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Miguel Antonio Barriola

Jesucristo, objeto de veneración y amor para siglos y siglos de mártires, santos y todo el pueblo cristiano, también signo de contradicción[1] a lo largo de todas las edades, nunca ha dejado de interesar a los hombres, bien para encontrar en Él orientación y entrega para la vida entera o bien para considerarlo como aguafiestas de la historia y la existencia humana.

Que siempre haya despertado búsquedas y nuevas profundizaciones, habla a las claras de sus “insondables riquezas.”[2]

Pero nadie está libre de proyectar su mundo en el de Jesús. Porque, individual y socialmente, somos portadores de todo un bagaje de precomprensiones y juicios, que exigen un verdadero discernimiento, para no distorsionar en demasía el objeto de la indagación, adhesión o rechazo.

¿A la luz de qué criterios llevar a cabo tal dilucidación?

Hubo una respuesta aprobada por Jesús mismo: “Tú eres el Cristo,”[3] profundizada poco a poco, con la luz del Espíritu: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo”, según completa Mateo 16,16. Y el mismo Pedro, autor de la confesión céntrica del Evangelio, proclamará, contra el abandono de otros muchos discípulos: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Santo de Dios.”[4]

Ante el hervidero de interpretaciones sensacionalistas, que se han ido popularizando en los últimos años,[5] es consolador encontrarnos, en este 2007, con la respuesta, precisamente, del sucesor de Pedro, que, retomando la antigua confesión, la ofrece profundizada, viviente y dialogante con los problemas actuales.

El Autor

Ha llamado la atención la doble rúbrica con que se presenta la obra: Joseph Ratzinger – Benedicto XVI. El mismo autor ha aclarado la clave en que ha de encararse su obra: para ningún católico significa que las posturas adoptadas indiquen declaraciones vinculantes para su fe, dejando más bien libertad para contradecir los resultados de su búsqueda personal.[6]

El hecho estaría invitando a no deponer la crítica, pero no menos a dejar de lado la hipercrítica, ya que no se trata de un autor entre tantos, sino de alguien que ha dado pruebas de sólida ciencia teológica a lo largo de toda una trayectoria por célebres universidades alemanas[7] y desde un puesto tan central, para observar la vida de la fe eclesial, como ha sido su prefectura sobre la Doctrina de la Fe y lo es ahora su actual culminación como Papa.

Método seguido

Clara y convincentemente, en su prólogo y a lo largo de todo su estudio,[8] marca el autor sus discrepancias respecto a cierto empleo del método histórico–crítico, que se ha vuelto normal en la gran mayoría de los exégetas bíblicos.

No que reniegue de él, porque también echa mano a este indispensable medio de indagación. Más aún declara “irrenunciable”[9] el recurso a los sondeos históricos. Sólo avisa sobre su insuficiencia, si se lo emplea de modo exclusivo.

De ahí que, valido sobre todo de las orientaciones del documento emanado por la Pontificia Comisión Bíblica en 1993,[10] prefiera a todas luces la exégesis llamada “canónica”. Es decir: no la que aísla un texto, desmenuzándolo en posibles tradiciones previas, en el afán de ubicar sus orígenes, sino teniendo en cuenta la inserción del escrito individual en la totalidad de la Biblia canónicamente admitida en la Iglesia y los ecos que ha ido despertando en su viva tradición.

Este enfoque ha levantado las críticas de intérpretes profesionales, sobre todo en Alemania.[11]

Pero no se ha de escuchar sólo una campana. En décadas no tan remotas y en la misma actualidad, no han faltado voces de autorizados investigadores bíblicos denunciando la escualidez de ciertos procedimientos interpretativos. Oigamos, por ejemplo, la autocrítica de Luis Alonso Schökel, ya en 1972: “Los hombres nos piden pan y nosotros les ofrecemos un puñado de hipótesis sobre un versículo del capítulo 6 del Evangelio según San Juan; nos preguntan sobre Dios y les ofrecemos tres teorías sobre el género literario de un Salmo; tienen sed de justicia y les proponemos una disquisición etimológica sobre la raíz “sedaqá”. Estoy haciendo un examen de conciencia en voz alta y siento como respuesta: “hay que hacer esto, sin omitir aquello.”[12] Xavier Léon-Dufour daba cuenta de esta situación, cuando comprobaba: “La exégesis no llega a un verdadero comentario y se limita a opiniones yuxtapuestas más que sólidamente expuestas y defendidas.”[13]

