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Néstor Martínez Valls

Analizamos aquí los argumentos expuestos por el Dr. Juan R. Lacadena en el sitio web de la Sociedad Internacional de Bioética, a favor de la tesis que dice que la persona humana comienza a existir a las ocho semanas de la concepción. Cuestión disputada: Si el óvulo fecundado es persona desde la misma fecundación. Parecería que no:

Todos los procesos biológicos son graduales, no puntuales. Pero el comienzo de la vida humana es un proceso biológico. Luego, es gradual, no puntual.

No hay persona humana sin las notas de unidad y unicidad. Pero el cigoto carece de estas notas hasta dos semanas después de la fecundación. Luego, no es persona humana desde la misma fecundación.

La carencia de “unidad” (“ser una sola cosa”) se evidencia por la posibilidad de que se formen “quimeras”, o sea, fusiones de embriones que dan lugar a un solo individuo.

La carencia de “unicidad” se manifiesta por la posibilidad de gemelos monocigóticos, es decir, de la división de un embrión para dar lugar a dos individuos distintos.

La identidad personal está estrechamente relacionada con la identidad o “mismidad” genética, que consiste en la capacidad de reconocer lo que es propio del organismo de lo que es extraño. Esto depende de una parte de la información genética llamada “sistema HLA”, que obviamente se forma desde la misma combinación genética en la concepción, pero no se manifiesta activamente, no se “expresa”, hasta las seis u ocho semanas. Luego, antes de ese tiempo la persona estaría a lo sumo en potencia, no en acto.

Para que exista suficiente conexión física entre la realidad biológica, el embrión, definible en términos de inviolabilidad, y el “término” declarado como inviolable que es el individuo nacido, el embrión debe haber establecido en términos de potencia, a través de procesos de crecimiento celular y de diferenciación, el sistema de complejidad desde el término que reconocemos como persona. Pero eso ocurre recién a las seis u ocho semanas. Luego, antes de ese tiempo, el embrión no es persona.

Los blastómeros son las células que componen el embrión en su estado de blastocisto. Son de dos clases: los que se desarrollan para dar lugar a la placenta, y los que se desarrollan para dar lugar al nuevo individuo. Ahora bien, es claro que los que se desarrollan para dar lugar a la placenta no podían tener anteriormente la dignidad propia de la persona, y luego, haberla perdido. Pero entonces, tampoco la tenían, en ese instante, los que luego se desarrollaron para dar lugar al nuevo individuo.

Sólo se es persona cuando se ha alcanzado la “suficiencia constitucional”, y con ella, la “sustantividad”. Pero eso ocurre alrededor de las ocho semanas, por todo lo arriba dicho. Luego, antes de ese tiempo, no se es persona ni se tienen por tanto los derechos propios de la persona.

Contra esto:

Entre ser persona y no serlo no hay tercera alternativa. Pero para que haya un pasaje gradual de no ser persona, a serlo, hace falta esa tercera alternativa, como paso intermedio. Luego, no es posible un pasaje gradual del no ser persona, al ser persona. Por tanto, la persona surge en forma instantánea. Pero el único momento en que tal surgimiento instantáneo puede ocurrir, es en la concepción, que es cuando comienza a existir una nueva célula, distinta de los gametos masculino y femenino, y dotada, a diferencia de ellos, de la capacidad de desarrollarse continuamente hasta el nacimiento y después de él. Luego, allí comienza a existir la persona humana, y lo demás es desarrollo que continúa hasta después de nacer, y por muchos años.

El ser persona no es una propiedad, sino que es ser sujeto de propiedades. Ahora bien, las propiedades pueden sufrir cambios graduales y desarrollos que llevan tiempo, porque están sostenidas por la continuidad del sujeto que las sustenta. Pero un cambio en el sujeto mismo ha de ser instantáneo, ya que por definición no tiene otro sujeto actual por debajo de él. Luego, el surgimiento de una nueva persona es algo instantáneo. Y como dijimos arriba, sólo puede tener lugar en la concepción, que es el único comienzo de un nuevo sujeto físico que se da en todo el proceso.

