instrumentum

Daniel Iglesias Grèzes

La Eucaristía es también el punto culminante de cada proyecto pastoral, de cada actividad misionera, y es el núcleo de la evangelización y de la promoción humana. (Instrumentum Laboris, n. 91).

Por consiguiente, dado que la Eucaristía es fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia, ella debe estar en el centro de todo plan pastoral; y la promoción de una adecuada participación de los fieles cristianos en la Eucaristía (sobre todo dominical) debe ser considerada como una prioridad pastoral de máxima importancia.

Dado que la Eucaristía es fuente de la vida de la Iglesia, ella debe producir en el fiel cristiano frutos de santidad y justicia, lo cual incluye las obras de misericordia corporal y espiritual; y dado que la Eucaristía es cumbre de la vida de la Iglesia, toda acción pastoral (incluso la pastoral social) debe conducir hacia la comunión eucarística.

La participación asidua en la Eucaristía dominical es muy baja en Montevideo. Según la Consulta al Pueblo de Dios” realizada hace unos quince años en nuestra Arquidiócesis, sólo el 3,5% de la población (aproximadamente el 7% de los montevideanos que se auto-definen como católicos) asiste a Misa los domingos. Los días de precepto que no caen en domingo (exceptuando la Navidad y la Epifanía) ese porcentaje desciende todavía mucho más.

En algunos ámbitos, los expertos en catequesis suelen denunciar la catequesis sacramentalista.” Esta denuncia puede ser compartida si el sacramentalismo” se entiende como un ritualismo legalista, vacío de genuino contenido espiritual; no obstante, pensamos que a menudo esta denuncia tiende a oponer falsamente liturgia y vida, espiritualidad y compromiso social, etc. Desde los primeros siglos de la historia de la Iglesia la catequesis ha estado relacionada con la preparación para la recepción de los sacramentos y es natural que así sea. Si esa preparación es adecuada, no hay que temer que conduzca de por sí a una práctica sacramental divorciada de la vida cotidiana.

A menudo nuestras celebraciones litúrgicas manifiestan diversos signos de descuido en su preparación: demasiados lectores leen mal; demasiados cantores cantan mal; demasiados cantos son inadecuados o deficientes desde el punto de vista litúrgico; demasiadas homilías son improvisadas o rutinarias. Sería conveniente ofrecer cursos periódicos a las personas que cumplen distintos ministerios o servicios en la liturgia, para capacitarlos específicamente para el ejercicio de sus respectivas funciones.

Nos hace falta cultivar más el sentido del misterio y la actitud de reverencia ante la grandeza y la santidad de la acción sagrada realizada en la liturgia. Nos parece lamentable, por ejemplo, que en muchos lugares se esté perdiendo la costumbre de arrodillarse durante la consagración. A fin de restablecerla, es muy conveniente que las iglesias dispongan de reclinatorios (cf. Instrumentum Laboris, n. 64).

El debilitamiento del sentido del misterio en la liturgia es correlativo al debilitamiento del sentido del misterio de la Iglesia. En muchos ámbitos se tiende a ver a la Iglesia como una obra principalmente nuestra, algo que edificamos nosotros mismos. Se insiste tanto en su acción social que hoy muchas personas tienden a ver a la Iglesia casi como una gran organización filantrópica, con algunas peculiaridades más o menos folklóricas. Se exige erróneamente la democratización del Pueblo de Dios, olvidando que su carácter sacramental y su carácter jerárquico están intrínsecamente ligados. Debemos recordar continuamente que la Iglesia no es nuestra sino de Dios y que Él construye Su Iglesia fundamentalmente a través del sacrificio pascual de su Hijo Jesucristo, actualizado en la Eucaristía.

Hoy muchos sacerdotes tienden a no manifestar visiblemente su condición de tales (por ejemplo en su vestimenta) y a no acentuar el carácter diferencial de su vocación particular con respecto al sacerdocio común de los fieles. A menudo se enfatiza tanto la corresponsabilidad pastoral con los fieles laicos que se pierde de vista o se teme ejercer la responsabilidad última del pastor en materia pastoral (por ejemplo, la del párroco en su parroquia). Algunos incluso desestiman la palabra sacerdote” y prefieren utilizar exclusivamente el término presbítero.” Éstos son sólo algunos de los signos de cierta crisis de la identidad sacerdotal que afecta también necesariamente a la celebración eucarística (por ejemplo, cuando sin necesidad se recurre a fieles laicos para la distribución de la comunión en la Santa Misa).

Nos parece muy desacertada la tendencia a postergar cada vez más la recepción de los sacramentos de la Eucaristía y la Confirmación. En nuestro país, por lo común, los niños reciben la Primera Comunión entre los 10 y los 12 años; y los jóvenes reciben la Confirmación entre los 15 y los 20 años o, las más de las veces, nunca. Hoy se da la anormal situación de que la mayoría de los católicos uruguayos no llega a completar el proceso de iniciación cristiana. Probablemente este fenómeno guarda alguna relación con la visión progresista” de la Iglesia como mera vanguardia consciente de un proceso salvífico (sobre todo sociopolítico) que de todos modos se da inconscientemente en toda o casi toda la humanidad. Un primer paso para revertir esta tendencia al elitismo pastoral podría ser la reducción de 15 a 12 años de la edad mínima para la recepción de la Confirmación.

