sacramentos

Jorge Novoa

Los sacramentos de iniciación, Bautismo, Confirmación y Eucaristía, ponen los fundamentos de la vida cristiana. En los primeros siglos del cristianismo, los sacramentos de iniciación se celebraban simultáneamente.[1] Es a partir del siglo IV y hasta el XIII que, al incorporarse masivamente el Bautismo de los párvulos, éste se separa de la Confirmación y la Eucaristía, manteniendo el orden de los sacramentos de iniciación: Bautismo, Confirmación y Eucaristía. La decisión de san Pío X de admitir a la recepción de la Eucaristía en una edad más temprana, en el entorno de los sieye años, hizo que algunos propusieran y desplazaran la Confirmación hacia la adolescencia, 14 o 15 años. Hoy el RICA[2] establece para los adultos, pidiendo autorización al ordinario del lugar, que se celebren en el orden inicial.

El sacramento de la confirmación en algunas diócesis,[3] en la actualidad, se administra luego de la primera comunión, esta decisión pastoral tomada por los obispos, presenta algunas distorsiones en torno a la fundamentación teológica del orden en que deben recibirse, y a la conveniente unidad que debe expresarse en el itinerario de la iniciación cristiana. El Papa Benedicto XVI, tratando acerca de las diversas praxis de la Iglesia en Occidente y Oriente en torno al orden de los sacramentos de iniciación, precisa que “no se trata propiamente de diferencias de orden dogmático, sino de carácter pastoral.”[4]

El Catecismo de la Iglesia Católica en el número 1212 nos habla de los sacramentos de iniciación y de sus mutuas relaciones:

“Mediante los sacramentos de la iniciación cristiana, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, se ponen los fundamentos de toda vida cristiana. “La participación en la naturaleza divina que los hombres reciben como don mediante la gracia de Cristo, tiene cierta analogía con el origen, el crecimiento y el sustento de la vida natural. En efecto, los fieles renacidos en el Bautismo se fortalecen con el sacramento de la Confirmación y finalmente, son alimentados en la Eucaristía con el manjar de la vida eterna, y así, por medio de estos sacramentos de la iniciación cristiana, reciben cada vez con más abundancia los tesoros de la vida divina y avanzan hacia la perfección de la caridad.”[5]

Desde que esta práctica ha entrado en vigencia pasaron más de 50 años, lo que permite afirmar que es posible y deseable una evaluación. ¿Cuál será el parámetro que nos ayude a evaluar la situación actual? No resulta sencillo establecer un parámetro único. Tal vez la razón pastoral más esgrimida sea aquella que privilegia la decisión libre y responsable de los candidatos.

Quiero partir de una serie de hechos constatables de signo negativo que se visualizan en nuestras comunidades y que motivan esta reflexión: hay un número considerable de personas que no han recibido la Confirmación[6] y que, participando habitualmente de las eucaristías dominicales, sin impedimento alguno, no ven la necesidad de corregir esta situación. Por otra parte, el porcentaje de confirmados es muy inferior al de los que reciben la primera comunión, y éste, se encuentra muy por debajo de los que son bautizados. Una Iglesia local que tiene este mapa de porcentajes con tales características en la recepción de los sacramentos de iniciación, seguramente carece de testigos. La comunidad eclesial seguramente tiene una tendencia a la inmadurez de la fe, debido al porcentaje bajo de creyentes que poseen los tres sacramentos de la iniciación cristiana. Hay una eficacia insustituible de la maduración en la vida cristiana que nos viene por la Confirmación.

Abordaremos dos de las dificultades frutos de este orden, que encontramos en la situación actual: la primera es la distorsionada comprensión de la relación que se establece entre bautismo y confirmación, y la segunda es la que se origina entre los sacramentos de la confirmación y la eucaristía. Hay una esencial interconexión que aparece distorsionada.