Negativamente, la persona, por lo ya dicho, no puede surgir como fruto de un desarrollo gradual. En efecto, un desarrollo gradual es por definición una modificación del mismo sujeto, no el surgimiento de un sujeto nuevo. Pero todas las novedades que se presentan con posterioridad a la concepción, son fruto de desarrollos graduales. Luego, no puede consistir en ninguna de ellas el surgimiento de la persona, sino que éste ha de darse en la concepción misma.

El ser humano es siempre en parte en acto, en parte en potencia: por un lado existe actualmente, y tiene características determinadas propias de su especie, por otro lado, tiene siempre potencialidades por desarrollar, incluso hasta el momento de su muerte, o al menos, claramente, hasta el final de la juventud. Luego, no se diferencia en esto esencialmente del embrión, que también es por un lado, un embrión humano en acto, que ya posee en acto la carga genética específica e individual necesaria para existir como ser humano, y por otro lado aún no ha desarrollado todas las potencialidades propias de la especie y del individuo. Por tanto, no se puede decir que el embrión sea un “ser humano o persona en potencia”, sino que lo es ya en acto, teniendo, como siempre tiene, algunas potencialidades suyas aún sin actualizar.

Respuesta:

La persona, según la clásica definición de Boecio, es la “sustancia individual de naturaleza racional”. Pero eso es justamente el óvulo fecundado. Luego, es persona.

En efecto, el óvulo fecundado, cigoto, embrión, puede ser una de estas tres cosas: sustancia o sujeto, propiedad de una sustancia o sujeto (es decir, “accidente”) o parte de la sustancia. Un ejemplo de lo primero, sería un hombre, de lo tercero, la mano del hombre, de lo segundo, el color del hombre o de su mano.

El cigoto no es evidentemente un accidente o propiedad, sino al contrario, un sujeto de propiedades, las cuales la ciencia estudia.

No es tampoco una parte de otra sustancia, que sería en este caso el cuerpo de la madre. La prueba más clara de esto es que desde que existe, tiene su carga genética propia, distinta de la de todas las células del cuerpo materno, pues incorpora, junto con 23 cromosomas de la madre, otros 23 del padre, y además, puede ser de sexo masculino, y en general, tiene ya en sus 46 cromosomas el código de las características individuales que lo distinguirán, aún siendo de sexo femenino, de su madre.

Luego, el fruto de la concepción es una sustancia, es decir, un sujeto de existencia, algo que existe en sí y no en otro, con su naturaleza determinada y sus propiedades, distinta de la madre.

Esa sustancia es individual. “Individuo” se define como “indiviso respecto de sí mismo, dividido respecto de todo lo demás”. O sea, marca la unidad interna del ser sustancial, y su distinción y separación reales respecto de todos los otros seres sustanciales. El cigoto es evidentemente un organismo que tiene su propio desarrollo autónomo, pues la dependencia del medio externo se da también en los seres humanos adultos y en todos los seres vivos en general. Tiene su individualidad física marcada por la membrana que a la vez lo aísla y lo comunica con el exterior, y que lo rodea totalmente; tiene la asombrosa unidad y finalidad propia de todo organismo en desarrollo que va monitoreando desde sí mismo, por así decir, todas las etapas de su maduración, integrando los aportes del medio externo.