Recientemente W. Brueggemann apunta igualmente al favor que está cobrando una actitud más abarcadora de las riquezas que pueden aportar enfoques desde diferentes puntos de acceso: “Un pluralismo de métodos que ha puesto fin a la antigua hegemonía de los planteamientos histórico-críticos.”[14]

Ya desde 1988, Joseph Ratzinger venía observando la esterilidad del uso que se hacía del método histórico-crítico,[15] a la vez que demostrando cómo el Jesús de los Evangelios se presenta mucho más lógico y comprensible, aún históricamente hablando, que las reconstrucciones con las cuales hemos sido confrontados últimamente.[16] Para él, como para tantos otros autores, la operación anónima que se pretende fingir como origen del mensaje evangélico, no explica nada. ¿Cómo habrían podido fuerzas colectivas desconocidas ser tan creativas? ¿No es más aceptable históricamente que lo grande esté al comienzo y que la figura de Jesús rebasara todas las categorías corrientes, siendo sólo inteligible a partir del misterio de Dios?[17] ¿Cómo sólo diez años después, sus discípulos, provenientes de un judaísmo confesante, han podido equipararlo con Dios?[18]

Empleando, pues, un acercamiento más “sinfónico”, sin congelarse en la mera y fría reconstrucción del pasado, nuestro autor convoca a toda la Sagrada Escritura, Antiguo y Nuevo Testamento, para iluminar los textos referentes a Jesús, haciendo asimismo frecuentes y muy pertinentes confrontaciones con las situaciones actuales.[19] Acertadamente sugirió el Card. Carlo Maria Martini: “El verdadero título [del libro] debería ser más precisamente Jesús de Nazaret ayer y hoy.” De hecho el Autor pasa con facilidad de la consideración de los hechos referentes a Jesús a la importancia de los mismos para los siglos siguientes y para nuestra Iglesia. Por lo cual el libro está lleno de alusiones a cuestiones contemporáneas.”[20]

Igual ponderación de este acercamiento “sincrónico” expresa Olivier Artus:[21] Se trata de leer la Biblia “como una totalidad… que, en todos sus estratos históricos, es la expresión de un mensaje intrínsecamente coherente… La crítica histórica no es negada en su pertinencia, pero está puesta al servicio de un proyecto exegético que va más allá de la sola cuestión histórica y busca desentrañar el sentido pleno de la Escritura.”[22]

Núcleo aglutinante de la obra

El contenido de este primer volumen[23] abarca la primera sección de la vida pública de Jesús, desde su Bautismo hasta la Transfiguración, según los Sinópticos. Se intercala la consideración de las grandes figuras joaneas, para finalizar con el examen de las propias autodesignaciones de Jesús.[24]

No es exhaustiva esta evaluación,[25] pero ofrece las principales vetas de la actuación y predicación de Jesús: Bautismo, Tentaciones, Sermón del Monte y Padrenuestro, los discípulos, las parábolas, la confesión de Pedro y la Transfiguración.[26]

El punto constructivo, que sostiene toda la consideración, es la persona misma de Jesús y su íntima comunidad con el Padre, el misterio de Jesús.

A lo largo de sus análisis aparecerá con frecuencia la contraposición de Moisés con Jesús.[27] Del primero se hizo el elogio inaudito y único en el Antiguo Testamento, porque “pudo hablar cara a cara” con el Señor.[28] Lo compendiará el final del Deuteronomio:[29] “Nunca más surgió en Israel un profeta igual a Moisés”. Pese a todo, Moisés experimentó también la limitación de no haber podido contemplar más que “la espalda de Dios”, no su rostro.[30]

Tal grandeza, sin embargo, no sería monopolio único de los primeros tiempos, ya que Moisés anunció que “el Señor tu Dios te suscitará un profeta como yo.”[31]

El Prólogo del Cuarto Evangelio considera cumplido, pero con creces, tal vaticinio en Jesús, Palabra encarnada de Dios: “Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que está en el seno del Padre.”[32] Afirmación que sigue inmediatamente a la contraposición entre la obra de Moisés y la del Verbo encarnado: “La ley fue dada por Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.”[33]

La centralidad de la persona de Jesús será el hilo conductor que irá enhebrando cada uno de los profundos sondeos que ofrece el Papa acerca de Jesús. Así, por ejemplo, en su Bautismo: “La proclamación por parte de Dios, del Padre, sobre el envío de Jesús, la cual, con todo, no explica una obra, sino su ser: Él es el Hijo querido, en el que reposa la complacencia de Dios.”[34]