El orden de los sacramentos de iniciación cristiana

Hay un orden en la recepción de los sacramentos de iniciación, que tiene su impronta en la verdad intrínseca de cada sacramento y en sus relaciones mutuas. A nadie se le ocurre pensar que es posible alterar el orden comenzando por otro sacramento que no sea el Bautismo. Él es la puerta que nos introduce en la vida sacramental. El Bautismo es la fuente de la vida nueva en Cristo, de la cual brota toda la vida cristiana.[7]

La situación actual ha generado diversas incomprensiones y confusiones, frutos del orden de recepción actual: Bautismo, Eucaristía y Confirmación. Se ha desvanecido en la conciencia creyente la relación que hay entre Bautismo y Confirmación. “Para comprender toda la riqueza de gracia contenida en el sacramento de la confirmación, que con el bautismo y la Eucaristía constituye el conjunto orgánico de los “sacramentos de la iniciación cristiana”, es preciso captar su significado a la luz de la historia de la salvación.”[8] “El vínculo inseparable que existe entre la Pascua de Jesucristo y la efusión pentecostal del Espíritu Santo se expresa en la íntima relación que une los sacramentos del bautismo y la confirmación. Asimismo, el hecho de que en los primeros siglos la confirmación constituía en general “una única celebración con el bautismo, formando con éste, según la expresión de san Cipriano, un sacramento doble,”[9] manifiesta ese estrecho vínculo.”[10]

Recordemos que el n. 1275 del Catecismo de la Iglesia Católica dice:

“La iniciación cristiana se realiza mediante el conjunto de tres sacramentos: el Bautismo, que es el comienzo de la vida nueva; la Confirmación que es su afianzamiento; y la Eucaristía que alimenta al discípulo con el Cuerpo y la Sangre de Cristo para ser transformado en Él”.

La Confirmación es presentada en relación al Bautismo, es decir, algo que se inició en el Bautismo y que alcanza su plenitud con la Confirmación. Notemos como el n. 1299 del Catecismo vuelve a presentarnos este orden de la realidad de la iniciación cristiana.

“Desde los tiempos apostólicos, para llegar a ser cristiano se sigue un camino y una iniciación que consta de varias etapas. Este camino puede ser recorrido rápida o lentamente. Y comprende siempre algunos elementos esenciales: el anuncio de la Palabra, la acogida del Evangelio que lleva a la conversión, la profesión de fe, el Bautismo, la efusión del Espíritu Santo, el acceso a la comunión eucarística”.

Santo Tomás de Aquino, conocido por el apelativo de doctor Angélico, expresa con total claridad los vínculos que se establecen entre ambos sacramentos:

“El carácter de la confirmación supone necesariamente el carácter del bautismo. De tal manera que si alguien se confirmase sin haber recibido el bautismo, no recibiría nada y tendría que confirmarse de nuevo después del bautismo. Y la razón se funda en que, como ya vimos,[11] la confirmación viene a ser con relación al bautismo lo que el crecimiento al nacimiento. Ahora bien, es evidente que nadie puede llegar a la madurez si previamente no nace. Y, de modo semejante, nadie puede recibir la confirmación si antes no se bautiza.”[12]

Nuevamente aborda las mutuas relaciones que se establecen entre ambos al responder a la pregunta sobre la necesidad de todos los sacramentos para la salvación: “Según la segunda manera de necesidad son necesarios los otros sacramentos, porque la confirmación perfecciona en cierto modo el bautismo…”[13] Como enseña el Catecismo de la Iglesia católica, la confirmación “perfecciona la gracia bautismal; (…) da el Espíritu Santo para enraizarnos más profundamente en la filiación divina, incorporarnos más firmemente a Cristo, hacer más sólido nuestro vínculo con la Iglesia, asociarnos todavía más a su misión y ayudarnos a dar testimonio de la fe cristiana por la palabra acompañada de las obras.”[14] En la tercera fórmula de las renuncias bautismales el Obispo le dice a los confirmandos: “Por medio de la Confirmación el Espíritu Santo completará en ustedes la obra del Bautismo. Así serán cristianos perfectos.”[15]

El obispo de la diócesis de Phoenix, al igual que otras muchas a lo largo de América, ha revertido la situación actual, volviendo al orden establecido históricamente, “el orden natural de los Sacramentos de Iniciación Cristiana.”[16]

La Confirmación es una etapa de un itinerario de iniciación, no es una realidad autónoma, está en relación al Bautismo y la Eucaristía. De allí se desprenden estas preguntas: ¿El orden actual no ha distorsionado la verdad que sustenta sus relaciones? ¿La razón pastoral no ha engendrado una comprensión en la conciencia católica que atenta contra la verdad que fundamenta el itinerario de iniciación? Benedicto XVI nos da un criterio orientador que anime la búsqueda de una respuesta a estas preguntas. “Concretamente, es necesario verificar qué praxis puede efectivamente ayudar mejor a los fieles a poner de relieve el sacramento de la Eucaristía como aquello a lo que tiende toda la iniciación.”[17]

