preguntas
Daniel Iglesias Grèzes

En el presente trabajo recopilo algunas cuestiones teológicas planteadas por un lector de Costa Rica (Eugenio Grant) y mis respuestas a esas cuestiones. Agradezco profundamente a Eugenio que haya querido compartir con otras personas las dudas e inquietudes religiosas planteadas por él hace ya varios años. Ambos tenemos la esperanza de que nuestro diálogo pueda resultar iluminador y útil para quienes pasan por situaciones similares.

  1. Las traducciones de la Biblia

Pregunta:

La traducción de un texto puede alterar su real significado, volverlo maleable y sujeto a interpretación. La Biblia fue escrita mucho antes de que se creara la imprenta y por ende la transmisión de su texto estuvo sujeta a errores y modificaciones, tanto involuntarias como voluntarias. ¿Cómo es posible entonces basar dogmas de fe en nuestros textos de la Biblia?

Respuesta: La fe cristiana afirma que Dios se ha revelado a Sí mismo a los hombres en la historia y que la historia de la auto-revelación y la auto-comunicación de Dios al hombre tiene su momento culminante en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre para nuestra salvación.

No tendría sentido creer que Dios se reveló a los hombres en tiempos de Jesucristo pero no previó ninguna forma de transmisión auténtica de la Divina Revelación a otros hombres y a las generaciones subsiguientes.

El católico cree que la Biblia es un libro escrito por hombres y a la vez un libro inspirado por Dios. También cree que el Espíritu Santo convoca a la Iglesia, Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo, y la guía hacia la verdad completa, mediante la guía del Magisterio de la Iglesia, el cual interpreta la Divina Revelación con la autoridad del mismo Cristo.

El texto de la Biblia fue transmitido antes de la invención de la imprenta, de manuscrito en manuscrito, con tanta fidelidad, por judíos (Antiguo Testamento) y cristianos (Antiguo y Nuevo Testamentos), que las diferencias entre el texto actual (el “texto recibido”) y los numerosísimos manuscritos antiguos de la Biblia que se conservan son relativamente pocas y de menor importancia.

Por otra parte, es cierto que los traductores de la Biblia pueden cometer errores y que de hecho han cometido algunos. Sin embargo, la gran multiplicidad de las traducciones, la pericia de los traductores y la gracia de Dios han hecho que esos errores no tuvieran consecuencias graves y no afectaran a la esencia del cristianismo.

  1. ¿Es necesario ser cristiano?

Pregunta: He tenido contacto tanto con comunidades católicas como con comunidades evangélicas, pero no me he sentido a gusto en ellas, porque no comparto todas sus creencias. A veces pienso que es mejor no frecuentar ninguno de esos grupos, porque eso me hace sentir mejor. ¿A qué se puede deber el hecho de que el no pertenecer a una religión me haga sentir más cercano a Dios y que el formar parte de un grupo religioso me lleve a dudar de muchas cosas? ¿Es necesaria la religión para estar en relación con Dios o será mejor ser deísta?

Respuesta: La fe católica es fe en Dios, en Jesucristo y en la Iglesia (en ese orden jerárquico). El Dios del deísmo es un Dios lejano, que no interfiere con la vida de los hombres. Es el Creador (los masones lo llaman “Gran Arquitecto Del Universo”), pero su relación con el mundo se parece a la de un relojero que fabrica un reloj, le da cuerda para echarlo a andar y luego lo deja solo, desinteresándose de él. Para los deístas, un Dios lleno de amor y misericordia por los seres humanos sería algo más extraño o absurdo que un hombre locamente apasionado por las hormigas. Por eso el deísmo teórico es compatible con un ateísmo práctico. El deísta puede vivir como si Dios no existiera, ya que al fin de cuentas el Dios del deísmo tiene escasa importancia existencial.

En cambio, la fe cristiana en Dios es muchísimo más comprometedora. El cristiano cree en un Dios personal (o hiperpersonal, si quieres, pero no impersonal), que nos ama como Padre y se ha revelado y comunicado a Sí mismo, entrando en nuestra historia por medio de la Encarnación de Su Hijo, Jesucristo, quien vivió y murió por nuestra salvación, amando y perdonando hasta el extremo.

