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Pedro Gaudiano

La Virgen de los Treinta y Tres es el signo del encuentro de la fe de la Iglesia con la historia de nuestra patria. En la zona del Pintado se crearon primero unos fuertes y luego una estancia. En 1779 se pretendió crear una capilla, que posteriormente fue el origen de la villa del Pintado. La imagen que se colocó en la capilla, donada por un indio, era una Inmaculada bajo la advocación de Nuestra Señora del Luján. Esa misma advocación se mantuvo cuando la capilla pasó a ser viceparroquia de Canelones, y también luego, en 1805, cuando el obispo de Buenos Aires la convirtió en parroquia. En 1809, el párroco Santiago Figueredo, con los pobladores de la villa del Pintado, fundó la villa de San Fernando de Florida. Fue allí donde, a partir de los célebres acontecimientos de 1825, la advocación de Nuestra Señora de Luján se convirtió en Virgen de los Treinta y Tres.

Los Fuertes del Pintado

A mediados del siglo XVIII, además de las ciudades amuralladas de Colonia del Sacramento y Montevideo,[1] en la Banda Oriental sólo existía el desierto, azotado por los malones de indios. El estanciero primitivo pudo fundar muy tardíamente la rústica choza de su incipiente establecimiento rural, rodeada por palizada y hondo zanjón.

La única medida eficaz para ofrecer una resistencia estable y enérgica ante las invasiones de los indios o de los bandoleros portugueses que venían de Río Grande, era ubicar fortines o apostaderos militares en lugares más o menos estratégicos, y allí establecer milicias que periódicamente recorrieran la campaña.

El primero de aquellos fuertes que levantaron tierra adentro la Gobernación y el Cabildo de Montevideo, fue el fuerte San Juan Bautista, más comúnmente llamado del Pintado en relación a la toponimia regional, o de la Frontera, por estar ubicado en el límite norte de la jurisdicción de Montevideo. Fue erigido en 1760 y persistió hasta 1764, año en el cual el Cabildo decidió ubicar un nuevo fuerte en un lugar prominente y estratégico, a una legua del anterior. Aquella Guardia Fronteriza se mantuvo sobre las lomas del Pintado en función de defensa hasta 1771. El 5 de febrero de ese año, el Cabildo dispuso levantarla y trasladarla más al norte, a las nacientes del arroyo de Mansevillagra. De esta manera se ampliaba la jurisdicción territorial de la Gobernación de Montevideo y a la vez se podía observar mejor los movimientos de la campaña.

A pesar de aquella disposición del Cabildo, la Guardia del Pintado no fue abandonada de inmediato. Dos meses después, el 6 de abril de 1771, el Cabildo resolvió que dicha guardia sirviera de centro para las partidas que “desde allí salgan a correr con repetición la campaña, guiados del derrotero que hoy tiene en su poder el teniente de milicias don Martín José Artigas”.

Los fuertes del Pintado, pues, fueron construidos para defender la jurisdicción de Montevideo. Fueron la primera valla que Montevideo colocó tierra adentro para protegerse de las correrías de los indios y bandoleros. Favorecieron, además, la entrada del elemento colonizador en los días iniciales de nuestra formación estancieril. Ariosto Fernández afirma: “En el lugar, hoy, ni una ruina, en la región, ni memoria, y en nuestra historia colonial, una página olvidada.”[2]

La “Estancia del Cabildo”, “de la Ciudad” o “del Pintado”

Al parecer, era costumbre que junto con la erección de fortines avanzados, se estableciera una estancia en sus tierras inmediatas. El Cabildo de Montevideo creyó conveniente disponer de las tierras contiguas al fuerte del Pintado para situar el ganado que serviría de manutención a los guardias. Se pensaba, además, formar un establecimiento que se convirtiera en fuente de recursos.