La Eucaristía fuente y cumbre de la iniciación cristiana

Es vital reafirmar con la Iglesia, que la Eucaristía es la plenitud de la iniciación cristiana. Disponen hacia ella el Bautismo y la Confirmación, al tiempo que luego de recibida, ella se vuelve el alimento que nutre la vida de todo peregrino. Nuestra vida tiende a la unión con Cristo, presente substancialmente, con su cuerpo, alma, sangre y divinidad, en la Eucaristía. No hay, para el hombre peregrino, ninguna otra unión tan vital e íntima con el Señor, como la que se realiza en la comunión eucarística. “Así pues, la santísima Eucaristía lleva la iniciación cristiana a su plenitud y es como el centro y el fin de toda la vida sacramental.”[18] “En efecto, nunca debemos olvidar que somos bautizados y confirmados en orden a la Eucaristía. Esto requiere el esfuerzo de favorecer en la acción pastoral una comprensión más unitaria del proceso de iniciación cristiana.”[19]

Seguimos el pensamiento de Santo Tomás:

“Hablando en absoluto, la eucaristía es el más importante de todos los sacramentos. Y esto resulta de tres consideraciones. Primera, porque contiene realmente a Cristo en persona, mientras que los otros contienen una virtud instrumental participada de Cristo, como se ha dicho más arriba (q. 62 a. 4 ad 3; a. 5). Y ya se sabe que ser una cosa por esencia es más importante que serlo por participación. Segunda, por la relación de los sacramentos entre sí. Todos los demás sacramentos están ordenados a la eucaristía como a su fin. Es claro, por ej., que el sacramento del orden está destinado a la consagración de la eucaristía, el bautismo tiende a recibirla, la confirmación dispone a no abstenerse de ella por vergüenza, la penitencia y la extremaunción preparan al hombre para recibir dignamente el cuerpo de Cristo y, finalmente, el matrimonio se aproxima a la eucaristía al menos por su significado, en cuanto que significa la unión de Cristo con la Iglesia, cuya unidad está representada en el sacramento de la eucaristía, por lo que el Apóstol dice en Efesios 5,32: Este sacramento es grande, lo digo refiriéndolo a Cristo y a la Iglesia. Tercera, por el mismo ritual de los sacramentos, porque la recepción de casi todos ellos se completa recibiendo también la eucaristía, como dice Dionisio en III De Ecclesiaticæ Hierarchiæ. Y así vemos cómo los ordenados y los recién bautizados comulgan. Ahora bien, el orden de importancia entre los otros sacramentos depende de puntos de vista. Porque, atendiendo a la necesidad, el bautismo es el más importante. Y si nos fijamos en la perfección el más importante es el del orden. Y la confirmación ocupa entre éstos un puesto intermedio. La penitencia y la extremaunción, sin embargo, tienen un rango inferior a los anteriores porque, como se ha dicho antes,[20] están destinados no directa sino indirectamente a la vida cristiana, en cuanto que remedian los eventuales defectos. Entre los dos, además, la extremaunción se compara a la penitencia, como la confirmación con el bautismo, de tal modo que la penitencia es más necesaria, mientras que la extremaunción es más perfecta.”[21]

Postergar la Confirmación para el período de la adolescencia-juventud y cubrirla con palabras de reconocimiento a la responsabilidad y madurez de los candidatos, ¿no distorsiona la verdad que acabamos de expresar? ¿No deberíamos exigir esta responsabilidad y madurez para la unión tan única que se da por medio de la Eucaristía?

Es curioso observar, no sólo la magra respuesta de los candidatos al sacramento de la Confirmación, sino el corrimiento que se ha realizado, ubicándose al final de la adolescencia. La cultura contemporánea se presenta extremadamente agresiva para combatir la fe que un adolescente manifiesta. ¿No está desprovisto en esta etapa de su vida de la fortaleza divina que este sacramento aporta y que él tanto necesita para resistir los embates culturales contarios a la fe? La gracia de la Confirmación ayuda a los adolescentes a enfrentar los muchos desafíos morales y espirituales que nuestra sociedad presenta. ¿No deja entrever esta postura una cierta concepción que propone la necesidad de “ganarse” el sacramento?

