valores

Con este nombre el Presidente del Pontificio Justicia y Paz de la Santa Sede, Cardenal Renato Raffaele Martino, pronunció en la ciudad de La Plata, Argentina, una conferencia magistral donde toca puntos claves de la doctrina social de la Iglesia. Las relaciones entre la política, los valores, el bien común y la Eucaristía son analizadas en forma diáfana por este directo colaborador del Santo Padre Benedicto XVI en los temas de la Justicia y la Paz en el Mundo. Cierra con el broche de oro de las Bienaventuranzas del Político que redactara su antecesor en el cargo, el fallecido Cardenal Van Thuan, responsable de la elaboración del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. Lectura muy recomendable para los estudiosos de la doctrina social y para toda persona de buena voluntad.

Prof. Dr. Carlos Alvarez Cozzi

Renato Raffaele Martino

Saludo a todos los aquí presentes, y dirijo un agradecimiento particular a S.E. Mons. Héctor Aguer, Arzobispo de La Plata por la amable invitación que me hizo llegar, invitación que acepté con mucho gusto. La reflexión que deseo compartir hoy con ustedes se refiere a las exigencias de trabajar por la construcción del bien común. El cual compete a todos los miembros de una sociedad, pero de manera particular a los hombres y mujeres de la política. Quiero proponerles estas reflexiones sobre todo a partir de las exigencias que brotan de la participación en la Eucaristía. Indicaré algunas de las implicaciones que comporta el culto eucarístico en la búsqueda del bien común, los principios y valores que deben orientar a la política, y a los fieles cristianos que se dedican a esta necesaria tarea, a la luz del culto eucarístico.

La tercera parte de la Exhortación apostólica post sinodal “Sacramentum Caritatis” nos ofrece una amplia y densa reflexión sobre la relación existente entre la Eucaristía y nuestra vida cotidiana, entre el culto eucarístico y nuestro compromiso en el mundo.[1]

El culto cristiano, que tiene su cima en el culto eucarístico, abarca todos los aspectos de la vida. Cada acción humana, cada opción del cristiano debe estar dirigida a darle gloria a Dios, y la gloria de Dios es el hombre viviente. El culto a Dios es verdadero cuando se promueve la vida del hombre. La Eucaristía es fuente de fuerza e inspiración para que todo cristiano no decaiga en su entusiasmo por cumplir con las responsabilidades de su vida presente. Juan Pablo II nos recordaba en la encíclica social conmemorativa de la Populorum Progressio, que la Eucaristía es banquete de comunión fraterna que compromete a realizar esta comunión no sólo en torno al altar, sino en toda la vida, amando y sirviendo a los hermanos. El Señor, mediante la Eucaristía –sacramento y sacrificio– nos une a Él y nos une a los demás con un vínculo más fuerte que cualquier otra unión natural, y unidos nos envía al mundo entero para dar testimonio, con la fe y con las obras, del amor de Dios, preparando la venida de su Reino y anticipándolo en medio de las sombras del mundo presente: “Quienes participamos de la Eucaristía estamos llamados a descubrir, mediante este Sacramento, el sentido profundo de nuestra acción en el mundo en favor del desarrollo y de la paz; y a recibir de él las energías para empeñarnos en ello cada vez más generosamente, a ejemplo de Cristo que en este Sacramento da la vida por sus amigos.[2] Como la de Cristo y en cuanto unida a ella, nuestra entrega personal no será inútil sino ciertamente fecunda.”[3]

El sacrificio salvífico de Cristo, que tiene en la Eucaristía su signo indeleble, hace nacer en quien participa en su celebración una respuesta viva de amor y compromiso. Esta respuesta, a ejemplo del amor de Cristo, está destinada a proyectarse en el servicio concreto a todos aquellos que se encuentran por el camino de la vida, especialmente a los más necesitados. La exigencia de evangelizar y dar testimonio de nuestra fe encuentra en la Eucaristía no sólo “la fuerza interior para dicha misión, sino también, en cierto sentido, su proyecto. En efecto, la Eucaristía es un modo de ser que pasa de Jesús al cristiano y, por su testimonio, tiende a irradiarse en la sociedad y en la cultura.”[4]

Para dar un perfil adecuado de esta perspectiva en que se describe a la Eucaristía como un modo de ser, quiero proponer algunas pistas de reflexión y de compromiso social y político.