Cuando el Papa analiza la predicación sobre el “Reino de Dios”, enlazando con la justa y tradicional intuición de Orígenes, muestra, textos en mano, hasta qué punto se trata de la “autobasileia.”[35] Lo anunciado se relaciona con el anunciador. Él mismo es la noticia. “En este sentido la palabra central es siempre Dios; pero, justamente porque el mismo Jesús es Dios el Hijo, por eso toda su predicación es anuncio de su propio misterio, la cristología, o sea predicación sobre la presencia de Dios en su propio actuar y ser. Y veremos cómo este punto es el que empuja a la decisión y cómo, por eso, es el punto que conduce a la Cruz y la Resurrección.”[36]

Así podríamos recorrer todos los capítulos, descubriendo cómo la atenta meditación de los mismos textos evangélicos lleva a comprobar el insoslayable punto de referencia a Jesús, en todo lo que enseñó y practicó.[37]

Al respecto es muy instructiva la reflexión que desarrolla sobre el diálogo muy respetuoso del escritor judío Jacob Neusner con Jesús. Después de haberse puesto a la escucha del rabino venido de Galilea, comenta sus impresiones con otro maestro de Israel:

“¿Y esto es lo que tuvo Jesús, el sabio, que decir?

Yo: “No precisamente, pero más o menos.”

Él: “¿Qué agregó después?”

Yo: “A sí mismo.”

Éste es el punto central del espanto ante el anuncio para el creyente judío Neusner y éste es el motivo central por el cual él no quiere seguir a Jesús, sino quedarse con el “eterno Israel”: la centralidad del Yo de Jesús en su anuncio, que da a todo una nueva orientación. Neusner cita en este lugar, como prueba para esta “añadidura”, la palabra de Jesús al joven rico: “Si quieres ser perfecto, vete, vende tus posesiones, ven y sígueme.”[38] La perfección del ser santo como Dios, exigida por la Torá,[39] ahora consiste en esto: seguir en pos de Jesús.”[40]

Ratzinger, gran admirador de Romano Guardini,[41] muy seguramente está rememorando, comprobando y poniendo de relieve este rasgo único de Jesús, muy bien resaltado por aquel gran teólogo alemán.[42] “La doctrina de Jesús – enseñaba Guardini – es doctrina del Padre. Pero no como en un profeta que recibe y da a conocer la revelación, sino en el sentido de que su punto de partida se halla en el Padre, pero, a la vez, también en Jesús. Y en Jesús de una manera que sólo a Él es propia y que determina su más profunda esencia: por el hecho de ser el Hijo del Padre.”[43] Señala cómo en el juicio que pondrá fin a la historia.[44] “el criterio de la sentencia no es “la caridad”, “el valor”, la “categoría ética”, sino Él mismo.”[45]

Pasando revista a las principales parábolas de Jesús y deteniéndose en la del padre y sus dos hijos – uno rebelde y el otro “aparentemente” fiel[46] – se pregunta si faltaría una referencia cristológica en la misma, notando una vez más el relieve que cobra Jesús en la narración, ya que la propone, justamente, para justificar su propia inclinación por los pecadores y publicanos con esa imagen del Padre.[47]

Este “yo” de Jesús no se encierra en un egoísmo, porque su “yo” incorpora la comunidad de voluntad con el Padre. Él es un “yo” oyente y obediente. Su comida es hacer la voluntad del Padre.[48]

Esta llamada de atención sobre la persona misma de Jesús, como núcleo viviente de todo su mensaje, viene muy bien frente a la manipulación a que ha sido sometido su mensaje en recientes décadas pasadas, pero que no cesa de levantar cabeza una y otra vez, exaltando más los “valores” por los que se jugó, que su ser de Hijo de Dios y Dios Él mismo.[49]

La cuestión joanea

Describe aptamente las perspectivas corrientes acerca del Cuarto Evangelio el joven obispo auxiliar de Madrid, Cesar Augusto Franco Martínez:[50]