El 22 de diciembre de 1760, en el Cabildo se hizo referencia a la “estancia que está dispuesto establecerse por esta Ciudad y en particular beneficio de ella”. El mismo sentir ratificó el 9 de junio del año siguiente, al manifestar que estaba “destinada privadamente en pro de esta Ciudad”. Éste es el origen de la “Estancia del Cabildo”, de la “Ciudad” o del “Pintado” A su prosperidad contribuyó el Cabildo con varias disposiciones, entre las que se destacan las dictadas para poner término a los males y perjuicios ocasionados por el ganado salvaje que invadía y arrasaba los sembrados del ejido de Montevideo, lo que provocara la consiguiente inquietud y malestar entre los agricultores.

Se debe señalar que cuando el Cabildo ocupó las tierras linderas con el fortín del Pintado para ubicar su estancia, no indicó ni determinó los límites de aquella posesión. Por eso hacendados y vecinos del lugar no sólo hicieron uso de esos campos, sino que llegaron a radicarse en ellos. Recién en el acuerdo capitular del 30 de julio de 1773 se fijaron los límites de la estancia: “desde la horqueta del arroyo de Pintado, hasta el desagüe de éste en Santa Lucía Chico, y siguiendo este mismo arroyo de Santa Lucía Chico aguas arriba hasta donde entra en el mismo Santa Lucía Chico el arroyo de la Cruz; y por lo que hace a la parte de la campaña se señala por lindero de la misma estancia de esta Ciudad desde la horqueta del arroyo nombrado de los Molles, hasta donde entra el arroyo de la Cruz en Santa Lucía Chico, línea recta”.

El progreso de la “Estancia del Cabildo” fue lento, y aunque nunca llegó a tener la importancia de la “Estancia del Rey” que la Real Hacienda poseía en la falda del cerro de Montevideo, el Cabildo creyó conveniente mantener a su frente una persona que ejerciera las funciones de vigilancia y contralor. Para eso el 22 de diciembre de 1760 se designó a Joseph Torres, quien se instaló en la única construcción que por entonces existía en la propiedad capitular, que era el rancho del fortín del Pintado.[3]

La capilla del Luján, origen de la villa del Pintado

Las tierras de la jurisdicción del Pintado estaban comprendidas entre los arroyos de la Virgen, Santa Lucía Chico y Pintado, por el Este, Sur y Oeste respectivamente. Dichas tierras, según Fernández, durante el siglo XVIII fueron las más fraccionadas de todo el actual departamento de Florida. Esto explicaría por qué esa región, muy poco fértil, fue poblada por un número relativamente alto de vecinos. Durante casi un cuarto de siglo, la villa del Pintado fue el centro de las actividades religioso-sociales de una gran parte de la primitiva zona fronteriza de la jurisdicción de Montevideo.

En 1771, a propuesta del gobernador Viana, el Cabildo de Montevideo nombró los “comisionados en los pagos de afuera”, y erigió en “partidos” determinadas zonas de la jurisdicción de Montevideo. A partir de ese año, pues, comenzó a hablarse del “partido del Pintado”.

Para conocer los orígenes de la villa del Pintado, es necesario remontarse a los orígenes de la capilla del Luján o del Pintado. Se han dedicado a este tema autores como Raúl Montero Bustamante en 1904,[4] Mario Falcao Espalter en 1915,[5] Ariosto Fernández en 1928,[6] Monseñor Carlos Parteli en 1961[7] y Juan Antonio Presas en 1985.[8]

Montero Bustamante deriva la capilla del Pintado de cierto “humilladero” o templete levantado por los jesuitas, alrededor del cual se habrían agrupado más tarde los vecinos del lugar. Ariosto Fernández, por su parte, rechaza firmemente este origen jesuítico de esa capilla aduciendo dos motivos: 1º) Cuando en 1767 fueron expulsados los jesuitas, todas sus propiedades fueron escrupulosamente inventariadas. Dentro del actual departamento de Florida, la Compañía poseía la vasta “Estancia de la Virgen de los Desamparados” o de “la Calera”. Según consta en el detallado inventario realizado allí, se anotaron hasta los “cuchillos viejos”, pero no se menciona el supuesto “humilladero”, el cual, de haber existido, necesariamente habría quedado registrado. 2º) Además, de haber existido, habría estado situado fuera de los límites de las posesiones jesuíticas, que sólo llegaban hasta la banda oriental del Santa Lucía Chico, mientras que la capilla se levantó varios kilómetros al Noroeste, en la cumbre de la cuchilla que separa la cuenca de los arroyos Pintado y de la Virgen. Este mismo hecho constituiría una prueba contra la existencia del “humilladero”, ya que es cosa sabida que los jesuitas jamás fundaron nada en propiedad ajena.