La primera pista es la de la solidaridad. “A la luz de la fe, la solidaridad tiende a superarse a sí misma, al revestirse de las dimensiones específicamente cristianas de gratuidad total, perdón y reconciliación. Entonces el prójimo no es solamente un ser humano con sus derechos y su igualdad fundamental con todos, sino que se convierte en la imagen viva de Dios Padre, rescatada por la sangre de Jesucristo y puesta bajo la acción permanente del Espíritu Santo. Por tanto, debe ser amado, aunque sea enemigo, con el mismo amor con que le ama el Señor, y por él se debe estar dispuestos al sacrificio, incluso extremo: “dar la vida por los hermanos.”[5]

Siendo miembros de un mismo cuerpo, que es la Iglesia, los cristianos no pueden prescindir de esta pertenencia común. Todos deben sentirse responsables y solidarios los unos de los otros. Deben saber romper esa coraza de indiferencia que amenaza de encerrarlos en su egoísmo y aislarlos, para hacerse cargo de las necesidades del prójimo, optando por el camino del compartir, que es una manifestación concreta de la solidaridad. en efecto, compartir significa entrar en relación con los demás para ofrecerles, bajo el signo de la gratuidad, el propio tiempo libre, las propias competencias profesionales, los propios dones de mente y de corazón, con el fin de ayudarles a superar las situaciones de dificultad.

Compartir también los bienes materiales. Aquí se toca el problema de lo superfluo y de lo necesario. Cuanto más vivo es el amor que lo cristianos nutren por sus hermanos más necesitados, tanto más se dan cuenta que lo superfluo debe ponerse a disposición de aquellos que están privados de lo necesario. El amor verdadero no tolera las desigualdades ni las injusticias. Es conocido el principio de la doctrina social de la Iglesia: “los bienes de este mundo están originariamente destinados a todos. El derecho a la propiedad privada es válido y necesario, pero no anula el valor de tal principio. En efecto, sobre ella grava una hipoteca social, es decir, posee, como cualidad intrínseca, una función social fundada y justificada precisamente sobre el principio del destino universal de los bienes.”[6]

La segunda pista se refiere a la disponibilidad para el servicio. La diaconía es una dimensión esencial de la vida cristiana y tiene su apoyo principal en la práctica de la caridad. Una comunidad para ser verdaderamente eclesial debe vivir bajo el signo del servicio, dedicada a los pobres y a cuantos viven en necesidad. Esto se vuelve la prueba para medir el éxito o el fracaso de la vida humana:: “Venid, benditos de mi Padre; […] Porque tuve hambre, y me disteis de comer…”; “Apartaos de mí, malditos; […] Porque tuve hambre, y no me disteis de comer…”[7] El primer servicio que el político hace al prójimo es el de realizar su trabajo cotidiano con honestidad y competencia, cultivando relaciones interpersonales civiles y de atención recíproca. Están también las necesidades fundamentales de los pobres, los marginados y explotados, los parados, las madres solteras o en dificultad, los niños de la calle, los discapacitados físicos o mentales, los inmigrantes, los presos, las prostitutas, etcétera, que esperan respuestas y soluciones adecuadas.

La tercera pista es la de la justicia social. No basta hablar de justicia social, es necesario vivir y actuar para hacerla realidad. La Iglesia sabe que no debe intervenir en las cuestiones particulares, cuyas soluciones deben estudiarse y proponerse por los cristianos laicos, pero no renuncia a su función profética, crítica y educadora, dirigida a iluminar las diversas situaciones con la luz del Evangelio e indicar a los cristianos una opción de campo a favor de los pobres y oprimidos, en el respeto de un legítimo pluralismo con respecto a las opciones sociales y políticas, que no estén en contraste con los principios de la fe cristiana.

Educar en el sentido de la justicia significa comprometerse en la defensa y promoción de la dignidad y de los legítimos derechos de cada persona humana.

