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Pedro Gaudiano

En un artículo anterior hemos explicado en qué consiste “la libertad interior o constitutiva” (véase la Revista Virtual Fe y Razón número 4); en el presente artículo abordaremos la libertad de elección o de arbitrio y el crecimiento y realización de la libertad; y en un próximo artículo desarrollaremos la libertad social.

La libertad de elección o de arbitrio

La realidad no es blanca ni negra, sino gris, a veces con matices más oscuros, a veces con matices más claros. Por eso, para comprender mejor en qué consiste la libertad de elección, analizaremos dos posturas extremas, y luego seguramente nos podremos situar en una postura de equilibrio que parece la más verdadera.

Libertad de elección por defecto

Algunos afirman que la libertad de elección del hombre está disminuida, y, en el caso más extremo, se llega a afirmar que no existe, no es real, sino que sólo es aparente. Desde esta postura, se llega a afirmar que ninguna acción humana es libre, porque el ser humano está determinado por la síntesis pasiva (concepto que hemos explicado en el artículo anterior, al desarrollar la libertad interior o constitutiva). En el caso de un criminal, por ejemplo, esta postura sostiene que no cometió un crimen libre y voluntariamente, sino que lo hizo determinado, es decir, obligado, por la síntesis pasiva.

Libertad de elección por exceso

En el extremo opuesto al anterior se sitúan aquellos que sostienen que lo más importante del ser humano es su capacidad de elegir. O sea que yo soy libre porque puedo elegir. No importa que lo que yo elija me haga daño a mí o a los demás. Desde esta postura, se llega a afirmar que todas las acciones humanas son libres, afirmación que no tiene en cuenta la existencia de la síntesis pasiva.

Según esta postura, todo es elegible, en especial los valores y el estilo de vida de cada uno. Este modo de entender la libertad va acompañado necesariamente de la idea de que todos los valores son igualmente buenos para aquel que libremente los elige, porque lo que los hace buenos no es que en sí mismos lo sean o lo dejen de ser, sino que son libremente elegidos. Todo lo que se elige libremente es valioso por ser ocasión de que se ejercite la libertad.

Libertad de elección en su justo medio

Entre las dos posturas anteriores existe el llamado “justo medio,” que no es una línea químicamente pura equidistante de los dos extremos, sino que es una franja, cuyos límites son algo difusos. La mayoría de las personas pueden situarse en esta franja, que, para cada persona, se puede correr un poco a veces hacia un extremo, a veces hacia el otro. Esta postura de equilibrio es la más difícil de alcanzar y de mantener a lo largo del tiempo. Desde esta postura, se puede sostener algunas afirmaciones:

a) Ni ninguna acción humana es libre, ni tampoco todas las acciones humanas son libres, sino que solamente algunas acciones humanas son libres, aunque el número de dichas acciones efectivamente libres es menor del que a uno le gustaría. En efecto, muchas veces no actuamos como querríamos actuar. Por ejemplo, no decimos lo que pensamos acerca de algún integrante de la familia por mantener la paz familiar. O no encaramos las decisiones de nuestro jefe en el trabajo por temor a perder nuestra fuente de ingresos. Es decir que, a veces, las circunstancias se nos imponen.

b) Estamos condicionados por la síntesis pasiva. Esto quiere decir que se acepta que estamos más o menos condicionados o influenciados por la síntesis pasiva, pero no determinados por ella.