Recién en 1779, doce años después de la expulsión de los jesuitas, es cuando se pretendió erigir la mencionada capilla. Existen documentos históricos que atestiguan el origen de la misma:

Bernardo Suárez del Rondelo declaró ante autoridad judicial: “Que en 1779 donó el Indio Antonio Díaz seis cuadras de terreno al Reverendo Padre don Vicente Chaparro, para construir en la cumbre la cuchilla del Pintado, un templo a la reina de la Ángeles bajo la advocación de Nuestra Señora del Luján, hecho que se lleva a cabo de orden expresa del Obispo de Buenos Aires, Monseñor Malvar…”[9]

En enero de 1837 el mismo Bernardo Suárez de Rondelo declaraba: “Que a mediados del año de mil setecientos setenta y cuatro, conoció al Indio Antonio Díaz por dueño, y posehedor del campo que reclama con justicia Dn. Francisco de Alba; que oyó decir entonces que le había sido dado por el Gobierno diez y ocho años hazia. Que llegado el año de 1779 presentado que se hubo el religioso Fr. Vicente Chaparro a construir un oratorio o Capilla del Orden del Obispo Malvar, reunió a Antonio Díaz con los demás vecinos del circulo para elegir el punto en que devia sentarse y hallando por conveniente fixarla en el terreno del Campo de Antonio Díaz condonó diez cuadras de terreno paraque se fixase la Capilla y algunos moradores quisieran agregarse…”.

Existe un dato documental terminante y preciso. El 25 de marzo de 1809 el presbítero Santiago Figueredo dirigió una carta al Cabildo de Montevideo, iniciando las gestiones para que le cedieran la “Estancia de la Ciudad” para fundar un nuevo pueblo. Al referirse al origen de su decadente parroquia no deja lugar a dudas: “Treinta años ha que se fundó la primera Capilla en el mismo lugar que hoy ocupa la Parroquia…”.

El indio Antonio Díaz, natural de Santo Domingo Soriano, fue quien donó los campos donde se erigió la capilla del Luján, alrededor de la cual, poco a poco, se fue plasmando la villa del Pintado. Cabe señalar que los deseos del Obispo Malvar y Pinto no se llevaron a cabo tan rápidamente. La autorización expresa del Gobernador de Montevideo, imprescindible para que se pudiera establecer la capilla, recién llegó en 1782.

La imagen de la Virgen

Es tradición que la santa imagen de la Virgen que se puso en la capilla del Pintado traída por el indio Antonio Díaz, fue considerada siempre como una “Inmaculada” o de la “Muy Pura y Limpia Concepción” –como se decía antes–, en su advocación de Nuestra Señora de Luján. Juan Antonio Presas se ha especializado en la historia de esta advocación, por lo cual a partir de aquí seguiremos sus aportes.

El indio Díaz, bueno y piadoso, debió pedir o recibir aquella imagen de los jesuitas de la estancia “Nuestra Señora de los Desamparados”, situada en las cercanías de la actual ciudad de Florida. Inmediatamente el indio la puso a la veneración de los fieles, y en un pilar o en el hueco de un árbol, formando una pequeña hornacina, se esforzó para que los pocos pobladores del lugar honrasen a la Virgen con su devoción.

Se tiene como cosa cierta que la imagen procede de las misiones jesuíticas del Paraguay. Los señores Monestier Hnos., al restaurarla en 1909, comprobaron que la madera tallada era de cedro de dichas misiones y que conservaba el color y perfume característico de su especie; notaron además que los colores primitivos de la imagen, y que fueron respetados, eran el azul, el rojo y el oro, muy propios de la decoración artística misionera. Al parecer, data de los años 1730. Los autores que de ella han hablado, tanto por su forma como por su postura, la han tomado como Inmaculada, del tipo de las Vírgenes pintadas por Murillo.