El compromiso de la política y de los políticos, especialmente si éstos se definen cristianos, por crear estructuras justas y solidarias. El Papa Benedicto XVI nos recuerda la importancia de lo que durante el Sínodo pasado se denominó coherencia eucarística, a la que todos estamos llamados, subrayando su importancia particular “para quienes, por la posición social o política que ocupan, han de tomar decisiones sobre valores fundamentales… Estos valores no son negociables. Así pues, los políticos y los legisladores católicos, conscientes de su grave responsabilidad social, deben sentirse particularmente interpelados por su conciencia, rectamente formada, para presentar y apoyar leyes inspiradas en los valores fundados en la naturaleza humana. Esto tiene además una relación objetiva con la Eucaristía.”[8] El fiel cristiano laico, en virtud de su condición secular y “formado en la escuela de la Eucaristía, está llamado a asumir directamente la propia responsabilidad política y social. Para que pueda desempeñar adecuadamente sus cometidos hay que prepararlo mediante una educación concreta a la caridad y a la justicia. Por eso […] es necesario promover la doctrina social de la Iglesia y darla a conocer en las diócesis y en las comunidades cristianas. En este precioso patrimonio, procedente de la más antigua tradición eclesial, encontramos los elementos que orientan con profunda sabiduría el comportamiento de los cristianos ante las cuestiones sociales candentes.

Esta doctrina, madurada durante toda la historia de la Iglesia, se caracteriza por el realismo y el equilibrio, ayudando así a evitar compromisos equívocos o utopías ilusorias.”[9] Con fundamento en este precioso patrimonio, a cuyo servicio se encuentra el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, permítanme hacer algunas reflexiones en torno al compromiso de los cristianos en el ámbito de la política.

La Iglesia cuando en sus documentos sociales toca las realidades temporales como la política, lo hace consciente de que se está moviendo en un campo técnico, en el cual no tiene derecho de intervenir sin razón. Se sabe y se acepta limitada, y afirma que su intervención en esta área de la vida humana es, ante todo, como maestra de moral. No manifiesta, por tanto, preferencias por un determinado sistema, lo que le interesa es que la dignidad del hombre venga respetada y promovida.[10]

Recientemente, Benedicto XVI se refirió a esta misión moral, afirmando que “la Iglesia sabe que no le corresponde a ella misma hacer valer políticamente su doctrina, ya que su objetivo es servir a la formación de la conciencia en la política y contribuir a que crezca la percepción de las verdaderas exigencias de la justicia y, al mismo tiempo, la disponibilidad para actuar conforme a ellas, aun cuando esto estuviera en contraste con situaciones de intereses personales.”[11] Por ello la doctrina social de la Iglesia tiene como tarea principal iluminar con sus principios la vida del hombre en la sociedad, y uno de estos principios es el del bien común, que el Concilio define en pocas palabras como “el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección.”[12]

La política es una manera exigente … de vivir el compromiso cristiano al servicio de los demás. El servicio es la modalidad típica que la presencia y la actividad del cristiano asume en el ámbito social y político.[13] Entre aquellos que en ámbito político tienen las responsabilidades más elevadas con respecto a las personas y a la cosa pública, no faltan – y no deben faltar los cristianos – . Resulta superfluo recordar la complejidad de las problemáticas que el político, y el político cristiano, encuentran y enfrentan en las administraciones públicas, tanto a nivel local como nacional e internacional. La política es mucho más inestable de lo que pueda pensarse, sometida como está a tensiones que provienen de múltiples frentes. A pesar de ello, el cristiano no puede descuidar el ámbito político. La política no es sólo parte constitutiva y elemento decisivo de la vida de las personas y de un país, para el cristiano es también el ámbito más elevado para ejercer la atención y el servicio a los hermanos, es decir, para vivir la caridad.

Para que este propósito se logre es necesario poner en evidencia, primero a nivel de reflexión y luego a nivel estructural y de opciones particulares, la necesidad de la dimensión ética de la política, no como dimensión facultativa, sino constitutiva, de la cual depende no sólo la calidad de la vida de las personas, de las familias, de las instituciones y del Estado, sino más radicalmente, su supervivencia. Desatender la dimensión ética conduce inevitablemente hacia la deshumanización de la vida y de las instituciones públicas, transformando la vida política en una jungla donde impera la ley del más fuerte. La Iglesia con su doctrina social no dicta leyes a los poderes públicos, ni se declara políticamente a favor de una parte o de otra, su intención es más bien salvar la persona del hombre, renovar la sociedad humana.[14]

De frente a esta perspectiva de humanización, las situaciones locales y los eventos mundiales parecen con frecuencia tomar el rumbo contrario.

El caminar de la sociedad se hace pesado dondequiera a causa de lo que ha sido individuado como “estructuras de pecado”. Son “estructuras de pecado”, por ejemplo, la explotación organizada de menores y de la prostitución, el comercio de armamentos y el mantenimiento de guerras y conflictos civiles, la corrupción política, el narcotráfico, la organización de operaciones de limpieza étnica, las legislaciones que favorecen la discriminación racial, y otras terribles realidades semejantes.