La Iglesia terrestre es la prolongación de la presencia y de la acción visibles de Cristo en la historia. Ella es el Cuerpo de Cristo, el signo e instrumento de la unión de los hombres con Dios y de la unión de los hombres entre sí en Jesucristo, el único Salvador del mundo, el único Mediador entre Dios y los hombres.

El hombre es un ser esencialmente religioso, que sólo puede realizarse plenamente y alcanzar su felicidad en la verdadera religión, es decir en la debida relación con Dios. Cae de su peso que si Dios ha hablado a los hombres, revelándoles la verdad acerca de Sí mismo y acerca del propio hombre, no cabe otra actitud sensata que la humilde escucha de Su palabra y la obediencia a Su santa voluntad.

Por otra parte, el Nuevo Testamento muestra de mil maneras que Cristo y la Iglesia son inseparables, como la Cabeza y el Cuerpo, como el Esposo y la Esposa. No puede haber Cristo sin Iglesia, ni Iglesia sin Cristo. En el Evangelio, Jesucristo dice:

“Yo estaré con ustedes [sus discípulos] todos los días, hasta el fin del mundo”. “Las puertas [los poderes] del Infierno no prevalecerán contra ella [la Iglesia]”. “El que a ustedes [sus discípulos] recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me ha enviado”. “El que da un vaso de agua a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa en el Reino de los Cielos”. Etc.

No puedo juzgarte. Debes considerar por ti mismo la posibilidad de que la tentación de rechazar a la Iglesia te venga de un equivocado sentimiento de superioridad. Es cierto que los cristianos damos a menudo un testimonio insuficiente, y a veces falso; pero también es verdad que “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”. Es Dios quien nos salva en Cristo; no nos salvamos a nosotros mismos. No tenemos nada de qué gloriarnos, sino de Cristo muerto y resucitado, quien nos amó y se entregó por nosotros. Todo lo que tenemos, de Dios lo hemos recibido. A la Santa Iglesia, nuestra Madre, le debemos el haber hecho posible nuestro encuentro personal e histórico con Cristo y el haber engendrado en nosotros la fe en Él.

Mi recomendación es ésta: no te alejes de la Iglesia. Alejarse de la Iglesia es alejarse de Cristo. Continúa buscando la verdad apasionadamente, en la oración y la acción. Y recuerda que “todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá”.

  1. La religión verdadera

Pregunta: ¿Cómo es posible que los católicos crean que la religión católica es la única religión verdadera, la más completa o la mejor? ¿No es intolerancia creer que la Iglesia Católica es la única poseedora de la verdad y que sólo en ella está la salvación plena? ¿No es cierto que todas las religiones tienen objetivos válidos y enseñan a amar a los demás? Al fin y al cabo, si hubiéramos nacido en un país asiático o en siglos pasados, probablemente seríamos no cristianos. ¿El acceso a la “salvación plena” puede depender de nuestra ubicación geográfica o histórica?

¿Y no es un signo de arrogancia llamar “hermanos separados” a los cristianos no católicos? ¿No serían más bien los católicos los verdaderos “hermanos separados”, por haberse separado de la religión judía en el siglo I? ¿No sería mejor que la gente fuera más unida en materia interreligiosa y dejara de lado todo sentimiento de superioridad?

Respuesta: Por razones válidas, el católico cree que Dios ha querido revelarse a Sí mismo en la persona de Jesucristo y fundar la Iglesia católica (es decir, universal), como continuadora de la misión salvífica de Cristo. Aceptar, por medio de la obediencia de la fe, la voluntad de Dios revelada en Jesucristo no es arrogancia, sino, muy por el contrario, verdadera humildad. El católico no se cree dueño de la verdad, sino humilde portador de algunas verdades fundamentales, que lo sobrepasan infinitamente. Se ve a sí mismo como una pobre vasija de barro que transporta un tesoro.