Y esa sustancia es de naturaleza racional. La naturaleza es el sustrato ontológico básico del cual derivan todas las características esenciales de algo, así como todas sus facultades operativas, y todas sus acciones u operaciones. Baste pensar que del núcleo metafísico más profundo del cigoto brota la energía y la finalidad que da origen al maravilloso desarrollo embrional hasta el nacimiento y por mucho tiempo después del mismo. Todo lo que un día caracterizará al ser humano adulto está en potencia ya cuando se han fusionado el óvulo y el espermatozoide. Eso sólo puede ser si lo que lo hace “humano” sin más, es decir, su naturaleza, su “humanidad básica”, no está en potencia, sino en acto, y eso incluye, no el ejercicio actual de su facultad intelectiva, sino la naturaleza racional de la cual brotará, en su momento, dicho ejercicio.

Por otra parte, es sabido que la generación consiste en la trasmisión de la naturaleza de los padres a los hijos. Pero la naturaleza de los padres del cigoto humano, es la naturaleza humana, que es racional. Luego, el cigoto tiene naturaleza racional.

Luego, el ser humano es persona desde la misma concepción.

A los argumentos a favor de la negativa, respondemos:

El comienzo de la vida humana no es un “proceso biológico” en el sentido en que lo es el desarrollo del viviente, por ejemplo. Un proceso es una serie de cambios que le ocurren a algo, a un sujeto, mientras que el surgimiento o comienzo de la existencia del sujeto mismo no puede, obviamente, ser una modificación de un sujeto preexistente. Por eso, del hecho de que los “procesos biológicos” en el sentido de “desarrollos” ocurran siempre en forma gradual y no instantánea, no se sigue que el comienzo mismo de la existencia del sujeto de tales procesos o desarrollos no pueda ser instantáneo.

En cuanto a la unidad y la unicidad, la objeción viene a decir que lo que puede fundirse con otro ser de su clase para dar lugar a un solo individuo, no es uno, y lo que puede dividirse para dar lugar a dos individuos distintos, no es único.

La primera parte es confusa. ¿Porqué un ser no podría perder la unidad que hasta el momento ha tenido al fundirse con otro en una unidad diferente? El hecho de que perdiese esa unidad no significa que no la hubiese tenido antes de perderla, más bien significa lo contrario. De hecho, todo ser vivo es uno, y pierde su unidad al morir, sin que por eso se vuelva falsa la afirmación de que mientras vivió, fue uno.

La segunda parte tampoco es clara. ¿Porqué el poder dividirse en dos individuos distintos es señal de falta de unicidad? Lo contrario de la unicidad, en todo caso, sería que pudiese existir “otro él” en todo idéntico al primer embrión. Es decir, que el individuo o el embrión fuesen repetibles. Pero esto es imposible por contradictorio, ya que la supuesta “repetición” sería, por hipótesis, otro individuo, y por tanto, un individuo diferente.

En cambio, que un individuo muera al dividirse, y en su lugar comiencen a existir otros dos individuos que proceden de esa división, no tiene nada de contradictorio, pero tampoco tiene nada contra la individualidad del primer individuo.

Y en otra hipótesis diferente, que una parte de un individuo se separe de él y siga viviendo por su cuenta, transformándose en otro individuo diferente, mientras el primero continúa con vida, tampoco tiene nada de contradictorio, ni nada tampoco contrario a la individualidad del primer individuo. Pensemos que esta hipótesis se ha realizado de hecho cada vez que ha habido una experiencia exitosa de “clonación”.

La misma objeción basada en la unidad y unicidad de la persona y la capacidad del cigoto de dividirse o de fusionarse con otro, se puede exponer de esta otra manera: “Es evidente que el embrión sigue existiendo luego de dividirse en dos, o de fusionarse con otro embrión, si bien entonces ya no es, claramente, un individuo. Luego, si puede existir sin ser un individuo, es que no es un individuo, y no lo era tampoco antes de la fusión o la división.”

A lo cual respondemos: Lo que sigue existiendo en ambos casos no es propiamente el embrión, sino la materia del embrión, que ahora es materia, o de un solo nuevo embrión diferente, en el caso de la fusión, o de dos embriones distintos, en el caso de la división. Luego, no se sigue de ahí que lo que existía antes de la fusión o división pueda existir sin ser un individuo, pues ya no existe, precisamente, después de una o la otra.

