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Daniel Iglesias Grèzes

El MLN-T logró infiltrarse en la Iglesia

En 1962 se creó en el Uruguay un organismo de coordinación de varios grupos de “acción directa” de extrema izquierda. Muy pronto ese organismo dio lugar al Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros (MLN-T), la famosa guerrilla urbana del Uruguay. Los Tupamaros llevaron a cabo su primer acto violento en 1963 y fueron derrotados totalmente por las Fuerzas Conjuntas (es decir, la conjunción de las Fuerzas Armadas y la Policía) en 1972.[1] Al año siguiente, se produjo en Uruguay un golpe de Estado que estableció una dictadura militar, la cual se prolongó durante doce años (1973-1985).

Un documento oficial del MLN-T del año 1971 demuestra que este movimiento siguió una estrategia deliberada de infiltración en la Iglesia:

6. Las Iglesias. Le corresponden las generales de la ley señaladas en toda América Latina, incluso en el informe Rockefeller, cuando señala que uno de los pilares donde tradicionalmente se apoyó la dominación no sólo se tambalea, sino que se vuelve -a veces- activamente en contra. Irrumpe pues a favor de la Revolución con la lógica gama y matices aún reaccionarios que se dan como expresión de la lucha de clases. Podemos decir que nos apoyan, que nuestra experiencia en relación a ellas es altamente positiva, hemos penetrado en ellas del mismo modo que hombres de allí provenientes son excelentes compañeros y aún mártires nuestros como Indalecio Olivera.
Constituye pues un ámbito obligado para nuestra acción a varios niveles.”
Documento Nº 5 del MLN-T.

Esta estrategia de infiltración produjo frutos significativos.
Según un estudio del Ministerio del Interior sobre la composición del MLN-T en 1972, entre 946 integrantes de ese movimiento guerrillero que se encontraban detenidos, el 1% eran “religiosos”, término que seguramente abarcaba tanto a sacerdotes católicos como a pastores protestantes (cf. Alfonso Lessa, La Revolución Imposible. Los Tupamaros y el fracaso de la vía armada en el Uruguay del siglo XX, Editorial Fin de Siglo, Montevideo, 2004, 8ª Edición, p. 328, Cuadro 7). Suponiendo que esa “composición” de los miembros del MLN-T en prisión era similar a la del movimiento en su conjunto, y considerando que el MLN-T llegó a tener varios miles de militantes (sin contar sus meros simpatizantes), se deduce que en el Uruguay hubo varias decenas de sacerdotes y pastores que apoyaron activamente a la guerrilla. Una cantidad bastante importante, dado el tamaño no muy grande del clero nacional.[2]

Más allá del “núcleo duro” compuesto por esos sacerdotes “revolucionarios”, el MLN-T logró generar una corriente de simpatía o afinidad en amplios sectores del clero “progresista” del Uruguay.

En una entrevista que le efectuó en 1999 la Revista Umbrales (editada en Montevideo por los Padres Dehonianos), Mons. Marcelo Mendiharat, Obispo titular de Salto (la Diócesis más extensa del Uruguay) de 1968 a 1989, admitió que en cierto momento él había estado “de acuerdo con los tupamaros”:

¨- Sé que no te gusta hablar del exilio, pero es un tema obligado.
– Sí, me sigue sin gustar por miedo a justificarme y decir las cosas como para quedar bien, pero después de tantos años la cosa se vive distinta. Yo hablo mucho de la memoria selectiva y entonces de repente no selecciono bien y puedo contar cosas sin equilibrio por otros aspectos que la memoria ha descartado… Pero no tengo problemas en decir algunas cosas, como por ejemplo que yo estuve en principio de acuerdo con los tupamaros, que acompañé gente en un proceso y que a muchos los disuadí de entrar en la violencia, aspectos que para la Policía corroboraban la idea del ‘obispo tupamaro’…”

Habiendo sido acusado de colaborar con el MLN-T, Mons. Mendiharat dejó el país en 1974. Regresó en 1984, el año de las elecciones nacionales que determinaron el retorno a la democracia.