La parroquia de Nuestra Señora del Luján

Sabemos que en 1787 la capilla del Luján contaba ya con un sacerdote. En efecto, el presbítero José M. Pérez Castellano, en su carta a Benito Rivas, al referirse a las capillas dependientes de la parroquia de Canelones, menciona: “…y la de Pintado, cerca de donde está la estancia de la ciudad, servida por un Eclesiástico Paraguayo que yo no conozco…”[10]

En 1790 las autoridades eclesiásticas ordenaron que la capilla fuera promovida a viceparroquia de Canelones, también bajo la advocación de la Virgen del Luján. Los vecinos se encargaron de proveer todo lo necesario para el culto y la administración de los sacramentos. El párroco designó como primer capellán al presbítero Juan Manuel Morilla, teniente cura de Canelones, que comenzó a ejercer su ministerio en la viceparroquia del Luján los primeros días de enero de 1791. A partir de ese momento, la apartada aldea del Pintado comenzó a transformarse en un centro de movimiento social. En efecto, debido a la permanencia de un sacerdote, los habitantes del pago y de apartadas regiones de la campaña se sentían atraídos a cumplir con los deberes religiosos, tan arraigados en la conciencia colectiva colonial.

Sin embargo, a fines del siglo XVIII se inició el período de definitiva decadencia de la villa del Pintado. La aldea estaba ubicada sobre la cumbre árida y pedregosa de una cuchilla, en zona distante del monte y del arroyo –y por lo tanto lejos de la leña y el agua–, y además su solar era muy estrecho y carente de ejido. Pero especialmente la fundación de la villa de Melo en 1795, y de las capillas de Farruco y Diego González en tierras de “Entre Ríos Yí y Negro”, quitaron a la villa del Pintado la afluencia de los habitantes de aquella vasta y rica región.

A pesar del lento morir de la villa, sus habitantes no disminuyeron su fervor religioso. El 6 de noviembre de 1804 dirigieron una carta al obispo de Buenos Aires, Monseñor Benito Lué y Riega, que por entonces realizaba la visita pastoral a la Banda Oriental. Le pidieron que la capilla del Luján fuera elevada a parroquia; le indicaron los límites jurisdiccionales y le solicitaron que designase como párroco al entonces teniente cura, el presbítero León Porcel de Peralta. Manifestaron, además, que la población del distrito era de “mil quinientas personas correspondientes a 250 familias y de las cuales es presumible pensar, que a lo menos, una cuarta parte habitaran la capilla.”

El obispo Lué y Riega atendió el pedido de los vecinos de la villa y el 12 de febrero de 1805, erigió la parroquia de Nuestra Señora de Luján,[11] (11) y designó como cura interino a León Porcel de Peralta. A fines de 1808 y mediante concurso, fue designado cura efectivo el entonces teniente cura de Canelones, presbítero Antonio Domingo Sánchez. Razones de índole privada –y muy especialmente su precaria salud–, le obligaron a presentar renuncia al cargo, desde Montevideo, con fecha 21 de diciembre del mismo año. El 12 de enero de 1809 el obispado envió al Gobierno la terna integrada por los presbíteros Santiago Figueredo, Mariano Gadea y Julián Castrelos. Y el 19 de enero siguiente el virrey Santiago Liniers designó al presbítero Figueredo para ocupar el curato de Nuestra Señora del Luján en el Partido del Pintado.

A fines de febrero de 1809 Figueredo inició su ministerio en su nueva parroquia.[12] (12) Con este sacerdote se inició un nuevo período en la historia lugareña: él fundó la ciudad de Florida y fue, en los primeros días de la patria vieja, uno de los más entusiastas propagandistas de la revolución. Ariosto Fernández demostró que la verdadera fecha de fundación de la villa San Fernando de Florida fue el 24 de abril de 1809, y no el 5 de setiembre de ese mismo año como fue sostenido por algunos historiadores y cronistas que trataron ese tema.[13]

