lagrange

Miguel Antonio Barriola

Antecedentes

“Hablando se entienden los hombres”, asegura la sabiduría popular. Pero, también nos advierte la experiencia sobre la palabra mendaz y el discurso artero y engañoso.

Dios, al dirigirnos su palabra, la entrega también a este posible empleo ambiguo, por parte de sus destinatarios y, por lo mismo, procuró ofrecer correctivos ante posibles tergiversaciones de su mensaje. Ya amonestaba Ezequiel, acerca de los falsos profetas: “Dicen: “Así habla el Señor”, cuando el Señor no había hablado.”[1]

Semejantes confusiones en la comprensión de la Palabra de Dios, la Biblia, surgieron y seguirán levantando cabeza a lo largo de la historia.

Con el fin de brindar una brújula ante tales posibles torbellinos hermenéuticos, prometió Jesús a los suyos la especial asistencia del Espíritu Santo, quien tendrá el encargo de “guiar hacia toda la verdad.”[2] a los discípulos. Se comprende así la necesaria función del magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.

Pero, “infalibilidad” no equivale a “omnisciencia” y la asistencia del Espíritu no quiere decir ausencia de búsqueda, estudio y trabajo. Hasta tanteos y disposiciones transitorias. Así los Apóstoles, conscientes de la superior ayuda divina, decretaron: “El Espíritu Santo y nosotros mismos hemos decidido,”[3] liberando de la circuncisión a los convertidos procedentes del paganismo. Aunque, conjuntamente imponen la abstención de “comer carne sin desangrar”, observancia que desaparecería con el cambio de las circunstancias.

El caos interpretativo se volvió mayúsculo, en tiempos de la Reforma luterana, con su principio del “libre examen”, expresando el ansia de sacudirse la tutela de los genuinos maestros y la auscultación de la venerable Tradición eclesiástica.

Semejante talante comenzó a infiltrarse también en la Iglesia católica, de manera virulenta y dañina, en la época de la crisis modernista, que nos proponen repasar estas jornadas.[4] Pío X consideró hasta tal punto deletéreo a este movimiento, que lo definió como “el agregado de todas las herejías.”[5]

La Question Biblique

Ahora bien, todo comenzó, justamente, a partir de la interpretación de la Sagrada Escritura entre católicos, ansiosos de no quedarse atrás en sus aportes respecto al apabullante mundo productivo del protestantismo, sobre todo alemán.

En efecto, según recuerda Luis Alonso Schökel, “los escrituristas protestantes de hace medio siglo ignoraban por sistema toda la producción de los católicos. Existía una norma que sonaba: “catholica non leguntur”; si la norma no se hubiera formulado, se podría hablar de ignorancia o desinterés; pero pronunciada, ha de interpretarse como desprecio altivo, no justificado por la distancia de mérito científico.”[6]

A este complejo de inferioridad se debe la fascinación del principal protagonista en esta profunda conmoción, Alfred Loisy, frente las publicaciones protestantes. Así, en una carta a Albert Houtin declarará que sus escritos pretenden impulsar “una reforma no solamente de los estudios eclesiásticos sino de la enseñanza católica en general, y de lo que he llamado el régimen intelectual de la Iglesia. A este respecto mi posición es la misma que la de los protestantes liberales.” [7]

Rápidamente su enseñanza y sus escritos comenzaron a ser ásperamente debatidos. Fue para defender a este profesor del Instituto, del que era rector, que Mons. M. d´Hulst publicó en Le Correspondant el 25 de febrero de 1893 su artículo “La question biblique”, que debía provocar la encíclica Providentissumus de León XIII.[8]

Se palpa hasta qué punto los asuntos bíblicos vinieron a ser la chispa que desencadenó el incendio, en esta consideración de A. Loisy: “La cuestión bíblica llega a ser la cuestión religiosa en un sentido mucho más amplio de lo que se ha entendido hasta ahora. Se estudia el fenómeno religioso humano en todas sus manifestaciones. La filosofía general de esta historia no está todavía constituida, y no puede formarse sino poco a poco, perfeccionándose y corrigiéndose a medida de los progresos cumplidos en el conocimiento de los hechos.”[9]

El P. Lagrange, O.P., pionero humilde y obediente

En el panorama de estas turbulencias, quisiéramos poner de relieve la gigantesca figura del P. Marie-Joseph Lagrange, a quien sin duda alguna se debe el rejuvenecimiento y prestigio que, lenta pero firmemente, fue reconquistando la exégesis bíblica católica.

Bajo la protección sin reservas de León XIII y de su secretario el Cardenal Rampolla, el P. Lagrange emprendió una empresa ciclópea, a la que cabe contar, con toda seguridad, como “la primera y más importante de las iniciativas católicas de este período,”[10] o sea, la fundación de “l ‘École pratique d’études bibliques”, centro de enseñanza superior exegético, establecido en Jerusalén.

Rodeado de célebres colaboradores y especialistas (Vincent, Dhorme, Batiffol, del clero secular y otros) fundó la Revue Biblique, que muy rápidamente llegó a ser un hogar extremadamente vivo de trabajos bíblicos católicos.

Desde sus comienzos la publicación tomó una actitud de avanzada y a la vez atenta a los datos teológicos. Abordó francamente muchos problemas difíciles: naturaleza de la inspiración; primeros capítulos del Génesis; fuentes de los evangelios. Ubicada en el centro mismo del escenario bíblico, siguió de cerca la arqueología palestina, jugando en este campo un papel capital. Sus análisis de obras científicas publicadas por la crítica protestante se distinguieron siempre por la objetividad serena y la discusión competente.

Esa sabia actitud de diálogo entre los “nova et vetera,”[11] caracterizó el sano equilibrio, mantenido hasta el heroísmo, por el P. Lagrange.[12] Porque después de la feliz etapa de los comienzos, durante el sucesivo pontificado de S. Pío X, el P. Lagrange tuvo que sufrir muchas e injustas incomprensiones, de modo que la Iglesia entera y, en especial, los escrituristas católicos, a él y a su abnegado tesón le deben los logros obtenidos a costa de un sostenido sacrificio.

Tal como lo compendia felizmente Jean Levie: “La exégesis contemporánea recoge los frutos de este esfuerzo; tanto los intentos aventurados como las excesivas timideces nos iluminan hoy día; los hombres deben tantear, errar al azar, titubear, antes de encontrar la ruta. Esta búsqueda ansiosa, que se prosiguió a través de la lucha de ideas y de tendencias, a veces muy ardua, merece ser examinada más cercanamente…. Es en el choque saludable de los pensamientos humanos que se realiza en todo orden la marcha hacia delante; ésta llega a la meta más rápida y eficazmente en la medida misma en que los espíritus se manifiestan más abiertos y comprensivos de las ideas del otro, más libres de violencias partidistas y fanatismos estrechos. Por desgracia no fue siempre éste el caso en la lucha exegética de estos años de crisis; pero la Iglesia contó entonces con hombres de fe profunda y de sentido crítico penetrante, combatidos sin duda al comienzo, probados a veces por medidas eclesiásticas penosas, pero en los cuales la Iglesia, en su autoridad y fieles, reconoció poco a poco los verdaderos intérpretes de su doctrina y a los cuales ella cada vez más manifestó su confianza; el más grande entre ellos en esta época nos parece ser, desde el punto de vista exegético, el Padre Marie-Joseph Lagrange, O. P.”[13]

El fructuoso Calvario del P. Lagrange

“Todo comienzo es difícil”, enuncia un refrán alemán[14] y, para los altos ideales científicos del P. Lagrange, sus inicios fueron arduos desde todo punto de vista, pero el más doloroso provino de los prejuicios, que se fueron multiplicando en torno a sus investigaciones bíblicas dentro de la misma Iglesia católica.

Empezando, con breves pantallazos, desde lo más precario, recuerdan sus biógrafos cómo en Jerusalén no había ni profesores, ni biblioteca, ni dinero. Tuvo que fundar su Escuela Bíblica, ubicándola en un antiguo matadero municipal.

Comenta acertadamente Jean Guitton: “He encontrado en esta historia paradójica la ley que rige las fundaciones más duraderas. Esta ley exige que los comienzos sean adversos y motivo de contradicción.”[15]

El 15 de noviembre de 1890, se inauguraba la Escuela con un discurso de Lagrange, mientras sus colaboradores contemplaban perplejos las argollas del antiguo matadero, que todavía colgaban de la pared. El P. Vincent recordaría en 1938: “¿Dónde estáis, oyentes de aquella generación inicial? ¿Habéis olvidado la sala de las anillas, el único mapa, la mesa alrededor de la cual nos apiñábamos durante dieciocho meses en un feliz codo a codo, la solitaria pizarra en la que se clavaban nuestros ojos? Allí Lagrange, solo, enseñaba hebreo, árabe, asirio, historia y arqueología.”[16]

Origen del más profundo dolor

Aquellas incipientes penurias económicas en nada se comparan con las espirituales, que sobrevendrían por parte de las sospechas acumuladas por mentes estrechas contra los trabajos de Lagrange.[17]

Entre éstos, un hito importante en el progreso de la exégesis católica fueron las “conferencias de Toulouse”, (la última de las cuales tuvo lugar el 11 de noviembre de 1902), publicadas al año siguiente. Se trata de La Méthode Historique.

Sólo que un día antes, se editaba en Paris el libro de Alfred Loisy, L’Évangile et l’Église, que provocó la explosión modernista.