No juzgo las intenciones de Mons. Mendiharat, a quien aprecié en vida. Sólo traigo a colación una declaración suya, colocándola en su contexto. No pretendo juzgar a nadie, tampoco al Padre Zaffaroni, a quien me referiré a continuación. Sólo Dios es nuestro juez, en sentido absoluto.

El “caso Zaffaroni”

El más conocido de los sacerdotes tupamaros fue Juan Carlos Zaffaroni. Veamos lo que dice sobre él Efraín Martínez Platero, uno de los principales líderes tupamaros de aquella época:

En sus años de lucha armada, Martínez Platero comandó dos columnas -la 5 y la 10- en la primera de las cuales había jugado un papel muy importante el sacerdote católico (Juan Carlos) Zaffaroni. “Traía muchos católicos del interior y mucha gente que quería unirse al movimiento”, cuenta Martínez Platero. “Esas dos columnas, en las cuales estaba el Pepe Mujica, son las que más crecen, se transforman en las columnas políticas y dan origen al 26 de Marzo”. De acuerdo a su relato, fueron muchos los católicos que se incorporaron a la lucha armada.”
(Alfonso Lessa, 
o.c., Cap. 18: Efraín Martínez Platero: un histórico entre cuatro hermanos tupamaros, p. 173).

El sacerdote Juan Carlos Zaffaroni trabajó junto a los guerrilleros sobre fines de los 60, aunque primero sin incorporarse de manera orgánica al MLN. Luego de algunas discusiones, aceptó integrarse a la organización, en la que no permaneció demasiado tiempo. Finalmente dejó a los guerrilleros. “Pensaba que estábamos para la joda”, dijo al respecto Efraín Martínez Platero.” (Íbidem, nota 63).

En 1968 el Padre Zaffaroni publicó el libro “Cristianismo y Revolución”, en el cual pretendió justificar, en la perspectiva de la fe cristiana, los métodos violentos utilizados por las guerrillas latinoamericanas existentes en ese entonces (o sea, guerrillas marxistas).

“Filosóficamente, violencia significa el abuso de la fuerza. En este sentido, yo creo que el cristianismo debe condenar la violencia. Pero en el lenguaje corriente usamos la palabra “violencia” para referirnos a cualquier acto de fuerza. En este sentido, el cristiano no sólo puede sino que en muchos casos DEBE usar la fuerza. Por ejemplo, debe usar la fuerza para defender sus derechos o los derechos de su prójimo. En este sentido, el cristiano debe ser violento… Toda persona que puede usar la fuerza para proteger a un inocente perseguido, debe hacerlo. No hacerlo así es una indignidad.” Juan Carlos Zaffaroni, Cristianismo y Revolución, 1968.

(Allí este texto figuraba en inglés. La traducción es mía.)

“El Padre Juan Carlos Zaffaroni, educado en la Sorbona, hijo de un banquero uruguayo y ex sacerdote-obrero en una refinería de azúcar, insiste en que su único curso (camino) moral es apoyar la violencia y la revolución. “Es un problema de identificarse con los oprimidos, de reconocer la realidad en la que vivimos. Y la realidad del Uruguay es la violencia”.” (Time Magazine, Viernes 23 de agosto de 1968, Latin America: A Divided Church (América Latina: una Iglesia dividida), página 3 de 4).

La traducción del inglés es mía.

