familia-y-vida-2

Nicolás Cotugno

Al asumir las ricas enseñanzas de Benedicto XVI vertidas en Valencia (España) sobre la familia y la vida – prolongación del riquísimo magisterio de la Iglesia, sobre todo de Juan Pablo II en Familiaris Consortio y Evangelium Vitae – debemos constatar como una realidad que en nuestro país estamos siendo testigos de un muy peligroso proceso de destrucción de la familia sustentada en el matrimonio.

Con sutiles instrumentos de manipulación intelectual y jurídica y con una clara ambigüedad teminológica se consolida cada vez más la mentalidad de que es necesario adaptarse a las nuevas realidades y exigencias sociales. Con pretexto de progreso y modernidad vemos como, con ciertas propuestas legislativas y algunos programas de educación sexual, se ha iniciado un firme proceso de destrucción y tergiversación de los principios y valores básicos de la familia.

El relativismo doctrinal y ético que subvierte el sentido de los valores y de las instituciones naturales se advierte en forma cada vez más acuciante.

La insuficiencia de leyes que protejan a la mujer, especialmente en su condición de esposa y madre, la convierten en la primera víctima de las manipuladoras políticas antinatalistas y abortistas.

Se constata asimismo el aumento de presiones ideológicas, económicas y políticas que pretenden legalizar “modelos” aberrantes de familias, en el marco de estrategias coercitivas de control demográfico fomentado por las últimas Conferencias de El Cairo, Beijing y Estambul y por ciertos organismos internacionales.

La Iglesia proclama y promueve el Evangelio del amor y de la vida. En virtud, pues, de la razón y del Evangelio denuncia:

  1. El promover la existencia de familias en las que no se priorice el valor fidelidad y se patentice la infidelidad. Es gravemente atentatorio contra la institución familiar todo proyecto de ley que propicie la caída del deber de fidelidad por la separación de los cónyuges por determinado período de tiempo.
  2. El promocionar en forma generalizada y socialmente aceptada la convivencia prematrimonial con fines de prueba.
  3. El pretender usar el término “familia” cuando los que se relacionan sean dos personas homosexuales.
  4. El entrometerse del Estado, inadecuadamente, en la educación sexual de los hijos, suplantando la labor y la responsabilidad primaria e insustituible de los padres, violando el principio de laicidad.
  5. El imponer, por parte del Estado, como método supuestamente seguro de prevención de enfermedades contagiosas, el uso del preservativo, fomentando la promiscuidad entre los menores y favoreciendo conductas a su vez riesgosas. Ello implica ignorar además, que los únicos países que lograron disminuir el SIDA fueron los que propiciaron políticas de fomento de la pareja estable y la castidad. Tal el caso de Uganda, entre otros países.
  6. El promocionar en forma oficial e indiscriminada la anticoncepción o el uso de abortivos químicos, imponiendo políticas antinatalistas que nada bien hacen al país.
  7. El considerar como un derecho el poder destruir la vida del ser humano recién concebido.
  8. El calificar al aborto como un acto médico y el establecer en todas las instituciones de asistencia médica colectiva la obligatoriedad de abortar.
  9. El considerar un derecho el poder producir artificialmente un hijo, destruyendo o congelando embriones humanos sobrantes, desconociendo por otra parte el derecho de éste a tener padres y a desarrollarse en una familia normal.
  10. El permitir la comercialización de óvulos, embriones o técnicas de selección respecto al sexo o cualidades del concebido no nacido.
  11. El reivindicar como un derecho el poder determinar cuándo se debe segar la vida del enfermo con el pretexto de que deje de sufrir.

Todo ello sin duda evidencia un claro apartarse de los valores esenciales de los que depende no sólo la consistencia familiar sino la misma estabilidad de la sociedad y el bien común.

La Iglesia ve con preocupación que ante situaciones patológicas o de anormalidad, como pueden ser, entre otras, la infidelidad o la destrucción de la vida del recién concebido, en lugar de ser sancionadas, se proponen leyes que las institucionalizan.

No se trata de imponer verdades de fe al que no cree en Dios sino de respetar valores que hacen a la esencia misma de la naturaleza humana y de la convivencia social.

Estamos olvidando que la familia fundada en el matrimonio constituye “un patrimonio de la humanidad” y es base de la sociedad como se recoge en el art. 40 de la Constitución de la República. O, en palabras de Juan Pablo II: “El futuro de la humanidad se fragua en las familias.

La Iglesia no dejará de exhortar a los cristianos y a todos los hombres de buena voluntad a:

  1. Un mayor compromiso por la defensa de la familia y la vida, rechazando los proyectos de ley o documentos de programación política que supongan una amenaza para la integración familiar, para la educación sexual de nuestros hijos, para la vida del hijo por nacer o todo lo que implique una amenaza o agresión para la familia y la vida.
  2. Propiciar iniciativas de protección a la mujer embarazada y a las familias numerosas.
  3. Acoger, difundir y profundizar el conocimiento de documentos fundamentales del Magisterio de la Iglesia sobre la familia y la vida, expresado sobre todo en la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio y en la Encíclica Evangelium Vitae de Juan Pablo II.
  4. Promover acciones orientadas a que los empresarios y hombres de negocios se interesen y sostengan iniciativas y proyectos de defensa a la familia y la vida.

Nuestro IV Sínodo arquidiocesano mira a la familia con particular esperanza y considera la “necesaria presencia transversal de la familia como objeto y sujeto de evangelización que debe estar siempre presente.”[1]

Hablándonos a nosotros los Obispos del Uruguay, en la visita que le hicimos en setiembre de 2001, Juan   Pablo II nos decía que “es necesario hacer un discernimiento pastoral sobre las formas alternativas de unión que hoy afectan a la institución de la familia en el Uruguay, especialmente aquellas que consideran como realidad familiar las simples uniones de hecho, desconociendo el auténtico concepto de amor conyugal.”[2]

Quiero destacar el papel protagónico indispensable de los laicos en la familia, siendo –como afirma Juan Pablo II “el primer campo para el compromiso social de los fieles laicos” (Familiaris Consortio, 40). En la Visita ad limina citada, el Papa nos recordaba “como deber apremiante ayudar a los padres a ser buenos pastores de la “iglesia doméstica.” En efecto, cuando la familia participa en el ser y la misión de la Iglesia, no solamente se trasforma en sacramento de salvación para sus miembros, sino que además realiza plenamente “su misión de custodiar, revelar y comunicar el amor y la vida” (Familiaris Consortio, 17 V.ad l. 9).

Quiera María, Madre de la Iglesia y de la familia, la Virgen de los Treinta y Tres, ser Capitana y guía de nuestra Patria salvando la familia y promoviéndola en conformidad con el designio de Dios, a imagen de la Familia de Nazaret.

Montevideo, 23 de julio de 2006.

 


[1] §310.

[2] §8.