angel-del-abismo
Jorge Novoa

En el capítulo 9 del libro del Apocalipsis nos encontramos con la presentación del ángel del pozo del Abismo. Su descripción permite afirmar claramente que se trata de Satanás. En la sección de las trompetas, y al sonar de la quinta, se nos describe lo siguiente:

“Tocó el quinto Ángel… Entonces vi una estrella que había caído del cielo a la tierra. Se le dio la llave del pozo del Abismo.”[1]

Hay dos palabras que nos orientarán adecuadamente para la comprensión del texto: Abismo y estrella.

¿Quién habita el Abismo? Más que conocer qué es, conocemos por el libro que de allí emerge una Bestia[2] que pertenece a las huestes del Dragón, es decir, “la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero”[3] Del Abismo, al ser abierto, “subió del pozo una humareda como la de un horno grande, y el sol y el aire se oscurecieron con la humareda del pozo” [4]

En San Juan, las expresiones “oscuridad” y “tinieblas” designan la condición de distintas realidades (mundo, hombres, grupos) que permanecen alejadas o rechazando la Luz (Verdad, Camino, Vida) que vino a los hombres en Jesucristo y, por ello, no abandonan el pecado y el dominio del “príncipe de este mundo”. “Dios es Luz, en Él no hay tiniebla alguna. Si decimos que estamos en comunión con Él, y caminamos en tinieblas, mentimos y no obramos la verdad.”

¿La estrella es un astro, es decir una cosa, u otra realidad? El simbolismo de la estrella ha sido explicado en el capítulo 1 del mismo libro, en la visión inicial que tiene Juan.

“La explicación del misterio de las siete estrellas que has visto en mi mano derecha y de los siete candeleros de oro es ésta: las siete estrellas son los Ángeles de las siete Iglesias, y los siete candeleros son las siete Iglesias.”[5]

En esta afirmación del capítulo 1, las estrellas simbolizan a los ángeles. Esto encuentra su confirmación en el mismo capítulo 9, cuando el autor devela su sentido también en esta dirección: “tienen sobre sí, como rey, al Ángel del Abismo.”[6] El autor ya no utiliza la palabra “estrella” para designar al monarca del Abismo, que ha recibido “la llave del pozo,”[7] y en su lugar le llama “ángel”.

Sabemos que los ángeles son criaturas espirituales creadas por Dios. “La existencia de seres espirituales, no corporales, que la Sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe. E1 testimonio de la Escritura es tan claro como la unanimidad de la Tradición.”[8]

“Hoy, igual que en tiempos pasados, se discute con mayor o menor sabiduría acerca de estos seres espirituales. Es preciso reconocer que, a veces, la confusión es grande, con el consiguiente riesgo de hacer pasar como fe de la Iglesia respecto a los ángeles cosas que no pertenecen a la fe o, viceversa, de dejar de lado algún aspecto importante de la verdad revelada.

La existencia de los seres espirituales que la Sagrada Escritura, habitualmente, llama ‘ángeles’, era negada ya en tiempos de Cristo por los saduceos.[9] La niegan también los materialistas y racionalistas de todos los tiempos. Y sin embargo, como agudamente observa un teólogo moderno, ‘si quisiéramos desembarazarnos de los ángeles, se debería revisar radicalmente la misma Sagrada Escritura y con ella toda la historia de la salvación’ […] Toda la Tradición es unánime sobre esta cuestión.”[10]

También conocemos por la Revelación que hubo una batalla en el cielo, que aparece narrada en el capítulo 12 del libro del Apocalipsis.

“Entonces se entabló una batalla en el cielo: Miguel y sus Ángeles combatieron con el Dragón. También el Dragón y sus Ángeles combatieron, pero no prevalecieron y no hubo ya en el cielo lugar para ellos. Y fue arrojado el gran Dragón, la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero; fue arrojado a la tierra y sus Ángeles fueron arrojados con él.”[11]

Este texto aporta tres datos que se suman a los anteriores, confirmando la tesis inicial, ciertamente con un lenguaje simbólico, y en nuestro caso bajo el género apocalíptico. Pero, claramente comprendemos que hay un enfrentamiento y que esta realidad impide que los dos grupos, uno capitaneado por Miguel y el otro por el Dragón, sigan perteneciendo a las mismas huestes. Miguel y sus ángeles, y el Dragón y sus ángeles, inicialmente se encuentran todos en el cielo—sabemos que aquí el lenguaje designa realidades espirituales utilizando categorías temporales; ello se debe a que la revelación es para los hombres—pero concluye este enfrentamiento con la expulsión de unos a la tierra y la permanencia de los otros en el cielo.

