el-combate-de-la-oracion

Miguel Antonio Barriola

Es fácil hablar de la cruz, admitir su centralidad en la vida cristiana. Pero bien que nos retobamos cuando nos toca llevarla sobre los propios hombros.

Al mismo Jesús le costó, si recordamos su dramática plegaria en Getsemaní. Toda su vida afirmó que no vino sino para hacer la voluntad del Padre, pero allí pide primeramente: “Pase de mí este cáliz”. Si bien, enseguida recapacita, expresando: “no se haga mi voluntad sino la tuya” (Mateo 26,39; ver Hebreos 5,7-8).

San Pablo es un ejemplo vivo de alguien que no sólo disertó elocuentemente sobre la cruz, sino que la vivió dramáticamente, pero no por eso al estilo de la tragedia griega, sin horizontes y fatalísticamente, sino en el ámbito de la alegría pascual, que no es jolgorio o carcajadas, porque bien puede convivir con pruebas y oscuridades.

No es posible la empresa del discipulado y el consiguiente apostolado, si no contamos con la puntual compañía de las pruebas. Así lo sintetizan Pablo y Bernabé, visitando nuevamente las iglesias que habían fundado en su primer viaje apostólico: “Reconfortaron a sus discípulos y los exhortaban a perseverar en la fe, recordándoles que es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios” (Hechos 14,12).

Esto lo tuvieron siempre presente todos los santos. Recordemos las palabras de Mamma Margherita a su hijo Juan Bosco, el día mismo de su ordenación sacerdotal: “Hoy comienzas a sufrir”. Podría uno comentar: “¡Vaya felicitación!” Pero, en realidad, no hizo más que prolongar las palabras paulinas, que acabamos de recordar, como compendio del camino cristiano.

Lo podemos desgranar, valiéndonos de las confesiones particularmente conmovedoras del mismo San Pablo en: 2 Corintios 11,22-12,10.

Pareciera que Pablo tejiera allí su propio elogio, contradiciendo sus tesis más queridas: “¿Qué tienes que no hayas recibido? ¿Entonces de qué te glorías?” (1 Corintios 4,7).

El pasaje está destinado a demostrar que él para nada es inferior a los “superapóstoles” (12,11), que lo tenían como de segundo orden, porque no había sido parte de los Doce, ni había conocido a Cristo personalmente. Llegará a decir que es algo más, porque puede jactarse de una cierta superioridad sobre los demás (11,22-28). Tal lista de adversidades aparece también en otros lugares (1 Corintios 4,9-13). Pero nuestro pasaje revela una peculiaridad: se podría decir que Pablo se presenta como un héroe al revés.

En efecto, eran comunes los elencos de pruebas y proezas típicas de la literatura, referidas a reyes, emperadores, grandes jefes militares: los trabajos de Hércules, el monumento de Ancira con las empresas de Augusto, etc.

Pero la analogía en la forma literaria cesa cuando chocamos con un contraste en el contenido. Porque, en realidad el pasaje paulino contradice la heroicidad de quien entona su propio panegírico. En último análisis, el Apóstol no expone las medallas olímpicas, resultado de sus fuerzas o presteza, sino que se jacta de su debilidad, que resalta por tres veces: 11,30; 12,5 y 9.

El catálogo, por consiguiente, no es un monumento erigido al orgullo y vanagloria humanos. Al contrario, sirve para alejar de Pablo cualquier asomo de autoglorificación (12,7). Es un héroe, pero contracorriente, no poderoso, ni glorioso y mucho menos triunfante. Su lugar verdadero está entre los vencidos. Y pese a todo se jacta.

Pero tampoco debido a una romántica evaluación de su entereza en medio de la tribulación. Él no se encuentra en la situación despojada pero noble de Bías de Priene (uno de los siete sabios de Grecia), cuando su ciudad amenazada por Ciro el persa, era abandonada por sus conciudadanos, que se llevaban consigo todo lo que podían. Él, que partía sin nada encima, cuando le preguntaban por qué no tomaba consigo sus pertenencias, respondía: “Omnia mea mecum porto” (llevo conmigo todo lo mío). O sea: él valía por sí mismo, su ciencia y experiencia, no por las cosas que poseyera.

Pablo, en cambio afirma: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte” (12,10), es decir: su propio ser se declara afectada por la flaqueza y si hay poder y grandeza en su persona y acción, no se deben al resultado de sus recursos autónomos. Es gracias al poder de Cristo, que habita en él (12,9). Notemos que no se trata de la simple coexistencia o yuxtaposición de debilidad y fuerza, sino que la primera es el lugar privilegiado del despliegue del poder del Señor: “Te basta mi gracia. El poder se patentiza en la debilidad”(12,9). La misma desproporción hace intuir una acción superior. Parafraseando, Pablo diría: “Yo, que soy tan incapaz, obtengo frutos grandes, no por mis recursos, sino por el auxilio de Cristo”.