El traslado o cambio de los pobladores de la villa del Pintado a la nueva villa de Florida, seguramente fue por etapas y sobre la fecha de la fundación. Poco tiempo antes de aquel 24 de abril partió el convoy más numeroso hacia el nuevo paraje. Marcharía quizás al frente la carreta que conducía todo lo correspondiente a la capilla: ornamentos, libros, cruces, candeleros, vasos sagrados… La imagen de María de Luján debía ir también en la carreta, tal vez colocada en el alto varal de la misma, a fin de que presidiera y guiara la marcha de su pueblo. Detrás de la Virgen, el párroco y los vecinos y colonos, a pie unos, otros a caballo; carretas cargadas con muebles, ropas y utensilios, conduciendo a mujeres y niños; más lejos marcharía el ganado, arreado por sus dueños.

La caravana llegó felizmente a la nueva villa, que poseía abundante agua y leña. Un nuevo horizonte se abría ante aquellos pobladores. La santa imagen de la Pura Concepción fue colocada en su nuevo y sencillo altar. Con el correr de los años, aquella imagen haría tan memorable el lugar que lo convertiría en centro espiritual de pueblos, y se lo llamaría La Ciudad Florida de María.

Misa por la Patria

El cura Figueredo fue el principal agente de la revolución en la extensa campaña de su parroquia. En 1809 la casa parroquial de Florida fue el teatro de las primeras reuniones secretas de los patriotas. Los hermanos y primos del párroco, junto con Francisco Melo, Pedro Celestino Bauzá, y otros vecinos, se reunían allí, y Figueredo supo infundirles un vivo deseo de trabajar por la independencia.

Al primer grito de guerra en 1811 el pago de Florida se puso en movimiento. El cura congregó a sus feligreses y en pocos días las ofrendas llenaron la casa parroquial. En mayo de 1811, en la plaza mayor de Florida, se formó el primer escuadrón de patriotas. El cura Figueredo estaba entre ellos, organizando los detalles de la marcha. Cuando todo estuvo listo el párroco se dirigió a la iglesia, seguido de soldados y vecinos, y luego de arengar al pueblo y pedir la protección de la Virgen María en su pequeña imagen, celebró la Misa. Fue la primera que se celebró en Florida por la patria naciente. Poco después el cura Figueredo, al frente de sus hombres, se incorporaba al ejército libertador y recibía de Artigas el nombramiento de capellán del Ejército de la Patria.

Ante el Altar de la Patria

Treinta y tres patriotas orientales, reunidos en Buenos Aires, concibieron la idea de pasar a la Banda Oriental para librarla del poder brasileño y restituirla a las Provincias Unidas del Río de la Plata. Bajo las órdenes de Juan Antonio Lavalleja, pisaron la tierra de su nacimiento el memorable día 19 de abril de 1825, enarbolando la bandera tricolor con el emblema: “Libertad o muerte.”

Las rápidas victorias de Soriano, Colonia, San José, Guadalupe y otras, levantaron el ánimo de los orientales y no tardaron en agruparse bajo esa bandera algunos miles de patriotas, que ansiaban la libertad de su patria.

Llegaron a Florida y desde allí Lavalleja convocó a los pueblos de la Banda Oriental a elecciones, para designar a los delegados que debían formar el primer gobierno patrio. El 14 de junio los elegidos se reunieron en Florida, en el rancho-casa de doña Ana Hernández, inmediata a la iglesia de Nuestra Señora del Luján, declarándose instalado el Gobierno.

A mediodía el brigadier Lavalleja y los miembros del gobierno provisorio, asistidos de los funcionarios civiles y jefes militares, y seguidos por el pueblo que llenaba la plaza mayor, se dirigieron a la iglesia parroquial, donde se cantó el solemne Tedeum y el párroco dio la bendición a héroes y pueblo.

La bandera tricolor se inclinó entonces, por primera vez, ante la imagen sagrada de la Virgen, titular de la iglesia, y próceres y soldados doblaron reverentes ante Ella su rodilla. La santa imagen de Luján, ayer del Pintado y hoy de Florida, en esa fecha gloriosa, lucía como la Virgen de los Treinta y Tres.

