san-jeronimo

Miguel Antonio Barriola

A pocos días del comienzo del Sínodo de los obispos sobre la Palabra de Dios en la Iglesia, en medio del año Paulino y festejando hoy a San Jerónimo (30 de septiembre de 2008), parece oportuno valernos de su experiencia y consejos para la lectura provechosa de la Sagrada Escritura.

Con algunas explicaciones y aditamentos, nos dejaremos conducir por la encíclica de Benedicto XV, Spiritus Paraclitus,[1] con ocasión del XV centenario de la muerte del “Príncipe y Doctor Máximo” de los intérpretes.[2]

A semejanza de S. Agustín,[3] Jerónimo abandonó los placeres, a los que se había entregado en Roma, retirándose al desierto de Chalcis, en Siria. Pero él atestigua igualmente todo lo que le costó ambientarse en el nuevo horizonte.

Eustoquia era hija de Paula, santa matrona romana, que, siguiendo a Jerónimo, abandonó las brillantes tertulias romanas, para empaparse del amor a las Escrituras, hasta el punto de aprender hebreo y hablarlo a la perfección.

El santo le dirige su carta 22, la más extensa y bella de su epistolario, donde recuerda sus apuros, ya insinuados, en el nuevo panorama de su vida: “Llevaba mi locura hasta privarme de comer, por leer a Cicerón. Después de haber pasado muchas noches sin dormir y después de haber derramado lágrimas, que hacía brotar de mi corazón el recuerdo de mis faltas pasadas, tomaba a Plauto[4] entre mis manos. Si llegaba a suceder que por una mudanza de ánimo emprendiese la lectura de los profetas, su estilo exótico me sublevaba y cuando mis ojos enceguecidos permanecían cerrados a la luz, no acusaba yo a mis ojos, sino al sol.”[5]

Notemos cómo estas experiencias, tanto de Jerónimo como de Agustín,[6] son una advertencia sobre las “impresiones primerizas”, tanto agradables como arduas. Si los dos grandes doctores de la Iglesia Latina se hubieran dejado llevar por sus inmediatas reacciones, no tendríamos hoy a tan grandes maestros en la Sagrada Escritura.

San Jerónimo nos indica asimismo el camino para ir superando las propias repugnancias. En primer lugar, se ha de invocar al Espíritu Santo: “En la explicación de las Sagradas Escrituras tenemos siempre necesidad del auxilio del Espíritu Santo.”[7]

Después, desconfiando de su propia ciencia, procura asesorarse en la Santa Tradición: “Todo lo que sé no lo obtuve por mí mismo, o sea, en la escuela de ese tristísimo maestro, que es el orgullo, sino junto a ilustres doctores de la Iglesia.”[8] Con lo cual hace eco a San Pablo, que no proponía un cara a cara con el misterio de Cristo meramente individual, sino en la compañía de los creyentes de todos los tiempos, dado que los tesoros de Cristo siempre nos superarán por todas partes y pretender encararlos de modo solitario sería, en el fondo, una osadía: “¡Que Cristo habite en sus corazones por la fe y sean arraigados y edificados en el amor! Así podrán comprender, con todos los santos, cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, en una palabra, ustedes podrán conocer el amor de Cristo, que supera todo conocimiento, para ser colmados por la plenitud de Cristo.”[9]

Y más concretamente, busca la compañía de la Iglesia de Roma: “Nada hay que más nos importe que salvaguardar los derechos del cristianismo, no cambiando nada el lenguaje de los Padres, sin perder jamás de vista esta fe romana, cuyo elogio hizo el Apóstol.”[10]

Abundando todavía más, reconoce el peso especial del sucesor de Pedro, escribiendo de este modo al Papa Dámaso:[11] “No queriendo otro guía que Cristo, me mantengo en estrecha comunión con vuestra Beatitud, es decir, con la Cátedra de Pedro. Yo sé que sobre esta piedra está edificada la Iglesia. Dad vuestra sentencia, os lo suplico.”[12]

Nada le importaba su comodidad, poniendo por encima de todo su sintonía con la sana doctrina de la Iglesia, llegando a confesar: “He puesto todo mi celo en hacer de los enemigos de la Iglesia mis enemigos personales.”[13] “Hay un punto sobre el cual no podré estar de acuerdo contigo: transigir con los herejes, no mostrarme católico.”[14]

