libertad-4

Juan Carlos Riojas Alvarez

La ciencia moderna principió cuando algunos intelectuales se apartaron de las creencias espirituales y se convencieron de que el universo físico es todo lo que existe, ¿correcto? Equivocado. De hecho, encontraremos a algún decidido creyente en Dios en el arranque de casi todo campo del conocimiento científico.

¿Pero cómo es eso posible – dirán algunos – con “todos (¿?) esos científicos,” como Giordano Bruno o Galileo Galilei, que la Iglesia asesinó?

Pues bien, Giordano Bruno, un dominico apóstata, no fue un científico, sino un filósofo, que adoptó el copernicanismo no por razones científicas, sino en función de sus especulaciones filosóficas, sin desarrollar un pensamiento sistemático; Bruno hizo su fama en Europa como predicador itinerante del hermetismo -la religión new age de esos días- y del panteísmo. No sólo va más allá del sistema ptolemaico geocéntrico, que entonces imperaba, sino que va más allá del mismo Copérnico y su heliocentrismo. ¡El universo es infinito -grita- y el centro soy yo! Su condena tuvo que ver directamente con su invariable rechazo y desprecio en general hacia el cristianismo. Que no debió haber recibido el trato que recibió es algo que no se discute, pero de ahí no se deduce en modo alguno que la Iglesia fuera enemiga de la ciencia.

Lo que un episodio como éste muestra es cómo la verdad y la unidad religiosa configuraban el mismo núcleo del estado medieval y cómo el poder civil no toleraba ningún atentado contra estos dos valores. Hoy resulta difícil de comprender esta mezcolanza político religiosa, pero el hecho es que así se organizaba la sociedad de antaño. Posiblemente tampoco se entienda en el futuro cómo la legislación militar castiga hoy con la pena de muerte a un soldado que abandona el puesto de guardia en tiempos de guerra.

Como lo expresara en su momento el cardenal Angelo Sodano, el caso Giordano Bruno nos recuerda que “la verdad sólo se impone con la fuerza de la misma verdad” y que, por tanto, la verdad “debe ser testimoniada en el respeto absoluto de la conciencia y de la dignidad de cada persona”.

De igual manera, el proceso de Galileo, único caso en su género, no fue, como tantas veces se afirma, el resultado de un conflicto entre la ciencia y la fe, sino la consecuencia de un debate interno entre los católicos sobre el modo de interpretar las implicaciones religiosas de la incipiente ciencia natural.

En aquellos momentos, la Iglesia católica representaba, desde el punto de vista sociocultural, la potencia más pujante del orbe. Había entonces en Europa 108 Universidades, algunas más en las Américas españolas y portuguesas y ninguna en territorios no cristianos. El Observatorio Astronómico Vaticano, el más antiguo del mundo, estaba en funcionamiento desde 1579. Desde la óptica estrictamente científica, no había en toda Europa nada comparable con el Colegio Romano de los jesuitas. Galileo, como cualquier matemático y astrónomo de su generación, lo sabía muy bien y trató de conseguir por todos los medios, no sólo que la autoridad religiosa tolerase el copernicanismo, sino, además, que lo adoptara oficialmente. La tolerancia del copernicanismo la tenía ya conseguida, pues, de hecho, la hipótesis astronómica copernicana había circulado libremente en los países católicos desde su formulación. En la Universidad de Salamanca, por ejemplo, se explicaba desde 1561, y preferentemente desde 1594. De hecho el sistema copernicano fue utilizado para elaborar el calendario gregoriano de 1582. El canónigo y fidelísimo católico polaco Copérnico, que llegaría a ser elegido miembro de la Academia Pontificia, dedicó expresamente su famosa obra “Las revoluciones de los mundos celestes” al Papa Pablo III y contó con el imprimatur de un cardenal dominico. Incluso al copernicano y reformador Kepler le llegó una invitación para enseñar en territorio pontificio, en la prestigiosa Universidad de Bolonia.

A Galileo se le pidió que sólo tuviera en cuenta sus ideas como una mera suposición por conveniencia de cálculo, una “hipótesis” en el lenguaje de aquel tiempo, sin tomar literalmente los conceptos de Copérnico como verdades y sin tratar de aproximarlos a lo escrito en la Biblia (en la actualidad, los ingenieros de la NASA, bajo ciertas condiciones computan trayectorias para satélites utilizando el satélite como origen de coordenadas, y pretendiendo que la Tierra, el Sol y todo lo demás gire en torno al satélite).

Y aunque las críticas de Galileo a la posición tradicional estaban fundadas, ni él ni nadie poseían en aquellos momentos argumentos definitivos para demostrar el heliocentrismo. Ni siquiera Tycho Brahe, considerado como uno de los mejores, si no acaso el mejor observador de cuerpos celestes de su tiempo, había podido medir los desplazamientos estelares (paralaje) que deberían observarse si la Tierra estuviera en movimiento.

Asimismo, como puede verse en sus cartas a su amigo y discípulo Benedetto Castelli, matemático de Pisa, y a la Gran Duquesa de Toscana Cristina de Lorena, Galileo no dejaba de exponer la forma en que el heliocentrismo se podía compaginar con la Sagrada Escritura.