El cristiano, que está motivado por la caridad y la justicia, no puede aceptar pasivamente la presencia y funcionamiento de “estructuras de pecado”, mucho menos sostenerlas o ser responsable a cualquier nivel. Como el pecado pide al cristiano un rechazo preciso y una lucha interior y exterior, así las “estructuras de pecado” exigen no un cómplice silencio, sino una franca denuncia y una clara oposición.

El compromiso de los cristianos en el ámbito del ejercicio del poder. El cristiano no desdeña asumir responsabilidades públicas, especialmente cuando a ello es llamado por la confianza de sus conciudadanos, según las reglas democráticas. El poder es una función necesaria para toda realidad social e institución pública; es una condición indispensable para el buen funcionamiento y para la persecución de los fines institucionales. El problema está constituido por las modalidades de su ejercicio. Quien ocupa puestos de autoridad y ejercita el poder, con frecuencia lo hace instrumento para el provecho personal, fuente de enriquecimiento o motivo de superioridad y hasta de violencia. El poder así entendido y ejercitado, anula la dignidad de los sujetos que componen el cuerpo social. no pocas veces ha sucedido también que los cristianos han justificado el propio poder o el de otros en nombre de hipotéticos bienes y presuntos valores más altos que defender.

De frente a expresiones éticamente incorrectas en el ejercicio del poder, a todos los niveles y en cualquier ámbito, el cristiano opondrá un rechazo neto, aún a costa de “pérdidas” personales. Cuando el cristiano es llamado a asumir y ejercer el poder, nunca deberá ceder a la tentación de hacerlo un instrumento de injusticia y de violencia; sería una clara negación de la fe cristiana que dice profesar, de la caridad que le debe caracterizar y, por ende, del verdadero culto eucarístico.

El cristiano laico tiene el compromiso de individuar, en las situaciones concretas, los pasos que realmente se deben y pueden dar para poner en práctica la fe, los principios y los valores morales. Este compromiso se vuelve problemático cuando el cristiano está llamado a elegir y valorar las opciones de otros en ámbitos o realidades que implican valores éticos prioritarios, como el carácter sagrado de la vida, la indisolubilidad del matrimonio, la investigación científica, las opciones económicas que deberán influir en la vida de los ciudadanos, especialmente de los más pobres. Son éstas y otras muchas las situaciones en las que los políticos, y los políticos cristianos se encuentran cotidianamente. Una situación emblemática está constituida por el sistema democrático.

En ocasiones sucede que, a través del juego de la democracia, se aprueban leyes contrarias a los principios y valores que un cristiano vive y propone. El cristiano se encuentra entonces ante una dificultad: o abdicar a sus valores y principios, o abandonar el camino de la democracia y de la convivencia social.[15] En estas situaciones complejas y difíciles, se buscará aprovechar el valioso patrimonio de algunos criterios fundamentales para juzgar y decidir:

El primero se refiere a la distinción y a la vez a la conexión entre el orden legal y el orden moral: éste es un criterio cada vez más necesario en el contexto de sociedades plurales y con legislaciones civiles que tienden a alejarse de los valores y principios morales inmutables y universales.

El segundo criterio es la fidelidad a la propia identidad y, al mismo tiempo, la disponibilidad al diálogo con todos y sobre todo.

El tercer criterio se refiere a la necesidad que –en su compromiso social y político–, el cristiano laico crezca cada vez más en una triple e inseparable fidelidad: a los valores “naturales”, respetando la legítima autonomía de las realidades temporales; a los valores “morales”, promoviendo la intrínseca dimensión ética de todo problema social y político; a los valores “sobrenaturales”, cumpliendo sus deberes en el espíritu de Jesucristo, es decir con su gracia y con su caridad.[16]

Otro ámbito difícil es la elección de los instrumentos políticos, es decir, del partido y de las demás expresiones de la participación política. Una vez más la opción se ubica entre la coherencia con los valores, con los ideales de la fe y del Evangelio y las posibilidades históricas. Es necesario, ante todo, recordar el fundamento ético del actuar político; fundamento que hace de la política una expresión, ciertamente elevada y ardua, de la caridad. Cualquier opción concreta sería incorrecta si no estuviese enraizada en la caridad, es decir en la búsqueda del bien de las personas, del bien común. Es también necesario recordar que la fe cristiana nunca podrá “traducirse” en una única ubicación política; pretender que un partido o una preferencia política coincidan con las experiencias de la fe y de la vida cristiana sería un equívoco peligroso.