“La idea de que Juan es, entre los evangelistas, “el teólogo” ha extendido el prejuicio de que su dimensión de historiador debe ser puesta en entredicho, como si supeditara a una determinada comprensión teológica de la vida y obra de Jesús los datos de la historia, o los considerara de menor interés para el destinatario de su evangelio. Es cierto que en los últimos años este prejuicio se ha tambaleado ante estudios exegéticos que han puesto de relieve la importancia de Juan como “testigo del Jesús de la historia.” Pero persiste, no obstante, la idea de que el cuarto evangelio tiene más interés por desvelar el misterio de la Palabra hecha carne que por narrar con detalle los acontecimientos de la vida de Jesús de Nazaret.”[51]

Benedicto XVI aborda esta agitada problemática, sometiendo a discusión, no sólo a Rudolf Bultmann, sino a otro exégeta más moderado, pero que en este asunto se muestra asombrosamente negativo o extremadamente precavido: Martin Hengel.[52] Sostiene este escriturista que Juan no bajaría a banales recuerdos del pasado, sino que tiene la última palabra el Espíritu Paráclito que conduce hacia toda la verdad.

Pero, pregunta el Papa ¿qué es lo que vuelve banal a la memoria histórica? ¿Se trata de la verdad de lo recordado o no? ¿Y hacia qué verdad puede conducir el Espíritu, si deja tras de sí lo histórico como banal?[53]

Por otra parte no se puede entender lo “histórico” como una grabación. En tal caso los discursos del evangelio de Juan no son “históricos”. Pero, por más que no pretendan esta clase de literalidad, en modo alguno significa que son meras poesías sobre Jesús, que poco a poco se fueron creando en el círculo joánico. El autor del Cuarto Evangelio quiere narrar como “testigo” de lo sucedido y nadie como Juan, justamente, ha acentuado la “carne” de la historia: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, lo que tocaron nuestras manos, acerca de la Palabra de Vida, es lo que les anunciamos.”[54] Tampoco se trata de un recuerdo privado, sino que el “nosotros” implica a la Iglesia, que también va profundizando sucesos únicos, muy alejados de un banal registro de hechos brutos.

El penetrante estudio de las “autodesignaciones de Jesús,”[55] muestra fehacientemente que “el Jesús del Cuarto Evangelio y el Jesús de los sinópticos es el mismo: el verdadero Jesús “histórico.”[56] Juan no hace más que sacar a plena luz la cristología implícita ya actuante en los Sinópticos. Por eso no podía faltar en esta comparación de los datos tradicionales, recogidos por los primeros y el último de los evangelistas, el análisis certero del “texto joánico” – locus johanneus – como se ha designado felizmente a un pasaje común a Mateo y Lucas,[57] sobre el mutuo conocimiento entre el Padre y el Hijo y la exclusividad que le cabe al Hijo para revelarlo a los hombres.[58]

Una obra señera

No sólo por la autoridad de quien presenta los frutos de una vida entera dedicada a bucear en las “insondables riquezas de Cristo,”[59] sino también por los sólidos argumentos que brinda, la discusión honesta con grandes nombres de la exégesis, tanto católica[60] como de otras orientaciones[61] y la repercusión perenne, que sabe Ratzinger – Benedicto XVI poner de relieve en la persona de Jesucristo, parece que estamos ante una obra que marcará honda huella en la exégesis y la teología. Por de pronto, vendrá muy bien tenerla en cuenta, como modelo, para las tratativas del próximo Sínodo de los obispos, acerca de la Palabra de Dios en la Iglesia.[62]

Se trata de un acercamiento personal, claro está, pero no se lo puede descalificar, como lo han hecho algunos. “Un cuadro de Jesús siempre será el cuadro altamente personal, subjetivo y unilateral de cada autor.”[63] “Como cualquier otro investigador anterior a él, también el Papa construye simplemente cómo Jesús pudo ser según su punto de vista.”[64]

Ya lo percibía el antiguo adagio de la filosofía clásica: “Quidquid recipitur ad modum recipientis recipitur.”[65] Es innegable el eco subjetivo de todo lo que se conoce. Pero nunca se puede dejar de lado ese “quidquid”. Se da también “algo objetivo” y, fuera de impericia o deliberado afán de engaño, siempre es posible captar lo real, discernir lo verdadero de lo erróneo.

La filosofía “constructivista”, latente en los juicios de Zenger y Stegeman,[66] descalificará cualquier presentación que se ofrezca de Cristo o de cualquier otro asunto. Porque, “en el período postmoderno, la filosofía será liberada de los pesos de la argumentación… Mi tesis dice que podemos hacer lo que nos parezca, en la medida en que es nuevo e interesante.”[67]

Sólo que semejante talante no ofrece algo más novedoso que las nebulosas en que se acunaban los antiguos escépticos.