En medio de ese clima, el libro de Lagrange recibió grandes aprobaciones, pero levantó también una viva oposición, siendo el adversario más encarnizado el jesuita belga P. Alphonse J. Delattre, quien dio a luz una publicación enteramente dirigida contra este reciente estudio de Lagrange.[18]

El Padre comenta: “Era un hecho muy grave este ataque de un orientalista honorablemente conocido, cuya colaboración yo mismo había ambicionado. Y el peligro me pareció todavía mayor, cuando me enteré de que el Santo Padre había leído la obra y había llamado enseguida al P. Delattre como profesor de la Universidad Gregoriana.”[19]

Sin embargo, había notorias diferencias, que no permitían alinear a Lagrange junto con Loisy, tal como él mismo lo pone de relieve: “No podía uno equivocarse. Si Monseñor Loisy, se negaba, por excelentes razones, a reconocer al Cristo del Evangelio en el Cristo edulcorado de los protestantes,[20] vestido según la moda del protestantismo liberal, si mantenía contra un individualismo disolvente la noción de Iglesia, en síntesis esta Iglesia no había sido fundada por Jesús, que no llegó a ser Dios sino por una transformación de la fe primitiva. Ella no lo saludó como Cristo, cualidad que es debida a la fe en su resurrección, fundada a su vez en las apariciones de un fantasma. A tal punto era clara (mi diferencia con Loisy), que me comprometí a decirlo a los lectores de la Revue Biblique tan pronto como tuviera la oportunidad. Fue mi primera preocupación… Hubo el tiempo de hacer aparecer una recensión de veinte páginas en el número de abril.”[21]

Justamente, en la segunda edición de sus conferencias acerca del método histórico (1904), añadió un apéndice sobre Jésus et la critique des évangiles.

Allí nos encontramos con perspectivas nítidamente católicas, como cuando escribe: “Si se objeta que Monseñor Loisy se pone en contradicción con la fe de ayer, se responde que desde ahora apela él a la fe de mañana. ¡Las ideas de evolución y de progreso tienen tan profunda raigambre en el mundo moderno!

Desgraciadamente, no ha dejado de ser verdad que este intento toca imprudentemente a las partes vitales del cristianismo; y muchos ya han concluido que si esta construcción histórica se sostiene, el dogma queda destruido. Pese a la buena voluntad de Monseñor Loisy de concordarlo todo, después de haberlo leído, se cree entrever una oposición irreductible entre la historia y el dogma.”[22]

Lagrange en su respuesta, ha adelantado puntos de apoyo importantes, a los que echará mano la Teología Fundamental de la actualidad.

Así, ante la pretensión de Loisy, de que Jesús no podía prever “siglos infinitos” antes de la consumación del mundo,[23] replicaba Lagrange: “No se afirmará a la ligera que Jesús ha reservado siglos infinitos antes del fin del mundo, porque él ha dicho bastante claramente, que había que ponerse a trabajar sin preocuparse de los cálculos apocalípticos, de los que él nada quería saber; tampoco se dirá, con Monseñor Loisy, que el sentido próximo de sus exhortaciones era el desapego hacia un mundo, que iba a acabarse.”[24]

Dos años antes que A. Schweitzer,[25] puso Lagrange el dedo en la llaga de los presupuestos cargados de subjetivismo, con que trabajaba la crítica histórica sobre los Evangelios.

“El error de la crítica –comprueba Lagrange– después de haber reconocido estos hechos (o sea –agregamos–, que los evangelistas no perseguían una crónica detallista ni la transmisión exacta de las palabras, teniendo cada uno su enfoque propio) ha sido tratar de reconstruir ella misma esta historia. Lo que les pasó a los evangelistas, y bien se puede decir en una medida tan débil, se produjo aquí en grande: según su propia idea de Jesús, cada uno ha reconstruido la vida de Jesús. ¡Cuando se desesperaba que se pudiese llegar hasta él, se escribía al menos de nuevo por hipótesis la fuente primitiva! Se sabía por qué tal evangelista había agregado u omitido tal palabra, qué había, por lo tanto que omitir o añadir en la fuente primitiva… Pero, necesariamente, una historia compuesta del total de estas combinaciones particulares tiene toda la probabilidad de ser falsa. Es ciertamente subjetiva, porque es imposible que el crítico no se encuentre guiado en su selección por aquello que hay que quitar o dejar en la tradición primitiva, debido a sus ideas sobre la evolución histórica. ¿No es más seguro y objetivo tomar aquí a la misma tradición eclesiástica?… Se puede decir en cierto sentido que la encarnación no es un hecho histórico, ni la resurrección de Jesucristo, en cuanto que lo constituye en su gloria, y en todo caso es cierto que la historia es impotente para constatar su divinidad. Pero puede fijar los hechos de su vida que podrán servir de fundamento al acto de fe.”[26]

Fidelidad en medio de las tormentas

El prestigio enorme que en una sola década había adquirido la Escuela Bíblica de Jerusalén y su órgano, la Revue Biblique, se verá violentamente agredido y no por adversarios racionalistas o protestantes, sino de parte de los mismos hermanos en la fe. Le tocó al P. Lagrange experimentar en carne propia la amarga queja del Salmista: “Si fuera mi enemigo el que me agravia, podría soportarlo; si mi adversario se alzara contra mí me ocultaría de él. ¡Pero eres tú, un hombre de mi condición, mi amigo y confidente, con quien vivía en dulce intimidad!; juntos íbamos entre la multitud a la Casa del Señor.”[27]

El “Via Crucis” que le tocará emprender en lo sucesivo al P. Lagrange, así como su grandeza de alma eclesial, puede muy bien verse compendiado con estas consideraciones suyas, con las que abrimos este tramo de nuestra exposición.

“León XIII, el cardenal Rampolla, el cardenal Mercier… ¡qué consuelo he encontrado siempre en los testimonios de benevolencia, que me han dado estos tres! Yo sé bien que la obediencia es debida al Superior actual, que sería una peligrosa ilusión apoyarse sobre el favor pasado para faltar de docilidad en el presente. Pero yo podía decirme: lejos de reprochar mi doctrina, debidamente examinada, la Santa Sede ha juzgado que podía brindar servicios. Sean cuales sean los clamores, yo esperaré para cambiar, que la Santa Sede misma haya enunciado un juicio, siempre dispuesto a callarme y retractarme si ella lo desea, muy consciente de no haber hecho nada para buscar el favor.”[28]

Muy penosa fue, sobre todo – salvo contadas excepciones – la oposición cerrada de la casi totalidad de la Compañía de Jesús, como ya se ha adelantado.

“Partiendo desde la mitad del año 1904 se produjo un hecho, que inauguró una lucha implacable de muchos jesuitas de todos los países contra el método histórico y el director de la Revue Biblique.”[29]

Sería una letanía interminable detallar el hostigamiento, al que fue sometida la labor científica de este descollante exégeta. Recordemos brevemente que le fue prohibida la publicación de su comentario al Génesis, indicándole que más bien se dedicara al estudio del Nuevo Testamento. Lo cual nos valió sus poderosos comentarios de los cuatro Evangelios, Romanos y Gálatas.[30]

Pero, veamos la lucidez, a la vez que humildad de su reacción. El 9 de julio de 1907, le escribía a Pío X: “Muy Santo Padre, prosternado a los pies de Su Santidad, acabo de aceptar, con la más filial obediencia, la decisión que Su Santidad me ha hecho comunicar por medio del muy Reverendo Padre General de nuestra Orden, prohibiéndome hacer imprimir, de cualquier modo que sea, un comentario al Génesis.

Mas, no será suficiente obedecer a las órdenes de Su Santidad, porque estoy resuelto a considerar hasta sus deseos como órdenes. Si, pues, Su Santidad estima preferible que cese de ocuparme de los estudios bíblicos, renunciaré al instante sin dudar; no soy de los que se someten y continúan. Suplico solamente que Su Santidad se digne creer en la intención recta, que me ha guiado hasta este día. La medida tomada a mi respecto por Su Santidad me hace temer que me he equivocado, y me sería imposible ahora escribir la mínima línea con la conciencia de desobedecer a las instrucciones de Su Santidad.”[31]

Rivalidades lamentables

Otro golpe severo y duro fue la fundación, en 1909 del Pontificium Institutum Biblicum en Roma, encomendada a los padres jesuitas. Parecía un acto de desconfianza para con la ya asentada Escuela de Jerusalén.[32] “Algunos indicios mostrarán que esto fue la razón de una nueva y más decisiva campaña contra nosotros.”[33]

A raíz de este suceso, escribirá al P. Cormier, general de su orden: “Si el Santo Padre desea trasladarme, solamente pido que quieran aceptarme en la Cartuja para terminar mis días en paz. Estoy cansado, cansado, muy cansado.”[34]

Especiales dolores de cabeza le produjeron a Lagrange los manejos del P. L. Fonck, primer rector del Instituto romano.

Son desgarradoras las memorias del Padre al respecto. “Como ya lo presentía, estábamos amenazados. Cuando el P. Fonck se decidió a fundar una sucursal del Pontificio Instituto Bíblico de Roma en Oriente, no se atrevió de primera a fijar su elección en Jerusalén.”[35]

En varios periódicos[36] se fue difundiendo el comentario de que Pío X desconfiaba de la ortodoxia, que faltaría a veces en otras escuelas bíblicas, razón por la cual se habría decidido el Papa a confiar en la garantía de absoluta buena doctrina, que veía en el Instituto Romano.

