iglesia-nazismo
Juan Carlos Riojas Alvarez

No es novedad encontrarnos de cuando en cuando con expresiones de este tipo:

“La Iglesia siempre veló, aunque discretamente, por los intereses de Hitler. ¿Hasta dónde?, nunca lo sabremos. Hitler fue bautizado por su madre como católico y la Iglesia nunca lo excomulgó, por lo que podemos colocar al más grande asesino de la historia entre ellos. Me pregunto si hubo alguna vez una condena del Vaticano a los nazis.”

Para responder a esto dejemos que hable el propio Adolf Hitler:

“Yo puedo asegurarte que no hay en Alemania quien con todo su corazón no apruebe un intento honesto por mejorar las relaciones entre Alemania y Francia. Mis propios sentimientos me obligan a tomar la misma actitud… El pueblo alemán tiene la solemne intención de vivir en paz y amistad con todas las naciones civilizadas… Y yo considero el mantenimiento de la paz en Europa como algo especialmente deseable y a la vez asegurado, si Francia y Alemania, sobre las bases de un respeto igualitario a los derechos humanos, llegan a un real entendimiento… La joven Alemania, que yo dirijo y que encuentra su expresión en el Movimiento Nacionalsocialista, tiene sólo el más fervoroso deseo de un entendimiento con las otras naciones europeas.”[1]

¿Hemos de creer entonces en Hitler “el pacifista”, así como hemos de creer en Hitler “el católico”? No, bajo ninguna forma que tenga sentido.

Hitler fue un apóstata y, como tal, él ya estaba fuera de la Iglesia. Que no haya habido una excomunión para Hitler no es lo relevante. El propósito de la excomunión es ayudar al pecador a reconocer la seriedad de sus faltas, arrepentirse y buscar el perdón y el retorno a la Iglesia. Algo sin importancia para quien, como Hitler, despreciaba a la Iglesia y se proyectó como la negación total de la revelación cristiana, tanto en sus palabras como en sus acciones:

“Yo liberé a Alemania de las estúpidas y degradantes falacias de la conciencia y la moralidad.”[2]

El principal objetivo del nacionalsocialismo con respecto a las Iglesias era su eliminación y la sustitución del cristianismo por la ideología del nazismo. La estrategia de Hitler comportaba el empleo de varias tácticas. En los años de la consolidación del poder y en los de la guerra, el Führer no consideró oportuno lanzar un ataque final a las Iglesias. Éstas sólo debían ser sometidas a una presión constante para acotarles el espacio de actuación. Al uso de la violencia mediante amenazas, asesinatos, arrestos y reclusiones en los campos de concentración, se incorporó, a partir de la toma del poder en 1933, una progresiva ofensiva de tipo administrativo. Las exigencias de política internacional o de politica exterior podían inducir a Hitler a moderar esta dirección, como fue el caso de la firma del acuerdo con la Santa Sede de 1933 o durante el primer año de guerra. Sin embargo, la orientación de la política eclesiástica nazi permaneció inmutable. Como sabemos por las anotaciones de Martin Bormann, importante dirigente nazi, el Führer, en las conversaciones que mantuvo en su cuartel general durante el conflicto, no ocultó que la solución final contra la Iglesia había sido aplazada a la posguerra. En diciembre de 1941, Hitler afirmó: “La guerra llegará a su término y yo, ante la solución del problema de la Iglesia, tendré la última gran tarea de mi vida”. A lo que añadiría: “El ministro Kerrl quería hallar un equilibrio entre nacionalsocialismo y cristianismo. Yo no creo que eso es posible.”[3]

El Anschluss de Austria, la invasión de Checoslovaquia y, por lo tanto, el conflicto mundial permitieron a los nazis aplicar sus sistemas en los territorios anexionados al Reich u ocupados militarmente. Trágicamente emblemático fue el caso, en Polonia, de la región de Poznan, que primero fue anexionada al Reich con el nombre de Reichsgau Polsen y luego con el de Reichsgau Wartheland o Warthegau (región de Warta). El gobernador Arthur Greiser, dotado de cierto poder y que dependía directamente de Hitler, debía ensayar en esta región, como terreno experimental, la aplicación integral de los principios del nazismo. La experiencia de Warthegau es relevante: ése era el modelo de sociedad que el nazismo pretendía construir y que intentó llevar a cabo en condiciones de aislamiento durante la guerra. Este experimento se hubiera extendido, después de la victoria, a todo el Reich y sus posesiones. De lo que se trataba era de construir un mundo sin cristianismo y bajo el dominio del Volk de los nazis.

La Iglesia no fue neutral ante el nazismo. La Iglesia fue una victima más del nazismo. La Iglesia sufrió el nazismo. La Iglesia se opuso y denunció al nazismo. La Iglesia se solidarizó con otras víctimas del nazismo.

Ya en la Encíclica de 1931, Non Abbiano Bisogno, el Papa Pío XI criticaba los abusos contra la Iglesia y la concepción fascista, a la que identificaba con todas aquellas ideologías estatolátricas.