Será necesario poner una particular atención para salvar algunas distinciones precisas: entre la fe, ante todo, y las opciones históricas, especialmente en ámbito social y político. Además, entre las opciones que el cristiano, en particular o asociado, puede realizar en base a las propias valoraciones de oportunidad, y aquellas que puede realizar la comunidad cristiana en cuanto tal. La opción de un partido o de una preferencia política puede ser hecha sólo por personas individuales y a título personal. Una diversidad en la opción será legítima, en cuanto se hace por partidos y posiciones que no contradicen la fe y los valores cristianos.

El Papa Benedicto XVI ha hecho algunas consideraciones acerca de los valores e ideales que se han forjado o profundizado por la tradición cristiana, y que muchos comparten porque se basan en la naturaleza humana. Estos principios y valores deben ser defendidos, no deben traicionarse. El Papa indica algunos ámbitos que requieren especial cuidado, en primer lugar la defensa de la centralidad de la persona humana: todas las estructuras sociales, económicas y políticas deben estar al servicio del hombre y no viceversa.

La política tiene sentido y razón de ser cuando sirve al bien común, por ello todos los hombres y mujeres de la política no deben desanimarse y deben seguir adelante en su esfuerzo por servirlo “actuando para que no se difundan ni se refuercen ideologías que pueden oscurecer o confundir las conciencias y transmitir una ilusoria visión de la verdad y del bien. Existe, por ejemplo, en el campo económico una tendencia que identifica el bien con el beneficio y de tal forma disuelve la fuerza del ethos desde el interior, acabando por amenazar el beneficio mismo. Algunos sostienen que la razón humana es incapaz de captar la verdad y, por lo tanto, de perseguir el bien que corresponde a la dignidad de la persona. Hay también quien considera legítima la eliminación de la vida humana en su fase prenatal o en la terminal.

Preocupante es además la crisis de la familia, célula fundamental de la sociedad fundada en el matrimonio indisoluble de un hombre y de una mujer. La experiencia demuestra que cuando la verdad del hombre es ultrajada, cuando la familia se mina en sus fundamentos, la paz misma está amenazada, el derecho corre peligro de verse comprometido y, como consecuencia lógica, se va hacia injusticias y violencias. Existe otro ámbito que os interesa mucho, y es el de la defensa de la libertad religiosa, derecho fundamental insuprimible, inalienable e inviolable, enraizado en la dignidad de todo ser humano y reconocido por varios documentos internacionales, entre ellos, sobre todo, la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. El ejercicio de tal libertad comprende también el derecho a cambiar de religión, que hay que garantir no sólo jurídicamente, sino también en la práctica diaria.

La libertad religiosa responde, en efecto, a la intrínseca apertura de la criatura humana a Dios, Verdad plena y sumo Bien, y su valoración constituye una expresión fundamental de respeto de la razón humana y de su capacidad de verdad. La apertura a la trascendencia constituye una garantía indispensable para la dignidad humana porque existen anhelos y exigencias del corazón de cada persona que sólo en Dios encuentran compresión y respuesta. ¡No se puede por lo tanto excluir a Dios del horizonte del hombre y de la historia! He aquí por qué hay que acoger el deseo común a todas las tradiciones auténticamente religiosas de mostrar públicamente la propia identidad, sin estar obligados a esconderla o mimetizarla.”[17]

El precioso documento eucarístico de Benedicto XVI, citado al inicio de mi intervención, nos recuerda la necesidad de la Eucaristía para reforzar el compromiso, nos habla del sentido del domingo como “dies Domini, dies Christi, dies Ecclesiae” y “dies hominis.” Es el día dedicado a recordar y renovar la presencia de Dios en nuestras vidas, el amor de Cristo por cada uno, nuestra pertenencia a una comunidad, a un Pueblo. Como “dies hominis”, es día de alegría, de descanso y de caridad fraterna. El domingo es referencia necesaria para que el tiempo de nuestra existencia terrena adquiera sentido, para que el “cronos” se transforme en “cairos”, para no olvidar la unión del cielo con la tierra, para que nuestra existencia no naufrague en el sin sentido de un tiempo vacío de Dios. En el compromiso por hacer de la política una actividad noble, un verdadero servicio a los hombres, es necesario el alimento del pan eucarístico y actuar a la luz que brota del Misterio tan sublime, porque “sine dominico non possumus.”[18]