La sucursal oriental del Instituto jesuita habría tenido que instalarse en el Monte Carmelo, pero “razones independientes a la voluntad de la Santa Sede se opusieron a ello. Después de largos estudios y según el consejo de personas competentes, se resolvió tomar como sede a Jerusalén.”

“El 14 de setiembre de 1911, el P. Fonck me decía las mismas cosas, salvo lo referente a la ortodoxia, pero lo que no me decía a mí, lo decía a quien quisiera escucharlo y que me rompería los riñones; estas declaraciones hostiles me han sido referidas por demasiadas personas dignas de fe como para que pueda dudar al respecto.”[37]

Los jesuitas de la actualidad deploran con pena y abiertamente estas tretas de muchos de sus cofrades de entonces.[38]

Véase el comentario de la situación según P. Grelot: “Fue justamente la absoluta obediencia religiosa del padre la que salvó su obra de exégeta. El Papa Pío X no comprendía mucho los problemas de crítica bíblica y lo espantaba el peligro del modernismo; pero jamás habría condenado a un “religioso obediente”.[39] En 1913 invitó al P. Cormier a que hiciera regresar al padre Lagrange a Jerusalén, para que prosiguiera sus comentarios al Nuevo Testamento: lo esencial era que defendiese la Sagrada Escritura contra Loisy.

En ocasión de este centenario[40] se recogieron dos volúmenes de ensayos: L’Écriture en Église: Choix de portrai Tesalonicenses et d’ exégèse spirituelle[41] y Exégète à Jérusalem: Nouveaux mélanges d’ histoire religieuse[42], Cahiers de la Revue Biblique.[43] Los dos libros son presentados por el padre Maurice Gilbert, rector del Pontificio Instituto Bíblico. Fue una justa reparación a la antigua hostilidad del padre Fonck, fundador de este Instituto.[44] Da pena leer los recuerdos del padre Lagrange respecto a sus maniobras, en las páginas 196-209 del libro que he citado antes[45] (“¿tanta hiel entra en el ánimo de los devotos?” – ¡No se trata del ánimo del padre Lagrange!)

Todos estos trabajos del pionero de la exégesis católica, que ha hecho escuela en todos los países del mundo, no han sido publicados sólo como un homenaje póstumo, sino como una invitación a seguir sus huellas. Sin olvidar, sin embargo, que la renovación de los problemas, de los métodos, de las necesidades, que se aprecian en los varios tipos de publicaciones, modifica la posición de los mismos problemas. La verdadera fidelidad a la tradición viva nunca es una pura repetición del pasado. Concebir la fidelidad como un “retorno a lo idéntico” es el drama de todos los integrismos, de ayer y de hoy.”[46]

Sin conocimiento de aquel elogio de Pío X (enviado al P. Cormier el 16 de agosto), el P. Lagrange, había tenido, sin embargo el impulso de escribir directamente al Papa una admirable misiva, transida de humilde respeto, a la vez que lúcidamente inteligente, en lo que se refería a la poca justicia, con que se venía tratando su caso.

Rememora el Padre: “Me levanté ese 17 de agosto, con una carta que salía completamente acabada de mi espíritu y la envié en el mismo día. Transcribo mi borrador: “Santísimo Padre, prosternado a los pies de Su Santidad, vengo a asegurarle mi dolor de haberlo entristecido y mi obediencia. Mi primer movimiento ha sido, y será siempre mi último movimiento, someterme de espíritu y corazón, sin reserva, a las órdenes del Vicario de Jesucristo. Pero precisamente porque me siento con el corazón de hijo, el más sumiso, que me sea permitido decir a un Padre, el más augusto de los padres, pero padre al fin, mi dolor sobre las consideraciones que aparecen unidas a muchas de mis obras, por otra parte indeterminadas y que estarían manchadas de racionalismo. Que estas obras contienen errores, estoy pronto a reconocerlo, pero que hayan sido escritas en un espíritu de desobediencia a la tradición eclesiástica o a las decisiones de la Pontificia Comisión Bíblica, dígnese Santísimo Padre autorizarme a declararle que nada estaba más lejos de mi pensamiento. Quedo de rodillas ante Su Santidad para implorar su bendición.”[47]

Pío X se mostró muy bien impresionado por la misiva y solicitó que fuera publicada.

Concluyendo estos recuerdos tan dramáticos, el P. Lagrange resume la grandeza de su fe con estas sencillas palabras: “Mi único deseo es morir en la unión de la Iglesia católica y en la gracia de Jesucristo mi salvador, asistido por la Virgen Inmaculada. Mi intención ha sido siempre servir a la Santa Iglesia, por lo cual lamento amargamente haber turbado a tantas almas. Una vez más someto todo lo que he escrito al juicio del Vicario de Jesucristo, al que pido muy humildemente indulgencia y perdón – Jerusalén, 10 de abril 1926.”[48]

La vida y obra del P. Lagrange se encuentra actualmente en estudio con vistas a su beatificación.

Da noticia de ello J. Guitton: “He escrito esta obra a petición del Papa Juan Pablo II. El 12 de diciembre de 1990, el Santo Padre me escribía desde Castelgandolfo: “Está Ud. escribiendo un libro sobre el Padre Lagrange con objeto de presentar su canonización. He sido yo quien le ha encargado ese trabajo”.

Los obispos de la región apostólica de Provenza – Mediterráneo se unieron a Mons. Joseph Madec, obispo de Fréjus-Tolon, para solicitar la introducción de la “causa de canonización” del Padre Marie-Joseph Lagrange, el 19 de marzo de 1990.”[49]

¿Un Magisterio contraproducente?

Ante las penurias padecidas por hombres eminentes y honestos como Lagrange, muchos se insurreccionan contra la estrechez de miras del magisterio pontificio, tanto en la Pascendi, como en las primeras respuestas de la Pontificia Comisión Bíblica.[50]

No ha faltado quien expresara el siguiente juicio denigrante: “Las medidas coercitivas de Pío X han infligido daños inconmensurables a la ciencia bíblica católica, haciéndola retroceder cien años. La culpa la tuvo, en primer plano, un falso concepto de Tradición por parte del magisterio, que se mostró incapaz de distinguir entre la tradición histórica y la teológica y por ello pretendía ser competente también en cuestiones puramente histórico-críticas. Lagrange no despreció la tradición, pero se negó a hacer de la tradición un ídolo muerto. La tradición debe unirse siempre con progreso, necesita ser probada constantemente.”[51]

Lo rescatable de estas observaciones ya lo enseñaba P. Battifol en su escrito: “Evolutionnisme et Tradition.”[52] Nadie censuró aquella postura en los tiempos confusos del modernismo.

Pero aquello de que la “historia misma muestra que no tiene historia” no ha sido respetado por los modernistas, ni, en la actualidad, por el mismo Haag.[53]

Por lo mismo, el magisterio de la Iglesia ha de estar vigilante, para que esas riquezas inconmovibles no se vean adulteradas en los vaivenes infaltables de la historia, pero que han de ser cuidadosamente calibrados. “En la Iglesia, como en toda sociedad de hombres –advierte Levie– hay que dejar al progreso legítimo de las ideas el tiempo de formarse y madurar poco a poco. Lo esencial es saber que la marcha fundamental está asegurada por las garantías divinas, pese a las inevitables imperfecciones humanas.”[54]

Hay, pues, que admitir imperfecciones en las tomas de posición del Magisterio en aquella época turbulenta. Pero la rebeldía por sistema, irrespetuosa ante la comprensión más lenta de todo el cuerpo eclesial, no ayudará mucho para que se progrese manteniendo, a la vez, lo que es irrenunciable.

De este modo comprensivo presenta las intervenciones magisteriales frente, al modernismo, P. Grelot: “En 1907 todas las cuestiones pendientes quedaron sin resolver. Lo que hizo el magisterio eclesiástico fue exigir una actitud teológicamente correcta al respecto y una formulación precisa de la misma para reemprender su examen ab ovo. Con todo, no debemos pasar por alto que las tomas de posición oficiales se hicieron desde un contexto cultural bien definido. La cuestión del método histórico era entonces un tema candente y nada claro. En los estudios históricos predominaba una concepción positivista del “hecho objetivo”, análogo a los “objetos” de la naturaleza;… Al magisterio eclesiástico no le incumbía la solución de estos problemas técnicos, aunque tales deficiencias metodológicas dificultaban el ejercicio de su misión. Se veía obligado a tocarlos en la medida en que el anuncio del evangelio está ligado a un acontecimiento histórico superior: la venida al mundo, la vida terrena, la muerte y el más allá de la muerte de Jesús, Mesías e Hijo de Dios, Verbo de Dios encarnado.”[55]

Esta convicción, vivida en profunda fe, es la que sostuvo al P. Lagrange pese a los recelos de tantos de sus contemporáneos, que no acertaban a ver cómo sus finos análisis histórico–exegéticos podían componerse con la perenne verdad de la divina revelación vivida en la tradición del Iglesia.

Podemos sumar testimonios de sintonía magnánima ante este papel del magisterio en la pluma de grandes exégetas. Por ejemplo M. Pouget, contemporáneo de Loisy y Lagrange.

“Roma procede por vía de autoridad y hay que confesar que tiene razón. Por trescientos o cuatrocientos espíritus críticos, hay millones y millones de almas, y es el pueblo. La Iglesia es un gran cuerpo. Ella tiene el tiempo para ella. El ambiente cambia poco a poco: esto da razón a la paciencia romana. La Iglesia no puede caminar con prisa, porque escandalizaría a los creyentes y no salvaría a los incrédulos. Las almas son muy susceptibles en cuanto a las cuestiones de la fe. Los antiguos Padres hablaban de religión de manera que eran comprendidos por sus contemporáneos. Maspero[56] le dijo un día a uno de mis cofrades, que iba a sus cursos: Ud. se ha encargado de las almas, Ud. está obligado a tomar precauciones más que los demás.”[57]

De este modo, salvando siempre lo fundamental, en aspectos que no tocan a la incambiable verdad revelada, el magisterio fue modificando sus decisiones más bien de tipo disciplinar.