La moral católica tradicional incluía entonces e incluye ahora una doctrina muy elaborada sobre la insurrección legítima contra la tiranía. Esa doctrina, que está expuesta ya en la obra de Santo Tomás de Aquino (siglo XIII) y que había sido reafirmada en 1967 por el Papa Pablo VI en la encíclica Populorum Progressio, establece varias condiciones muy estrictas, que deben cumplirse simultáneamente para que dicha insurrección sea moralmente lícita. Es muy claro que esas condiciones no se cumplían en Uruguay en 1962-1972. Quizás por eso, de las sutiles distinciones y argumentos de la doctrina moral católica apenas quedan rastros en el simple discurso del P. Zaffaroni y de otros revolucionarios cristianos de aquellos tiempos. Distorsionando groseramente la doctrina tradicional de la Iglesia, éstos pretendían usar la fe cristiana para justificar la revolución socialista por la vía armada, aduciendo que la pobreza de los pueblos latinoamericanos era una forma de violencia de las clases dominantes contra las clases oprimidas, que legitimaba una respuesta violenta de estas últimas.

El ya referido libro de Alfonso Lessa (un excelente trabajo de investigación periodística) cita una pregunta que, con devastadora ironía, expone la irracionalidad de la visión ideologizada de la realidad que prevalecía entre los revolucionarios uruguayos que pusieron las bases del MLN-T en 1962:

“El periodista argentino Pablo Giussani ha comparado la postura de Sendic (Raúl Sendic, principal líder tupamaro en la época de la guerrilla) con antiguas costumbres tribales de grupos indígenas del Amazonas: “¿Qué diferencia hay entre responder al inofensivo colegiado uruguayo (el Consejo Nacional de Gobierno, que ejercía el Poder Ejecutivo en ese entonces) con una ‘guerra popular antifascista’ y responder a la crecida del río con bastonazos a los cerdos?”.” (Alfonso Lessa, o.c., p. 70).

En efecto, en la primera mitad de la década de los ’60 el Uruguay era generalmente considerado como un muy buen ejemplo de democracia; y, a pesar de la prolongada crisis económica que nuestro país sufrió durante aquellos años, la distribución del ingreso en el Uruguay era la menos desigual de la región.

3. Una profecía auto-cumplida

El fenómeno humano de las profecías auto-cumplidas es muy interesante. Hay profecías que se cumplen a sí mismas, es decir que condicionan los acontecimientos futuros de un modo tal que habría sido imposible de no haberse proferido esa profecía.

Veámoslo con un simple ejemplo, tomado de la vida corriente. Imaginemos a un hombre y una mujer felizmente unidos en un matrimonio armónico. Cierto día, a uno de los esposos, de un modo injustificado, se le mete en la cabeza (por ejemplo, leyendo el horóscopo o consultando a un adivino) la peregrina idea de que su cónyuge lo va a traicionar, le va a ser infiel. Comienza pues a desconfiar de su cónyuge y a actuar con base en esa desconfianza. Poco a poco la relación conyugal se va agriando. La desconfianza engendra desconfianza: también el cónyuge sospechado comienza a sospechar del cónyuge suspicaz. Eventualmente su relación se deteriora tanto que, uno u otro de los cónyuges primero y el otro después, ambos terminan por caer en el adulterio.

En una visión simplista, se diría que el primer cónyuge tenía razón, ya que su profecía se cumplió. Sin embargo, es fundamental no olvidar que su propia actitud de desconfianza (expresada en la profecía) fue determinante para el resultado final negativo. En este sentido más profundo, la profecía fue falsa y dañina.

Creo que los pronósticos que la ultra-izquierda uruguaya emitió a principios de los años ’60 acerca de un futuro golpe de Estado, que establecería un régimen “fascista”, tienen mucha relación con el esquema o paradigma de las “profecías auto-cumplidas”. Esos pronósticos estaban basados en la pseudo-ciencia marxista, que tiene más o menos el mismo valor científico que la pseudo-ciencia astrológica.[3] El “círculo vicioso” (o, mejor dicho, la “espiral viciosa”) de la violencia terminó sumiendo a la sociedad en un estado de profunda desunión.