“En la Sagrada Escritura, la expresión “cielo y tierra” significa: todo lo que existe, la creación entera. Indica también el vínculo que, en el interior de la creación, a la vez une y distingue cielo y tierra: “La tierra”, es el mundo de los hombres.[12] “E1 cielo” o “los cielos” puede designar el firmamento,[13] pero también el “lugar” propio de Dios: “nuestro Padre que está en los cielos,”[14] y por consiguiente también el “cielo”, que es la gloria escatológica. Finalmente, la palabra “cielo” indica el “lugar” de las criaturas espirituales–los ángeles–que rodean a Dios.”[15]

Dios está en el cielo sentado en su trono junto al Cordero, el único que puede develar los designios de Dios que están en el Libro sellado,[16] y los ángeles que no fueron expulsados permanecen en su relación inicial con Dios: lo glorifican (doxologías) en el templo celestial, lo sirven, lo adoran y son enviados como mensajeros.

¿Qué ocurrió con el Dragón y sus huestes? Dice el texto del Apocalipsis capítulo 12, que “no hubo ya en el cielo lugar para ellos… y fue arrojado”. Podemos ver claramente que en la Biblia, hay dos expresiones vinculadas con los ángeles, que nuevamente hacen referencia a una doble situación: hay enviados y caídos (arrojados). Volviendo a nuestro texto del capítulo 9,1; del ángel (estrella) que se designa allí, se dice que “había caído del cielo a la tierra”. Estamos ante un ángel caído que es el rey del Abismo. El Catecismo de la Iglesia Católica, describe la caída de los ángeles de la siguiente manera:

“La Escritura y la Tradición de la Iglesia ven en este ser un ángel caído, llamado Satán o diablo.[17] La Iglesia enseña que primero fue un ángel bueno, creado por Dios. “Diabolus enim et alii daemones a Deo quidem natura creati sunt boni, sed ipsi per se facti sunt mali” [El diablo y los otros demonios fueron creados por Dios con una naturaleza buena, pero ellos se hicieron a sí mismos malos.] [18]

La Escritura habla de un pecado de estos ángeles.[19] Esta “caída” consiste en la elección libre de estos espíritus creados, que rechazaron radical e irrevocablemente a Dios y su Reino.”[20]

Con relación a esto, es Jesús mismo quien ve “caer del cielo a Satanás como un rayo.”[21] Y se nos dice, en el texto que venimos comentando, que recibió (se le dio) las llaves del pozo del Abismo, entendiendo por ello, una potestad u autorización. Es claro que, si comprendemos a la estrella como un astro, no tiene demasiado sentido que reciba una potestad que supone a un ser inteligente. También es necesario aclarar que su acción está subordinada a Dios. Si repasamos el capítulo 4, en el que se nos presenta al que está en el Trono, y el capítulo 5, que presenta al Cordero, descrito como vencedor, nunca observamos una situación que permita pensar que está amenazado el lugar del Trono. El Diablo tiene un poder destructor (Abaddón y Apolión), y lo ejecuta seduciendo[22] al hombre. El campo de batalla es la historia humana (no el Trono) y Dios ha querido, venciéndolo en Cristo (Verbo Encarnado), salvarnos y ahora invitarnos a participar de su triunfo, sumándonos a las huestes de “los hijos de la mujer”, “los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús.”[23]

Ha proliferado la idea de que el Diablo es una abstracción, y de hecho esto se puede encontrar en algunos autores creyentes, que se han sumado al coro que canta: el Diablo no existe. Esta doctrina no es católica. Remito al excelente trabajo de Néstor Martínez[24] y al presentado bajo forma de respuesta del P. Horacio Bojorge S.J.[25]

Así explicaba Pablo VI la temática que nos ocupa: “El mal no es ya sólo una deficiencia, sino una eficiencia, un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor. Terrible realidad. Misteriosa y pavorosa.”[26]