Finalmente, no fue la ciencia de Galileo, sino su afán de interpretar la Biblia según su ciencia, la que le llevó al famoso juicio. El error de la Inquisición fue más que nada un error de exégesis; no se atrevieron a adoptar la postura ya defendida por Cayetano ni fueron capaces de vislumbrar qué diría de aquellos textos la hermenéutica bíblica del siglo XX. Todavía no se había planteado el tema de las diferentes formas de expresión, de los géneros literarios dentro de la Biblia, etc., si bien reconocían claramente que, si la tesis copernicana fuese demostrada palmariamente, no habría más remedio que cambiar los criterios exegéticos vigentes (como lo deja ver por ejemplo el Cardenal Roberto Bellarmino en una carta del 12 de abril de 1615 dirigida al carmelita Foscarini). Estos criterios no estaban claros en el ambiente cultural unitario de aquel entonces, a diferencia de ahora que están ya muy asentados.

La sustitución del programa tolemaico por el copernicano no se dio de golpe y porrazo, y en vano se buscará un orden metódico o progresos debidos a la aplicación de estrictos criterios para comprobar la efectividad de cada una de las distintas instancias en que esto ocurrió. No sería sino hasta después de la publicación en 1687 de los desarrollos teóricos de Newton (quien naciera el mismo año en que Galileo fallecía de muerte natural, sin calabozos, torturas, ni hogueras) que la comunidad científica pudo contar con un nuevo y promisorio programa de investigación, integrando los logros de Galileo en una teoría mucho más amplia. En Italia y otros países católicos, el copernicanismo se siguió discutiendo y, a medida que se fueron encontrando justificaciones teóricas y pruebas experimentales, se abrió paso en el mundo de la nueva ciencia.

En 1741 Benedicto XIV mandaría entonces que el Santo Oficio concediera el imprimatur a la primera edición de las obras completas de Galileo. En la siguiente edición de libros prohibidos, la de 1757, fueron retirados todos los que apoyaban la teoría heliocéntrica y, por tanto, también los de Galileo (en la que habían sido colocados “donec corrigatur,” es decir, hasta que se les diera forma hipotética a los pasajes que afirmaban el movimiento de la Tierra de manera absoluta). Sería en 1838 que F. Bessel diera la prueba astronómica definitiva de la existencia de paralaje con respecto a las estrellas “fijas,” al medir un pequeño desplazamiento en la posición de la estrella 61 Cygni.

Evidentemente la ciencia moderna requiere la combinación de matemáticas, experimentación y control experimental. Pero muchas veces ha sido presentada como un inicio brusco y alejado de la fe religiosa.

Esta actitud es una pura etiqueta que dejaría sin explicación un fenómeno tan complejo como el origen de la ciencia y que la evidencia histórica demuestra que fue un proceso de elaboración progresivo y que desencadenó la aparición de la ciencia moderna en el siglo XVII.

En este proceso influyó positivamente la matriz cultural cristiana porque proporcionó una base de creencias culturalmente aceptadas que facilitaban los supuestos en los que se podía desarrollar la ciencia.

¿Qué creencias cristianas y teístas impregnaban la cultura?

  1. Creencia en un Dios personal creador y providente, del mundo como obra racional de la sabiduría divina (por tanto, cognoscible por poseer una racionalidad interna),
  2. Creencia en el hombre como imagen y semejanza de Dios (capaz, por tanto, de conocer el mundo).
  3. Creencia en el carácter contingente del mundo externo a nosotros mismos y al que hace referencia el mandato divino de conocer y dominar la naturaleza.

Estas creencias dieron una base en la cual tenía sentido la empresa científica y el testimonio de los grandes pioneros de la nueva ciencia corrobora la importancia que ejercieron de hecho. En los siglos anteriores se realizaron trabajos que prepararon lentamente el camino para la revolución científica del siglo XVII.

¿Cuáles son los presupuestos en los que se fundamenta la ciencia desde su inicio?

Presupuestos epistemológicos:

  1. Capacidad humana para enfrentarse a la naturaleza como un objeto, construir modelos y contrastar su validez recurriendo a la experimentación: se supone, por tanto, la existencia de un sujeto que posee una capacidad argumentativa, y una estructura cognoscitiva que le permite enlazar los aspectos materiales y los intelectuales.
  2. Presupuestos ontológicos: Se refieren a la existencia de una naturaleza, independiente de nuestra voluntad, que tiene una consistencia propia y posee un orden específico: una estructura en diferentes niveles relacionados entre sí de modo unitario. La naturaleza debe ser, además, inteligible, o sea, capaz de ser conceptualizada de modo lógico y coherente.
  3. Presupuestos éticos: Se refiere a que la actividad científica es una actividad humana dirigida a unos objetivos determinados; desarrollamos esta actividad porque consideramos que sus objetivos son valores. Con lo cual podemos enlazar los valores que presupone la ciencia con los valores que dan sentido a nuestra existencia.

Los presupuestos expuestos (el que hay un orden natural estable que puede ser conocido por nosotros) y que son una base a partir de la que se desarrolla ciencia, fueron sólidamente fundamentados por la matriz cultural cristiana que impregnó los siglos previos al siglo XVII, en el que despegó la ciencia moderna.

Desde luego que conocimientos científicos dispersos se han dado en casi todas las civilizaciones de la antigüedad. Sin embargo, en ninguna de esas civilizaciones se inició la ciencia en el sentido estricto que hoy tiene: estudio sistemático de los fenómenos naturales utilizando la razón para encontrar sus causas y relaciones. Siempre han sido conocimientos más o menos dispersos, que no llegaban a formar una verdadera disciplina científica. Sin embargo, en la civilización cristiana sí se desarrollaron las ciencias tal como hoy las conocemos. Al igual que en ella comenzaron las Universidades y la educación para todos.

Anuncios