mitra

Daniel Iglesias Grèzes

Una de las múltiples objeciones esgrimidas por los críticos anticristianos en contra de la fe de la Iglesia se basa en el supuesto influjo del mitraísmo sobre el cristianismo. La tesis que queremos analizar y refutar aquí es ésta: el cristianismo ha surgido fundamentalmente del mito de Mitra, transmutado mediante algún proceso psico-sociológico en el Cristo de la fe.

En primer lugar se debe notar que las “soluciones mitológicas” al problema de Jesucristo son muy numerosas: Hay quienes sostienen que las primitivas comunidades cristianas transfirieron a Jesús “su fe en un mito solar (Dupuis), o las creencias del alegorismo alejandrino (Bauer) o un culto oriental de la crucifixión como acto litúrgico (Du Jardin). O, no es sino la caricatura del dios indio Agni o del héroe babilónico Gilgamesh o del dios del sol de Canaán.”[1] Agrego que otros “expertos” sostienen que Jesús fue un extraterrestre o un hongo alucinógeno o un fakir formado en la India o… mil disparates más.

En segundo lugar subrayo que, a pesar de que todas esas soluciones mitológicas son incompatibles entre sí, sus proponentes las presentan habitualmente como resultados definitivos de la investigación científica. He aquí un caso flagrante de deshonestidad intelectual. Alfred Loisy[2] ironizó sobre las “alborotadas conjeturas de los mitólogos” y escribió: “Las presuntas conclusiones definitivas de estos señores no hay necesidad de tomarlas muy a lo trágico.”[3] Y Loisy era uno de ellos…

Veamos ahora qué se sabe con respecto al mitraísmo. Fue un culto al dios solar Mitra que floreció en Roma y en otras partes del Imperio Romano en los siglos II y III D.C.[4] No se conoce ningún texto sagrado de esta religión, por lo cual lo poco que se sabe de ella proviene de hallazgos arqueológicos o de indicios aislados. El origen de este culto es muy discutido entre los estudiosos. Dado que en las antiguas religiones de Persia y de la India existieron dioses de nombres parecido[5] algunos han postulado una relación genética entre una de estas religiones y el mitraísmo. En particular el belga Cumont propuso la hipótesis de un origen persa del culto de Mitra. La obra de Cumont tiene algunas debilidades y continúa siendo debatida. De todos modos no es posible probar que las características propias del culto romano de Mitra provengan de la antigüedad persa. Mitra – o un dios de nombre semejante – era una deidad inferior en el panteón persa y en el hindú, que al parecer no recibió ningún culto litúrgico especial en Persia. El mitraísmo fue sólo una de las muchas “religiones de misterios” que proliferaron en el Imperio Romano en los primeros siglos de la era cristiana y compitieron con el cristianismo. Además de la religión pagana oficial de Roma, existían los cultos mistéricos de Osiris, Isis, Adonis, Cibeles, etc. Todos estos cultos mistéricos eran “religiones esotéricas”, es decir sectas cerradas reservadas a relativamente pocos iniciados en los misterios respectivos. El culto de Mitra excluía a las mujeres, pero no prohibía la pertenencia simultánea del iniciado a otra religión. Mitra era adorado en pequeños templos con forma de cueva, presididos por una estatua que representaba a Mitra sacrificando un toro. El sentido de este sacrificio es discutido; probablemente tiene relación con la astrología. En esos templos los fieles realizaban sus ritos, entre los cuales se destacaban los ritos de iniciación y los banquetes sagrados.

Pasemos ahora a las supuestas influencias del mitraísmo sobre el cristianismo. De las muchas supuestas semejanzas afirmadas por los partidarios del origen “mitrano” del cristianismo, sólo una podría tener un sustento histórico plausible: la referida a la fecha de celebración de la Navidad. La fecha exacta del nacimiento de Jesús es desconocida. Los evangelios no dan ningún dato preciso al respecto. Desde el siglo II se comenzó a celebrar la Navidad el 6 de enero. La mayoría de las Iglesias de Oriente continúan celebrándola ese día, de lo cual se deduce que la fecha exacta de la Navidad no afecta a la esencia del cristianismo. Durante el siglo IV un Papa determinó que la Navidad se celebrara el 25 de diciembre. Es probable que la motivación principal de este cambio de fecha fuera el deseo de competir con el culto pagano y el culto de Mitra, que celebraban ese mismo día[6] la fiesta del nacimiento del Sol invicto. Cronológicamente el 25 de diciembre en Roma fue primero una fiesta pagana, adoptada luego por los fieles de Mitra y luego por la Iglesia Católica. La celebración de la Navidad el 25 de diciembre se extendió pronto a todo el Occidente y a Oriente. No tiene ningún sentido hablar aquí de un “plagio”, concepto totalmente inaplicable en este contexto. Ni el paganismo, ni menos aún el mitraísmo, tenían ningún derecho monopólico sobre esa fecha. El cambio de fecha de la Navidad fue una decisión legítima y conveniente de la autoridad eclesiástica. Éste es un caso notable del “poder de asimilación” del cristianismo, que el gran teólogo del siglo XIX John Henry Newman[7] consideró una de las siete notas que permiten distinguir un desarrollo auténtico de la doctrina cristiana de una corrupción de la misma. El resto de las supuestas semejanzas entre mitraísmo y cristianismo cabe en alguna de estas tres categorías:

