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Néstor Martínez

¿Tiene que haber conflicto entre la evolución y la fe en la creación del mundo por Dios?

No necesariamente, mientras la teoría de la evolución sepa mantenerse en el plano empírico propio de las ciencias naturales y no pretenda ser una explicación filosófica, es decir, última, de la realidad.

Pongamos un ejemplo. Miguel Ángel pintó el techo de la Capilla Sixtina. Supongamos una raza de observadores que no pueden ver a los humanos, pero sí a todo lo demás. ¿Cómo narrarían el evento? Suponemos que de este modo: Al principio, un pincel se mojó en pintura y empezó a hacer unos trazos muy sencillos en la pared, el proceso continuó en forma acumulativa, hasta que quedaron representadas las escenas bíblicas de la Creación, el pecado original, el diluvio, etc.

Todo eso es verdad. Lo que pasa es que nosotros, que sí podemos ver a los humanos, diremos algo así: Al principio, Miguel Ángel tuvo la idea de pintar en el techo de la Sixtina algunas escenas bíblicas, luego hizo un boceto en el papel, y luego se subió al andamio y con el pincel ejecutó gradualmente la obra.

Y también es verdad. Tan verdad como lo anterior, puesto que no son más que dos descripciones del mismo evento, desde distintos puntos de vista. Lo importante es que ambas descripciones no se contradigan entre sí; y en este caso no pueden contradecirse, porque no hablan desde el mismo punto de vista, aunque hablen de lo mismo.

El problema surgiría solamente si esta raza de observadores que no pueden ver a los humanos se empeñase en sostener que en el proceso de producción de las pinturas de la Sixtina no había intervenido “nada más” que el pincel, los colores, etc. Ese “nada más” estaría totalmente injustificado, pues el hecho de que en lo que yo veo no haya “nada más” que el pincel, los colores, etc., no quiere decir que en la realidad no haya más que eso.

Y por otra parte, sostener que las pinturas de la Sixtina surgieron por casualidad, a partir “solamente” de los movimientos azarosos de un pincel inconsciente sería, como se dice hoy, “muy fuerte”.

Algo análogo sucede con la cuestión de la evolución y la fe en el Creador. La teoría de la evolución, como toda la ciencia natural, es empírica, es decir, se basa solamente en lo observable. Desde ese punto de vista, es lógico que vea solamente el “pincel”, es decir, las causas naturales que, en caso de ser verdadera la teoría, claro, explican el surgimiento de las diversas especies. Y lo mismo se puede decir de la explicación del proceso cósmico entero a partir del Big Bang.

Pero nada autoriza a dar el salto al plano filosófico y decir que en la realidad “no hay más que” esos procesos naturales, sobre todo si el final del proceso es el Universo maravillosamente ordenado que conocemos. Si hacemos esto, incurrimos en el error de hacer que el efecto sea más grande que la causa. Eso no puede ser, porque la causa es la que explica, justamente, el ser del efecto, y así, no puede darle lo que ella misma no tiene. Al comienzo del proceso cósmico tiene que haber habido, entonces, al menos tanta perfección como se encuentra al final, y como al final se encuentra la inteligencia, es decir, la humana, ésta, la inteligencia, debe haber existido desde el principio. De contrario, la “contabilidad cósmica” no cierra. El efecto no puede nunca superar la causa, porque en ese caso, la causa no sería necesaria, y daría en el fondo lo mismo decir que el efecto salió de la nada.

Por lo mismo, esa inteligencia inicial tiene que ser eterna, ya que es imposible que todo haya comenzado a existir, pues entonces todo debería haber salido de la nada, lo que es absurdo, y la inteligencia, además, no puede haber surgido tampoco de lo que carece de inteligencia, por lo ya dicho: no se da lo que no se tiene.

En efecto, cuando los cristianos hablamos de “creación ex nihilo”, o sea, “de la nada”, no estamos diciendo que todo salió de la nada, pues nos estamos refiriendo solamente al origen de las creaturas, no de Dios, que es Eterno, y además, tampoco la creación divina consiste en sacar las cosas de la nada como si fuera una materia prima o una bolsa, sino en que al crear Dios las cosas, no utilizó ningún material previo, preexistente a la creación misma, sino que todo el ser de la creatura, absolutamente, viene del acto creador. Como dice el Génesis: “Dijo Dios: “Haya luz”, y hubo luz.”

Vemos entonces cómo el razonamiento filosófico, del que sólo hemos esbozado los primeros pasos, lleva, bien conducido, a una concordancia fundamental con lo que nos dice la fe en un Dios Creador. El meollo del asunto es que para poder ver a Miguel Ángel, es decir, para poder acceder al conocimiento de las últimas causas de lo real, es necesario saber trascender el plano de lo sensible y empírico, hacia el plano de lo que sólo se puede alcanzar con la inteligencia, sin poder percibirlo sensiblemente ni tampoco imaginarlo, sino solamente deducirlo como exigido lógicamente por los datos empíricos y los primeros principios de la razón.