Por lo que se refiere a la oposición al nazismo, el Vaticano no tenía dudas. De hecho, tras la publicación, el 14 de marzo de 1937, de la Encíclica Mit Brennender Sorge, a iniciativa del Episcopado alemán, documento que se leyó el domingo 21 de marzo de 1937 en todos los templos católicos alemanes y donde Pío XI denunciaba claramente la incompatibilidad del catolicismo con los presupuestos racistas y paganos del nazismo, ya había empeorado la situación de los católicos y de los judíos en Alemania. La crisis se agudizó en 1938, cuando durante la visita de Hitler a Roma, el Papa abandonó el Vaticano, rechazando entrevistarse con el dictador alemán.

Lo que no estaba ya claro entonces era si la publicación de otra encíclica favorecería o empeoraría la situación. El caso de la pastoral de los obispos holandeses contra la deportación de los judíos en julio de 1942 es particularmente significativo: la Gestapo violó inmediatamente la inmunidad de los conventos y edificios religiosos para deportar a los judíos que se habían refugiado en ellos.

Si los documentos atestiguan que Pío XI, como persona razonable y buen cristiano, se oponía a las acciones racistas, Pío XII,[4] su sucesor, también tiene una defensa legítima: la de los propios judíos. Muchos de ellos han contado sus historias y agradecen la labor del vicario de Cristo, que ayudó a que pudieran salvar su vida.

Paolo Mieli, uno de los más ilustres protagonistas del periodismo italiano, ex corresponsal de La Stampa y ex director del Corriere della Sera y hoy director de RCS, la casa editorial más grande de Italia, es judío, implacable ante la terrible tragedia del Holocausto. “Vengo de una familia de origen judío y he tenido parientes que murieron en los campos de concentración durante la segunda guerra mundial. Por tanto, hablo de todo esto con mucha dificultad” dijo al intervenir en Roma en la presentación del libro Pío XII. El Papa de los judíos, escrito por Andrea Tornielli, experto en asuntos vaticanos del diario milanés Il Giornale. Y añade: “Durante un largo período de tiempo fueron precisamente los judíos quienes dieron las gracias a ese pontífice por lo que había hecho”, pero en los años 70 algunos grupos con intereses políticos comenzaron a poner en duda la labor de este Papa. Así que finaliza: “Quiero decirlo con la máxima claridad: poner las responsabilidades sobre las espaldas de Pío XII es una auténtica sinvergüencería”.

Fueron duros contra el nazismo los discursos del entonces Cardenal Pacelli en Lourdes, Lisieux, París y Budapest, donde viajó como legado papal. El discurso pronunciado en Hungría[5] inspiraría al eminente historiador judío Jeno Levai a escribir su famosa obra Pius XII Was Not Silent.[6]

Según el cálculo del diplomático judío Pinchas Lapide, cónsul israelí en Milán, que había participado como soldado en el ejército británico en la liberación de un campo en Italia, entre 700 y 800 mil judíos fueron salvados por la Iglesia y por este pontífice. Teniendo en cuenta que unos dos millones de judíos en total fueron rescatados de las garras de Hitler, la hazaña de Pío XII y sus nuncios resulta clara.

La Fundación Internacional Raoul Wallenberg con sede en Israel también ha reconocido por ejemplo la acción humanitaria del Nuncio Angelo Roncalli – luego Papa Juan XXIII – en el rescate de refugiados perseguidos por el régimen nazi durante la II Guerra Mundial.

Y finalizo con el elocuente testimonio de otro judío:

“Siendo un amante de la libertad, cuando llegó la revolución a Alemania miré con confianza a las universidades sabiendo que siempre se habían vanagloriado de su devoción por la causa de la verdad. Pero las universidades fueron acalladas. Entonces miré a los grandes editores de periódicos que en ardientes editoriales proclamaban su amor por la libertad. Pero también ellos, como las universidades, fueron reducidos al silencio, ahogados a la vuelta de pocas semanas.

Sólo la Iglesia permaneció de pie y firme para hacer frente a las campañas de Hitler para suprimir la verdad. Antes no había sentido ningún interés personal en la Iglesia, pero ahora siento por ella gran afecto y admiración, porque sólo la Iglesia ha tenido la valentía y la obstinación de sostener la verdad intelectual y la libertad moral. Debo confesar que lo que antes despreciaba ahora lo alabo incondicionalmente.”[7]

 


[1] Adolf Hitler, carta enviada al fascista Hervé y publicada en el nazi Volkischer Beobachter en octubre 26 de 1930.

[2] Adolf Hitler, citado por Ravi Zacharias en ¿Puede el hombre vivir sin Dios?, Caribe/Betania Editores.

[3] W. Jochmann, Monologe im Führerhauptquartier, 1941-1944, Hamburgo, 1980/

[4] Eugenio Maria Giovanni Pacelli

[5] Citado completo por Ronald J. Rychlak en su libro Hitler, the War, and the Pope, Columbus, MS, Genesis Press, 2000

[6] Publ. London, Sands and Co., 1968.

[7] Declaración de Albert Einstein, publicada por Time Magazine el 23 de diciembre de 1940, p. 40.