Semejanzas inexistentes – frutos de la imaginación de algún autor

En este rubro ubicamos la supuesta utilización en los banquetes sagrados “mitranos” de las mismísimas palabras que Jesús pronunció en la Última Cena para instituir la Eucaristía. Este desvarío se puede encontrar en algunos de los muchos sitios web anticristianos que recurren a la “hipótesis mitológico-mitrana”.

Semejanzas como resultado de desarrollos independientes – Frutos de la universal tendencia religiosa del ser humano

En este rubro ubicamos la existencia en ambos cultos de procesos de iniciación muy diferentes entre sí, de ritos de purificación con agua con significados muy diferentes, de sacrificios o banquetes rituales. La Santa Misa es un sacrificio-banquete sumamente diferente de los respectivos ritos “mitranos”, etc.

Semejanzas como resultado de influencias en sentido inverso es decir, del cristianismo al mitraísmo

En este rubro podríamos ubicar la adoración de pastores y magos en el nacimiento de Mitra. No incluyo aquí el supuesto nacimiento de Mitra de una virgen sólo porque, según mis modestas investigaciones, Mitra no nació de una virgen sino de una roca.

Más allá de estos gruesos errores históricos, la tesis que estamos analizando adolece de una grave falencia lógica. La estructura general del argumento “mitológico-mitrano” tiene la forma siguiente:

Premisa 1: Existen analogías entre el cristianismo y el mitraísmo.

Premisa 2: El mitraísmo es una religión falsa.

Conclusión: El cristianismo es una religión falsa.

Aunque diéramos por buenas ambas premisas, es evidente que en este razonamiento hay algo que no funciona. En este pseudo-silogismo falta una conexión lógica, ya que la conclusión no se deduce de las premisas.

Dos cosas son análogas cuando entre ellas existen semejanzas y desemejanzas. Para que el razonamiento fuera correcto habría que demostrar que la semejanza se da en un elemento esencial a ambas religiones y que tal elemento resulta falso en el mitraísmo. Pero en el argumento mitológico-mitrano falta esa demostración.

No sólo no está probado que Cristo es un mito semejante al de Mitra, sino que está probado precisamente lo contrario: que Jesucristo pertenece a la historia y no al mito.

Por lo demás, en la perspectiva cristiana no resulta en modo alguno preocupante que existan analogías entre el cristianismo y otras religiones antiguas o modernas. Todo lo que hay en éstas de verdadero y bueno resulta ser una providencial preparación al Evangelio de Jesucristo; lo que hay en ellas de erróneo o malo es resultado de la limitación o el pecado del hombre.

Concluyo con una magnífica cita de Jean Guitton: “Los historiadores del tercer milenio, que lleguen a descubrir una breve biografía de Napoleón salvada casualmente de una catástrofe atómica, si emplean los mismos métodos que se han seguido con Jesús, demostrarán que la epopeya napoleónica no es más que un mito. Una leyenda en la que los hombres del lejano siglo XIX han encarnado la idea preexistente del “Genial Caudillo”. Las expediciones en el desierto y entre las nieves, su nacimiento y muerte en una isla, su mismo nombre, su caída, su resurgimiento, su recaída bajo los golpes de la envidia y de la reacción, el exilio en medio del océano. “De todo esto resulta evidente que Napoleón nunca existió. Se trata del eterno mito del Emperador; acaso es la misma idea de Francia a la que un desconocido grupo de fanáticos patriotas ha dado un nombre, una existencia y una empresa fantásticas a comienzos del siglo XIX”, dirán infinitos expertos. Es decir, los sucesores de esos especialistas que aplican ese método al problema de Jesús de Nazaret.”[8]

 

 


[1] Vittorio Messori, Hipótesis sobre Jesús, Ediciones Mensajero, Bilbao 1978, p. 90.

[2] Famoso teólogo católico disidente de principios del siglo XX.

[3] Opus cit., pp. 105 y 97

[4] Nótese: ¡después de Cristo!

[5] Mithra, Mithras, etc.

[6] Debido al solsticio de invierno.

[7] En su célebre Ensayo Sobre el Desarrollo de la Doctrina Cristiana.

[8] Op. cit. p. 157.