El mismo Pablo Giussani escribió en 1984:

“¿Qué hacer, pues? El extremismo revolucionario sentenciaba: ‘Hay que desenmascarar al fascismo’… La mayor parte de la violencia guerrillera que se extendió por América Latina en los últimos 20 años empezó por no ser otra cosa que la instrumentación de esa consigna. La violencia encarada como estímulo de una contraviolencia concientizante, como modo de llevar al plano de la objetividad visible un fascismo que de otro modo no alcanzaba a ser materia de persuasión en un mero intercambio discursivo entre subjetividades.” (Ídem, p. 71).

Dicho de un modo más simple, se trataba de poner en práctica un slogan de la izquierda radical que hizo época: “Cuanto peor, mejor.”[4]  Si la violencia revolucionaria era respondida por el gobierno con una represión violenta, tanto mejor, porque así crecería el descontento de las masas, caldo de cultivo de la revolución socialista. Esa mentalidad inmoral fue uno de los factores determinantes del deterioro del clima democrático en el Uruguay, que terminó en el golpe de Estado de 1973 y la consiguiente instauración de una dictadura militar.

4. El objetivo último de la guerrilla

Después del regreso a la democracia (en 1985), el MLN cambió su estrategia, insertándose en el proceso político-electoral del Uruguay. Por esa vía terminó por convertirse en una de las principales fuerzas políticas del actual partido de gobierno (el Frente Amplio). En ese contexto, es comprensible que los actuales líderes tupamaros tiendan hoy a ofrecer una visión tergiversada de los objetivos que perseguían en la época de la guerrilla: ellos se habrían organizado como grupo armado con una mera finalidad de auto-defensa, para resistir a un golpe de Estado que avizoraban para el futuro próximo.

Sólo la falta de memoria histórica puede dar credibilidad a esta tesis absolutamente falsa. Lo confirma el testimonio de varios ex dirigentes tupamaros, según la obra (ya citada) del periodista Alfonso Lessa:

“A juicio de Jorge Torres [ex dirigente tupamaro], conceptos tales como “en la fundación del MLN lo determinante era cómo el movimiento popular resistía. Y nuestros primeros años son de preparación para la autodefensa”, formulados por Mujica (José Mujica, principal líder tupamaro en la actualidad, Senador de la República) “tergiversan la verdad”.

Añadía la carta de Torres:

“El compañero Mujica con su afirmación inexacta y tendenciosa ha involucrado no solamente a la historia escrita y a la organización política MLN (T), sino también a los viejos militantes, algunos de ellos redactores o co-redactores de esos documentos. Al Documento 1, al Reglamento, a las 30 Preguntas, al editorial del primer número de ‘Barricada’, podríamos sumar muchos otros documentos (de los Tupamaros) en los que se expresa sin lugar a segundas interpretaciones que el objetivo era el socialismo, que la vía era la revolución y que el método era la lucha armada. Nada más lejos entonces de la supuesta ‘autodefensa’ originaria.” (Ídem, p. 75).

“También para Andrés Cultelli [ex dirigente tupamaro], la meta “era derrocar al régimen vigente, transformar en otra cosa a este país, desarrollar el socialismo, aunque se diga lo contrario por algunos que hacen buena letra ahora”. (Íbidem).

“El análisis de Rosencof (Mauricio Rosencof, uno de los principales dirigentes tupamaros, actual Director de Cultura de la Intendencia Municipal de Montevideo)choca con las definiciones oficiales de los documentos del MLN, a los que él resta trascendencia. Esos documentos son claros: los Tupamaros buscaban la revolución por la vía armada, a través de la guerrilla, y cualquier otra alternativa estaba supeditada a las armas.” (Ídem, p. 78).

Una guerrilla marxista

En el MLN-T confluyeron personas de distintos orígenes, con diferentes convicciones políticas, filosóficas y religiosas (marxistas, cristianos, nacionalistas, liberales etc.). En parte por esto y en parte por cierto “pragmatismo” típico de los tupamaros, que tendían a despreciar las elucubraciones teóricas, algunos han negado que el MLN-T fuera una guerrilla marxista.