Por ejemplo, la Pontificia Comisión Bíblica ha hecho un camino considerable, desde sus primeras respuestas demasiado rígidas[58] hasta la Carta del P. Vosté[59] al Cardenal Suhard (1948), donde se invita a los estudiosos católicos a estudiar los problemas del Génesis[60] sin ninguna idea preconcebida, a la luz de una sana crítica y de los resultados de las otras ciencias involucradas en estas materias.[61]

Ante los progresos admitidos en el ámbito de la exégesis católica, se planteó un problema, ante una nueva edición del Enchiridion Biblicum. ¿Seguirían figurando en él aquellas soluciones, al parecer ya obsoletas?

El P. Kl. Stock, actual secretario de la Pontificia Comisión Bíblica, así expone esta coyuntura: “Quedaba todavía cierta vacilación en cuanto a las otras respuestas. La encíclica[62] había expuesto los principios de interpretación, pero no había mencionado o modificado las respuestas. La carta al Cardenal Suhard se refería solamente a tres de ellas. ¿Pero cuál era la validez de las otras, que fueron emitidas con tanto vigor y habían impuesto límites tan estrechos al trabajo de los exégetas católicos?

En 1954 la PCB publicó una segunda edición del Enchiridion Biblicum, que contiene los documentos eclesiásticos sobre la Sagrada Escritura; naturalmente allí estaban también las respuestas. Al año siguiente a esta edición fue presentada y también comentada por el secretario de la PCB, el benedictino Athanasius Miller,[63] en lengua alemana y por el subsecretario, el franciscano Arduin Kleinhans,[64] en latín. En referencia a los decretos de la PCB, ambos dicen en un paso idéntico, y obviamente concordado, que el exégeta puede proseguir sus indagaciones científicas con plena libertad en lo que toca a las afirmaciones de estos decretos que no conciernen a verdades de fe o de moral. Se apunta también al contexto histórico que ha dado origen a estos textos, al tiempo de un liberalismo y racionalismo virulentos.

Estos comentarios fueron acogidos con gran atención y alivio. En el mismo año, por ejemplo, el benedictino J. Dupont los cita ampliamente en un artículo suyo.[65] También él recuerda el contexto histórico y observa: “Tachar de mezquindad a los decretos de la Comisión Bíblica, probaría simplemente que el autor de un tal juicio carece de sentido histórico. Los decretos fueron emanados en un período particularmente difícil y peligroso para la vida de la Iglesia, cuando ella debía afrontar al mismo tiempo tanto los ataques que venían desde fuera como una actividad corrosiva, interna a ella, por parte del modernismo. Situación tanto más peligrosa cuanto la ciencia bíblica católica estaba poco preparada para superar estos obstáculos. Había un estado de asedio. A una situación excepcional corresponden medidas excepcionales.”[66]

A lo cual habría que añadir la apreciación de un protestante honesto, que, pese a sus reservas, captó muy bien la situación.

El ya citado L. Alonso Schökel, ante quienes opinan, que aquellas medidas fueron demasiado rígidas y que dieron por resultado un coartar gravemente la investigación, contrapone la declaración de la máxima autoridad en el terreno de la arqueología, historia y filología bíblicas. Se refiere “a W. F. Albright, quien presentando al público protestante la obra de un profesor católico decía: “Las respuestas de la Pontificia Comisión Bíblica respecto a los límites de la investigación crítica del Antiguo Testamento fueron promulgadas entre 1905 y 1910, después de prolongado estudio por parte de un consejo especializado; como se puede esperar en asunto eclesiástico tan serio, las respuestas se inclinaban con gran peso hacia el lado conservador. Es cosa sabida que muchos de los llamados Modernistas, por ejemplo Loisy, fueron tan extremistas en su crítica, que los Católicos ortodoxos se escandalizaron y reaccionaron vigorosamente. Personalmente, como protestante convencido, creo que la reacción fue exagerada y que las Respuestas eran demasiado estrechas. Pero pusieron límite a los excesos de la crítica literaria e histórica, que desde el camino protestante se extendía rápidamente al católico. El resultado es que la investigación católica del Antiguo Testamento ha quedado libre del incomparable flujo de necedades, característico de la investigación protestante en los últimos cincuenta años. Con lo cual no quiero negar ni el mérito ni el demérito de gran parte de la investigación bíblica de círculos católicos.”[67]

Lagrange “al servicio”

Un personaje tan importante para la renovación de la ciencia bíblica en la Iglesia católica, como todos lo reconocen, no se dejó mover, sin embargo, por ansias de protagonismo. Como bien reza el título del libro, que fundamentalmente nos ha servido de guía: “El Padre Lagrange al servicio de la Biblia”, no al suyo propio. No se valió de sus dotes excepcionales, del prestigio ganado con denuedo, de la fundada fama de su Escuela de Jerusalén y su Revue Biblique, para salir a la prensa y defenderse, concitando a su favor el reconocimiento de los competentes.

En sus escritos más íntimos hemos comprobado cómo se declaró “siempre dispuesto a callarse y retractarse”; de qué modo heroico renunció a ocuparse del Antiguo Testamento, más aún hasta qué desprendimiento total llegó, al declarar que estaba convencido de tener que “no ocuparse de Sagrada Escritura” en absoluto, para mostrarse dócil a la Santa Sede. Sostenía, que “su persona no debía contar para nada”. Escribió a Pío X que su “primer y último movimiento sería el someterse a las órdenes del Vicario de Cristo”, para terminar sus recuerdos, con esta especie de testamento: “Mi único deseo es morir en la unión de la Iglesia”.

¿Denotará tal actitud servilismo, adulonería hacia el poder, falta de personalidad?

Nadie podrá decirlo honradamente, si recordamos la colosal energía desplegada por Lagrange, logrando cimentar el justo renombre que adquirió su obra y el equipo de grandes sabios que lo secundó.

Es que, como dijo alguno: “Adulto o no, nadie hace la experiencia de la libertad si no es por la disciplina”. Si se preguntara a más de uno, quién fue el autor de esta frase, las respuestas se orientarían hacia algún Torquemada o mariscal prusiano. Y bien, no: la sentencia pertenece a D. Bonhöffer, aquel teólogo protestante, apasionado por la libertad en lucha contra Hitler.[68] Y comenta el P. De Lubac: “Es paradojal que una evidencia tal deba ser recordada a tantos reformadores.”[69]

La figura ejemplar de Lagrange ha de servirnos también hoy, porque las confusiones que encaró la “Pascendi” no han desaparecido del todo en la Iglesia, según lo afirmó ya Pablo VI, a poco de concluido el Vaticano II, refiriéndose a ciertos brotes “de modernismo en diversas tentativas de expresiones heterogéneas, extrañas a la auténtica realidad de la religión católica” y en el predominio que se da a las tendencias psicológico–culturales, propias del mundo profano, por encima de la fiel y genuina expresión de la doctrina y de la norma de la iglesia de Cristo.[70]

Es que, desde el envío de Cristo a evangelizar a todas las naciones, se impuso y estará vigente hasta el fin, el diálogo, que ha de tener muy en cuenta a los destinatarios mismos de la misión: el universo entero, con su historia diversificada, culturas diferentes, virtudes y errores. De allí que, entre los signos que acompañan la predicación, se anote: “hablarán lenguas nuevas.”[71] Lo cual supone traducción, adaptación, comprensión de mentalidades distintas, en fin, intercambio con lo “moderno” de cada época.

Pero, y de entrada, constatemos que la dispersión por los caminos del mundo no significa atomización del mensaje. Pues, como manda Jesús en Mateo, los apóstoles han de ir a todas las gentes, usando sus idiomas y con las debidas transposiciones, pero enseñando siempre “lo que yo les he mandado,”[72] no cualquier otro invento. Ello implica un doble trabajo: atención tanto al receptor, como al mensaje, que no ha de ser adulterado, sin que la preferencia de un elemento vaya en desmedro del otro.

De ahí que, diez años después de su advertencia sobre emergencias de modernismo, el mismo Pablo VI previniera contra un particularismo y temporalismo, que no deja percibir lo unificante y permanente: “No será seguro ni estaría exento de peligros, hablar de tantas y tan diferentes teologías como continentes y culturas. Pues el contenido de la fe, o es católico o ya no es tal. Por otra parte, todos nosotros hemos recibido la fe a través de una tradición ininterrumpida y siempre constante: Pedro y Pablo no la disfrazaron para adaptarla al mundo judío, griego o romano, sino que velaron con el máximo cuidado por su autenticidad, por la verdad de un único y mismo mensaje presentado en lenguas distinta.”[73]

Recuerda asimismo el Papa que el contenido de la fe “o es católico o ya no es tal”. En efecto, católico, por su misma etimología (kath–hólon), significa “según el todo”, teniendo en cuenta lo universal. Entonces traicionaría su esencia quien se detuviera en la “parte”, que se percibe con viveza y urgencia en tal región o tiempo, desdeñando la “comunión con todos los santos,”[74] los del presente y los del pasado. En poca consonancia estaría con el todo, quien viviera de sus problemas y esquemas, con indiferencia respecto a lo que se percibe en otras latitudes o lo que se ha descubierto en tiempos pretéritos.