El enfoque “personal” con que el Papa se acerca a Jesús de Nazaret está basado en una sana teología fundamental, en la discusión honesta de las principales posturas al respecto y en la vivencia secular de la Iglesia Católica.

No es un arranque romántico de entusiasmo pasajero. Se trata de la visión de una “persona” amplia, sólida y persistentemente relacionada con el mundo, los hombres y Dios. Es la reedición de la “confesión de Pedro”, en boca de su actual vicario, tal como se indicara al comienzo de estas palabras.

Quiera Dios que las precedentes consideraciones sirvan de “aperitivo” que despierte el interés de muchos por beneficiarse con un acercamiento a Jesús de amplias perspectivas y excepcionalmente enriquecedor.

13 de noviembre de 2007. IX Exposición del Libro Católico en La Plata.

 

 


[1] Lucas 2, 34.

[2] Efesios 3, 8.

[3] Marcos 8, 29

[4] Juan 6, 68.

[5] Las tan taquilleras como burdas e insostenibles fantasmagorías de un Dan Brown (The Da Vinci Code, Doubleday, New York, 2003; las pseudocientíficos programas de History & Discovery Channel, las supuestas “revelaciones” del “Evangelio de Judas”, etc.

[6] Joseph Ratzinger – Benedikt XVI, Jesus von Nazareth, Freiburg-Basel-Wien;2007, p. 22.

[7] Así lo atestigua en su presentación del libro el antiguo discípulo de J. Ratzinger, Mons. J. Doré, que fuera decano del Institut Catholique de París y Arzobispo emérito de Strasbourg: “Pero, en fin, por sincero que sea nuestro autor, sin duda alguna, no menos es verdad que la obra que somete a nuestra consideración en modo alguno podría ser una más entre otras. Esto por dos razones al menos: primeramente, porque es la obra de un especialista que ha dado pruebas de sus aptitudes en teología, de un teólogo que –doy testimonio de ello– reverencian sus antiguos alumnos, estiman sus colegas y aprecian sus numerosos lectores… además porque el signatario es el mismo Papa y que nada ni nadie, ni siquiera él mismo, pueden impedir que abordemos con reverencia, estima y respeto lo que dice o escribe” (L’ouvrage d’un théologien Pape – Allocution de Mgr. Joseph Doré: 23 de mayo de 2007, au siège de l’UNESCO á Paris, en: La Documentation Catholique, 17 de julio de 07, número 2382, p. 577).

[8] Se distancia con decisión de las incertidumbres en las que desemboca el célebre exégeta católico R. Schnackenburg; Vorwort, pp. 12-13, 22. Se refiere críticamente a la unilateral utilización de la comprensión meramente histórica en las páginas, sin ser exhaustivo: pp. 64, 77-78, 108, 222, 225, 261-266, 270-272, 371-372 donde habla de un “cementerio de hipótesis” respecto a los orígenes y el significado del título cristológico: “Hijo del hombre”.

[9] Ibid., pp. 14-15.

[10] Pontificia Comisión Bíblica, La Interpretación de la Biblia en la Iglesia, Buenos Aires; 2003. Ver: Jesus von Nazareth, pp. 13-14.

[11] Según M. Karger, el libro del Papa destilaría una “desilusión sobre la exégesis moderna y una asentada desconfianza respecto a ella” “Lob und Widerspruch des Exegeten” en: Die Tagepost, 27 de junio de 2007.

Ver: forum.herderkorrespondenz@herder, para el 5 de mayo de 2007.

Se puede, por de pronto, hacer notar que “la exégesis moderna” ofrece “tot sententiae quot capita” (“tantas sentencias como cabezas”), ya que no es tan compacta y homogénea como parecen pretender este comentarista y otros. Como se verá en el texto, no faltaron ni faltan cotizados especialistas que, pese a indudables progresos, también sospechan que algo anda mal en la “exégesis moderna.”

[12] La Bibbia come primo momento ermeneutico, en: AA. VV.: Esegesi ed Ermeneutica – Atti della XXI Settimana Biblica, Brescia;1972; p. 147.

[13] Bulletin du Nouveau Testament – La Litterature johannique en: Recherches de Science Religieuse, 82/2, 1994; p. 236.

[14] Teología del Antiguo Testamento – Un juicio a Yahvé, Salamanca; 2007; p. 10.