Con tal telón de fondo, después de una decisión tesonera, que no se queda en arranques primerizos (ni de desilusión ni de entusiasmo), apunta el santo a la lectura asidua, cotidiana, de la Biblia, cosa que recomienda a todo tipo de fieles cristianos, pero muy en especial a los sacerdotes. “Libremos nuestro cuerpo del pecado y se abrirá nuestra alma a la Sabiduría; cultivemos nuestra inteligencia mediante la lectura de los Libros Santos: que nuestra alma encuentre allí su alimento de cada día.”[15] Recomienda a Eustoquia, en la ya mentada carta: “Sé muy asidua en la lectura y estudia lo más posible. Que el sueño te encuentre con el libro en la mano y que sobre la página sagrada caiga tu cabeza agobiada por el cansancio,”[16]

El alimento propuesto a todos los creyentes es considerado indispensable para los sacerdotes. De ahí que escriba al monje Rusticus:

“Haz de tu celda un paraíso, come los frutos variados de las Escrituras; pon tus delicias en estos Santos Libros y goza de su intimidad… Ten siempre el Libro en tus manos y bajo tus ojos; aprende palabra por palabra el Salterio, que tu oración sea incesante, tu corazón vigile constantemente y permanezca cerrado a los pensamientos vanos.”[17]

Análogamente aconsejaba al presbítero Nepociano: “Relee con frecuencia las Divinas Escrituras, más aún, que el Santo Libro no se aparte jamás de tus manos. Aprende allí lo que luego has de enseñar. Permanece firmemente adherido a la doctrina tradicional, que te ha sido enseñada, a fin de estar en condiciones de exhortar según la santa doctrina y de refutar a aquellos que la contradicen.”[18]

A San Paulino (que más tarde sería obispo de Nola), le hacía ver que “la santidad sin la ciencia de las Escrituras no aprovecha a nadie, porque, si bien podría edificar a la Iglesia de Cristo por el espectáculo de una vida virtuosa, la perjudica en realidad, porque no es capaz de rechazar el ataque de sus contradictores.”[19]

Benedicto XV se quejará “¡Ah! Cuántos ministros sagrados, por haber descuidado la lectura de la Escritura, perecen ellos mismos de hambre y dejan perecer un grandísimo número de almas, según lo que está escrito: ‘Los niños pedían pan y no había quien se los diera’[20] y: ‘Está desolada horrorosamente toda la tierra, porque no hay quien medite en su corazón.’”[21]

Semejante trabajo para obtener una familiaridad asidua con la Biblia no es fácil. Pero lo que cuesta, más se aprecia. Por lo mismo, no oculta el santo las dificultades, alentando, con todo, al trabajo, valido de su propia experiencia: “Todo lo que leemos en los Divinos Libros brilla ciertamente y es espléndido también en su corteza; pero mucho más dulce es su médula. El que quiere saborear la almendra, ha de romper la cáscara. David pide: ‘Quita el velo de mis ojos y consideraré las maravillas de tu ley.’[22] Si tan gran profeta confiesa las tinieblas de su ignorancia, ¡qué noche de ignorancia piensas tú nos rodea a nosotros, pequeños y casi lactantes!”[23]

Doble razón, pues, para la humildad, a saber: no creerse dueño del Evangelio, procurando no tanto llamar la atención con originalidades, cuanto servir a la Palabra de Dios y a quienes la leen y meditan. Así, con total honestidad, sostiene Jerónimo: “El deber del intérprete es exponer, no ideas personales, sino las del autor que comenta.”[24] En igual sentido, expresó en el prefacio a su “Comentarium In Galatas”: “No tengo por objeto hacer aplaudir mis palabras, sino hacer comprender en su verdadero sentido las excelentes palabras de los demás.”[25] Abundando todavía, se puede encontrar, en un hombre tan versado, consultado por todo el mundo católico, respetado en Oriente y Occidente, la siguiente convicción: “No quiero decir nada de aquellos que, como yo mismo en otro tiempo, no llegan a abordar el estudio de las Sagradas Escrituras, sino después de haber frecuentado la literatura profana y halagado el oído de las muchedumbres por su estilo florido y que toman todas sus propias palabras por la ley de Dios, sin dignarse averiguar lo que quisieron decir los profetas y los apóstoles, sino que adaptan textos incongruentes a lo que ellos sienten, como si fuera gran hazaña y no manera muy viciosa de hablar, torcer las sentencias y atraer por violencia la Escritura a servir los fines que persiguen.”[26]

La fidelidad de Jerónimo le atrajo la inquina de los desviados herejes, no sólo en escaramuzas verbales o escritas, sino con persecuciones muy violentas. Le escribía, a este propósito, a San Agustín: “¡Honor a ti por tu valor! El mundo entero tiene los ojos fijos en ti. Los católicos veneran y reconocen en ti al restaurador de la fe de los primeros días y, lo que es una señal más gloriosa todavía, todos los herejes te maldicen y me persiguen contigo con un odio igual, hasta llegar a matarnos por el deseo, en su impotencia para inmolarnos con la espada.”[27]

