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Milton Iglesias

El mundo en el que vivimos vive actualmente una hora difícil y cargada de tensiones, pero los cristianos todos tenemos una meta que cumplir: sembrar la esperanza.

Este artículo pretende ser la invitación a vivir este signo y este compromiso: con alegría en nuestras vidas sembrar la esperanza.

Cada persona que se bautiza debe descubrir su responsabilidad, esa responsabilidad que deberíamos asumir sin claudicaciones.

Nunca podemos ni debemos ser ni superficiales ni indiferentes. No es posible vivir sólo para la comodidad, para sí únicamente, como si fuéramos cada uno el ombligo del mundo. Necesitamos construir, servir, amar, dar, tener una dosis elevadísima de caridad, de compasión, ternura y misericordia a imitación de Nuestro Señor Jesucristo.

Quizás para la mayoría de nosotros hoy, “dar la vida” no signifique la entrega a la muerte, sino el ocupar todos los lapsos posibles de nuestra existencia, sin descuidar las responsabilidades familiares, profesionales, laborales, sociales, etc. en el servicio paciente a los demás.

¡Cuánta gente hay que necesita que alguien las escuche, las acompañe, las consuele, rece por ella, las instruya, les dé el pan de la palabra y les haga conocer a Jesús o profundizar en su conocimiento!

En las filas de las iglesias cristianas no tienen ni tendrán cabida ni los agresivos, ni los violentos, ni los comodones, ni los arribistas, ni mucho menos aquellos que pretendan servirse de su condición eclesial para logros personales.

Mucho de la historia gira alrededor de la respuesta de los hombres y mujeres y la comunidad social mira a las instituciones de servicio, a las personas que en ellas trabajan con denodado esfuerzo, las miran con esperanza.

Donde sea que un cristiano esté, por su compromiso bautismal debe siempre construir en la fuerza de la justicia y en la fecundidad del amor, una paz auténtica y duradera, planteando lo que fuere necesario a tiempo y a destiempo para que la vida de los ciudadanos todos, lo entiendan o no, se vaya acompasando con el Reino de Dios, ese reino de paz, de amor, de justicia que está o debe estar en este mundo, aunque siempre incompleto, pues sólo pasada la Pascua personal de cada uno se llegará a la plenitud del Reino.

Si somos cristianos y cristianas estamos llamados a construir positivamente la paz y trabajar por la paz no es cosa demasiado fácil, porque no faltan quienes siembren el mal –cualquiera sea la forma que éste tenga– ya sea por inconsciencia, o por malignidad o algún propósito indebido. Pero la paz es siempre posible y entre todos debemos hacer la paz.

Hagamos hermanos y hermanas el compromiso de profundizar nuestra vida interior, sepamos escuchar al buen Dios que nos habla desde su Palabra para que con madurez interior nazca la luz del equilibrio y nuestro decidido compromiso de trabajar cada día por el bien de la comunidad.

Gritemos la fuerza transformadora del amor y seamos fieles a la vocación de servicio que deviene de nuestro compromiso con Dios.

Que María la madre amorosa de Jesús y de todos y cada uno de los hombres, mujeres y niños que pueblan el mundo, nos conceda la merced de ser alegres, profundos, comprometidos, fuertes espiritualmente y testigos y predicadores de la paz y del amor.