Si se quiere evangelizar, hay que estar auscultando “lo moderno”, claro está, pero no a la manera de Loisy, quien se mimetizó tanto con el protestantismo liberal, que perdió de vista los lazos de continuidad con un Evangelio que no pasa, por más que se desvanezcan cielo y tierra.[75]

Como lo expresaba H. U. von Balthasar: “No se trata de ignorar las cuestiones radicales que afrontan cada día las iglesias locales. Pero existe el peligro real de encerrarse en una experiencia limitada, de contentarse con el análisis ambiguo de los “hechos de vida” o de reducir la caridad evangélica a una práctica de la solidaridad humana. Con ello los creyentes corren el riesgo de no tener un lenguaje lo suficientemente riguroso y disolver su comunión original en su indiscutible diversidad.”[76]

La historia se encarga de comprobar que no siempre la parte más “ilustrada” en las contiendas doctrinales fue la que estaba en la justa verdad; la observación de este dato fue uno de los motivos científicos, que movió a Newman a abrazar la fe católica.

Por eso, nunca podrá ser criterio a seguir “lo nuevo por lo nuevo”. Nuevo es el diente que apunta en la encía del bebé. Nuevo es también el tumor maligno, que se declara en un paciente. Por lo cual, tampoco hay que dejarse encandilar por el actualismo, pues también hoy la cizaña está mezclada con el trigo y no es oro todo lo que brilla. Así lo delataba sagazmente el sociólogo Peter Berger: “La época actual se cree aparentemente inmunizada contra toda suerte de relativización. Se acusa a los autores del Nuevo Testamento, por haber tenido una falsa conciencia, en cuanto que estaba enraizada en su propia época. Pero el estudioso moderno, sin el mínimo control, parece haberse convencido de que su propia época –nuestra época– es necesariamente una bendición integral. En otros términos, intelectualmente hablando, un electricista o un radioescucha debería ser colocado por encima del Apóstol Pablo.”[77]

En consecuencia, según muchos, la función del sucesor de Pedro consistiría en ser una especie de secretario de las Naciones Unidas de la Fe; una gran agencia de encuestas, que ratificaría las tendencias de mayor eco en las Iglesias.

Pero, dado que éstas, a su vez, están auscultando al mundo, en último término el magisterio residiría en las oleadas de pensamiento o acción más bullangueras del momento.

¿Es esto caricatura fácil? Baste un somero recuento de la seguidilla de “teologías”, que se han sucedido en los escaparates durante pocos decenios, para calibrar qué escasa seriedad pudo haber en publicaciones tan caducas: teología de la muerte de Dios, de la ciudad secular, de la esperanza, teología política, de la revolución, de la liberación; teología negra, latinoamericana, centroeuropea, vasca, indigenista…

De todo se ha hecho teología, menos del objeto incluido en su misma definición: Theos (Dios). Pues se lo mimetiza detrás del prójimo, del “futuro” o de la ecología, atrapándolo entre los engranajes de nuestros proyectos, sin darle un lugar explícito por lo que ÉL es, que fomente la teología de la oración, del culto, de la alabanza gratuita, de la espera de la Parusía, que permita aquellos anhelos de Pablo (en medio de acuciantes preocupaciones pastorales): “Ansío disolverme, para estar con Cristo.”[78] Con lo cual no estamos preconizando una “fuga mundi”, sino tratando de que no se olvide la jerarquía de valores, presente en la revelación, sobre la que ha de reflexionar la teología.

La exégesis bíblica desde Lagrange

Los acerbos sufrimientos de Lagrange, unidos a una fe oscura y probada, no fueron estériles. Ya hablamos de la apertura que se registró en la misma Pontificia Comisión Bíblica.[79] Así evalúa estos resultados P. Grelot: “No conocí al padre Lagrange en vida, pero había leído, no bien logré procurármelo, el volumen dedicado a su memoria por el padre François-Marie Braun: L’Oeuvre du Père Lagrange; Étude et bibliographie (Friburgo 1943). El padre era más que un maestro un ejemplo: había abierto un camino en el que era necesario comprometerse. En 1942 la encíclica Divino Afflante Spiritu confirmó sus puntos de vista retomando implícitamente su doctrina de la inspiración: en cierto sentido, por tanto, canonizaba la orientación crítica y teológica de su trabajo. Por lo cual, a partir del momento en que tuve que estudiar el Nuevo Testamento, los trabajos del padre Lagrange y de l’École Biblique de Jerusalén… llegaron a ser para mí una fuente esencial.”[80]

Sin embargo, tales frutos recogidos por el último concilio ecuménico, no fueron aprovechados en las décadas posteriores.

Así, a veinte años de aquella asamblea, en el Sínodo Episcopal, que hacía su balance, se oyeron testimonios como éstos: “Parece que se la conoce poco (a la Dei Verbum) y que no se aplica correctamente… Se desea, pues, que la renovación bíblica destaque que la Sagrada Escritura es Palabra viva, que se lee en la Iglesia. Por lo tanto, una exégesis no puramente crítica, sino teológica y eclesial.”[81]

El P. Ignace de La Potterie, al despedirse de su fecundo profesorado en el Pontificio Instituto Bíblico de Roma,[82] avizoraba este horizonte sombrío: “El estudio de la Biblia, como las demás ciencias eclesiásticas, está amenazado hoy por la oleada de la secularización, que ha invadido nuestro mundo. Aquellos que se dedican a la exégesis científica con frecuencia ignoran la tradición de la Iglesia y creen que han de encerrarse en una serie de operaciones puramente técnicas, fuera de la fe. Pero de este modo arriesgan, pese a inmensos esfuerzos, el “estar siempre aprendiendo, sin llegar jamás al conocimiento de la verdad.”[83] ¿Por qué? Porque la verdad de la Escritura no es la verdad en sentido positivista de la ciencia moderna, sino “la gracia de la verdad,”[84] la verdad revelada, el Evangelio que nos salva.[85] Un verdadero trabajo científico sobre esta verdad no puede ser practicado más que dentro de una “ciencia de la fe.”[86]

Admitiendo la exactitud de estas presentaciones, creemos que además de tales deficiencias, que todavía subsisten, no sería justo olvidar a fecundos autores, que después de Lagrange, Batiffol y otros grandes de la exégesis católica, han ilustrado también la producción científica: Vaccari, Benoit, Straubinger, Lyonnet, Vanhoye, Alonso Schökel, Zerwick, Dahood, Schlier, Schnackenburg, Martini, Fusco, Ravasi, Segalla y tantos otros, que sería largo enumerar, han dado brillo a los comentarios y trabajos de toda índole, por parte de la ciencia escriturística católica.

Además, los últimos documentos emanados por la Pontificia Comisión Bíblica han sido muy bien acogidos por la comunidad científica,[87] sobre todo el referente a la Interpretación de la Biblia en la Iglesia[88] y el último: “El pueblo judío y sus Sagradas escrituras en la Biblia cristiana.”[89]

Habría también que señalar el gran impulso dado a la “Lectio divina” y el interés suscitado por la mayor amplitud dada al leccionario litúrgico, después del último Concilio.

Resumiendo: la “Cuestión Bíblica”, tal como estuvo planteada por los exponentes mayores del modernismo, se vio enredada en una concepción evolucionista, según la cual la historia, sin más intérprete que un sentimiento religioso en búsqueda de Absoluto, sería por sí misma reveladora del Espíritu (en el sentido hegeliano del término) y, por lo mismo, del hombre en su relación con el Absoluto. Tal fue la postura de Loisy y otros.

Lagrange, en cambio, admitiendo el método histórico como compatible con la intervención de un Dios eterno y, por lo mismo trascendente a los ritmos temporales, se puso en las antípodas de una concepción coránica de la revelación divina y del libro que la contiene. Dios no dictó desde los cielos palabras incontaminadas por vicisitudes históricas, sino que se manifestó en Israel, en medio de lo más crudo de los acontecimientos, articulados con la palabra de los profetas, inspirada por Dios, que los iluminaba, a la vez que los superaba, no agotándose en ellos.

Igualmente en el Nuevo Testamento: aquí el centro es Jesucristo, sin duda una figura humana, pero con una pretensión que escandalizó desde los comienzos, pues, como anunció Pablo en el Areópago: Dios “ha establecido un día para juzgar al universo con justicia, por medio de un hombre, que él ha destinado y acreditado delante de todos, haciéndolo resucitar de entre los muertos.”[90] Tal personaje, estuvo constantemente sometido al estudio de la historia. Sin embargo la supera, porque sólo Él “es el mismo ayer y hoy y por los siglos.”[91]

La Plata, 4 de septiembre de 2007.


[1] Ezequiel 22, 28.

[2] Juan 16, 13.

[3] Hechos 15, 28.

[4] “No horrorizándose (los modernistas) de seguir las huellas de Lutero” San Pío X, Pascendi Dominici Gregis, 17 en: Colección de Encíclicas y Cartas Pontificias, Buenos Aires; 1946; p. 260.

[5] San Pío X, Ibid., 38 en: Colección de Encíclicas, p. 279.

[6] Luis Alonso Schökel, El hombre de hoy ante la Biblia, Barcelona; 1959; p. 49.

[7] Citado por R. García de Haro, Historia Teológica del Modernismo, Universidad de Navarra;1971, p. 120. Con antelación, el mismo García de Haro había comentado: “Loisy… no llevó a cabo una verdadera labor de investigación crítica e histórica. Partió, como si fueran definitivos, de los estudios realizados por los exégetas protestantes” (ibid., p. 113).