Aquel odio hizo padecer a Jerónimo graves sufrimientos, sobre todo cuando los pelagianos saquearon su monasterio de Belén. Pero soportó con ecuanimidad los malos tratos y ultrajes, sin desalentarse, ya que estaba listo para morir en defensa de la fe cristiana. Así se lo manifestó a Apronio: “Lo que causa mi alegría es saber que mis hijos combaten por Cristo. ¡Que Aquel en quien creemos fortalezca en nosotros este celo valeroso, a fin de que estemos prontos para derramar nuestra sangre por la fe en él… Las persecuciones de los herejes han arruinado del todo nuestro monasterio en cuanto a sus riquezas materiales, pero la bondad de Cristo lo colma de riquezas espirituales. Más vale no tener pan que comer, que perder la fe.”[28] Donde estaba su tesoro, allí estaba su corazón y por eso relativizó aún lo que había construido materialmente sólo para sus monjes: “¿De qué sirve recubrir los muros con piedras preciosas, si Cristo muere de hambre en la persona del pobre?”[29]

Su única riqueza consistía en explorar sin descanso la Palabra de Dios y en adoptar los medios necesarios para hacerlo.[30] Sulpicio Severo recoge el siguiente testimonio de un contemporáneo (Postumiano) sobre la actividad incansable de Jerónimo: “Siempre se le encuentra dedicado a la lectura, enteramente sumergido en los libros; ni de día ni de noche toma descanso; constantemente lee o escribe.”[31]

De ahí sus célebres y escultóreas sentencias: “Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo.”[32] Combinando los datos de Salmos 1, 3; Ezequiel 47, 1 y Apocalipsis 22, 1, sintetiza admirablemente: “No hay más que un río que mana bajo el trono de Dios y es el Espíritu Santo. Y esta gracia del Espíritu Santo está encerrada en las Sagradas Escrituras y corre entre dos riberas, que son el Antiguo y el Nuevo Testamento y en cada orilla se encuentra plantado un árbol, que es Cristo.”[33]

Por fin, el amor de Jerónimo por la Biblia le hace apreciar en ella al Cristo vivo, casi como un preludio de la presencia eucarística. Bien lo podemos considerar como un antecesor del redescubrimiento de la importancia de la liturgia de la Palabra en el Vaticano II.[34]

Los Libros Divinos son para Jerónimo otra forma de la presencia real de Jesús, que él ve y descubre casi por igual en el Antiguo y el Nuevo Testamento: “Ahora bien, dado que la carne del Señor es verdadera comida y su sangre verdadera bebida, es el único bien que tenemos en el siglo presente, según el sentido anagógico,[35] con tal que nos alimentemos de su carne y bebamos su sangre, no sólo en el misterio (o: sacramento), sino también en la lectura de las Escrituras. Pues la ciencia de las Escrituras es verdadera comida y verdadera bebida.”[36]

Exhortando a los monjes a una atención asidua de la lectura bíblica, llegará a decir: “El que escucha distraídamente la Palabra de Dios es tan culpable como el que deja caer una partícula del pan sagrado.”[37]

Fue Jerónimo una personalidad rica y exuberante. Podría haber usado sus dotes eximias para una carrera brillante en la política. Pero encauzó la totalidad de su ingenio y empeño para ponerse al servicio de la Palabra para bien de la Iglesia, huyendo de todo protagonismo.

Así, con total humildad, dejando a Dios y la posteridad que juzguen, podrá escribir: “Mientras vivimos aquí abajo y estamos encerrados en la frágil vasija de nuestro cuerpo, parece que halagan los favores de los amigos y duelen las injurias de los émulos. Pero cuando el barro habrá vuelto a su tierra y la pálida muerte se habrá llevado no sólo a nosotros, los que escribimos, sino también a aquellos que juzgan nuestras obras, cuando habrá venido otra generación y, caídas las primeras hojas, se enriquecerá con nueva frondosidad la selva, entonces sin tener en cuenta la fama de los nombres, sólo serán juzgados los ingenios y el que leerá no considerará de quién sea sino de qué valor sea aquello que lee… No se juzgará según la diversidad de los honores, sino según el mérito de las obras.”[38]


[1] 15 de septiembre de 1920.

[2] ibid., Prólogo.

[3] Confesiones 3, 5; 8, 12.

[4] Era un comediógrafo latino del siglo I AC, muy ingenioso y de estilo elegante.