Verdadera arrogancia, en cambio, es pretender que la inteligencia y la voluntad infinitas de Dios se sometan a los dictados de la razón o los sentimientos del hombre, ser finito. El hombre no es capaz de juzgar a Dios. Es Él quien nos juzgará a nosotros. La pretensión (de raíces racionalistas) de obligar a Dios a seguir nuestras ideas sobre la mejor forma de planificar u organizar la historia de salvación es profundamente absurda.

En definitiva no percibes el carácter sobrenatural de la Iglesia. Negarle a los cristianos el derecho de creer que el cristianismo es la religión verdadera equivale a negarle a Dios (la Verdad infinita) el derecho a autorrevelarse cuando y como Él quiera; pero también implica el considerar a la Iglesia sólo como una sociedad humana más, en el fondo igual a otra cualquiera.

No se puede negar que entre las distintas religiones hay diferencias esenciales, que hacen imposible que todas ellas sean verdaderas al mismo tiempo y en el mismo sentido.

La doctrina católica sostiene la posibilidad de salvación de las personas no cristianas de buena voluntad y a la vez afirma que la Iglesia Católica es el medio ordinario de salvación querido por Dios, provisto de la plenitud de los medios de salvación.

En la parábola de los talentos, Jesús nos enseña que a cada uno se le pedirá en función de lo que se le ha dado. Al que se le dio más, se le pedirá más; y al que se le dio menos, se le pedirá menos. Pero sería muy mezquino—y denotaría no haber captado el espíritu del Evangelio—conformarse con haber recibido menos para que las exigencias sean menores.

La Iglesia es el nuevo Israel, el Pueblo de la Nueva Alianza sellada en la Cruz con la sangre derramada del Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo. La relación del Nuevo Testamento con el Antiguo Testamento es a la vez de continuidad y de superación. La Nueva Alianza perfecciona y lleva a plenitud la religión de la Antigua Alianza. Las expectativas mesiánicas de Israel se cumplieron (y de forma superabundante) por medio de la Encarnación del Hijo de Dios.

Los primeros cristianos fueron judíos. Como dice el libro de los Hechos de los Apóstoles, la primitiva comunidad cristiana siguió rezando en el Templo de Jerusalén. Hacia el año 50, cuando el cristianismo comenzó a difundirse más rápidamente entre los gentiles (no judíos), los Apóstoles discernieron que no era necesario que los gentiles convertidos al cristianismo se circuncidasen y adoptaran todos los ritos y las normas del judaísmo. El conflicto entre judíos y cristianos fue creciendo y tiempo después estos últimos fueron expulsados de la Sinagoga. No obstante, un judío (incluso hoy) puede volverse cristiano sin dejar de ser judío, pero sólo en la medida en que comprenda al judaísmo como fe en el Antiguo Testamento, esencialmente abierta a una ulterior revelación y acción de Dios en la historia.

La Iglesia Católica reconoce la validez del bautismo de los ortodoxos, anglicanos y muchos protestantes y por lo tanto los considera como verdaderos cristianos, hermanos en la fe. A la vez el católico cree que los cristianos no católicos están en comunión imperfecta con la Iglesia una y católica, puesto que, en distintos momentos históricos, se separaron de la plena comunión (doctrinal, sacramental y jerárquica) con ella. La expresión “hermanos separados” sintetiza los dos elementos de la relación entre católicos y cristianos no católicos. Somos hermanos en Cristo, estamos unidos en una sola Iglesia por un solo bautismo; pero, por desgracia, muchos cristianos no están en plena comunión de fe y de vida con la única Iglesia de Cristo, que subsiste en la Iglesia Católica.[1]

Los buenos católicos no tienen ningún sentimiento de superioridad sobre los no católicos. Saben que han sido elegidos por Dios, sin mérito alguno de su parte, y que son cristianos por la gracia de Dios. Como enseña San Pablo, el cristiano no se gloría de nada, sino de Cristo, y Cristo crucificado.