Nuevamente recordemos que no son éstas páginas heroicas de un pasado ya superado. No, ya que a lo largo de toda la historia de la Iglesia, conocemos semejantes “vasos de barro”, en los que, sin embargo, se depositaron y se anidan siempre sublimes tesoros divinos (2 Corintios 4,7).

Así el Santo Cura de Ars humanamente era un negado. Fue expulsado varias veces del seminario de Lyon. Su ordenación sacerdotal no fue celebrada con solemnes cantos y ceremonias. Tuvo que encaminarse a pie, atravesando regiones de Francia ocupadas por tropas austríacas, para recibir la imposición de las manos en la soledad más despojada. Pero él se aferró con fe viva al don recibido y, una vez más, de la flaqueza humana brotó el vigor divino. Santa Bernadette fue acosada hasta por el párroco, que no creía en sus visiones. Ella sencillamente respondía, valida de una sabiduría superior: “La Señora no me mandó convencerlos, sino proponer lo que ella me ha dicho”.

Tampoco Pablo adopta el talante de los estoicos, como Séneca, que, alabando a un hombre virtuoso, escribía: “He ahí un espectáculo digno de que lo contemple Dios… un varón fuerte con mala fortuna” (De Providentia, 2,19). O también: “El varón sabio… permanece recto debajo de cualquier peso… conoce sus fuerzas” (Epistula 71, 25).

No se da tal dualismo en Pablo: impotencia por fracaso, ruina o pobreza, pero acompañada de una nobleza de ánimo, aguante y valentía, consideradas como propias (“conoce sus fuerzas”). La inseguridad y la impotencia se apoderan de todo su ser. Él se siente empapado hasta las raíces más profundas de su persona por tanta fragilidad. No se queda imperturbable como un fakir, sino que se ve comprometido del todo en su pobreza. Sólo el vigor del Señor actúa en su existencia.

Resalta asimismo otra característica: todo tipo de situación se refiere a pruebas, debilidades o enfermedades con motivo del ministerio.

Pablo no hace un discurso genérico, con referencia al límite de la vida en sí, a la poquedad de la persona humana o al sentido de finitud que implica todo en el hombre. Él se refiere a la impotencia del apóstol en cuanto apóstol. De ahí esa espléndida confesión: “Más allá de todo esto, mi preocupación cotidiana por todas las Iglesias” (12,28). El Apóstol ya no es capaz de poner límites a su amor para con los demás. Cada comunidad cristiana es su Iglesia, toda asamblea de creyentes es su casa. De viaje en viaje, en sus cartas, se lleva encima esta inquietud universal.

Así nos confía no sólo las pruebas que provienen de afuera, por parte de sus adversarios, sino también las intranquilidades que nacen en su interior, cuando constata las deficiencias de muchas de sus comunidades (Corinto, Galacia) o de las que él no fundó (Colosas; su temor ante la recepción de la colecta en Jerusalén: ver Romanos 15,30-31).

Además, la alusión a la “espina en la carne” (12,7) nos indica que las carencias son condición permanente del apostolado, no un aspecto transitorio.

Mucho se discute sobre la naturaleza de este “aguijón o espina en la carne” (no: “de la carne”, como traduce la Vulgata). Pero se admite hoy en día que no es una enfermedad física, ya que “asthenéia” (flaqueza, insuficiencia) y sus derivados en Pablo predominantemente se refieren a debilidades morales y no físicas. Además el contexto habla de “un ángel de Satanás que lo abofetea” (v. 7), que podemos iluminar con 1 Tesalonicences 2,18: donde nos informa que “Satanás” le impidió visitar a los cristianos de Tesalónica. También el enemigo demoníaco ciega el espíritu de los incrédulos para que no vean resplandecer el Evangelio (2 Corintios 4,4). Se trata, pues, de un obstáculo para su misión evangelizadora (Ver: S. Lyonnet, La loi fondamentale de l ‘Apostolat en: I. De La Potterie-S. Lyonnet, La vie selon l ‘ Esprit, Paris; 1965-265).

Nos basta saber que el Señor no le quita esa espina y, dejándola, con todo lo acompaña con una notificación de intensidad extraordinaria: “Te basta mi gracia; porque, de hecho, mi poder se manifiesta plenamente en la debilidad” (12, 9).

Sirve sin duda este diálogo de Pablo con el Señor (oración), para caer una vez más en la cuenta de que, en nuestra relación con el Altísimo, no importan tanto “los dones de Dios, cuanto el Dios de los dones” (como decía San Bernardo). El Apóstol, después de una intensa súplica (“tres veces pedí al Señor”–v. 8–que no hay que tomar matemáticamente, ya que es una expresión que indica la tenacidad del empeño; recordemos “las tres oraciones” de Jesús en Getsemaní), no obtiene lo que pide, pero logra algo mucho más grande: la certeza de que no está solo en la lucha.

