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Varios Miembros Sinodales

Contexto social

La sociedad uruguaya (y sobre todo la montevideana) está fuertemente secularizada desde hace más de un siglo. En nuestra cultura predomina un secularismo radical, que pretende excluir totalmente a la religión del espacio público. En este contexto los cristianos, aunque somos una mayoría cuantitativa, vivimos como una minoría cualitativa, sin una influencia predominante en la sociedad. Los cristianos que quieren permanecer fieles al Evangelio en su integridad por motivos sobrenaturales son una minoría y por ello las leyes, las instituciones, las mentalidades y las costumbres dominantes en nuestra sociedad en general no son cristianas y a veces son anticristianas. Ser coherentemente cristiano en esta situación no es fácil ni ventajoso.

La post-modernidad ha traído consigo un auge del relativismo, ideología que cada vez más tiende a ser considerada erróneamente como un requisito básico para la convivencia democrática. Quien tiene la certeza de conocer la verdad acerca de asuntos religiosos, filosóficos o morales es fácilmente tachado de fundamentalista e intolerante. La mayoría de los medios de comunicación social contribuyen a difundir la mentalidad relativista.

Las sucesivas crisis económicas de las últimas décadas han provocado el empobrecimiento de una parte considerable de la población de Montevideo (y también del Interior de la República) y han convertido al Uruguay en un país de emigración.

También ha crecido en nuestra diócesis la llamada cultura de la muerte,” que desconoce el derecho a la vida y los demás derechos naturales de la familia y procura destruir la concepción cristiana del matrimonio y la familia.

Situación eclesial

En los 40 años posteriores a la finalización del Concilio Vaticano II ha crecido notablemente el influjo del secularismo dentro de nuestra Iglesia local. En particular, la teología de la liberación de inclinación marxista tendió a secularizar la esperanza cristiana, asignando al sistema socialista la virtud salvífica que corresponde al Reino de los Cielos.

Esto condujo, sobre todo durante el período 1965-1985, a una excesiva priorización de los aspectos socio-políticos del cristianismo y a una falsa oposición entre espiritualidad y compromiso social, que impulsó a muchos católicos a descuidar el cultivo de su vida espiritual y a alejarse de la oración. Con frecuencia se olvidó que la conversión individual tiene una prioridad ontológica frente a la conversión de la sociedad.

Todo esto produjo en la Iglesia de Montevideo conflictos y hasta divisiones que aún no han terminado de sanar. Salvo casos aislados, no se contesta abiertamente al Magisterio de la Iglesia, pero a menudo no se lo asume íntegramente con lealtad. Se tiende a subestimar los logros del período pre-conciliar (por ejemplo, caracterizando el período 1920-1960 de la historia de la Iglesia uruguaya como el del ghetto católico”) y a considerar el último Concilio casi como un nuevo comienzo absoluto.

En la Pastoral de Conjunto de la Iglesia montevideana se aprecia un predominio excesivo del principio parroquial-territorial y una acentuación unilateral de una forma específica de participación en la Iglesia: la de las pequeñas comunidades en la parroquia. Los nuevos movimientos eclesiales parecen ser vistos ante todo como un problema, en vez de ser vistos ante todo como un don de Dios a la Iglesia.

Los problemas se multiplican: Muchos colegios católicos y muchas otras organizaciones católicas (por ejemplo, de promoción humana) enfrentan una crisis de su identidad católica. Abundan los divorcios y escasean las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa. La grave amenaza de la cultura de la muerte” no es enfrentada adecuadamente debido a la división y la debilidad política de los católicos.

Situación religiosa

Por lo común los católicos montevideanos tienen un nivel de formación doctrinal muy inferior al correspondiente a su cultura general, lo cual contribuye a que la mayoría cuantitativa de católicos se manifieste como una minoría cualitativa.

