biblia

Daniel Iglesias Grèzes

Presentaremos y refutaremos sucesivamente cuatro objeciones corrientes contra la inspiración bíblica.

La objeción acerca de la veracidad de la Biblia

Los críticos anticristianos manejan una gran cantidad de objeciones contra la veracidad de la Biblia. Responder detalladamente cada una de sus objeciones sería casi imposible, porque requeriría demasiado espacio y tiempo. Sin embargo, es posible refutar globalmente la gran mayoría de estas objeciones, concretamente las objeciones que no toman en cuenta la finalidad religiosa de la Biblia, ni sus géneros literarios, ni su contexto histórico y cultural.

Las objeciones mencionadas se inscriben típicamente dentro de un conjunto de problemas bien conocido, que dio en llamarse “la cuestión bíblica” y fue muy debatido entre los estudiosos de la Biblia desde el siglo XVII hasta mediados del siglo XX. Después de un tiempo de maduración, los principios generales de la solución de la cuestión bíblica fueron aceptados oficialmente por la Iglesia católica en 1943, por medio de la encíclica Divino Afflante Spiritu del Papa Pío XII. De modo que lo menos que puede decirse de estas objeciones anticristianas es que están bastante pasadas de moda.

La gran mayoría de los argumentos contrarios a la veracidad de la Biblia pueden ser esquematizados así en forma de silogismo:

Premisa mayor: Si la Biblia es Palabra de Dios, entonces no puede enseñar ningún error.

Premisa menor: Pero la Biblia contiene muchos textos que enseñan cosas contradictorias entre sí o con verdades demostradas por las ciencias naturales o históricas.

Conclusión: Por lo tanto, la Biblia no es Palabra de Dios.

La premisa mayor es verdadera, pero la premisa menor es falsa; por lo tanto, la conclusión es inválida.

Analicemos más de cerca la premisa menor. Ella supone implícitamente una interpretación fundamentalista de la Biblia, es decir algo muy diferente de la interpretación católica de la Biblia. El fundamentalismo (propio de muchas comunidades eclesiales de origen protestante y de algunos grupos semicristianos) rechaza el estudio histórico-crítico de la Biblia y da a la Sagrada Escritura una interpretación simplista y superficial, atada al sentido aparente de los textos. La exégesis católica, en cambio, utiliza la fe y la razón, los resultados del estudio científico de la Biblia iluminados por la fe cristiana.

Ilustremos esto con un ejemplo. El capítulo 1 del Génesis relata la creación del universo por obra de Dios. Según este relato, Dios empleó seis días para crear todo lo visible y lo invisible; en el sexto día Dios creó al ser humano y en el séptimo día descansó. Una interpretación fundamentalista de este capítulo lleva a rechazar todos los descubrimientos científicos que suponen una evolución cósmica y biológica de miles de millones de años previa a la aparición del hombre sobre la Tierra. La interpretación católica, en cambio, se basa en los siguientes dos principios:

  • “Como todo lo que afirman los hagiógrafos, o autores inspirados, lo afirma el Espíritu Santo, se sigue que los Libros sagrados enseñan sólidamente, fielmente y sin error la verdad que Dios hizo consignar en dichos libros para salvación nuestra.” (Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Dei Verbum, n. 11).
  • “El intérprete indagará lo que el autor sagrado dice e intenta decir, según su tiempo y cultura, por medio de los géneros literarios propios de su época.” (Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Dei Verbum, n. 12).

Vale decir que la interpretación católica de la Biblia distingue la verdad salvífica transmitida por la Biblia del “ropaje literario” utilizado como medio de transmisión de dicha verdad. En el ejemplo citado, es claro que las verdades salvíficas que Dios nos transmite por medio de Génesis 1 son cosas muy diferentes de una cosmología arcaica; o sea, Génesis 1 nos transmite verdades tales como las siguientes:

Todo lo que existe ha sido creado por Dios.

Todo lo que Dios ha creado es bueno.

El ser humano es la cumbre del universo material.

El hombre y la mujer han sido creados a imagen y semejanza de Dios, etc.

La necesidad de tomar en cuenta el género literario de un texto para darle una interpretación racional es muy clara. No se puede interpretar una narración épica del mismo modo que un poema, un drama o un ensayo filosófico. Es obvio que sería absurdo rechazar la verdad de la parábola del hijo pródigo con base en que históricamente no existió aquel “padre que tenía dos hijos”. Este error es semejante al cometido en la clase de argumentos críticos que estamos comentando.

Es muy importante comprender bien el sentido de la doctrina católica sobre la inerrancia de la Biblia. La Iglesia católica cree que la Biblia enseña sin error la verdad que Dios quiso transmitirnos (a nosotros los hombres) para nuestra salvación. Por lo tanto estamos tratando en principio acerca de verdades religioso-salvíficas, no de verdades científicas. La lectura de la Biblia permite conocer la cosmología de los antiguos hebreos, pero también permite conocer algo infinitamente más importante: la verdad sobre Dios y la verdad última sobre el hombre, sobre su origen, su fundamento, su vocación y su destino.

La Biblia no es un manual de ciencia y ni siquiera, hablando estrictamente, un libro de historia, sino un libro que nos transmite verdades religiosas importantes para nuestra salvación por medio de géneros literarios propios de una cultura de la Antigüedad. Muchas veces la Biblia nos transmite su mensaje de salvación por medio de la narración de una historia, pero se trata entonces de una “historia teológica”, o más bien de una “teología histórica”, un descubrimiento profético de la Palabra de Dios a través de los sucesos históricos.