[15] Su conferencia en New York; publicada en italiano en: AA. VV.: L ‘Esegesi Cristiana Oggi, Casale Monferrato; 1991-1993; p. 124): Interpretazione biblica in conflitto – Problemi del fondamento ed orientamento dell’ esegesi contemporanea. Comenzaba aquella exposición aludiendo a la novela de Wladimir Solowjew, La Storia dell’ Anticristo, donde la universidad de Tübingen concedía el doctorado en teología al Anticristo por su labor exegética, “Interpretazione…, p. 93). Idéntica referencia reaparece ahora en su Jesus von Nazareth, p. 64.

[16] Ibid., pp. 20-21. Afirma expresamente: “Espero que quede claro a los lectores que yo no escribo este libro en contra de la Exégesis moderna, sino con gran gratitud hacia lo mucho que nos ha regalado y regala. Ella nos ha abierto una cantidad de material y enfoques, por los que la figura de Jesús puede hacérsenos presente en una vivacidad y profundidad, que todavía no podíamos en modo alguno representarnos hace pocas décadas” (ibid., p. 22). No menos añade: “Simplemente he intentado, más allá de la mera interpretación histórico–crítica, usar nuevas perspectivas metódicas, que nos permiten una interpretación propiamente teológica de la Biblia y así exigen a la fe, pero que no quieren ni pueden renunciar a la seriedad histórica en modo alguno.”; p.22.

[17] Ibid., p. 22. Retomará idéntica perspectiva hacia el final de su estudio: lo llamativo y grande debió ser dramático y sucedió justamente al comienzo; la Iglesia debió al principio reconocer lentamente su total grandeza. Se le atribuye a la anónima comunidad una asombrosa capacidad de genialidad teológica (ibid., pp. 372-373, donde también figura una advertencia frente al “pensamiento profesoral”).

[18] Ibid., p. 21.

[19] Ibid., pp. 60, 72, 83–84, 122, 128–129, 141, 154, 170, 200–201, 238, 244, 286, 292, 295, 236, 237– 238, 339, 346 y otros muchos lugares de la obra, que evidencian el contacto vital, no meramente académico, del autor con la palabra viva de Dios.

[20] Carlo Maria Cardenal Martini, S. J., “’Gesù di Nazaretdi Joseph Ratzinger – Benedetto XVI” en: La Civiltà Cattolica, 16 de junio de 2007, p. 158, número 3768, p. 534.

Esta evaluación ofrece un correctivo a la crítica un tanto ácida del ya citado M. Karger, que juzga al libro “muy poco aterrizado” (zu wenig geerdet: “Lob und Widerspruch des Exegeten”). Depende de qué se entienda por “aterrizado”. Si sólo se tiene en cuenta un parámetro puramente sociológico, se lo puede conceder. Pero la vida en el mundo es algo más que la mera perspectiva económica.

[21] Exégeta francés, activo en el Institut Catholique de París y actual miembro de la Pontificia Comisión Bíblica. Una de sus obras es citada en este libro del Papa, Jesus von Nazareth, pp. 157- 158.

[22] La Documentation Catholique, 17 de junio de 2007, número 2382, p. 579.

[23] Se promete otro, que tratará de los Evangelios de la Infancia de Cristo, su Pasión y Resurrección (ibid., 23).

[24] “Hijo del hombre”, “el Hijo”, “Yo soy”.

[25] Falta la consideración de los milagros, por ejemplo.

[26] Como lo es en la realidad de los mismos Sinópticos, la consideración se abre con una primera “Voz del Padre” sobre un Jesús mezclado con los pecadores en el Jordán, para culminar con casi la misma “Voz” ante el próximo, ignominioso y a la vez triunfante “éxodo” de Jesús (ver: Lucas 9, 31) en su Pascua desde el Calvario hacia la gloria.

[27] Jesus von Nazareth, pp. 278, 309-310 (afirma aquí expresamente: “Tenemos que completar la imagen de Moisés, porque sólo así sale a la luz la imagen de Jesús que Juan tiene ante los ojos. El punto central del que hemos partido en este libro y hacia el cual una y otra vez hemos vuelto, consiste en que Moisés habló cara a cara con el mismo Dios, “como los hombres hablan entre sí” (Exodo 33, 11: ver: Deuteronomio 34, 10). Sólo porque él hablaba con Dios, podía llevar a los hombres la palabra de Dios. Pero sobre esta inmediatez con Dios, que está en el meollo del envío de Moisés y que es su fundamento más íntimo, hay con todo una sombra… Jesús es la palabra de Dios, que viene de la visión vital, de la unión con él”. Destaques nuestros). “En el curso de la conversación con Dios destella la luz de Dios sobre él (Moisés) y lo vuelve a él mismo irradiante. Pero, por decirlo así, se trata de un brillo que le viene de fuera, que él mismo deja brillar ahora. Pero Jesús brilla desde dentro, él no recibe luz, él mismo es luz de luz” (ibid., p. 358).