El jesuita, P. Brucker, encargado por el cardenal Richard, antes de las primeras condenas, de redactar un informe sobre los cursos, que estaba desarrollando Loisy en el Instituto Católico de Paris, notifica que “Monseñor Loisy se encuentra allí en pleno ambiente protestante… Su erudición es de segunda mano. Lee todo lo que aparece en Alemania e Inglaterra y acepta toda la exégesis protestante. La reproduce enseguida en sus artículos. No tiene cuenta alguna de la tradición. La enciclopedia protestante publicada en Alemania es su libro de cabecera”. (García de Haro, ibid., p. 119 y p. 113, n. 312).

[8] Mostraba d’Hulst su simpatía por la que él llamaba “école large”, aprobando sus tesis, como la de la inspiración de los Libros Sagrados restringida sólo en sus afirmaciones tocantes a la fe y las costumbres. Una vez publicada la encíclica de León XIII, d’Hulst se apresuró a mandar a Roma su retractación. Ver: Gaetano M. Perrella, Introduzione Generale alla Sacra Bibbia, Torino-Roma; 1958; p. 82, n. 6. Al respecto, opinaría Marie-Joseph Lagrange: “Mons. d’ Hulst intervino con la intención manifiesta de darle una mano (a Loisy), sin comprenderlo demasiado exactamente”. Le Père Lagrange au service de la Bible – Souvenirs personnels, Paris; 1967; p. 52.

[9] Citado por: C. Théobald, L’Entrée de l’Histoire dans l’Univers Religieux et Théologique au Moment de la Crise Moderniste en: J. Greisch, K. Neufeld , C. Théobald, La Crise Contemporaine – Du Modernisme à la Crise des Herméneutiques, Paris;1973; p. 40. Según Jean Levie, A. Loisy estaba notablemente dotado desde el punto de vista filológico y exegético, penetrante y perspicaz, pero con una marcada tendencia, por una parte a un escepticismo hipercrítico y por otra, a una ingeniosidad muy confiada en sus adivinaciones… Sus trabajos ulteriores, así como toda su actitud intelectual hicieron un daño inmenso al progreso de la exégesis católica; se instaló la desconfianza entre numerosas personalidades y en ciertas autoridades eclesiásticas contra las tendencias progresistas en exégesis, que se pensaba desembocarían fatalmente en semejantes desviaciones… [Su] método ha sido siempre demasiado estrecho, buscando inconscientemente, bajo la presión de la duda o la incredulidad, de reducir el pensamiento y la acción de Cristo al nivel humano de nuestra experiencia personal de los hombres y las cosas y negándose, por un falso escrúpulo de objetividad crítica, a plantear francamente, en todo juicio histórico sobre Cristo, la hipótesis sobrenatural, exigida por la fe, de una conciencia que estando en el tiempo, lo trasciende. Es menester tener el coraje de plantear francamente en el trabajo histórico la hipótesis del Cristo que nos presenta la fe, si se quiere poder comprobar que es ella la que justifica y sintetiza lo mejor posible, abarcando los datos de la historia, que el Cristo de la fe se encuentra perfectamente con el Cristo de la historia y lo completa”. La Bible Parole Humaine et Message de Dieu, Paris-Louvain; 1958; pp. 52-53 y 69-70.

[10] Jean Levie, Ibid., 51.

[11] Mateo 13, 52.

[12] Siendo joven estudiante dominico, tuvo que emigrar a Salamanca, al ser expulsadas las órdenes religiosas de Francia. De los estudios allí realizados recuerda: “El fondo de la enseñanza era la Summa de Sto. Tomás, estudiada en su texto, cuestión tras cuestión, artículo por artículo. Nada vale tanto como este contacto de todos los días con la letra del más grande de los teólogos… Admirable gimnasia del espíritu, que lo vuelve bastante ágil para evitar las aproximaciones, las generalizaciones confusas y que ninguna erudición puede reemplazar”. (Le Père Lagrange, p. 283). Fijémonos de qué manera inaugura su tan innovadora y famosa obra, La Méthode Historique – La critique biblique et l’ église, inspirándose en un autor “antiguo” pero siempre tan “nuevo”: “Antes de comenzar, querría ponerme bajo el patrocinio del glorioso doctor de la orden de Santo Domingo, santo Tomás de Aquino. Lo que él representa hoy día para nosotros es el peso venerable de una tradición ya antigua. Lo que sobre todo llamó la atención de sus contemporáneos fue la extrema novedad de su doctrina. Guillermo de Tocco, su biógrafo autorizado, refleja bien esta impresión, empleando ocho veces la palabra nuevo para caracterizar su manera (sigue la cita) … Cuando se produce un movimiento, representado por hombres concienzudos y sometidos a la autoridad de la Iglesia, el reproche de novedad es decisivo sólo en materia de dogma; nadie tiene el derecho de prohibir al Espíritu Santo a que expanda sobre la Iglesia nuevas luces bajo pretexto de que los antiguos ya todo lo han visto y decidido.” Paris; 1966, 6ª ed. con prólogo de R. De Vaux, pp. 23–24. Este solo dato lo diferencia de su contemporáneo Loisy, quien escribía: “Ya he dicho también cómo el estudio de la Summa Theologiae, que emprendí en este tiempo, aumentó este malestar en lugar de calmarlo… El ángel de las escuelas me desconcertaba por el atrevimiento de sus construcciones lógicas en las que yo no conseguía encontrar fundamento real alguno…” Mémoires, 50. Citado por: C. Tresmontant. La crisis modernista, Barcelona; 1981; p. 34.

[13] Jean Levie, ibid., pp.58-59.

[14] “Aller Anfang ist schwer.” Se corresponde al más pintoresco italiano: “Roma non fu fatta in un giorno”

[15] J. Guitton, Retrato del Padre Lagrange-El que reconcilió la ciencia con la fe; Madrid;1993; p. 33.

[16] Citado por J. Guitton, ibid., 34.

[17] Comenzaron los ataques por parte del jesuita Méchineau, quien trató al P. Lagrange de desertor pasado al enemigo (Le Père Lagrange…   pp. 92-93). El mismo patriarca latino de Jerusalén, Msgr. Piavi, lo denunció en Roma, ante el Prefecto de Propaganda Fide, acusándolo de racionalismo e incluso de desviaciones “protestantes” (ver: ibid., pp. 85-87).

[18] A.J. Delattre, Autour de la question biblique. Une nouvelle école d’exégèse et les autorités qu’elle invoque, Liège; 1904.

[19] Siguió una campaña contra El método histórico, con la intervención de la revista romana de los jesuitas: La Civiltà Cattolica (ver: Le Père Lagrange, p. 143).

[20] De hecho, el libro de Loisy fue una respuesta al de A. v. Harnack: Das Wessen von Christentum; Leipzig; 1900, del que critica su desdén por la Iglesia, a la cual, con todo, tampoco él ubica en su debido lugar, al acuñar su célebre axioma: “Jesús predicó el reino de Dios y fue la Iglesia la que vino” (L’Évangile et l’Église, Paris; 1902; p. 111).

[21] Le Père Lagrange, P. 121. Se refiere a: RB; 1903; pp. 292-313.

[22] Marie-Joseph Lagrange , La Méthode Historique, p. 169. Véase idéntica postura sobre el aprecio de los progresos que hacía el método histórico por aquellos años, pero sin que su precio significara un desdén por el dogma, en la pluma del gran amigo y colega escriturista de Lagrange, Mons. P. Battifol: El concepto de ortodoxia ha sufrido un cambio significativo. Porque “encontramos provecho al escribir la historia de la elaboración de un dogma, en primer lugar, porque sólo la historia nos permite distinguir en un dogma el elemento esencial e inmóvil y el elemento poco a poco explicitado o inferido por la reflexión eclesiástica. El primero de estos dos elementos es una constante, de la cual la historia va mostrando que no tiene historia; el segundo elemento, al contrario, está legitimado porque tiene una historia… hemos de verificar la perpetuidad pieza por pieza, y allí donde no hay perpetuidad, sino desarrollo, hemos de seguir hasta el menor detalle las fases de este desarrollo. En lo cual, siguiendo al Cardenal Newman, abrimos una via media entre los viejos protestantes, que ven en toda fórmula eclesiástica… del dogma una intrusión…y aquellos escolásticos de hoy día, que a todo precio quieren que los Padres hayan pensado exactamente como ellos”. Évolutionnisme et Histoire en: Bulletin de littérature ecclésiastique; 1906; p.174.

[23] Que, según Loisy, era tenida erróneamente como inminente por el mismo Jesús; L’Évangile et l’ Église, p. 141.

[24] Marie-Joseph Lagrange, La Méthode Historique, p. 179.

[25] A. Schweitzer, Geschichte der Leben-Jesu Forschung, Munich; 1906. “La investigación histórica sobre la vida de Jesús no nació de un interés puramente histórico, sino que más bien buscaba al Jesús de la historia como una forma de ayudarse en la lucha contra el dogma, por liberarse del dogma. Posteriormente, una vez liberada de ese sentimiento, buscó al Jesús histórico en un modo que pudiera ser entendido por la generación en que llevaba a cabo su tarea. Para Bahrdt y Venturini, Jesús fue el instrumento de la Orden de los Iluminados a finales del s. XVIII. Para Reinhardt, Hess, Paulus y demás escritores racionalistas, Jesús fue el maravilloso revelador de la virtud verdadera conforme a la razón. Cada una de las épocas sucesivas de la teología encontró sus propias ideas en Jesús; de otro modo les hubiera resultado imposible revivificarlo.” A. Schweitzer, Investigación sobre la Vida de Jesús, Valencia; 1990; p. 53-54.