Jesús dio el mandamiento nuevo, el mandamiento del amor, sólo a sus discípulos, y mandó a éstos ir por todo el mundo predicando el Evangelio a toda criatura, enseñándoles a cumplir todo lo que Él les mandó. “El que crea y sea bautizado, se salvará. El que no crea se condenará.”[2] Esto hay que entenderlo en el contexto de toda la Revelación cristiana: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.”[3] Dios guía a muchos no cristianos por caminos de salvación que sólo Él conoce, y que suponen una fe implícita (y tal vez inconsciente) en Cristo.

Nada de todo esto es irracional o injusto. Dios nos ha creado, nos ha dado una naturaleza humana inteligente y libre y una apertura a (y una sed de) una posible revelación Suya. Nos ha llamado (vocación) a unirnos a Él en el amor (comunión) y a invitar a otros a participar de esa misma unión (misión). En eso consiste la verdad de nuestro ser y la felicidad de nuestra existencia. Y esa unión de fe, esperanza y amor entre el hombre y Dios tiene consecuencias concretas, muy lógicas.

Si tienes algo de fe, te puede servir repetir la oración de un personaje del Evangelio: “Señor, yo creo, pero aumenta mi fe”.

  1. La Biblia y la Verdad

Pregunta: He leído un libro llamado “¿Dice la Biblia la Verdad?” escrito por un sacerdote. El libro dice que la Biblia se contradice y que, sacando partes de su contexto, podemos llegar a demostrar cosas que no eran lo que se pretendía decir. Dice también que las últimas palabras de Cristo en la cruz son diferentes en los cuatro Evangelios, ya que cada uno de ellos fue dirigido a pueblos diferentes con necesidades diferentes, y que la verdad contenida en la Biblia se refiere a nuestra salvación y se ha ido revelando en forma progresiva. Se debe considerar el conjunto de la Biblia para entender su mensaje, no sacar de ella frases sueltas para justificar nuestras creencias.

Los argumentos de este libro me parecieron muy coherentes. Por un lado, me convenció de que no se debe descartar la Biblia; pero, por otro lado, me dejó la sensación de que sobre esa base es muy difícil creer en dogmas como la institución de la Iglesia, el Papado, la prohibición de transfusiones de sangre, etc.

Respuesta: Según la doctrina de la Iglesia Católica, la verdad revelada por Dios que la Biblia transmite sin error es la verdad religiosa y salvífica, no la verdad científica, ni tampoco la verdad histórica, pese al valor histórico de muchos libros de la Biblia. La Biblia narra historias para transmitir verdades religiosas, lo cual no quiere decir -ni mucho menos- que esté desprovista de valor histórico. El cristianismo es una religión histórica en el sentido de que se basa en hechos históricos (Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, etc.).

Toda la Biblia (todo versículo de la Biblia) dice la verdad, transmite la verdad salvífica, pero no siempre es fácil descubrir en qué sentido, cuál es la verdad salvífica que Dios quiere transmitirnos en cada caso particular. Hay una ciencia teológica, la exégesis, que busca interpretar el verdadero sentido de cada texto bíblico. Por ser una ciencia, la exégesis utiliza los métodos racionales (hermenéuticos) aplicables también a la interpretación de cualquier texto meramente humano, no inspirado por Dios. Por ser una ciencia teológica, la exégesis no se basa sólo en la razón, sino que parte de la fe cristiana. Es una obra de la razón natural iluminada por la luz de la fe. Por lo tanto, el exégeta católico no realiza su trabajo aisladamente, sino como parte del cuerpo de la Iglesia, que tiene un órgano (el Magisterio) al que Dios asiste para que interprete auténticamente la Sagrada Escritura, con la autoridad del mismo Cristo. De ahí que en la Iglesia Católica no haya lugar para el “libre examen” en el sentido protestante, es decir para la doctrina de que cada cristiano individual encuentra por sí mismo el verdadero sentido de la Escritura, gracias a la ayuda del Espíritu Santo, sin referencia a la Sagrada Tradición ni al Magisterio de la Iglesia.