Muchos católicos montevideanos están alejados de la Iglesia: no creen en dogmas fundamentales de la fe cristiana o tienen opiniones contrarias a aspectos esenciales de la moral católica. Además, la gran mayoría de los católicos montevideanos no practica la oración personal ni participa en la liturgia. La influencia del secularismo, el materialismo y el relativismo alcanza incluso a muchos católicos. Además, el ateísmo, el agnosticismo y el deísmo son posturas muy difundidas, sobre todo entre los poderosos, los intelectuales y los jóvenes.

Por otra parte, muchas sectas y nuevos movimientos religiosos han arraigado y crecido en Montevideo en las últimas décadas, ofreciendo respuestas a las cuestiones religiosas a quienes ya no las buscan o encuentran en la Iglesia Católica. La Iglesia Católica optó por los pobres, pero muchos pobres han optado por las iglesias evangélicas o pentecostales.

Propuestas generales

Creemos que, ante esta difícil situación, resulta necesario asumir como primera prioridad pastoral la vocación universal a la santidad, según lo planteado por el Papa Juan Pablo II en la carta apostólica Novo Millennio Ineunte nn. 30-31 y lo expuesto por nuestro Arzobispo en la III Reunión de la Asamblea Sinodal. Debemos recomenzar nuestra labor desde la comunión con Cristo en la Eucaristía, fuente y cumbre de la vida cristiana. La comunión con Cristo nos abre a la comunión con los hermanos. Más allá de la letra de los documentos eclesiales, debemos esforzarnos por vivir cotidianamente la espiritualidad de la Iglesia-comunión, dejando de lado viejos prejuicios y recelos y abriéndonos cordialmente al diálogo intra-católico (prerrequisito de un auténtico diálogo ecuménico). En particular, creemos oportuna una mayor apertura de los organismos territoriales (sobre todo las parroquias) hacia los nuevos movimientos eclesiales y una mayor disposición de éstos a colaborar con aquéllos.

En segundo lugar, creemos necesario renovar el impulso misionero de nuestra Iglesia (bastante alicaído en las últimas décadas), dejándonos guiar por el Magisterio del Papa Juan Pablo II, quien llamó a toda la Iglesia a una evangelización nueva en su ardor, en sus métodos y en su expresión. La comunión con Cristo conduce a la misión. Lo fundamental es el nuevo ardor evangelizador: dado esto, los nuevos métodos y expresiones vendrán por añadidura. Debemos recuperar la alegría de la fe y sentir la urgencia de testimoniar y anunciar explícitamente el Evangelio de Jesucristo ante todos nuestros conciudadanos, a tiempo y a destiempo, por todos los medios disponibles, incluyendo los medios de comunicación de masas. La promoción de los valores humanos debe ser fundamentada en el anuncio del kerygma. Debemos recordar constantemente que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.” (Mateo 4,4). Se debe rechazar la tentación de una espiritualidad oculta e individualista que poco tiene que ver con las exigencias de la caridad” (Plan Pastoral San Felipe y Santiago Siglo XXI, n. 4).

En tercer lugar, opinamos que se requiere dar pasos concretos para cumplir efectivamente lo dispuesto en el Plan Pastoral San Felipe y Santiago Siglo XXI (cf. n. 4,4) acerca de la incidencia transversal de la familia en toda la pastoral de conjunto, tomando en cuenta debidamente las relaciones familiares de cada ser humano alcanzado por nuestras acciones pastorales.

Por último, nos parece imprescindible realizar un esfuerzo masivo para mejorar la formación doctrinal de los católicos montevideanos, en plena sintonía con el Magisterio de la Iglesia. Para tal fin consideramos que el Catecismo de la Iglesia Católica, el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica y el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia son instrumentos invalorables y providenciales, que habrá que aprovechar debidamente.[1]

Dado en el IV Sínodo Arquidiocesano de Montevideo, 8 de julio de 2005.

 


[1] NOTA DE FE Y RAZÓN: Omitimos los párrafos finales del documento porque se refieren a temas internos del Sínodo que en este momento carecen de interés general