O bien, en el caso de la división, puede ser que lo que sigue existiendo tras la misma sea, por un lado, el mismo individuo que antes, por otro lado, materia tomada de ese individuo, a partir de la cual se desarrolló otro individuo: tampoco esto exige que el primer individuo siga existiendo sin ser un individuo ni que no lo haya sido antes de la división.

Otra formulación de la misma objeción puede ser: “La individualidad exige la indivisibilidad. Pero el cigoto es divisible, como lo muestran los gemelos monocigóticos. Luego, el cigoto carece de individualidad y por tanto, no es persona.”

A lo cual respondemos: La individualidad no exige la indivisibilidad, sino la indivisión actual, es decir, el estado de “no dividido”. La “unidad”, en efecto, no es la indivisibilidad, sino la indivisión. Una hoja de papel individual deja de ser tal si la cortamos en dos: ahora son dos hojas individuales. Pero eso no quiere decir que antes no fuese una sola hoja individual, y sin embargo, era divisible, como lo prueba la división posterior. Del mismo modo, antes de la clonación, la “madre” de Dolly era una oveja individual y una, y no deja de haberlo sido porque luego haya sido dividida, y una pequeña parte de sí misma haya servido para “clonar” a su “hija”.

En cuanto a la fusión de embriones que se da en las “quimeras”, el argumento contrario a la individualidad del embrión podría ser: “El individuo no puede ser parte de otro individuo. Pero la “quimera” es un individuo que surge de la fusión de embriones que son así sus partes. Luego, esos embriones no son individuos, y por tanto, tampoco lo eran antes, ni tampoco por tanto eran personas.”

A lo cual respondemos: El individuo no puede ser parte de otro individuo, pero la materia del individuo sí puede ser parte de otro individuo, como sucede cada vez que comemos alguna carne o legumbre individual, cuya materia pasa a formar parte nuestra sin que el individuo como tal (vaca, manzana, etc.) pase a formar parte nuestra. Luego, no se sigue que las partes de la quimera, en cuanto tales, sean embriones, sino que son solamente materias de embriones, aunque hayan sido embriones antes de la fusión. Y por tanto, no se sigue tampoco que ahora esos embriones no sean individuos, pues ahora no existen como tales embriones. Y por tanto, no se sigue tampoco que antes de la fusión no hayan sido individuos ni personas.

Este mismo argumento ha sido expuesto en forma algo más detallada en el artículo “Microaborto” de la Wikipedia, de donde lo hemos extraído para analizarlo a continuación:

“Una persona es un individuo indivisible,[1] en el sentido de que no se puede dividir en dos partes y seguir siendo esa persona completa e independiente en cada parte. Pero el “preembrión” (es decir, el embrión antes de la implantación) se divide en dos y tras anidarse esas “partes” ya son cada una un todo completo, son cada una un embrión, un par de gemelos monocigóticos, cromosómica y fenotípicamente idénticos, personas individuales y separadas, y por tanto, ya no más divisibles. Luego, el “preembrión” no es persona.”

Contra esto: El mismo objetante muestra que la división del “preembrión” no cumple con la condición que él mismo pone para que una división sea argumento contrario a la personalidad. En efecto, la condición para que una división niegue la personalidad previa de aquello que se divide, según este autor, es que cada una de las partes resultantes siga siendo “esa persona completa”. Pero luego, él mismo muestra que el resultado de la división del “preembrión” no es que la misma persona completa pasa a tener “dos existencias” distintas, por así decir, sino que reconoce, como no puede ser menos, que son dos “personas individuales y separadas”. O sea, no son la misma persona completa. Por tanto, este argumento no prueba que el “preembrión” no sea persona individual antes de la posible división.