[5] Epistula 22,30. Enseguida sigue su famoso sueño, donde, presentándose ante el tribunal divino como “cristiano”, el juez le respondió: “Mientes. Eres ‘ciceroniano’ y no cristiano, porque donde está tu tesoro está tu corazón”.

[6] El cual dejó su vida disipada por la lectura del Hortensius de Cicerón (Confesiones, 3, 4), no por el Evangelio o el mensaje cristiano. Como se adelantó, también San Agustín, en un primer acercamiento, se vio decepcionado por el estilo pobre de las Sagradas Escrituras. Pero, al igual que Jerónimo, que se arrepentirá de haber “acusado al sol y no a sus ojos”, Agustín tendrá la humildad de reconocer: “Yo no era tal que pudiera entrar por ella (la Escritura) o doblar la cerviz a su paso por mí” (ibid., 5, 9).

[7] In Michaeam, 1, 10, 15.

[8] Epistula 108, 26, 2.

[9] Efesios 3, 18-19.

[10] Epistula 63, 2. Se está refiriendo al elogio de San Pablo, con que casi enmarca su carta a los Romanos: “Su fe es alabada en el mundo entero” (Romanos 1, 8). “En todas partes se conoce la obediencia de ustedes.” (ibid., 16, 19).

[11] Del cual había sido secretario. Después de la muerte de dicho Papa, en 385, se vio obligado a huir casi de Roma, por la inquina del clero mundano, que él había fustigado (Ver: Epistula 45, ad Asellam).

[12] Epistula 16, 2, 2.

[13] Dialogus cum Pelagio, Prol. 2.

[14] Contra Rufinum, 3, 43.

[15] In Titum, 3, 9.

[16] Epistula 22, ad Eustochium, 17.

[17] Epistula 125, ad Rusticum, 3 y 10.

[18] Epistula 52, ad Nepotianum, 7, 1.

[19] Epistula 53, ad Paulinum, 3. Se ha de aportar algún matiz al juicio de Jerónimo, ambientando históricamente este punto de vista particular, ya que consta en la vida de la Iglesia acerca de santos pastores que no brillaron por su competencia teológica y, sin embargo, fueron enseñados por el mismo Espíritu Santo. Pensemos en el Santo Cura de Ars, en el Beato Giovanni Calabria y tantos más. Jerónimo, en cambio, está teniendo en cuenta a quienes, por oficio, han de ser orientadores de la fe del pueblo creyente, pero no se pertrechan de la necesaria ciencia. Recuérdese el duro pero certero juicio del Papa San León Magno sobre el monje hereje Eutiques, muy piadoso, pero necio: “Un anciano inexperimentado, muy imprudente” (“imperitus senex, imprudentissimus senex”—Epistula 29 ad Theodosium). “Según pienso, ha errado más por ignorancia que por malicia o engaño” (error qui, ut arbitror, de imperitia magis quam de versutia natus est”—Epistula 31 ad Pulcheriam augustam).

[20] Lamentaciones 4, 4.

[21] Jeremías 12, 11; Spiritus Paraclitus, en: Enchiridion Biblicum, Neapoli/Romae, 1956, 482.

[22] Salmos 119/118, 18.

[23] Epistula 58, ad Paulinum, 9, 1.

[24] Epistula 49, ad Pammachium, 17.

[25] In Galatas, Praef. 1, 3

[26] Epistula 53, ad Paulinum, 7, 2.

[27] Epistula 141, ad Augustinum, 2.

[28] Epistula 239, ad Apronium, 22.

[29] Epistula 58, ad Paulinum, 7, 1.

[30] El santo se hizo discípulo de rabinos judíos con el fin de aprender hebreo y arameo. Se procuraba los mejores códices para sus trabajos de traducción. Conocía vastos comentarios de antiguos escritores eclesiásticos.

[31] Dialogus, 1, 9.

[32] In Isaiam, Prologus. Texto de la Segunda Lectura en el Oficio Divino de la fiesta del Santo Doctor.

[33] Tractatus in Psalmum 1.

[34] La Constitución Sacrosanctum Concilium habla de la “mesa de la Palabra” (51) e insiste en la unidad de las dos partes de la Misa (56). “Cristo está presente en su Palabra, pues, cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es ÉL quien habla” (ibid., 7).

[35] Interrumpimos para recordar uno de los alcances del sentido típico de las Escrituras: que nos lleva “hacia arriba” (ana: arriba; ago: conduzco: anagogía). O sea: la finalidad última, la vida eterna, de todo en la revelación divina, ya de las Escrituras, ya de los sacramentos o de la misma Iglesia.

[36] Commentarium in Ecclesiasten, 12, 23.

[37] En: Anecdota Maredsolana, III, 302.

[38] In Oseam, Prologus.