c) Al elegir tenemos dos opciones: acertar o errar. Muchas personas no toman decisiones por temor a equivocarse. Si la decisión fue acertada, la persona se siente bien, satisfecha consigo misma, contenta, realizada… Podríamos decir que crece y se fortalece como persona. Pero, como decían los antiguos, “errar es humano”. Cuando uno toma una decisión equivocada, se le abren dos posibilidades: Uno puede reconocer el error y al menos intentar rectificarlo. Todos somos expertos para reconocer y señalar los errores de los demás, pero reconocer los errores propios es algo difícil, y exige mucha humildad y sinceridad de parte de uno mismo. A veces se puede rectificar un error totalmente, por ejemplo, al devolver algo que le saqué a otra persona. Pero a veces la rectificación total es imposible, por ejemplo, al querer rectificar la calumnia que se lanzó contra otra persona. En este caso, pues, alcanza con el intento de rectificarse. Uno puede aprender y adquirir experiencia de los errores que cometió. Como resultado final, también aquí uno crece y se fortalece como persona. Pero uno puede no reconocer el error que cometió y puede reiterarlo muchas veces. De esa manera uno adquiere un hábito negativo o vicio, lo cual va a redundar en un empobrecimiento y debilitamiento de la propia libertad personal.

Crecimiento y realización de la libertad

La libertad no es algo fijo o estático, sino que puede crecer o disminuir. Crece por la adquisición de virtudes, se debilita por la adquisición de vicios y se realiza a través del proyecto vital.

Virtudes y vicios son hábitos. Un hábito es una disposición más o menos estable en la persona, que la inclina a realizar una acción cada vez con mayor facilidad. Con la palabra virtud normalmente se entiende un comportamiento “piadoso,” como “hacer obras de caridad” o cosas similares. “Virtuoso” parece sinónimo de “bondadoso” y de “espíritu débil”. Una forma conveniente de captar el significado de una palabra es acudir a su etimología. El término “virtud” proviene del latín “vis,” que significa “fuerza”. Por lo tanto, quien adquiere una virtud adquiere una fuerza, una fortaleza para actuar de un determinado modo, y por lo tanto es superior y más excelente. Es por eso que parece adecuado no olvidar el sentido clásico del término “virtud,” si bien en la actualidad ha sido reemplazado por el muy difundido término “valor”. En efecto, más que “educación en virtudes” hoy se ha extendido la expresión “educación en valores”.

La virtud es, pues, un fortalecimiento de la voluntad. Gracias a ella uno puede hacer cosas que antes parecían imposibles. Esto se ve con claridad en la virtud física que se consigue mediante un entrenamiento deportivo que permite llegar a batir récords. El entrenamiento permite adquirir una fuerza que produce facilidad para el esfuerzo.

Cualquier persona puede desarrollar cualquier hábito, porque los hábitos no son algo innato, sino que se adquieren. Y el único modo de adquirir un hábito –ya sea una virtud o un vicio– es a través de la repetición de acciones voluntarias.

¿Cómo crecer en libertad?

Para responder a esta pregunta vamos a proponer un método que consta de los tres pasos siguientes:

  • Fijarse un fin en la mente. Esto significa elegir una virtud y grabársela en la mente. Para elegir esa virtud, básicamente existen tres caminos: Elegir aquella virtud que más me guste. Puede ser cualquiera, por ejemplo, paciencia, tolerancia, respeto, generosidad, sinceridad, etc. Elegir la virtud opuesta a mi principal defecto. Por ejemplo, si me doy cuenta que soy ansioso e impaciente, puedo elegir fijar en mi mente la virtud de la paciencia. Elegir un aspecto de mi “sombra positiva”. Carlos Jung denomina “sombra” al conjunto de aspectos positivos o negativos que están en el inconsciente personal y que, por lo tanto, yo no tengo conciencia de que están en mí, pero los veo proyectados claramente en otra persona de mi mismo sexo. Aquí interesa acentuar sólo los aspectos positivos de la “sombra”. Para eso puede ayudar pensar en una persona de mi mismo sexo a la que yo admiro profundamente porque me parece una persona íntegra, y porque yo veo claramente en esa persona tal o cual virtud, o cualidad o aspecto positivo. Seguramente esa persona, objetivamente, tenga esa virtud. Pero si a mí me llama la atención, es porque quizá esa virtud está como latente en mi inconsciente. Probablemente yo sienta que esa virtud que reconozco con claridad en esa otra persona, es algo que está muy lejos de mí. Y en efecto, se trata de una potencialidad que yo puedo fijar en mi mente como para crecer en mi libertad.
  • Fijarse un plazo determinado. Conviene que no sea un plazo demasiado largo. Puede ser por ejemplo dos días, o cuatro, a lo máximo una semana.
  • Vivir atento. Este tercer paso parece el más sencillo pero es el más difícil. No se trata de hacer algo extraordinario, sino simplemente de estar atento durante el tiempo que yo mismo me fijé. ¿Atento a qué? Atento a las pequeñas cosas que van sucediendo a lo largo del día. Y cuando se me presente cualquier ocasión de poner en práctica aquella virtud que yo antes fijé en mi mente, entonces realizaré esa acción, sin ningún tipo de justificaciones. Por ejemplo, si elegí fijar la virtud de la generosidad por una semana, durante ese tiempo voy a ponerla en práctica todas y cada una de las ocasiones que la vida cotidiana me presente de ser generoso.