La Jura de la Independencia

El 25 de agosto de 1825 comenzó a deliberar la asamblea de los Convencionales en la ciudad de Florida, en la casa de doña Ana Hernández. El sacerdote Juan Francisco Larrobla ocupaba la presidencia. Se firmaron dos actas: la primera constituía la declaración de la independencia de las Provincias Orientales; la segunda, la reincorporación al núcleo de las Provincias Unidas. Sancionadas ambas leyes, los Convencionales con su presidente a la cabeza, acompañados de los funcionarios civiles del gobierno y de los jefes militares, se dirigieron al templo parroquial para implorar a Dios la prosperidad de la naciente patria y ponerla bajo la protección de la Madre de Dios.

La antigua imagen del Luján del Pintado vio entonces nuevamente postrarse a sus pies a los representantes del pueblo, y hasta ella subieron las oraciones de los Convencionales de agosto. Luego todos se dirigieron a la Piedra Alta, ubicada a poca distancia del templo, donde se leyeron las dos actas, esparciendo a los cuatro vientos la promesa de libertad al pueblo oriental.

Un regalo a la Virgen

Manuel Oribe, el segundo jefe de los Treinta y Tres Orientales, en 1857 – el mismo año de su muerte – efectuó un regalo a la Virgen. De aquel hecho se conoce el siguiente testimonio: “En 1857, el Gral. Oribe regaló a la Virgen de Luján una coronita de oro. El General Oribe vivía en La Unión y pidió a Felipe Irureta, de esta ciudad, de quien era amigo, la medida de la cabeza de la Virgen de los Treinta y Tres, siendo más tarde remitida y entregada al Cura Vicario. Esta corona fue ofrecida por el General Oribe en acción de gracias, por haberse salvado él y su familia de un naufragio, en que estaba por caer el vapor en que venía embarcado para Montevideo. Él decía que a la Virgen de los Treinta y Tres le debía esta gracia, y que siempre se encomendaba a Ella al comenzar sus batallas”. Las últimas palabras de este testimonio parecen quedar confirmadas por el hecho de que el General Oribe, en 1849, ya había regalado dos campanas al templo parroquial de Florida.

La Virgen de los Treinta y Tres

Desde 1890 en adelante es cada vez más abundante la documentación que menciona a la imagencita de Florida con el nombre de “Virgen de los Treinta y Tres”. Antes de esa fecha existía principalmente una tradición oral, como se pone de relieve en los siguientes testimonios:

La señora María Irureta de Dubois, que se casó en Florida en 1855 –dos años antes de que Oribe le regalara la corona a la Virgen–, hablaba siempre de la Virgen de los Treinta y Tres.

La señora María Inés Vidal de Guichón, que en 1933 tenía unos noventa años, decía: “Desde que me conozco, es decir, desde 1850 por lo menos, siempre he conocido esta Imagencita con el nombre de Virgen de los Treinta y Tres”.

El vasco Pedro Recalde, que en 1937 tenía más de noventa años, en su idioma atravesado declaraba: “Desde que vine de España, a la edad de quince años, siempre Virgen de los Treinta y Tres”.

En 1894, el obispo de Montevideo, Mariano Soler, colocaba ante el altar de la Virgen, en Florida, una placa de mármol con esta inscripción: “Esta Imagen de Nuestra Señora de Luján fue venerada en la primitiva capilla del Pintado. Ante Ella los Treinta y Tres inclinaron la bandera tricolor e invocáronla también los Convencionales de la Independencia”. A la voz del pueblo se juntaba esta vez de un modo oficial la voz de la jerarquía eclesiástica, que ratificaba toda una tradición. Desde esa fecha la imagen de Nuestra Señora fue tenida y venerada en general con el solo nombre de “Virgen de los Treinta y Tres”.

El 11 de agosto de 1931 el Papa Pío XI erigió en sede episcopal la ciudad de Florida. Este hecho dio un gran impulso al culto y devoción de la Virgen de los Treinta y Tres.