Sin embargo, no cabe la menor duda acerca de que el marxismo fue el componente principal de la ideología tupamara. Los documentos tupamaros abundan en referencias positivas a conceptos, autores y líderes marxistas.

La común ideología marxista explica que el MLN-T haya sido apoyado por el Partido Comunista en el Uruguay (PCU), por el régimen comunista de Cuba y por otras guerrillas marxistas de la región.

El PCU apoyó en ocasiones al MLN-T, a pesar de las importantes discrepancias estratégicas entre ambas organizaciones:[5]

“[Marcelo] Estefanell (ex dirigente del MLN) recuerda asimismo el paso del Che (Guevara) por Paysandú y la invitación cursada a los Tupamaros para sumarse a su aventura en Bolivia, sobre la que “se resolvió que no, aunque se dio libertad de acción”. El ex tupamaro comparte la hipótesis de que esa invitación fue una jugada del Partido Comunista de Uruguay, formulada por De Lucía y otros ex guerrilleros. “Yo estoy seguro, fue para sacarnos de encima”, sostiene, si bien destacó el apoyo que los comunistas prestaron a los Tupamaros. “Ellos nos dieron mucho cobijo. Cuando el 22 de diciembre de 1966 muere Carlos Flores después de un tiroteo, pasa a la clandestinidad una enormidad de compañeros. No había nada para bancarlos, no había infraestructura y el Partido (Comunista) dio cobijo a muchos. Eso ocurrió durante mucho tiempo. Y ahí es cuando tratan de sacarse esa papa caliente de la boca. Les viene bárbaro: ‘Sí, vayan…, que vayan estos rompehuevos’ (sic)”.” (Ídem, p. 178).

También la dictadura de Castro, en su empeño de exportar la revolución comunista a América Latina, apoyó al MLN-T. Cientos de tupamaros recibieron entrenamiento militar en Cuba:

“Fidel Castro desató ásperas reacciones y polémicas cuando el 3 de junio de 1998 admitió públicamente que su país había intentado promover la revolución en toda América Latina, excepto en México.” (Ídem, p. 92).

Refiriéndose a un plan (que no se concretó) de los tupamaros para contraatacar a la dictadura militar uruguaya, Lessa escribe:

“Esa contraofensiva, en el caso tupamaro, tenía como propósito un regreso masivo de guerrilleros a Uruguay desde Argentina, para lo cual la organización contaba con unos 400 hombres entrenados en Cuba.” (Ídem, p. 130).

Además, el MLN-T apoyó a y fue apoyado por varias organizaciones guerrilleras marxistas de otros países del Cono Sur:

“Yo [Aníbal De Lucía, ex dirigente tupamaro] iba a todas las reuniones de la Junta de Coordinación Revolucionaria, que se hacían en Argentina o Chile, donde viniera. Y funcionó. Hicimos veinte millones de dólares en secuestros a repartir entre todas las organizaciones. Los secuestros eran en Argentina, que es lo mejor que hay para actuar. Los uruguayos participaban”. (Ídem, p. 130).

“En diciembre de 1971, cuando obtuvo la libertad, [Luis Alemañy, ex dirigente tupamaro] marchó a Chile sólo por un par de meses, para seguir viaje hacia Cuba. “Allí conozco Cuba y la realidad cubana con total libertad. Los Tupamaros eran los hijos dilectos de la revolución cubana; era la única guerrilla todavía en su apogeo.” (…) No era, evidentemente, lo que esperaba encontrar. “Y ahí comienza nuestra crítica a Cuba, cuando empezamos a ver lo que era la vida en la isla. Para nosotros era un régimen militar, se trataba de una dictadura, parecía una colonia de la Unión Soviética. (…)
Los más lúcidos comenzamos a darnos cuenta que ése no era el paraíso prometido, que era una barbaridad plantearnos hacer una cosa similar en Uruguay. Y decíamos: ‘para hacer en Uruguay una cosa similar a Cuba, habría que construir un paredón desde Montevideo a Bella Unión, pintar de colorado de un lado, pintar de blanco del otro y matar a muchísima gente’. (El Partido Colorado y el Partido Blanco o Nacional son los dos partidos políticos tradicionales del Uruguay). No iba a haber otra posibilidad”.” (Ídem, pp. 290-291). Énfasis agregados por mí.