Es decir, su argumento, según lo que él mismo dice, debería ser: “Si algo se divide de tal manera que los dos o más seres resultantes de esa división son la misma persona completa, ese algo no es persona individual. Pero el “preembrión” se divide de tal manera que los seres resultantes de esa división son la misma persona completa. Luego, el “preembrión” no es persona individual.”

Ahora bien, es claro que la Menor de este argumento es falsa. Los gemelos monocigóticos no son la misma persona, sino que son dos personas distintas, por semejantes que sean en sus características cromosómicas y fenotípicas. Luego, este argumento no prueba que el “preembrión” no sea persona individual.

Además, hay que notar, contra la traducción que hace el argumentante, que “indivisum” no quiere decir “indivisible”, sino “individido”. Lo segundo no implica lo primero. Una hoja de papel, mientras es una sola hoja, no está dividida, es “indivisa”, pero no es indivisible: se puede cortar en partes. Ninguna realidad material es “indivisible”, ni siquiera el famoso “átomo”, cuyo nombre significa “indivisible”, pero cuya realidad se compone de “partículas subatómicas” que hasta pueden “fisionarse” de hecho. Todo lo material es extenso, y todo lo extenso es por definición divisible, aunque sea mentalmente: el hecho de que no podamos a veces dividirlo nosotros es puramente accidental. Con ese criterio, entonces, nada material y corpóreo sería individuo, ni por tanto persona, tampoco el ser humano adulto.

Y si se responde que “indivisible” quiere decir, además, que las partes resultantes no pueden seguir siendo la misma cosa individual que antes de la división, entonces al revés, toda realidad, por más material y corpórea que sea, y toda cosa existente en general, es “indivisible”, y por tanto, “individuo”, porque es absurdo que cuando una cosa se divide en dos cosas, esas dos cosas sigan siendo la misma cosa de la que proceden. Con ese criterio, no solamente el “preembrión”, sino también el óvulo y el espermatozoide antes de la fecundación serían “individuos” y por tanto “personas”.

Se argumenta también ahí: Si el “preembrión” es persona, cuando se divide en dos, la persona se duplica. Pero eso es absurdo. Luego, el “preembrión” no es persona.

Contra esto: El hecho de que la persona se divida en dos no quiere decir que la persona se duplique. Pensemos en la clonación. La oveja “Dolly” no era la misma oveja individual que su “madre”, a pesar de haber surgido de una “división” de la misma.

En todo esto parece que subyace una confusión entre la identidad de las características y la identidad individual. Que haya la primera, no quiere decir que haya la segunda. Dos ejemplares de la misma novela pueden ser idénticos en sus características, letras, palabras, orden de las mismas, numeración, y hasta el tipo de papel, etc. Pero no son, obviamente, el mismo ejemplar. Igualmente ocurre con los gemelos monocigóticos: hágase si se quiere que tengan las mismas características absolutamente en todo: no por eso serán la misma persona ni el mismo individuo, obviamente, puesto que son dos, y por tanto, son dos individuos distintos, y dos personas distintas. La individualidad no es algo del orden de las características, sino del orden de la existencia de un sujeto numéricamente distinto de todo otro sujeto. Como dicen los tomistas, la individuación no viene de la forma, sino de la materia.

Por eso, el hecho de que los gemelos monocigóticos puedan ser cromosómica y fenotípicamente idénticos no implica que sean individual y personalmente idénticos, y por tanto, no implica que sean “la misma persona completa e independiente”, como exige el mismo autor para que eso fuese prueba de la no individualidad y no personalidad del “preembrión”.

Sin duda, decimos nosotros, que la persona es “indivisible” en el sentido de que no puede dividirse en dos partes que sigan siendo la misma persona.

También en el sentido de que, cuando ha llegado a cierta etapa de su desarrollo, tampoco puede dividirse en dos partes de modo que las partes resultantes sigan siendo personas humanas, aunque distintas entre sí. En efecto, si a un adulto lo cortamos al medio, obtenemos dos trozos de cadáver, no dos personas distintas.