[28] Exodo 33, 11.

[29] Deuteronomio 34,10.

[30] Exodo 33, 23.

[31] Deuteronomio 18, 15.

[32] Juan 1, 18.

[33] Juan 1, 17.

[34] Jesus von Nazareth, p. 50.

[35] Jesus von Nazareth, p. 79.

[36] Jesus von Nazareth, p. 92.

[37] Así, cuando Jesús promete la bienaventuranza a los que son perseguidos “a causa de mí” (mateo 5, 11), está dando a su “yo” una capacidad normativa que nadie ha pretendido antes. Es el punto constitutivo de todo el “Sermón del monte” (ibid., 120–122). Enlaza aquí con el controvertido tema de las “religiones”, que para un cristiano jamás podrán ser igualadas a la que tan fuertemente coloca al “único” capaz de mediar la salvación: Jesucristo (Ibid., 122–123). Es sabido todo el revuelo que causó la Declaración “Dominus Jesus” (setiembre del 2000) al respecto. Fueron inconsideradas las críticas que, desde ciertos sectores “teológicos”, se dispararon contra Joseph Ratzinger, por entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

[38] Mateo 19, 20.

[39] Levítico 19, 2; 11, 44.

[40] Ibid., 136–137. Repetidas veces se referirá el autor a este libro de J. Neusner. Ya en la p. 94 declaraba: “Esta disputa respetuosa y franca del judío creyente con Jesús, el hijo de Abraham, me ha abierto los ojos más que otras interpretaciones que conozco acerca de la grandeza de la palabra de Jesús y la decisión ante la que nos coloca el Evangelio” (ibid. , 99). Al que cita expresamente entre las lecturas que nutrieron su juventud en las décadas de los 30 y los 40 (Adam Karl August von Eschenmayer, Romano Guardini, F. M. Willam, Giovanni Papini, Daniel Rops: ibid., 10).

[41] Del cual se solía decir que supo unir “die römische Klarheit mit der deutschen Tiefe” (“la claridad romana con la profundidad germana.”) Fue hijo de un embajador italiano en Alemania. Igual sensación de nitidez y hondura causa la lectura de toda la producción de Ratzinger.

[42] R. Guardini, La esencia del Cristianismo, Madrid; 1945; p. 43. En páginas anteriores había puesto de relieve la singularidad de Jesús. Budha fue un gran espíritu religioso, pero en principio dice lo que podría proponer otro hombre cualquiera. Lo que hace es indicar el camino que existe también sin él y con la vigencia de una ley universal. La persona misma de Budha no se halla dentro del ámbito de lo propiamente religioso (ibid., p. 19). Jesús, en cambio, dirá: “Yo soy el camino” (Juan 14, 6). Más aún, tanto Moisés (“personalidad religiosa de grandes dimensiones”; ibid., p. 19), como los profetas de Israel y posteriormente los apóstoles “son portadores del Mensaje, obreros en la gran obra, pero nada más. Lo esencial sólo les ha sido confiado. Más aun, es característico de su existencia que están llamados a proclamar algo que sobrepasa por naturaleza su propio ser y su propia capacidad. De aquí se deriva para ellos no sólo grandeza, sino también una profunda problematicidad, una desproporción entre sus palabras y su ser, que las más potentes personalidades de entre ellos han sentido tanto más intensamente” (ibid., p. 21).

[43] R. Guardini, La esencia del Cristianismo, p. 68.

[44] Mateo 25, 31-46.

[45] Jesus von Nazareth, p. 48.

[46] Lucas 15, 11–32.

[47] Jesus von Nazareth, pp. 149-150.

[48] Juan 4, 34.