“En los hechos, la colaboración guerrillera se llevó a cabo a través de la Junta de Coordinación Revolucionaria de la que formaban parte el MLN, el ERP de Argentina, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) de Chile y el Ejército de Liberación Nacional (ELN) de Bolivia. En su primera declaración, de 1974, la Junta ubicaba el triunfo de la revolución cubana como el inicio “de la marcha final de los pueblos latinoamericanos hacia el socialismo, hacia la verdadera independencia nacional, hacia la felicidad colectiva de los pueblos”. E identificaba “un enemigo: el nacionalismo burgués y una concepción errónea en el campo popular: el reformismo”. A este último lo caracterizaba por rechazar cerradamente en los hechos la justa y necesaria violencia revolucionaria como método fundamental de lucha por el poder, abandonando así la concepción marxista de la lucha de clases”. (Ídem, p. 129).

En 1973, un año después de su derrota militar, el MLN se definió oficialmente como marxista-leninista. Cito el testimonio de Marcelo Estefanell:

“En el Congreso de Viña del Mar en 1973 –recuerda- se produjo la definición oficial de la dirección que estaba afuera. El movimiento se define marxista leninista, con la ansiedad de la formación del partido. (…) Incluso nosotros, los que estábamos en el área más bien de ‘La Tendencia’ dentro de la cárcel, cuando viene la definición marxista, no estamos tan lejos. Se ve que se daban fenómenos parecidos”. (Ídem, p. 286).

Alienación y fanatismo

El testimonio de Luis Alemañy es muy ilustrativo sobre el efecto alienante y fanatizante que la ideología marxista ejerció sobre los (en su mayoría jóvenes) tupamaros:

“Ahora asegura que iban “bastante regalados (mal preparados) a los enfrentamientos armados y ensaya una explicación. “Uno ve los temas de los jóvenes de hoy y el gran problema es el consumo de drogas, la adicción. En la época nuestra, no. Pero estaba la ideología, que actuaba como una droga (…) La mayoría cayó sin pelear, porque no estaba preparada para eso. Porque estaba la educación de su familia, más allá de que la ideología actuara como una droga y te llevara a decirte ‘bueno, la revolución es violenta, la violencia es la partera de la historia’. Era una droga ideológica, que no se correspondía con tus vivencias y la educación de la mayoría de la gente. Eso, además de no tener preparación militar.” (Ídem, p. 183).

En su opinión [la de Luis Alemañy], el hecho [el asesinato del agente estadounidense Dan Mitrione] marcó el nacimiento de una nueva etapa en el movimiento, dominada por el espíritu militarista. “Había un fenómeno romántico, pero había también una fuerte corriente que impulsaba el terrorismo, que venía del fanatismo de la ideología, del fanatismo de la confrontación, del enfrentamiento, que es el que se empieza a desarrollar”, sostiene.” (Ídem, p. 184).

¿Y si hubieran triunfado?

Uno de los aspectos más penosos del fenómeno de la violencia tupamara fue la inutilidad de tanto derramamiento de sangre, en un doble sentido: por una parte, como muy bien destaca el título del libro de Alfonso Lessa, era prácticamente imposible que la revolución socialista impulsada por los tupamaros por la vía armada triunfara en el Uruguay; por otra parte, aunque hubiera triunfado, esa revolución no habría conducido a un orden social más justo, sino a una mayor injusticia.

“Alemañy (…) hoy sostiene una lectura muy crítica del destino que pudo haber padecido el país si el MLN hubiera ganado la guerra. “Después del proceso dictatorial, uno ve que si todo hubiera ocurrido al revés, la sociedad uruguaya hubiera vivido las mismas cosas o peores que las que vivió.” (Ídem, p. 317).