También es doctrina y práctica de la Iglesia Católica, contra las herejías de todos los tiempos, interpretar cada texto de la Biblia en el contexto de la totalidad de la doctrina revelada. Es lo que se llama tradicionalmente “analogia fidei” (la analogía de la fe), que se opone por ejemplo a la propuesta de Martín Lutero de un “canon dentro del canon”: la reinterpretación de toda la Biblia a partir de su doctrina favorita, la de la justificación por la “sola fe”, erigida por él arbitrariamente en centro y regla de todo lo demás.

Para un cristiano no es difícil creer en dogmas, vale decir en verdades que deben ser creídas firmemente por haber sido reveladas por Dios. ¿De qué serviría la transmisión fiel de la Revelación en la Biblia a lo largo de la historia si su interpretación quedara totalmente librada a la subjetividad de cada creyente? En ese caso, la Revelación de Dios en Cristo habría sido útil sólo en el siglo I.

Por último, la prohibición de las transfusiones de sangre es un absurdo en el que incurren sólo los Testigos de Jehová, basándose en una lectura fundamentalista de la Biblia, es decir en una exégesis errónea y superficial, atada al sentido aparente de los textos bíblicos.

  1. La Teología y el Magisterio de la Iglesia

Pregunta: Estoy comenzando a estudiar teología y me ha surgido una duda respecto al alcance de la labor del teólogo: ¿Cómo se regula el trabajo de un teólogo? Es decir, ¿en qué momento se considera que su pensamiento está fuera de la doctrina católica? ¿El Papa es algo así como el Jefe de los Teólogos, el encargado de definir que un libro determinado contradice la doctrina católica? ¿O hay otras personas que se encargan de esto?

Otra duda: ¿Es necesario ser teólogo para ser Papa?

Respuesta: La función de establecer la doctrina católica con la autoridad de Cristo no corresponde al teólogo sino al Magisterio de la Iglesia, que es ejercido por el Papa y los Concilios Ecuménicos (en comunión con el Papa) en el nivel universal y por el Obispo (en comunión con el Papa) en el nivel local.

Te recomiendo leer la instrucción Donum veritatis (El don de la verdad) de la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF), publicada en 1990. Esa instrucción hace un análisis excelente y detallado de la relación entre Teología y Magisterio. La CDF auxilia al Papa en su función de promover y defender la doctrina de la fe católica en la Iglesia universal. Las Conferencias Episcopales de cada país suelen tener una Comisión para la Doctrina de la Fe, con funciones análogas a las de la CDF, pero en el nivel nacional.

Por otra parte, según el derecho canónico, sigue existiendo la obligación (en casos bien determinados) de someter a la censura eclesiástica los libros sobre temas religiosos escritos por sacerdotos o religiosos. Los censores son nombrados por el Obispo diocesano. Teniendo en cuenta los comentarios de los censores, el Obispo resuelve si conceder o no el permiso eclesiástico de publicación del libro (el “imprimatur” o imprímase). Lamentablemente esta práctica ha ido cayendo en desuso y hoy se puede encontrar muchos libros de sacerdotes o religiosos católicos que se apartan gravemente de la doctrina católica.

Con respecto a tu última pregunta, me parece muy conveniente que el Papa sea muy versado en teología, pero no hay ninguna norma jurídica que establezca que el Papa deba tener determinado grado académico en esa materia (Bachiller, Licenciado, Doctor). Los distintos Papas pueden tener formaciones algo diferentes entre sí. Por ejemplo, Juan Pablo II era un filósofo destacado y Benedicto XVI es uno de los principales teólogos católicos desde hace más de 40 años.

  1. ¿Sólo los santos pueden comulgar?