Pero de ahí no se puede concluir que en aquel estadio de su desarrollo en que la persona es “totipotencial”, no pueda dividirse, no de modo que ambos seres resultantes de esa división sean la misma persona, lo que es un absurdo, sino de modo que ambos seres resultantes de esa división sean dos personas numéricamente distintas, por más que sus características puedan ser totalmente idénticas, y sea que eso se haga según el modelo de división en que de A se siguen B y C, o según el modelo en que de A se siguen A y B.

En realidad, se podría establecer una relación al menos lógica entre esta forma errónea de entender la “individualidad” como “indivisibilidad” y la filosofía de Leibniz. En efecto, éste negaba la individuación por la materia, propia de la escuela tomista. Para el tomismo, la individuación no viene por las características, sino por la localización espacial y temporal que la materia impone a las características que son recibidas en ella, y que no es una característica. Como una novela que es la misma se multiplica sin embargo, no porque cambie alguna palabra o la trama de la obra, sino por los distintos trozos de papel en que es impresa.

Por eso, para Santo Tomas, sólo en los ángeles, que son inmateriales, coinciden “características” e “individualidad”, de modo que para Santo Tomás no hay dos ángeles de la misma especie: cada uno es una especie distinta, consistente justamente en un determinado conjunto de características inmaterialmente realizado.

Leibniz, al negar en general la individuación por la materia, y afirmarla precisamente por las características, afirmaba de todos los individuos lo que Santo Tomás afirma de los ángeles: que cada uno de ellos es una especie distinta de los demás, o sea, que no hay dos individuos de la misma especie. En la filosofía de Leibniz, entonces, sí ocurre que las características son motivo suficiente de identidad individual y personal y por eso no puede haber dos individuos con exactamente las mismas características.

Por tanto, en la filosofía de Leibniz sí se cumpliría que si de algo proceden, por división, dos individuos con las mismas características, esos dos individuos son la misma persona, y entonces, aquello no puede ser persona, ya que una persona no puede dividirse de tal manera que los múltiples seres resultantes sean la misma persona.

Pero ya el enunciado del argumento muestra el absurdo que hemos criticado arriba: decir que dos individuos numéricamente distintos son la misma persona es un disparate, por más que tengan exactamente las mismas características.

Obviamente, Leibniz no incurría en ese absurdo, porque no aceptaba la posibilidad de que dos individuos numéricamente distintos tuviesen exactamente las mismas características. Ante el caso de los gemelos monocigóticos, si todas las características conocidas de ambos fuesen idénticas, él hubiera dicho que había al menos una característica desconocida por nosotros, en que la diferirían necesariamente, para poder ser dos.

Por tanto, tampoco en la filosofía de Leibniz funcionaría esta objeción contra la individualidad del “preembrión”.

Pero hoy día, parece que algunos aplican al caso de los gemelos monocigóticos el principio de Leibniz de que si las características son idénticas se trata del mismo individuo (llamado “principio de los indiscernibles”) para concluir de ahí que si dos individuos con exactamente las mismas características proceden de un ser anterior, ese ser no podía ser un individuo, porque el individuo no puede dividirse y seguir siendo en ambos casos el mismo individuo.

Donde Leibniz diría, entonces: “Un individuo es un conjunto de características, por tanto, si hay dos individuos numéricamente distintos, no pueden tener las mismas características”, los que proponen esta objeción dicen: “Un individuo es un conjunto de características, por tanto, si dos individuos numéricamente distintos tienen las mismas características, son el mismo individuo”.

Claro que para hacer esto, tienen que admitir, probablemente en forma inconsciente o subconsciente, que los gemelos monocigóticos son la misma persona, lo cual es el colmo de los absurdos y los disparates. A la vez que dicen y admiten que son dos individuos, implícitamente sostienen que se trata del mismo individuo.