Las bienaventuranzas del político. Termino mis reflexiones con las palabras de un verdadero adorador del misterio eucarístico, el hermano Obispo que me precedió como Presidente del Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, el Siervo de Dios, Cardenal Francisco Javier Van Thuân, quien cuando en 1975 lo encarcelaron injustamente, la pregunta más angustiosa que se hizo fue: ¿Podré seguir celebrando la Eucaristía? Y que durante sus 13 años de prisión continuamente recordaba la frase de los mártires de Abitene en el siglo IV, citada por la Sacramentum Caritatis: Sine Dominico non possumus! ¡No podemos vivir sin la celebración de la Eucaristía!

De él son las siguientes palabras, actuales, autorizadas y colmas de sabiduría evangélica. Ellas podrían sintetizar lo que hasta aquí he dicho sobre los deberes de la política y de los políticos:

Bienaventurado el dirigente político que entiende su papel en el mundo.

Bienaventurado el dirigente político que ejemplifica personalmente la credibilidad.

Bienaventurado el dirigente político que trabaja por el bien común y no por intereses personales.

Bienaventurado el dirigente político que es sincero consigo mismo, con su fe y con sus promesas electorales.

Bienaventurado el dirigente político que trabaja por la unidad y hace de Jesús el fulcro de su defensa.

Bienaventurado el dirigente político que trabaja por el cambio radical, se niega llamar bueno lo que es malo y utiliza el Evangelio como guía.

Bienaventurado el dirigente político que escucha al pueblo antes, durante y después de la elecciones y que siempre escucha a Dios en la oración.

Bienaventurado el dirigente político que no tiene miedo de la verdad ni de los medios de comunicación, porque en el momento del juicio responderá sólo ante Dios, no ante los medios de comunicación”.

Ciudad del Vaticano, sábado, 10 noviembre 2007.
Renato Raffaele Cardenal Martino
Presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz


[1] El título es muy significativo: “Eucaristía, Misterio que se ha de vivir”. Sacramentum Caritatis, nn. 70-97.

[2] cf. Juan 15, 13.

[3] Sollicitudo rei socialis, n. 48.

[4] Mane nobiscum Domine, n. 25.

[5] Sollicitudo rei socialis, n. 40.

[6] Sollicitudo rei socialis,, n. 42.

[7] Mateo 25,34-35; 41-42

[8] Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis, 83; cf. 1 Corintios 11,27-29.

[9] Id., n. 91.

[10] Cf. Sollicitudo rei socialis. 41; Quadragesimus Annus 41.

[11] Benedicto XVI, Discurso a los participantes en el encuentro promovido por la IDC, 21 de septiembre de 2007.

[12] Gaudium et spes, 26.

[13] Cf. Octogesima adveniens, 46.

[14] Cf. Gaudium et spes, 3.

[15] La respuesta que la Centesimus annus ofrece, prospecta un camino comprometido y con pasos progresivos: “No es de esta índole la verdad cristiana. Al no ser ideológica, la fe cristiana no pretende encuadrar en un rígido esquema la cambiante realidad sociopolítica y reconoce que la vida del hombre se desarrolla en la historia en condiciones diversas y no perfectas. La Iglesia, por tanto, al ratificar constantemente la trascendente dignidad de la persona, utiliza como método propio el respeto de la libertad”. Y añade: “La libertad, no obstante, es valorizada en pleno solamente por la aceptación de la verdad. En un mundo sin verdad la libertad pierde su consistencia y el hombre queda expuesto a la violencia de las pasiones y a condicionamientos patentes o encubiertos. El cristiano vive la libertad y la sirve (cf. Juan 8, 31-32), proponiendo continuamente, en conformidad con la naturaleza misionera de su vocación, la verdad que ha conocido. En el diálogo con los demás hombres y estando atento a la parte de verdad que encuentra en la experiencia de vida y en la cultura de las personas y de las naciones, el cristiano no renuncia a afirmar todo lo que le han dado a conocer su fe y el correcto ejercicio de su razón” (n. 46).

[16] Cf. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 569.

[17] Benedicto XVI, Discurso a los participantes en el encuentro promovido por la IDC, 21 de septiembre de 2007.

[18] Cf. Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis,73. 90. 95.