Pregunta: Un amigo mío, que es Testigo de Jehová, me dijo que según la Biblia sólo los santos pueden comulgar. También me dijo que los católicos adoran imágenes. Respecto al segundo punto encontré fácilmente una página de apologética en Internet que demuestra que más que nada es un tema de interpretación. Pero no pude encontrar nada sobre el primer punto. Me extraña mucho que haya dos interpretaciones tan diferentes sobre un mismo punto de doctrina. Unos entienden que la comunión es para todos, mientras otros dicen que sólo los santos pueden recibirla. No logro encontrar en la Biblia ningún versículo que diga que “sólo los santos pueden comulgar”, pero tampoco encuentro ninguno que diga que “todos pueden comulgar”.

Apelando a unos versículos de Lucas 22, mi amigo dice que la idea original era que sólo comulgaran los santos. La Última Cena se realizó en un grupo pequeño y exclusivo. Luego, apoyándose en el Apocalipsis, me habló de un rebaño pequeño de 144.000 personas y de un rebaño grande. El rebaño pequeño, compuesto por los santos, pertenece al reino celestial. En cambio el rebaño grande vivirá en la tierra por mil años.

Respuesta: La Iglesia Católica no enseña que cualquier persona o cualquier cristiano puede comulgar. La Eucaristía o Comunión es uno de los siete sacramentos de la Iglesia. Al recibir el Bautismo, primero de los sacramentos, una persona se convierte en hijo de Dios, discípulo de Cristo y miembro de la Iglesia. El Bautismo es uno de los requisitos para recibir cualquiera de los otros seis sacramentos. Existen además otros requisitos, que varían de un sacramento a otro. Para concentrarnos en tu consulta, consideremos el caso de la Eucaristía. Supongamos que el bautizado ha recibido ya la Primera Comunión, para lo cual se requiere generalmente cierta edad mínima y cierta preparación previa.

Volvamos a la proposición “sólo los santos pueden comulgar”. Para evaluarla correctamente y discernir si es verdadera o falsa, es necesario que antes se defina con precisión qué se entiende por “santo”, palabra que puede tener diversas acepciones.

En su sentido más corriente, la palabra “santo” designa a aquella persona que vive o ha vivido las virtudes cristianas en un grado heroico. Cuando un “santo” (en el sentido expuesto) muere, su alma va directamente al Cielo, porque no tiene penas para expiar en el Purgatorio.

Los santos canonizados por la Iglesia pertenecen a esa categoría de personas “canonizables” (“canon” significa regla; la vida de un santo canonizado puede servir como regla o ejemplo para los demás cristianos). En este sentido de la palabra “santo”, la frase “sólo pueden comulgar los santos” es falsa y no tiene sustento bíblico. La verdad es en cierto modo lo contrario. No comulgamos porque seamos ya santos, sino para llegar a ser santos. La Eucaristía nos santifica. No es necesario ser santo para comulgar. Basta estar en estado de gracia, o sea no estar en pecado mortal.

Un pecado es un acto humano (consciente y libre) moralmente malo, es decir que atenta contra la ley de Dios y contra la naturaleza y la vocación del hombre. Existen dos tipos de pecados:

  • el pecado mortal o grave, que rompe la comunión con Dios;
  • el pecado venial o leve, que daña la comunión con Dios, sin romperla.

Para que un pecado sea pecado mortal, deben darse simultáneamente las siguientes tres condiciones:

  • materia grave (es decir, debe ser objetivamente una grave infracción moral);
  • advertencia plena (es decir, debe ser cometido con conciencia de su maldad);
  • consentimiento pleno (es decir, debe ser un acto deliberado).

El cristiano que está en pecado mortal no puede comulgar sin volver antes al estado de gracia o amistad con Dios. Para salir del estado de pecado mortal, debe arrepentirse y tener un sincero propósito de enmienda, recibir el perdón de Dios en el sacramento de la Penitencia o Confesión y cumplir la penitencia impuesta por el confesor (o al menos tener una sincera voluntad de cumplirla).

El Capítulo 22 del Evangelio de Lucas narra la institución de la Eucaristía en la Última Cena. Los comensales eran pocos debido a las circunstancias. Fue una Cena Pascual de Jesús con sus más íntimos seguidores, los Doce Apóstoles, horas antes del arresto de Jesús en el Huerto de los Olivos, que dio inicio a su Pasión. Lucas 22 no dice en ninguna parte que sólo pueden comulgar los santos.