Es necesario prepararse adecuadamente, acompañado por la comunidad eclesial y familiar, pero siempre será una acción gratuita de Dios. “Se ha de tener siempre presente que toda la iniciación cristiana es un camino de conversión, que se debe recorrer con la ayuda de Dios y en constante referencia a la comunidad eclesial, ya sea cuando es el adulto mismo quien solicita entrar en la Iglesia, como ocurre en los lugares de primera evangelización y en muchas zonas secularizadas, o bien cuando son los padres los que piden los Sacramentos para sus hijos. A este respecto, deseo llamar la atención de modo especial sobre la relación que hay entre iniciación cristiana y familia. En la acción pastoral se tiene que asociar siempre la familia cristiana al itinerario de iniciación.”[22]

La iniciación es un proceso mistagógico que lleva toda la vida. Dios viene en nuestro auxilio para darnos los medios necesarios en este proceso de crecimiento. “Por su propia naturaleza, la liturgia tiene una eficacia propia para introducir a los fieles en el conocimiento del misterio celebrado. Precisamente por ello, el itinerario formativo del cristiano en la tradición más antigua de la Iglesia, aun sin descuidar la comprensión sistemática de los contenidos de la fe, tuvo siempre un carácter de experiencia, en el cual era determinante el encuentro vivo y persuasivo con Cristo, anunciado por auténticos testigos. En este sentido, el que introduce en los misterios es ante todo el testigo. Dicho encuentro ahonda en la catequesis y tiene su fuente y su culmen en la celebración de la Eucaristía.”[23]

 

 

 


[1] Hoy, pues, en todos los ritos latinos y orientales la iniciación cristiana de adultos comienza con su entrada en el catecumenado, para alcanzar su punto culminante en una sola celebración de los tres sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía (cf. Ad Gentes 14; Código de Derecho Canónico can. 851. 865. 866). En los ritos orientales la iniciación cristiana de los niños comienza con el Bautismo, seguido inmediatamente por la Confirmación y la Eucaristía, mientras que en el rito romano se continúa durante unos años de catequesis, para acabar más tarde con la Confirmación y la Eucaristía, cima de su iniciación cristiana (cf. Código de Derecho Canónico can. 851, 2; 868).

[2] Ritual de Iniciación Cristiana de Adultos.

[3] Todas las diócesis en Uruguay han asumido esta práctica.

[4] Benedicto XVI, Exhortación Apostólica Sacramentum Caritatis, n. 17.

[5] Pablo VI, Constitución Apostólica Divinae Consortium Naturae; cf OICA, praen. 1-2.

[6] Mons. William S. Skylstad reflexionaba en torno a la Confirmación y los sacramentos de Iniciación, en la página 7 de la edición del 30 de julio de 1998 del Inland Register: “Todavía no se han sellado muchos de nuestros adultos con este regalo. Es por eso que he dado un permiso especial a los pastores para que en los próximos dos años, al Tiempo de la Vigilia Pascual,celebren la confirmación para los adultos de la parroquia que no se han confirmado todavía. Un pastor indicó que tiene cerca de 500 adultos en su parroquia que no se han confirmado.”

[7] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1254.

[8] Juan Pablo II, Catequesis del 30 de septiembre de 1998; la confirmación como culminación de la gracia bautismal.

[9] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1290.

[10] Ibíd.

[11] a.l; q.65 a.l.

[12] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica IIIa, c. 72, a. 6.

[13] Ibíd. IIIa, c. 65, a. 4.

[14] Catecismo de la Iglesia Católica n. 1316.

[15] Ritual Romano de los Sacramentos, 490.

[16] El 15 de mayo de 2005, el obispo Thomas J. Olmsted promulgó las nuevas normas y guías para el establecimiento del orden de los sacramentos de iniciación en la Diócesis de Phoenix.

[17] Benedicto XVI, Exhortación Apostólica Sacramentum Caritatis, n. 18.

[18] Ibíd., n. 17.

[19] Ibíd., n. 17.

[20] a. 2.

[21] III, 65, 3

[22] Ibíd., n. 19.

[23] Benedicto XVI, SC, n. 64.