En los relatos evangélicos, encontramos un sinnúmero de episodios de la vida de Jesús en que enfrenta demonios y a Satanás. Jesús en los exorcismos los increpa por medio de una orden. La orden dada por Él supone que sus enemigos reconocen y someten a su autoridad su voluntad y libertad. Que pueda yo confundir una abstracción con un ser personal, dotado de voluntad y libertad, esto puede ocurrir, pero que esto le ocurra a Jesús, que “veía caer del cielo como un rayo a Satanás” (Lucas 10,18) resulta absolutamente imposible. Frente al magisterio paralelo de algunos profesores que niegan la existencia del Diablo, el Magisterio de la Iglesia y la doctrina de los santos manifiestan claramente su existencia y acción.

“La lucha, a medida que se avecina el final, se hace en cierto sentido siempre más violenta, como pone de relieve especialmente el Apocalipsis, el último libro del Nuevo Testamento.[27] Pero precisamente este libro acentúa la certeza que nos es dada por toda la Revelación divina: es decir, que la lucha se concluirá con la definitiva victoria del bien.”[28]

Concluyo con la sabia síntesis de C. S. Lewis, en el prólogo de su obra Cartas del Diablo a su sobrino:

“En lo que se refiere a los diablos, la raza humana puede caer en dos errores iguales y de signo opuesto. Uno consiste en no creer en su existencia. El otro, en creer en los diablos y sentir por ellos un interés excesivo y malsano. Los diablos se sienten igualmente halagados por ambos errores, y acogen con idéntico entusiasmo a un materialista que a un hechicero.”[29]


[1] Apocalipsis 9,1.

[2] Apocalipsis 11,7; 17,8.

[3] Apocalipsis 12,9.

[4] Apocalipsis 9,2.

[5] Apocalipsis 1,20.

[6] Apocalipsis 9,11.

[7] Apocalipsis 9,1.

[8] Catecismo de la Iglesia Católica 328.

[9] Ver Hechos 23, 8.

[10] Juan Pablo II, Catequesis, La existencia de los Ángeles revelada por Dios; 09 de julio de1986.

[11] Apocalipsis 12,7-9.

[12] Ver Salmos 115, 16,

[13] Ver Salmos 19, 2.

[14] Mateo 5, 16; ver Salmos 115, 16.

[15] Catecismo de la Iglesia Católica 326.

[16] Apocalipsis 4-5.

[17] Ver Juan 8,44; Apocalipsis 12,9.

[18] Cc. de Letrán IV, año 1215: Denzinger-Schönmetzer 800.

[19] 2 Pedro 2,4.

[20] Catecismo de la Iglesia Católica 391-392.

[21] Lucas 10,18.

[22] Juan Pablo II, Catequesis, El pecado y la acción de Satanás (13 de agosto de 1986). “La acción de Satanás consiste ante todo en tentar a los hombres para el mal, influyendo sobre su imaginación y sobre las facultades superiores para poder situarlos en dirección contraria a la ley de Dios… No se excluye que en ciertos casos el espíritu maligno llegue incluso a ejercitar su influjo no sólo sobre las cosas materiales, sino también sobre el cuerpo del hombre, por lo que se habla de ‘posesiones diabólicas’ (ver. Marcos 5,2-9). No resulta siempre fácil discernir lo que hay de preternatural en estos casos, ni la Iglesia condesciende o secunda fácilmente la tendencia a atribuir muchos hechos e intervenciones directas al demonio; pero en línea de principio no se puede negar que, en su afán de dañar y conducir al mal, Satanás pueda llegar a esta extrema manifestación de su superioridad.”

[23] Apocalipsis 12,17.

[24] Lic. Néstor Martínez, ¿Es Satanás un ser personal e individual?

[25] R.P. Horacio Bojorge SJ, ¿El Diablo y el demonio son lo mismo?

[26] Pablo VI, Catequesis del 15 de noviembre de 1972; Líbranos del mal, L’ Osservatore Romano del 19 de noviembre de 1972, pp. 3-4.

[27] Ver Apocalipsis 12, 7-9.

[28] Juan Pablo II, Catequesis del 20 de agosto de 1986, La acción de Satanás y la victoria de Cristo.

[29] C. S. Lewis, Cartas del Diablo a su sobrino, Rialp.