Se objeta también: “Si antes existía un individuo con su alma espiritual, entonces, tras la división, Dios deberá crear otra alma. ¿A cuál de las dos partes se la dará? ¿O es que el “preembrión” cuenta con dos almas hasta su división?”

Respuesta: Obviamente, el “preembrión” no tiene dos almas; con una sola le alcanza. La “división” puede ser de dos maneras: A da lugar a B y C, o A da lugar a A y B, como sucede en las clonaciones.

En el primer caso, A muere en el mismo acto por el que surgen de él, por división, B y C. El alma de A, en el caso de un embrión humano, se separa del cuerpo, como sucede siempre en la muerte. Las almas de B y C son creadas por Dios en el momento mismo de la división.

En el segundo caso, el alma de A no necesita ser creada, ya existe. Es el alma de B la que es creada por Dios en el instante mismo de la división.

Dice también el autor: “Lo que es generador indeterminado de uno, dos o más embriones, no es persona individual. Pero el “preembrión” es eso. Luego, no es persona”.

Respuesta: El “preembrión” no es indeterminado en cuanto a lo que es en acto, sin en cuanto a lo que es en potencia. Como la “madre” de Dolly no era indeterminada en cuanto tal oveja particular, que lo era en forma plenamente determinada y actual, sino solamente en cuanto a que de ella se podía clonar un número indeterminado de “clones”. Ese tipo de indeterminación no niega la individualidad ni tampoco, por tanto, en el caso del embrión humano, la personalidad.

Se dice también allí: “Lo que puede dividirse sin que sus partes sean cualitativamente diferentes entre sí no es persona, porque la persona implica diferenciación interna que impide ese tipo de división. Pero el “preembrión” puede dividirse de esa manera, gracias a la “totipotencialidad”. Luego, no es persona.”

Respuesta: La razón que se da aquí para que algo no sea persona, es que sus partes no están diferenciadas, pero a su vez, la razón de que esto niegue la personalidad, es que al no estar diferenciadas, puede darse la división. O sea, que este argumento lo único que hace es volver al argumento de que la persona es lo indivisible, que ya ha sido refutado arriba.

Se objeta finalmente ahí mismo: “Dado que el 60% de los huevos fecundados son abortados naturalmente antes de la implantación: ¿Cómo admitir que Dios permite que tantas personas humanas dotadas de alma espiritual mueran antes de nacer?”

La respuesta es bastante sencilla: Dios permite también que una gran cantidad de personas humanas dotadas de alma espiritual mueran después de nacer. Precisamente, los dos únicos puntos “trascendentales” de la existencia, en este sentido, son la concepción y la muerte: entre ellos existe la persona humana, ya viva, y por tanto, puede morir.

Volviendo al Dr. Lacadena, al tercer argumento respondemos que la identidad personal no exige que se posea en acto la capacidad de discriminar lo que es propio del organismo de lo que le es ajeno, sino solamente que se posea la potencialidad, basada en la naturaleza humana actualmente poseída, de llegar a desarrollar y ejercer dicha capacidad. Porque la persona no es un conjunto de acciones ni de facultades o capacidades operativas, sino ante todo el sujeto sustancial de tales acciones y capacidades de acción, que no depende de ellas para existir, sino que por el contrario, las sostiene a ellas en la existencia, y que puede por tanto existir cuando aún ellas no existen o – existiendo – no se manifiestan actualmente.

Al cuarto argumento respondemos que la “conexión física” entre el embrión y el individuo humano reconocible fácilmente como tal, está dada ante todo por el proceso continuo de desarrollo que lleva desde el óvulo recién fecundado hasta el individuo adulto. Ese proceso de desarrollo, por serlo, es justamente el proceso por el cual una misma realidad sustancial, ya en acto, va actualizando sucesivamente sus potencialidades sin dejar nunca de ser la misma realidad sustancial que comenzó a existir cuando el óvulo y el espermatozoide dejaron de ser dos realidades separadas y distintas.