También en Uruguay se constata una gran desproporción entre los muchos que comulgan y los pocos que se confiesan” (Instrumentum Laboris, n. 23). Entre las diversas causas de este fenómeno podemos señalar la escasa dedicación de muchos sacerdotes al sacramento de la Reconciliación y la pobre formación de muchos fieles en lo que respecta a la Eucaristía, el pecado y la Reconciliación. En este último factor influye el escaso énfasis de la catequesis moderna en la formación doctrinal. Es preciso mejorar la formación doctrinal de todos los catequistas y la calidad del contenido doctrinal de los textos utilizados en la catequesis (por ejemplo, elaborando catecismos locales con la aprobación de la Santa Sede).

En nuestro país el ayuno eucarístico casi ha caído en desuso. Probablemente la mayoría de los católicos jóvenes ni siquiera es consciente de la existencia de esa norma. Nos parece muy oportuna la idea de restablecer la obligación de las tres horas de ayuno eucarístico” (Instrumentum Laboris, n. 24).

Es importante salvaguardar el domingo como día no laborable, sobre todo en los países con raíces cristianas.” (Instrumentum Laboris, n. 71). En Uruguay, país fuertemente secularizado desde hace aproximadamente un siglo, mucha gente trabaja los domingos. Uno de los objetivos inmediatos de la acción política de los católicos debería ser el restablecimiento, en la medida de lo posible, del descanso dominical de los trabajadores.

Nos parece excelente la idea de promover las homilías temáticas, que durante el curso de un año litúrgico puedan presentar los grandes temas de la fe cristiana: el Credo; el Padre Nuestro; la estructura de la Santa Misa; los diez Mandamientos, y otros.” (Instrumentum Laboris, n. 47). Además, creemos que sería oportuno estimular a los sacerdotes y diáconos a redactar y leer por lo menos algunas de sus homilías.

Considerando las características geográficas y demográficas de Montevideo y la cantidad total de sacerdotes del clero arquidiocesano secular y religioso, pensamos que, mediante una generosa respuesta de los sacerdotes y una buena organización, sería posible reducir a un mínimo la cantidad de comunidades católicas que se ven privadas de la celebración eucarística dominical.

Es necesario reconsiderar los cantos actualmente en uso. La música instrumental y vocal, si no posee contemporáneamente el sentido de la oración, de la dignidad y de la belleza, se excluye a sí misma del ámbito sacro y religioso.” (Instrumentum Laboris, n. 61). Podría ser conveniente publicar un libro de cantos oficial en cada Diócesis o uno para todo el país, seleccionando cuidadosamente los cantos incluidos.

Cada parroquia, por otra parte, podría organizar un día solemne de exposición del Santísimo Sacramento, de modo tal que en las diócesis, sobre todo en aquellas de una cierta grandeza, cada semana el Pueblo de Dios pudiera adorar al Señor-Eucaristía en una de las parroquias.” (Instrumentum Laboris, n. 66). Esta interesante propuesta es aplicable en Montevideo, donde hay unas 77 parroquias (se requieren 52 para organizar un ciclo anual).

Existen católicos que no comprenden por qué es pecado sostener políticamente un candidato abiertamente favorable al aborto o a otros actos graves contra la vida, la justicia y la paz.” (Instrumentum Laboris, n. 73). Es necesario mejorar la formación y la información de los fieles al respecto, superando cualquier falso respeto humano o indebido interés partidista.

Sin embargo, hay respuestas que indican algunos aspectos menos alentadores: …; la clausura de las iglesias, a veces, por temor a los robos, durante gran parte de la jornada, impidiendo la adoración eucarística privada de los fieles.” (Instrumentum Laboris, n. 75). Este problema podría ser superado mediante la organización de grupos de fieles que se comprometan a rezar periódicamente en las iglesias, haciéndose cargo a la vez de la vigilancia durante sus respectivos turnos.

Sería deseable que los cristianos de todos los países supieran rezar y cantar en latín algunos textos fundamentales de la liturgia, como el Gloria, el Credo y el Padre Nuestro.” (Instrumentum Laboris, n. 81). ¿No será posible lograr esto en Uruguay, país latinoamericano?

La Eucaristía es la respuesta a los signos de los tiempos de la cultura contemporánea. A la cultura de la muerte, la Eucaristía responde con la cultura de la vida. Contra el egoísmo individual y social la Eucaristía afirma la entrega total. Al odio y al terrorismo, la Eucaristía contrapone el amor. Ante el positivismo científico, la Eucaristía proclama el misterio. Oponiéndose a la desesperación, la Eucaristía enseña la esperanza cierta en la eternidad beata.” (Instrumentum Laboris, n. 10). El Documento de Trabajo del Sínodo de los Obispos hace aquí un uso esclarecedor de la expresión signos de los tiempos,” de la que tanto se ha abusado en la Iglesia Católica en las últimas décadas. Se rechazan implícitamente las visiones y las actitudes ingenuas, poco críticas o irenistas con respecto al mundo contemporáneo.

Dado en Montevideo, 23 de septiembre de 2005.