El 2 de febrero de 1961 el obispo de Florida, Monseñor Humberto Tonna, pidió al Papa Juan XXIII la coronación pontificia para la histórica imagen. Cerraba su carta con estas palabras de Monseñor Mariano Soler: “Ella, la Virgen de los Treinta y Tres, es la guardiana de nuestra Independencia y de nuestros destinos de Nación Católica”. Juan XXIII, en respuesta al pedido, “confía al Ordinario de Florida para que en el día que él señale después de la Misa Solemne, según el rito y la fórmula prescripta, en Nuestro Nombre y Autoridad, imponga una corona de oro a la imagen de la Bienaventurada Virgen María del Pintado o Virgen de los Treinta y Tres”. Al mismo tiempo, el Papa le hizo llegar al Obispo de Florida un juego de ornamentos para utilizar en la referida ceremonia, que se llevó a cabo el domingo 12 de noviembre de 1961. Coronó a la imagen como delegado papal el cardenal Antonio María Barbieri, arzobispo de Montevideo.

A mediados del año siguiente, el episcopado uruguayo en pleno, en nombre inclusive del Presidente de la República, de las autoridades civiles, de las comunidades religiosas y, finalmente, de todos los fieles cristianos, elevó al Santo Padre un pedido para que la Virgen de los Treinta y Tres fuera declarada Patrona de la Nación. Así lo hizo Juan XXIII el 21 de noviembre de 1962.

El 25 de agosto de 1975, al conmemorarse el sesquicentenario de la Declaración de la Independencia Nacional en la villa de San Fernando de Florida –actualmente capital del departamento de su nombre–, el Poder Ejecutivo de la Nación quiso honrar el lugar declarando monumento histórico a la Iglesia Catedral y a la imagen de la Virgen de los Treinta y Tres de la ciudad de Florida.

Todos los años se celebra su fiesta el segundo domingo de noviembre, con una peregrinación a nivel nacional. Ese día se reúne en Florida el pueblo anónimo, presidido por los obispos, y acompañado por los sacerdotes, religiosos y religiosas. Todos van a expresar su amor a la Madre de los uruguayos y a rezar por la Patria. La Virgen de los Treinta y Tres es, pues, el signo del encuentro de la fe de la Iglesia con la historia de nuestra patria.

 

 


[1] Colonia del Sacramento, fundada en 1680, es la población más antigua hoy existente en el actual territorio uruguayo. El 24 de diciembre de 1726 don Pedro Millán delineó los límites jurisdiccionales de la ciudad de Montevideo; dichos límites rigieron durante todo el período colonial.

[2] Ariosto Fernández, Historia de la villa de San Fernando de la Florida y su región, 1750-1813, Montevideo, Imp. “El Siglo Ilustrado” 1928, p. 28.

[3] Vid. el detallado y documentado itinerario de los distintos encargados y arrendatarios de la Estancia del Cabildo, en: A. Fernández, Historia de la villa de San Fernando de la Florida y su región, 1750-1813, pp. 35-44.

[4] Raúl Montero Bustamante, La Virgen de los Treinta y Tres, Montevideo 1914.

[5] Mario Falcao Espalter, Notas a una tradición, en: Revista Histórica [Montevideo] t. VII, nro. 20;1915; pp. 515-531.

[6] A. Fernández, Historia de la villa de San Fernando de la Florida y su región, 1750-1813.

[7] Carlos Parteli, La Virgen de los Treinta y Tres, Montevideo, 1961.

[8] Juan A. Presas, Historia de la Virgen de los Treinta y Tres, Buenos Aires, s.e. 1985.

[9] Declaración publicada por Serapio de la Sierra, en el periódico El Progreso [Florida], 12 mayo 1895.

[10] José M. Pérez Castellano, La Banda Oriental en 1787, en: Revista Histórica [Montevideo] t. V, nro. 15; 1912; pp. 661-688, 687.

[11] En la misma fecha Lué y Riega creó otras seis parroquias en la Banda Oriental: Santísima Trinidad de Porongos, San Rafael del Cerro Largo, San Benito de Paysandú, San José en el partido de San José, Nuestra Señora de la Concepción de Minas, Nuestra Señora del Carmen y San José.

[12] Sobre el cura Figueredo y la fundación de Florida, vid. A. Fernández, Historia…, pp. 67-114.

[13] Vid. ibid., pp. 83-84.