[26] Marie-Joseph Lagrange, La Méthode Historique, pp. 184-185.

[27] Salmo 55, 13-14.

[28] Le Père Lagrange, p. 135. J. Guitton recuerda una frase del P. Lagrange, que no es un mero refrán piadoso, sino que ha nacido de una abnegada y sostenida actitud de fe: “Nada se arregla en la Iglesia fuera de la obediencia”. Retrato del P. Lagrange, p. 39.

[29] Le Père Lagrange, p. 141.

[30] “Pero las sospechas no cesaron. Para desarmarlas, renuncié enteramente al estudio del Antiguo Testamento, fuera de lo que tiene que ver con el Nuevo, y, dado que mis superiores no me autorizaban a decir adiós a los estudios bíblicos, me consagré al estudio del Evangelio. No era dejar un puesto libre. El P. Dhorme entraba como maestro en las relaciones de la Biblia con el Antiguo Oriente” (Le Père Lagrange, p. 172).

[31] Ibid. p. 169. Lagrange manifiesta su acuerdo con la siguiente indicación del jesuita Yves de la Brière: “Este gran Papa ha actuado en algunos casos como esos jefes que proclaman el estado de sitio o la ley marcial en circunstancias, en que el peligro apremiante pide medidas excepcionales. Había peligro, el Papa lo sabía. A él le correspondía restablecer la seguridad general, aunque esto costara a algunos individuos. En ese momento mismo, se proponía publicar por fin una lista de proposiciones condenadas. No ha querido, sin duda, que, siendo severo con los unos, fuera demasiado indulgente con otros. El silencio le pareció la situación más propicia, para permitir a los espíritus meditar y poner al servicio las enseñanzas dadas por el decreto Lamentabili.” Ibid. p. 170.

[32] Sin embargo, según noticias más actualizadas, se ha de quitar del horizonte la finalidad de “competición” con L’École de Jerusalén, en la intención primera para la fundación del Instituto Bíblico romano, encomendado a la Compañía de Jesús, porque ya venía planeándose desde León XIII, gran protector del P. Lagrange. (Ver: R. Fabris, Bibbia e Magistero. Dalla Providentissimus Deus (1893) alla Dei Verbum (1965)” en: Studia Patavina, XLI; 1994; 2, 326.

[33] Le Père Lagrange, p. 190.

[34] J.Guitton, Retrato del Padre Lagrange, p. 52.

[35] Le Père Lagrange, p. 196.

[36] Corriere della Sera; 28 de julio de 1909; Débats; 21 de agosto de 1909; L’Unità cattolica; 24 de diciembre de 1912.

[37] Le Père Lagrange, p. 198. El P. Fonck hizo una visita de cortesía al P. Lagrange, proponiendo, para explicar la situación una metáfora, aparentemente humilde. Comentó que se trataba de una lucha entre “un cacharro de barro; añadimos: los jesuitas incipientes) contra otro de hierro; los dominicos, ya desde años en la liza. Pese a nosotros –comenta Lagrange– seríamos fatalmente observados como en oposición con un instituto no sólo pontificio, sino honrado con el favor del Santo Padre, favor que nos era rehusado. La menor polémica, que se hubiera vuelto inevitable, tomaría fácilmente el aspecto de una rebelión. Nosotros no queríamos nada de esto en absoluto”. El Padre acota: “La visita del P. Fonck me dejó en un gran abatimiento”; ibid., 199.

[38] El P. Lagrange enumera también honrosas excepciones en la Compañía, que se alinearon junto a él: Delehaye, Peeters, Martindale, Grandmaison, Condamin, Durand, (un poco Prat) Bouvier, Mariès, de Tonquédec, Pinard de la Boulaye, d’Alès; ibid., p. 201, n. 60.

[39] En el colmo de estas angustias el P. Lagrange había escrito una carta al P. Cormier, general de los dominicos, de la que extractamos estos párrafos: “Para mí, personalmente, es claro que no debo ocuparme más de Sagrada Escritura… No es por descorazonamiento, es para mostrarme dócil a la dirección de la Santa Sede a mi respecto, esta vez muy clara… Lejos de incitar a los otros contra la autoridad, yo pido que se continúe… Mi persona no debe contar para nada, ¿no se lo he repetido cantidad de veces?… Pienso que Ud. podría muy bien presentar esta medida como un acto deferente ante las intenciones del Santo Padre”; Ibid., pp. 358-359. Efectivamente, se hizo llegar la carta al Papa, quien respondió al P. Cormier, el 16 de agosto de 1912: “He leído con la más grande satisfacción la hermosa carta del P. Lagrange, y tendrá Ud. la bondad de responderle que yo estaba bien seguro de sus sentimientos y que lo felicito por su plena sumisión”; ibid., p. 204.

[40] Insertamos: de la fundación de l’ École Biblique, en 1990.

[41] 1890-1937, Editions du Cerf, 1990.

[42] 1890-1939.

[43] Gabalda, 1991.

[44] Ya en los últimos años de vida del P. Lagrange había comenzado un deshielo y acercamiento entre los jesuitas del Biblicum y el P. Lagrange. Así, cuando despuntaba ya la competencia, de quien sería más tarde gran exégeta del Biblicum, S. Lyonnet, “fue invitado por el P. Lagrange a redactar para la Introduction á l’étude du Nouveau Testament, II: Critique textuelle, los capítulos relativos a las traducciones armenia y geórgica. Se siguió de allí una larga correspondencia muy cordial entre el joven lingüista y el célebre exégeta”; A. Vanhoye, “Notice Biographique” en: S.Lyonnet, Études sur l’ Epître aux Romains , Roma-1989-IX. Se encuentra el epistolario entre ambos en: Biblica; 1990; pp. 280-298. Yves Congar relata que, conversando con el Cardenal A. Bea; que fuera rector del “Biblicum”; éste le informó personalmente que, en sus viajes a Tierra Santa, “había establecido contacto con el P. Lagrange, para superar la semitirantez; “demifroid entre l École biblique y el Instituto”; Yves Congar, Mon Journal du Concile, Paris; 2002; I, p. 91.

[45] Aclaramos: es el que venimos también “saqueando” para esta presentación: Le Père Lagrange.

[46] P. Grelot, “Ritorno ai lavori seri” en su obra: Il rinnovamento biblico nel ventesimo secolo – Memorie di un protagonista, Cinisello Balsamo; Milano; 1996; pp. 297-298.

[47] Le Père Lagrange, p. 205.

[48] Ibid., p. 215.

[49] En su primera nota, añade: “El 4 de julio de 1991, con ocasión de mis noventa años, el Papa me escribía: “Me siento feliz al saber que ha terminado Ud. la redacción de su libro sobre el Padre Lagrange; me complacerá conocer un ensayo que ayudará a nuestros contemporáneos a reconocer en ese religioso un precursor de la exégesis y una figura de la Iglesia”; Retrato del Padre Lagrange, p. 9 y n. 1. El importante documento de la Pontificia Comisión Bíblica sobre La Interpretación de la Biblia en la Iglesia, 1993, hará también justicia a la denodada labor del P. Lagrange, destacando sólo su nombre entre los grandes de la exégesis católica más actual: “Aunque sus trabajos no siempre hayan obtenido el apoyo que se les da hoy, los exegetas que ponen su saber al servicio de la Iglesia, se encuentran situados en una rica tradición que se extiende desde los primeros siglos, con Orígenes y Jerónimo, hasta los tiempos más recientes, con el padre Lagrange y otros, y se prolonga hasta nuestros días”; ibid., III, B, 3, Buenos Aires-2003 – pp. 141–142.

[50] Instituida ya por León XIII el 30 de octubre de 1902; Carta Apostólica Vigilantiae studiique. Sus primeras intervenciones fueron elaboradas en la atmósfera particularmente difícil de la crisis modernista, entre 1906 y 1914. Tratan sobre la autenticidad del Pentateuco, mosaica, y de otros libros del Antiguo y Nuevo Testamento, como también de algunos otros temas.

[51] H. Haag, Wider die Angst vor der Freiheit: Die Geschichte des Pioniers katholischer Bibelwissenschaft Marie-Joseph Lagrange; 1855-1936 en: Gegenentwürfe, 24 Lebensläufe für eine andere Theologie , ed. de H. Häring y K. J. Kuschel; Publicación en homenaje a Hans Küng; Munich,1988; p. 280.

[52] Ver nota previa.

[53] Negador de la existencia del Demonio; Abschied von Teufel, Einsiedeln,1969. Lo mismo que H. Küng; en cuyo honor escribe este artículo Haag; quien ha rechazado la infalibilidad pontificia; Unfehlbar?, Eine Frage, Einsiedeln,1970. De este último escribirá H. U. Von Balthasar: “En cuanto a Küng, que tiene la pretensión de seguir siendo cristiano, yo compruebo que su posición es la de un protestante liberal”; Viaggio nel postconcilio, Intervista di Angelo Scola, Suplemento al n. 10 de Trenta Giorni, noviembre de 1985, Milán.

[54] Jean Levie, ibid., p. 87, n. 1.

[55] Juan 1, 14. P. Grelot, Los Evangelios y la historia, Barcelona; 1987, p. 31.