Como escribió San Agustín a principios del siglo V, “la Biblia no enseña cómo va el cielo, sino cómo se va al cielo”. Si los críticos quieren emitir un juicio sobre la veracidad de la Biblia, deben elevar su mirada y apuntar al verdadero objeto de la enseñanza bíblica, una verdad propiamente religiosa.

Al leer la Biblia desde esta perspectiva (la única correcta) se desvanece la falsa impresión de que la Biblia enseña cosas contradictorias. Las afirmaciones aparentemente contradictorias (referidas a cuestiones científicas, históricas etc.) son medios literarios que los autores sagrados utilizan para transmitir verdades religiosas que son siempre verdaderas y coherentes entre sí.

La objeción acerca de la autoría humana de la Biblia.

Esta objeción tiene la siguiente forma:

Premisa mayor: Si la Biblia es Palabra de Dios, entonces no puede tener autores humanos.

Premisa menor: Pero la Biblia tiene autores humanos (como se demuestra por ejemplo por medio de las influencias de los mitos babilónicos en los relatos bíblicos de la creación y el diluvio).

Conclusión: Por lo tanto, la Biblia no es Palabra de Dios.

La premisa mayor es falsa; por lo tanto, a pesar de que la premisa menor sea verdadera, la conclusión es inválida.

La Biblia es un conjunto de libros escritos por autores humanos inspirados por Dios. Dios es el autor principal de la Biblia; no obstante, los hagiógrafos o escritores sagrados, aunque escribieron todo y sólo lo que Dios quiso que escribieran, son también verdaderos autores.

Los cristianos no creemos que nuestra Sagrada Escritura haya sido escrita en el cielo, como lo creen los musulmanes respecto del Corán y los mormones respecto del Libro del Mormón. Tampoco imaginamos la inspiración bíblica como una especie de trance espiritista. Si bien Dios es la causa principal de la Biblia y los hagiógrafos son sus causas instrumentales, éstos no fueron utilizados por Dios del mismo modo que un músico usa su instrumento musical. Los hagiógrafos obraron como instrumentos de Dios, pero conscientes y libres. Cada autor sagrado escribió siguiendo un plan determinado, conforme a su propio estilo de pensamiento y de escritura, utilizando unos géneros literarios escogidos por él dentro del marco de la cultura de su época y de su ambiente. La inspiración bíblica consiste en que el Espíritu Santo iluminó las mentes de los hagiógrafos y los asistió para que transmitieran por escrito y sin error la Divina Revelación. Ni siquiera es necesario que los autores sagrados fueran siempre conscientes de esta inspiración divina mientras escribían la Biblia.

La objeción acerca de la santidad de la Biblia.

Esta objeción tiene la siguiente forma:

Premisa mayor: Si la Biblia es Palabra de Dios, entonces no puede aprobar el pecado.

Premisa menor: Pero la Biblia aprueba el pecado (como por ejemplo en el relato del incesto de las dos hijas de Lot, en Génesis 19).

Conclusión: Por lo tanto, la Biblia no es Palabra de Dios.

La premisa mayor es verdadera, pero la premisa menor es falsa; por lo tanto, la conclusión es inválida.

La falsedad de la premisa menor es evidente. El hecho de que la Biblia narre un pecado no implica que lo apruebe. A lo largo de toda la Biblia se advierte claramente un rechazo radical del pecado. Esto no es obstáculo para reconocer que la revelación bíblica fue gradual, particularmente en lo que se refiere a la doctrina moral del Antiguo Testamento.

La objeción acerca de la historicidad de los Evangelios.

Esta objeción tiene la siguiente forma:

Premisa mayor: Si la Biblia es Palabra de Dios, entonces los Evangelios deben ser biografías exactas de Jesús.

Premisa menor: Pero los Evangelios no son biografías exactas de Jesús (como se demuestra por ejemplo por medio de las diferencias entre los relatos evangélicos de la pasión, muerte y resurrección de Jesús).

Conclusión: Por lo tanto, la Biblia no es Palabra de Dios.

La premisa mayor es falsa; por lo tanto, a pesar de que la premisa menor es verdadera, la conclusión es inválida.

La Iglesia católica ha afirmado siempre con firmeza la historicidad de los Evangelios. Sin embargo, esto no equivale a afirmar que los Evangelios son biografías exactas de Jesús en el sentido moderno de esta expresión. Conocer la crónica periodísticamente completa y exacta de la vida y las obras de Jesús de Nazaret no es necesario para nuestra salvación. Por eso no debe preocuparnos el hecho de que los Evangelios no nos permitan reconstruir con plena certeza la cronología y la topografía de las andanzas de Jesús.

Los Evangelios narran la historia de una persona determinada en un lugar y una época determinados. La concordancia de las narraciones evangélicas con la geografía, la historia, la lengua y la cultura de la Palestina de comienzos del siglo I es tan perfecta y completa que sitúa a los Evangelios a una distancia abismal de cualquier mitología. Aunque a veces no podamos saber con total seguridad si unas palabras determinadas son las mismísimas palabras originarias de Jesús, los Evangelios nos transmiten la doctrina de Jesús sin deformaciones. La imagen que nos ofrecen de Jesús es la de un personaje singularísimo, inmediatamente reconocible.

Los Evangelios nos ofrecen un testimonio de fe sobre Jesús de Nazaret. Fueron escritos por cristianos con la intención de transmitir a otros el Evangelio o Buena Noticia de Jesucristo, el Hijo de Dios. Pero esto no quita valor histórico a dicho testimonio. Los Evangelios en general y los relatos de la pasión, muerte y resurrección de Cristo en particular deben ser considerados testimonios sustancialmente fidedignos desde el punto de vista histórico. Esto se puede demostrar aplicándoles los mismos criterios de historicidad que son utilizados para juzgar los documentos de la historia profana.