Si pienso que este tercer paso es sencillo, estaré muy equivocado. Conviene recordar que cuando un avión se llena de pasajeros, se cierran las puertas, se dirige hacia la pista, toma velocidad y decola… al decolar ya consumió la mayor parte del combustible que tenía en sus tanques. Lo más difícil, lo que consume más energía, es comenzar a poner en práctica la virtud que elegí. Poco a poco, con la repetición de acciones, iré adquiriendo la virtud que me propuse, y entonces realizaré esas acciones con mayor facilidad.

A pesar de que uno siga los tres pasos antes mencionados, seguramente no llegará a alcanzar un grado heroico de una virtud… pero sin duda alcanzará un grado mayor de esa virtud del que tenía antes. Y como todas las virtudes están unidas entre sí, al crecer en una de ellas, al mismo tiempo y sin darme cuenta, estaré creciendo en otras, y de esa manera voy a crecer en mi libertad, voy a “fortalecerme” más en mi voluntad. Pero hay que tener en cuenta que lo mismo sucede con los vicios. Un vicio nunca se da aisladamente, sino que también están unidos entre sí, y uno trae otro, y finalmente se empobrece o debilita la voluntad.

La realización de la libertad

La libertad humana se realiza a lo largo del tiempo a través de lo que se llama el proyecto vital. El proyecto vital está conformado por aquellas grandes decisiones que uno toma en la vida, y que van marcando como un camino, una ruta. Después, hacia dentro de ese camino, cada persona deberá tomar otra serie de elecciones, cuyo dinamismo está constituido por el “soltar para agarrar,” es decir que, cuando uno toma una opción, necesariamente debe abandonar otra serie de posibilidades. Así por ejemplo, un proyecto vital puede estar constituido por una opción profesional o por la opción de contraer matrimonio.

La libertad se mide según aquello para lo cual se use. Uso poca libertad para decidir si tomo un vaso de agua o un vaso de vino; uso más libertad para decidir si elijo una profesión u otra; mayor es la libertad que uso para dar el consentimiento matrimonial; y al final de la vida, al enfrentarse ante lo Absoluto, uno tiene la posibilidad de hacer el máximo uso de su libertad.

Todo hombre y mujer merece aspirar a cosas grandes, a metas altas o ideales, aunque alcanzarlos sea algo difícil. El riesgo y la dificultad son propios de las tareas que valen la pena y de los valores más altos. Si no hay un fin alto y atrayente, la elección se reduce a lo trivial e irrelevante, y la persona se empobrece vitalmente. Todo el mundo tiene un determinado proyecto vital mediante el cual cree poder ser feliz: su ideal. Llegar a ser el que uno quiere, o no llegar, tener éxito o fracasar en ello, tiene mucho que ver con la felicidad y el sentido de la vida. La realización de un proyecto vital propio, libremente decidido y realizado, es lo que da autenticidad y sentido a la propia vida.[1]

 


[1] Este artículo fue publicado originalmente en el Boletín del CIEF.

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