Algo similar puede decirse de la guerrilla argentina:

“¿Qué habría pasado si el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) hubiera triunfado? ¿Hubiera prevalecido la idea de establecer la democracia o de adoptar una dictadura del proletariado? [Responde Luis Matini, ex comandante del ERP] “No nos chupemos el dedo. Está bien la pregunta, porque ahora hay una cantidad de compañeros que se hacen los blanditos. La historia es la historia y hay que hacerla con la verdad. Pero la verdad es que nosotros nunca pensamos en la democracia. Nosotros pensábamos en la democracia en términos de Lenin, como un paso, un instrumento para el socialismo, teníamos toda la concepción leninista más pura. Para nosotros la sociedad socialista tenía una etapa previa que era la dictadura del proletariado; y en eso que no se hagan los desentendidos”, sostiene.”(Ídem, pp. 190-191).

Carlos Masetti, ex integrante del ERP, confesó a Alfonso Lessa lo siguiente:

“En la propia guerrilla de mi padre [Jorge Masetti, amigo y colaborador del Che Guevara], sus tres primeras víctimas no las provoca ni la gendarmería ni el Ejército: los fusila mi propio padre. Y no se trataba de traidores… A uno lo fusilan porque se está masturbando. Hay que imaginarse esa mentalidad en el poder.”(Ídem, p. 50).

A menudo desde la izquierda se presenta a la Iglesia Católica como una organización reaccionaria y opresiva, en parte por su moral sexual. Se me ocurre responder que, en todo caso, para lidiar con los pecados individuales y sociales, el confesionario católico es un método infinitamente más humano que el paredón de fusilamiento marxista-leninista.

 


[1] “El combate militar a la guerrilla duró sólo siete meses: en ese lapso murieron 62 rebeldes, casi 3.000 fueron detenidos, y se incautaron unas 400 ametralladoras, 900 armas largas, 2.000 cortas, 400 kilos de explosivos, 40.000 municiones, equipos de comunicaciones, de sanidad, imprentas, casas, vehículos, comercios, establecimientos rurales, valores y dinero. En otras palabras, muy poco quedaba de aquella organización con fama de invencible.” (Alfonso Lessa, La Revolución Imposible. Los Tupamaros y el fracaso de la vía armada en el Uruguay del siglo XX, Editorial Fin de Siglo, Montevideo, 2004, 8ª Edición, p. 263).

[2] El libro de Clara Aldrighi, La izquierda armada. Ideología, ética e identidad en el MLN-Tupamaros, Editorial Trilce, Montevideo 2001, incluye una lista bastante extensa de nombres de sacerdotes vinculados al MLN-T.

[3] En esto concuerdo con el célebre epistemólogo Karl Popper.

[4] Sostenido en su momento, entre otros, por el gran escritor uruguayo Mario Benedetti, uno de los principales directivos del Movimiento de Independientes 26 de Marzo, fachada política del MLN-T dentro de la coalición de izquierda “Frente Amplio” (véase la edición digital del diario uruguayo La República del día 14 de septiembre de 2000).

[5] A diferencia del MLN, el PCU liderado por Rodney Arismendi sostenía que en el Uruguay de los años sesenta y setenta del siglo pasado aún no estaban dadas las condiciones para una revolución socialista. Por eso el PCU, a pesar de que, a través de largos años de trabajo clandestino, había logrado organizar un fuerte aparato armado ilegal, nunca llegó a emplearlo. Sobre esto, véase el interesante libro del periodista Álvaro Alfonso, Secretos del PCU, Caesare, Uruguay 2007.
Por otra parte, el PCU llevó a cabo una operación secreta (llamada “La Orquesta Roja”) para intentar infiltrar y controlar al MLN, según narra el Prof. Antonio Romero Píriz (quien participó de esa operación) en sus memorias de aquella época, en el libro “Los hombres grises”, publicado en Internet en Los Hombres Grises.

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