Pero la palabra “santo” puede tener también otros santidos. Así, por ejemplo, los primeros cristianos a veces se llamaban a sí mismos “los santos”. Se daba así por sentado que generalmente esos cristianos se encontraban en estado de gracia. En este sentido, la proposición “sólo los santos pueden comulgar” es verdadera: sólo pueden comulgar los cristianos en estado de gracia.

Obviamente la acusación de que los católicos adoramos imágenes es una burda falsedad. Los católicos adoramos sólo a Dios. Jesús es verdadero Dios. Veneramos las imágenes que representan al Único Dios a quien adoramos y que nos ayudan a dirigir hacia Él nuestra imaginación y nuestra memoria.

Por último, te recomiendo un excelente artículo de Carlos Caso-Rosendi: ¿Se debe creer en los Testigos de Jehová? El autor, argentino, es un ex Testigo de Jehová, hoy católico devoto y militante.

  1. El don de la fe

Pregunta: Tengo grandes dudas sobre la existencia de Dios. Mentiría si digo que creo en Dios, pero tampoco puedo decir que no creo en Él. Muchas experiencias de vida me hacen pensar en la Divina Providencia y sentir que quizás Alguien me acompaña. Tal vez esté confundido por querer sustentar racionalmente la fe en la existencia de Dios. Si tuviese que apostar sobre esta cuestión, apostaría que Dios existe, pero no tengo certeza de ello. Pienso que sería magnífico que Dios existiera, porque se podría tener esperanza en un futuro mejor, en que el bien inevitablemente triunfará, en que todo (incluso las dificultades) tiene un propósito, en que después de la muerte me reencontraré con mis seres queridos difuntos. Pero no es correcto creer en Dios sólo porque es reconfortante. Probablemente mis dudas en materia religiosa provengan de mis lecturas de autores racionalistas. También influyó mucho en mi pensamiento la serie de televisión “Cosmos”, que vi durante mi infancia.

Aunque fui bautizado en la Iglesia Católica, hoy no puedo llamarme católico, porque no tengo fe. Sin embargo me siento cercano a la religión católica y la aprecio mucho, especialmente por la racionalidad con que busca presentar la fe. Comparto y defiendo (incluso públicamente) en gran parte las enseñanzas morales de la Iglesia Católica, pero siento que no puedo creer en sus dogmas y sacramentos. A pesar de esto me agrada y me hace bien escuchar a sacerdotes predicar el mensaje de Cristo sobre el amor, el perdón, etc. Pienso que hacer el bien, perdonar las ofensas, no matar, ser fiel en el matrimonio y muchas otras normas morales cristianas son razonables e indiscutibles. Están más allá de cualquier duda y se sustentan en el sentido común, diga lo que diga la Biblia sobre ellas. Pero los dogmas de la fe cristiana requieren creer que la Biblia es Palabra de Dios y ahí es donde empiezan mis problemas. Los dogmas se apoyan en muchos casos en la validez de la Biblia y eso es para mí una materia opinable.

Respuesta: Según el “principio de tercero excluido”, las cosas son o no son. Entre el ser y el no ser no hay una tercera posibilidad, un punto intermedio. Este principio, enunciado en la Antigüedad por Aristóteles y conocido -explícita o implícitamente- por todos los seres humanos por sentido común, es válido tanto con respecto a la realidad (o sea, es un principio ontológico) como con respecto al pensamiento (o sea, es un principio lógico). Por lo tanto, se es creyente o no creyente; se cree en Dios o no se cree en Dios. Es imposible que haya otra alternativa. No es lo mismo no creer que Dios existe que creer que Dios no existe. Entre los no creyentes caben distintas posturas ante el problema religioso: ateísmo, agnosticismo, indiferencia religiosa, búsqueda de la Verdad, etc. Según tus palabras, tú aún no crees en Dios, aunque sientes deseos de creer en Él.