Este nexo de continuidad, por otra parte, no se verifica ante todo por razón de semejanzas morfológicas, sino por el hecho mismo del desarrollo continuo a partir de la formación de una nueva célula en la concepción. Ese proceso de desarrollo, sustancialmente el mismo en toda su duración, apunta por ello mismo al individuo personal plenamente desarrollado, desde su mismo comienzo, o sea, desde la concepción.

Pero de todos modos, el argumento se apoya en un supuesto falso, y es que la dignidad de la persona humana pertenece ante todo al “individuo nacido”, y que el embrión sólo tendría esa dignidad en tanto “orientado” a ese individuo ya nacido. En realidad, la dignidad de la persona humana pertenece al individuo humano existente en acto, sea cual sea el estado de su desarrollo. No le pertenece al embrión, por tanto, solamente por estar orientado a ser en un futuro un individuo humano, nacido o no, sino por ser un individuo humano en acto, en un determinado estado de su desarrollo, como ya hemos dicho.

El quinto argumento se apoya en el hecho de que no todas las células que integran el embrión en un momento dado, van a dar lugar posteriormente a un individuo humano, sino que algunas servirán para formar la placenta, otras, el feto. A partir de allí se argumenta que las células que estaban destinadas a formar la placenta no apuntaban a un término personal humano y por tanto no tenían la dignidad propia de la persona humana. Y se pregunta entonces por qué las otras células, que sí derivaron en la formación de un ser humano, tenían en ese momento esa dignidad.

Este argumento sigue apoyándose en el falso supuesto de que el embrión en todo caso no tendría dignidad personal por sí mismo, sino sólo en cuanto “conectado” de algún modo con un individuo humano futuro. En realidad, como ya dijimos, el embrión es un individuo humano en acto y no sólo en potencia, en una etapa de su desarrollo.

Por otra parte, la dignidad de persona humana conviene en cada caso al individuo de naturaleza humana, existente en acto. Las células integrantes de ese individuo no son personas, sino partes de una persona, y no tienen la dignidad de la persona humana más que en tanto participan del ser persona humana del todo, es decir, del embrión.

El hecho, entonces, de que algunas de esas células estén llamadas a desarrollar, no el nuevo ser humano, sino la placenta, no quita, ante todo, que ese embrión individual tenga ya él la dignidad propia del ser humano y de la persona, de la que participan sus células mientras lo integran.

Por lo demás, se pregunta uno de dónde les vendría la dignidad de persona humana a las células integrantes del embrión que sí han de desarrollar un nuevo individuo, si no la tenían cuando aún estaban unidas a las otras, las que estaban destinadas a formar la placenta. Como ya dijimos, un desarrollo gradual que lleve de lo no personal a lo personal es absurdo e imposible. No se da lo que no se tiene; lo impersonal, por más que se desarrolle, nunca dará lugar a lo personal.

Por todo lo anterior, cae también el sexto argumento, basado en la “suficiencia constitucional”, pues éste suponía la validez de los puntos de vista recién refutados. La “suficiencia” que es fundamentalmente necesaria para la existencia de un nuevo individuo humano es la sustancialidad, es decir, la característica de aquello que existe en sí mismo, no como propiedad o accidente de otra cosa, sino como sujeto en todo caso de propiedades, es decir, como sustancia. Es la suficiencia ontológica de lo que existe en sí y no en otro, de lo que, siendo sustancia y sujeto, no necesita a su vez de un sujeto sustancial que lo sustente en el ser. Esa sustancialidad, como hemos mostrado, existe desde la concepción, por la que se produce una nueva célula que no es ni parte de una sustancia, ni propiedad o accidente de una sustancia, sino sustancia y sujeto de propiedades ella misma.

 

 


[1] Indiviuum est indivisum in se, sed a quodlibet alio divisum.