1Corintios 15, 23: en tê parousia autou). Un acontecimiento concreto está indicado como momento de la resurrección de los muertos. La palabra griega “parousia” significa   “la segunda venida,” aún por llegar, del Señor en la gloria, diferente de la primera venida en humildad (Símbolo de Nicea-Constantinopla, en Denzinger-Schönmetzer 150: “Y de nuevo vendrá con gloria”); la manifestación de la gloria (cf. Tito 2, 13) y la manifestación de la parusía (cf. 2Tesalonicenses 2, 8) se refieren a la misma venida. El mismo acontecimiento se expresa en el Evangelio de Juan (6, 54) con las palabras “en el último día” (cf. también Juan 6, 39-40). Este mismo vínculo entre los acontecimientos se da en la viva descripción de la Primera Carta a los Tesalonicenses (4, 16-17), y es afirmado por la gran tradición de los Padres: “a su venida todos los hombres resucitarán (Símbolo Quicumque, en Denzinger-Schönmetzer 76).

A esta afirmación se contrapone la teoría de la “resurrección en la muerte.” En su forma principalmente difundida, esta teoría se explica de forma que aparece con grave detrimento del realismo de la resurrección, al afirmar una resurrección sin relación al cuerpo que vivió y que ahora está muerto. Los teólogos que proponen la resurrección en la muerte quieren suprimir la existencia después de la muerte de un “alma separada” a la que consideran como una reliquia del platonismo. Es muy inteligible el temor que mueve a los teólogos favorables a la resurrección en la muerte: el platonismo sería una desviación gravísima de la fe cristiana. Para ella, en efecto, el cuerpo no es una cárcel de la que haya que liberar al alma. Pero precisamente por esto no se entiende bien que los teólogos que huyen del platonismo afirmen la corporeidad final, o sea la resurrección, de modo que no se vea que todavía se trate realmente de “esta carne en la que ahora vivimos” (Fides Damasi, en Denzinger-Schönmetzer 72). Las antiguas fórmulas de fe hablaban, con otra fuerza, de que había de resucitar el mismo cuerpo que ahora vive.

La separación conceptual entre cuerpo y cadáver, o la introducción de dos conceptos diversos en la noción de cuerpo (la diferencia se expresa en alemán con las palabras “Leib” y “Körper,” mientras que en otras muchas lenguas ni siquiera se puede expresar) apenas se entienden fuera de círculos académicos. La experiencia pastoral enseña que el pueblo cristiano oye con gran perplejidad predicaciones en las que, mientras se sepulta un cadáver, se afirma que aquel muerto ya ha resucitado. Debe temerse que tales predicaciones ejercen un influjo negativo en los fieles, ya que pueden favorecer la actual confusión doctrinal. En este mundo secularizado en el que los fieles se ven atraídos por el materialismo de la muerte total, sería todavía más grave aumentar sus perplejidades. Por otra parte, la parusía es en el Nuevo Testamento un acontecimiento concreto, conclusivo de la historia. Se fuerzan sus textos, cuando se intenta explicar la parusía como un acontecimiento permanente que no sería otra cosa sino el encuentro del individuo, en su propia muerte, con el Señor.

2.2. “En el último día” (Juan 6, 54), cuando los hombres resucitarán gloriosamente, obtendrán la comunión completa con Cristo resucitado. Esto aparece claramente porque la comunión del hombre con Cristo será entonces con la realidad existencial completa de ambos. Además, llegada ya la historia a su final, la resurrección de todos los consiervos y hermanos completará el cuerpo místico de Cristo (cf. Apocalipsis 6, 11). Por eso Orígenes afirmaba: “Es un solo cuerpo, el que se dice que resucita en el juicio final” (Orígenes, In Leviticum homilia, 7, 2; Griechischen Christlichen Schriftsteller 29, 378). Con razón, pues, el Concilio XI de Toledo no sólo confesaba que la resurrección gloriosa de los muertos sucederá según el ejemplo de Cristo resucitado, sino también según el “ejemplo de nuestra Cabeza” (Denzinger-Schönmetzer  540).

Este aspecto comunitario de la resurrección final parece disolverse en la teoría de la resurrección en la muerte, ya que tal resurrección se convertiría más bien en un proceso individual. Por ello, no faltan teólogos favorables a la teoría de la resurrección en la muerte, que han buscado la solución en lo que se llama el atemporalismo: afirmando que después de la muerte no puede existir, de ninguna manera, el tiempo, reconocen que las muertes de los hombres son sucesivas, en cuanto vistas desde este mundo; pero piensan que sus resurrecciones en la vida después de la muerte, en la que no habría ninguna clase de tiempo, son simultáneas. Este intento del atemporalismo, de que coincidan las muertes individuales sucesivas y la resurrección colectiva simultánea implica el recurso a una filosofía del tiempo que es ajena al pensamiento bíblico. El modo de hablar del Nuevo Testamento sobre las almas de los mártires no parece sustraerlas ni de toda realidad de sucesión ni de toda percepción de sucesión (cf. Apocalipsis 6, 9-11). De modo semejante, si no hubiera ningún aspecto de tiempo después de la muerte, ni siquiera uno meramente análogo con el terrestre, no se entendería fácilmente por qué Pablo a los tesalonicenses que interrogaban sobre la suerte de los muertos, les habla de su resurrección con fórmulas futuras (anastêsontai) (cf. 1Tesalonicenses 4, 13-18). Además una negación radical de toda noción de tiempo para aquellas resurrecciones, a la vez simultáneas y ocurridas en la muerte, no parece tener suficientemente en cuenta la verdadera corporeidad de la resurrección; pues no se puede declarar que es un verdadero cuerpo, si es ajeno a toda noción de tiempo. Inclusive las almas de los bienaventurados, al estar en comunión con Cristo, resucitado de modo verdaderamente corpóreo, no pueden considerarse sin conexión alguna con el tiempo.[1]


[1] Tomado de la Comisión Teológica Internacional, Algunas cuestiones actuales con respecto a la escatología, 1990, Capítulo 2.