A esta altura de la vida y obra de Pablo, conviene recordar que él no había comenzado así. El “Saulo” que se puso en camino hacia Damasco era un hombre seguro, tenía de su parte la prestigiosa tradición y sabiduría de la Ley divina, la convicción de honrarla con fidelidad sin fisuras. No se sentía para nada un hombre “débil”.

Justamente después de aquel viaje y de su experiencia del Resucitado, la existencia de Pablo comienza a ser marcada de modo muy claro por el sello de la debilidad. Aunque no cayó del caballo (como suelen representarlo los artistas), de hecho quedó arrojado en el polvo. Se quedó ciego y humillado. Él, doctor de la ley y fariseo, tiene que mendigar el auxilio de los otros. El celoso personaje de los comienzos era un activista poderoso, pero el Evangelio de la Cruz lo irá cambiando poco a poco.

Podríamos preguntarnos: ¿Tenemos algo de qué gloriarnos? O mejor dicho: ¿Solemos repasar el elenco de nuestros triunfos? ¿Pensamos que ya hicimos bastante, que podemos descansar?

Pablo, en medio de sus cotidianas pruebas, expresaba todo lo contrario: “Esto no quiere decir que haya alcanzado la meta ni logrado la perfección. Pero sigo mi carrera con la esperanza de alcanzarla, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús” (Filipenses 3, 12).

¿Cómo nos comportamos ante las desilusiones o fracasos? ¿Tendemos a arrojar la esponja, o pensamos que “cuando soy débil, es cuando soy fuerte” (2 Corintios 12,10)?

Porque se da una tentación que puede acechar a los apóstoles de cualquier edad, no sólo a los más jóvenes. Es el engaño de tomar la prueba como una quiebra. Fácilmente podemos caer en pensar: “Si estoy en oscuridad y tribulación, es porque me equivoqué en todo”. Hoy en día es muy común semejante conclusión, dado el clima de exitismo y la búsqueda de premios al alcance de la mano. Pensemos en el drama de tantos matrimonios, que se rompen a los tres meses o en muy poco tiempo. Es un peligro que amenaza también a aquellos que han consagrado la propia vida al Señor. Y lo hemos visto muy especialmente en tiempos posteriores al Vaticano II. No por culpa del Concilio, sino por las torcidas interpretaciones, de que ha sido objeto (“post hoc, non propter hoc”). Se apoderó de muchos pastores, teólogos y hombres de Iglesia una actitud extremista: o triunfalismo o derrotismo. La búsqueda afanosa de los reflectores o, si no, bajar las manos con desaliento sin horizontes.

Ahora bien, ni el aplauso de la opinión pública, ni su repudio han de ser criterios de acierto o yerro en la vida evangélica. San Pablo y los santos miraron ante todo a Cristo crucificado. Teresa de Ávila, en una de sus fundaciones, temía, porque todo iba demasiado bien, sin los reveses que solía tenderle Satanás. Juan de Ávila, una vez liberado de los calabozos de la Inquisición, en la primera predicación que tuvo en público, fue recibido por una ovación clamorosa. El santo comentó que más daño le hacían aquellos aplausos que las rejas de la cárcel.

¿Qué lugar ocupa la oración insistente (“tres veces rogué al Señor”) en medio de nuestras turbulencias y desolaciones?

A veces decimos, casi como con una frase hecha: “Voy a rezar”, como pensando tácitamente: “No hay más remedio”.

Pero la oración ha de ser el recurso habitual de todo discípulo y apóstol. Y no sólo en los actos oficiales, sino como convicción incorporada, sabiendo que veamos o no el resultado de nuestros ruegos, siempre serán atendidas por Dios, en su sabiduría mucho más amplia y duradera que nuestra pobre vida: “Te basta mi gracia”.

Recordemos el caso de Esteban y Pablo. El primero ora dramáticamente, mientras se extingue su joven vida bajo la lluvia de cascotes en su lapidación. Saulo, joven también (Hechos 7,58), facilitaba la furia de los asesinos, cuidando de sus mantos, colocados a sus pies.

Esteban no pudo recoger el fruto de sus plegarias, que abundantemente se encargaría de cosechar aquel mismo que sumaba su odio al linchamiento, que pretendía sofocar la naciente fe cristiana.

Las últimas impresiones de Pablo confirman esta acendrada convicción de su fe y esperanza inquebrantables en medio de un panorama humanamente sin salida: “Todos me han abandonado… Pero el Señor estuvo a mi lado, dándome fuerzas para que el mensaje fuera proclamado por mi intermedio y llegara a oídos de todos los paganos. Así fui liberado de la boca del león. El Señor me librará de todo mal y me preservará hasta que entre en su Reino celestial. A ÉL sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén” (2 Timoteo 4,16).