[49] Juan Luis Segundo, El hombre de hoy ante Jesús de Nazaret, Madrid;1982; 3 vols. Siguen todavía algunos tratando de mantener la vigencia de este escritor, exhumando sus charlas inéditas: Ese Dios; Juan Luis Segundo; versión desgrabada de sus charlas, Montevideo; 2006. Jon Sobrino, Jesús en América Latina – Su significado para la fe y la cristología, Santander; 1982. La Notificación de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre las obras de este autor 14 de marzo de 2007; tiene que ver con la presentación desdibujada que ofrece de la divinidad de Cristo, dada la preponderancia concedida a su preocupación sociológica. Pero en el mismo año en que se publica la esclarecedora obra de Benedicto XVI, se edita en España: José Antonio Pagola, Jesús, aproximación histórica, Madrid; 2007, estudio con óptica totalmente racionalista, recalentando esquemas bultmannianos, que reducen nuevamente a Jesús a “Elías, Jeremías o alguno de los profetas” ver Mateo 16, 14. A Dios gracias, no ha faltado una inteligente e incisiva crítica de esta obra, debida a José Antonio Sayés: Jesús, aproximación histórica de José Antonio Pagola, que puede ser consultada en el internet en mercaba.org. Entre muchas justas observaciones de Sayés, seleccionamos este pequeño ramillete: “Su método [de Pagola] irá reduciendo siempre todo lo trascendente a una pura experiencia interior [de Jesús].” “Reduce el Reino a la dimensión social.” “Trata a Jesús como un creyente fiel.” A propósito recuerda Sayés justamente el libro de Benedicto XVI y la impresión que brinda del Rabino Neusner, quien percibió mucho más lúcidamente la singularidad distintiva de Jesús que estos religiosos y profesores “católicos.”

[50] Que estudiara ciencias bíblicas en L’École Biblique et Archéologique de Jerusalén.

[51] Cesar Augusto Franco Martínez, La Pasión de Jesús según San Juan, Madrid; 2005; p. 26.

[52] Jesus von Nazareth, p. 270.

[53] Jesus von Nazareth, p. 270.

[54] 1 Juan 1, 1.

[55] “Hijo del hombre”, “el Hijo”, “Yo soy”.

[56] Jesus von Nazareth, p. 143.

[57] Fuente Q: Mateo 11, 25 y Lucas 10, 21.

[58] Jesus von Nazareth, pp. 390-392.

[59] Efesios 3, 8.

[60] Me parece ejemplar la réplica a las dudas que alimenta Pierre Grelot sobre el sentido de la confesión de Pedro (Mc 8, 27–33). Jesus von Nazareth, 341–344.

[61] Como hemos venido notando: Bultmann, Hengel, Neusner, etc.

[62] Una presentación no puede dar cuenta de la total riqueza de este trabajo. Así, por ejemplo, nada hemos indicado sobre la meditación penetrante y extensa – tal es la riqueza escondida en lo que parece ya cotidiano y rutinario – de la “Oración del Señor”, el “Padre Nuestro”; ibid., pp. 161–203.

[63] Erich Zenger, Das Jesus Buch von Benedikt XVI en: forum.herderdorrespondenz@herder; 3 de octubre de 2007.

[64] Wolfgang Stegemann, Der historische Jesus ist ein Konstrukt der Wissenschaftler en: ibid., 12 de junio de 2007.

[65] Todo lo que se recibe es recibido según el modo del que recibe.

[66] Con base ampliamente kantiana, para cuya perspectiva el “objeto” es creado por el hombre, siendo el resultado de los fenómenos, ordenados por las categorías a priori.

[67] Richard Rorty, Di lá dal realismo e dal antirealismo: Heidegger, Fine, Davidson, Derrida. Citado por: Vittorio Possenti en: Terza navigazione. Nichilismo e metafisica, Roma, publ. por Armando Editori; 1998; p. 52, n. 18 y p. 341, n. 23. Si entramos en el reino de lo arbitrario, si no existen el bien y el mal, tampoco vale la pena abogar por un pluralismo u otras soluciones. Si nadie puede ser “guardián de la verdad”, no se ve el interés en permitir tantos ladrones de las conciencias, en lugar de uno solo. En una entrevista de Rorty a un periodista complaciente, el Card. Ratzinger figuraba como uno de estos “guardianes”, que había que apartar. I neocons americani non hanno detto nulla di originale en: La Repubblica, 24 de septiembre de 2004 tomado de: Giuseppe Giacomo Nastri: Il pensiero moderno come anti-religione, Roma; 2006; pp. 220-221, y notas 3 y 4. publ. por Armando Editore; 2006.