[56] Egiptólogo francés; 1846-1916.

[57] J. Guitton, Portrait de Monsieur Pouget, Gallimard; 1941; p. 284.

[58] Sobre todo en el período entre 1906 y 1914, acerca de la “autenticidad mosaica del Pentateuco”, “índole y autor del libro de Isaías, de los Salmos; autor del Cuarto Evangelio” y asuntos por el estilo. “Fueron todas elaboradas en la atmósfera particularmente difícil de la crisis modernista”; Jean Levie, ibid., 87.

[59] Secretario de dicha Comisión.

[60] Fuentes del Pentateuco, el valor “histórico” de sus once primeros capítulos.

[61] Enchiridion Biblicum, Nápoles-Roma; 1956; nn. 577-581.

[62] Divino Afflante Spiritu, de Pío XII; 1939.

[63] Cfr. “Das neue biblische Handbuch” en: Benediktinische Monatschrift, 31; 1955, 49 s.

[64] Cfr. “De nova Enchiridii Biblici editione” en: Antonianum 30; 1955; pp. 63-65.

[65] Cfr. “À Propos du nouvel Enchiridion Biblicum” en: Revue Biblique 62; 1955; pp. 414-419.

[66] Kl. Stock, “I cento anni della Pontificia Commissione Biblica” en: AA. VV., Atti della giornata per il 100º anniversario di fondazione della Pontificia Commissione Biblica, Roma, 2 de mayo de 2003. Ciudad del Vaticano, 2003; pp. 17-18. La misma consideración sobre la adecuada ubicación “histórica” necesaria, para hacer justicia a estas soluciones ya superadas, se leía en las notas de Miller y Kleinhans. Así se expresaba el primero: “Apenas podemos hacernos idea de la situación en que se encontraban los profesores católicos a la vuelta del siglo y del peligro en que se hallaba la doctrina católica sobre la inspiración y la Escritura, cuando la avenida de crítica liberal y racionalista amenazaba desbordar todas las barreras de las tradiciones hasta entonces santamente observadas. Ahora que la lucha ha cedido sustancialmente, y no pocas posiciones contrarias han sido superadas pacíficamente y algunos problemas se presentan bajo luz del todo nueva, resulta cómodo sonreirse de la “estrechez” y las “ataduras” entonces dominantes”.; Citado por L. Alonso Schökel en: El hombre de hoy ante la Biblia, 37-38.

[67] Citado por L. Alonso Schökel, en ibid., 36-37.

[68] Citado por H. De Lubac, L’ Église dans la crise actuelle, Paris; 1969; 86.

[69] Ibid.

[70] Ecclesiam Suam en: Acta Apostolicae Sedis, 56; 1964; p. 618. Ver, en igual sentido, los párrafos de la Audiencia General del 19 de enero de 1972, que figuran en el programa de estas Jornadas: “El modernismo representó la expresión característica de estos errores y bajo otros nombres está todavía de actualidad.”

[71] Marcos 16, 18

[72] Mateo 28, 20

[73] Hechos 2, 18. Pablo VI, Discurso de clausura del Sínodo de los obispos, 26 de octubre de 1974.

[74] Efesios 3, 18.

[75] Marcos 13, 31

[76] H. U. von Balthasar, en: Communio, VIII; 1979; n. 1.

[77] P. Berger, Auf den Spuren der Engel-Die moderne Gesellschaft und die Wiederentdeckung der Transzendenz, Fráncfort del Meno; 1972, p. 66.

[78] Filipenses 1, 23.

[79] La Carta al Cardenal Suhard; 1948. Posteriormente su Instrucción Sancta Mater Ecclesia sobre la verdad histórica de los Evangelios; 21 de abril de 1964; en la que, con los recaudos necesarios, se aceptan los métodos de la “Form” y “Redaktionsgeschichte.” Tal documento fue casi un preludio a lo que trataría Dei Verbum el año siguiente; Dei Verbum, ver 17-19; Concilio Vaticano II.

[80] P. Grelot, Rinnovamento biblico,pp. 316-317.

[81] Cardenal W. Wakefield Baum, en: L’Osservatore Romano, 8 de diciembre de 1985; ed. española, p. 14. La relación final del Cardenal G. Daneels, recogía estos “desiderata”: “En este contexto se ve la importancia de la Constitución Dogmática Dei Verbum, que quizá fue demasiado descuidada … También en esta Constitución es necesario evitar una lectura parcial. Principalmente la exégesis del sentido original de la Sagrada Escritura, que fue recomendada fuertemente por el Concilio; cf. Dei Verbum, 12; no ha de ser separada de la viva Tradición de la Iglesia; cf. Dei Verbum, 9; ni de la interpretación auténtica del Magisterio de la Iglesia; cf Dei Verbum, 10. Hay que evitar y superar aquella falsa oposición entre la función doctrinal y la pastoral. Más aún, el verdadero afán pastoral consiste en la actualización y concreción de la verdad de la salvación, que en sí vale para todos los tiempos.” en: L’Osservatore Romano, 22 de diciembre de 1985 – ed. española – p. 12.

[82] 15 de diciembre de 1989. “Innegablemente Dei Verbum abría así un nuevo período para los estudios bíblicos en la Iglesia, por más que todavía hoy no parece que muchos se den cuenta de ello”; I. De La Potterie, “L’Istituto Biblico negli ottant’anni della sua Storia” en: La Civiltà Cattolica, 3344-1989; p.167.

[83] 2 Timoteo 3, 7.

[84] cf. Juan 1, 14-17.

[85] cf. Efesios 1, 13.

[86] Ignace De La Potterie, L’Esegesi Biblica, Scienza della Fede en: AA. VV. L’Esegesi Cristiana Oggi, Casale Monferrato; 1991; 164-165. Nueve años más tarde dibujará todavía un panorama similar en: “La Crisis de la Exégesis Contemporánea” en: Jornadas Bíblicas-Actas-Biblia y Hermenéutica, San Rafael; 1998; pp. 97-114. Últimamente, una completísima tesis doctoral sobre el Documento de la Pontificia Comisión Bíblica acerca de “La Interpretación de la Biblia en la Iglesia,” comprueba lo siguiente: “En el pasado muchos estudiosos católicos de la Biblia recibieron una sustancial formación teológica en instituciones católicas, si bien la relación de la exégesis con la fe y la teología seguía siendo problemática. Pero, en años recientes los expertos católicos reciben su educación escriturística en instituciones seculares y la educación teológica es tenida como ampliamente irrelevante”; P. S. Williamson, Catholic Principles for Interpreting Scripture-A Study of the Pontifical Biblical Commission’s The Interpretation of the Bible in the Church, Roma, 2002, 336, n. 6.

O sea: ya antes, cuando se requería la licenciatura en Teología, para ingresar a los grados académicos en Biblia, no estaban muy claramente delineadas las mutuas dependencias e influencias entre la dogmática y la exégesis. El problema, lejos de avanzar hacia un esclarecimiento, ha retrocedido, porque en la actualidad, se suele encarar el estudio de la Escritura con mente positivista, sin conciencia de la “analogía de la fe.”; Ver: Dei Verbum, 12. Ya precedentemente, el mismo autor había fotografiado así la situación actual: “Sin embargo, existe en la comunidad exegética una profunda cautela acerca de la íntima relación entre teología y exégesis, siendo considerada la primera como tendenciosa y dogmática y la segunda vista como científica. Esta cautela refleja una lenta reacción frente a un excesivo dominio de la teología dogmática y la autoridad de la Iglesia en el pasado. Esta reacción y la nueva apertura de la Iglesia a los métodos científicos a partir del Vaticano II, ha orientado hacia una tendencia en la exégesis a plantar sus tiendas en el reino de la ciencia positivista, y a abstenerse de discutir las implicancias teológicas de la Escritura o su mensaje religioso para la fe cristiana. Esto ha influenciado los cursos de Escritura en el Seminario y la Universidad, que a menudo se limitan a análisis históricos o literarios. Un prominente científico del Antiguo Testamento en una Universidad Católica de los Estados Unidos le contó a quien escribe: “El primer día de clase informo a mis estudiantes que soy sacerdote y franciscano, pero que desde ese punto de vista, ellos pueden esperar de mí que me acerque a los textos bíblicos exactamente igual a como lo haría con cualquier otro documento.”; Peter S. Williamson, ibid., 335.

[87] Si bien tampoco faltaron críticas.

[88] En 1993. Ofrece una interesante panorámica de su recepción: M. Girard, “Il documento della Pontificia Commissione Biblica ‘L’ interpretazione della Bibbia nella Chiesa: Bilancio e prospettive’” en: Atti della Giornata Celebrativa per il 100º Anniversario di Fondazione della Pontificia Commissione Biblica; Roma 2 de mayo de 2003, Ciudad del Vaticano, pp. 30-49. Igualmente la recién citada tesis doctoral de P. S. Williamson; ver la nota anterior y J. F. Fitzmyer, The Biblical Commission’s Document “The Interpretation of the Bible in the Church” – Text and Commentary, Roma; 1995.

Es asimismo muy útil e interesante: G. Ghiberti y Francesco Mosetto, L ‘Interpretazione della Bibbia nella Chiesa, Turín; 1998. En las pp. 101 a 104 ofrece cuatro densas carillas con bibliografía respecto a este documento.

[89] Pontificia Commissio Biblica, Le peuple juif et ses Saintes Écritures dans la Bible chrétienne, Ciudad del Vaticano, 2001.

[90] Hechos 17, 31.

[91] Hebreos 13, 8.

 

 

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