Consideremos brevemente la cuestión de fondo. El hecho de la existencia del mundo puede ser confrontado con la hipótesis monoteísta y con la hipótesis atea (la hipótesis panteísta puede ser descartada por ser auto-contradictoria). La hipótesis atea no explica nada y convierte todo en un gigantesco absurdo. La hipótesis monoteísta lo explica todo y todo lo ilumina con gran esplendor. ¿Cuál de las dos hipótesis debería elegir un ser racional?

Pienso que las pruebas clásicas (metafísicas) de la existencia de Dios son sutiles precisamente porque esa existencia, aunque no es un hecho evidente, es algo bastante simple de apreciar, algo al alcance de cualquier inteligencia común. El ser relativo del mundo supone un Ser Absoluto que llamamos “Dios”. Las cosas más sencillas son a menudo las más difíciles de explicar y demostrar. Por eso se han escrito tantos libros sobre las pruebas de la existencia de Dios. Te recomiendo uno muy bueno: “Dios”, de R. Garrigou-Lagrange, un gran filósofo católico de principios del siglo XX.

John Henry Newman (un gran teólogo del siglo XIX) escribió con mucho acierto que dificultad y duda son cosas inconmensurables entre sí y que mil dificultades no hacen una sola duda. El cristiano puede experimentar mil dificultades intelectuales para fundamentar, comprender y explicar el sentido de su fe; pero él no duda de su fe. Fe y duda son actitudes incompatibles entre sí. El que cree no duda, y el que duda no cree.

  1. K. Chesterton (otro notable pensador católico) escribió que cuando un cristiano se encuentra con alguien que duda acerca de las verdades religiosas, el mejor camino para guiarlo hacia la fe no es decirle que deje de dudar, sino decirle que siga dudando más y más, hasta que quizás, por ventura, comience a dudar de sí mismo. El racionalista tiende a hacer de su propia razón un ídolo, un falso dios. El creyente, en cambio, sabe que la razón humana, precioso don de Dios, es infinitamente menos poderosa que la inteligencia de Dios, fuente de toda verdad. Reconocer humildemente los límites de la propia razón es muy importante para aceptar que podemos conocer de verdad cosas que no podemos comprender totalmente, ni demostrar a la manera de un teorema matemático; cosas como el amor de un padre, de una esposa o de un hijo; cosas como el amor de Dios por nosotros.

La serie “Cosmos”, más allá de su valor de divulgación científica, estaba muy contaminada por la filosofía materialista de Carl Sagan. Basta recordar la frase inicial de la serie, que compendia la ideología que la inspiró: “El Cosmos es todo lo que hay, ha habido o habrá”. En otras palabras, esto significa simplemente que Dios no existe, nunca ha existido y jamas existirá. Partiendo de este principio (que no tiene base científica alguna), “Cosmos” se convirtió en una obra maestra de propaganda atea. Carl Sagan cometió la deshonestidad de presentar su falsa filosofía disfrazada con los prestigiosos vestidos de la ciencia experimental.

Quizás te puedan ayudar los dos consejos que expondré enseguida. Según creo recordar, el primero lo encontré en un libro de Joseph Ratzinger (el actual Papa Benedicto XVI) y el segundo en el célebre libro “Pensamientos” de Blaise Pascal, gran matemático y pensador católico.

A los no creyentes que tienen inquietudes religiosas y buscan la verdad acerca de Dios, pero sienten que no pueden creer en Él, el Cardenal Ratzinger les propuso que adopten esta máxima: vivir como si Dios existiera (“etsi Deus daretur”). Es exactamente lo contrario de lo que proponían los filósofos racionalistas de los siglos XVII y XVIII: organizar la sociedad y sus leyes “etsi Deus non daretur”, como si Dios no existiera.

A la persona que quisiera ser creyente, pero se siente incapaz de llegar a serlo, Pascal le propone que frecuente a personas creyentes y que trate de imitarlas. Aprenderá por contagio u ósmosis cómo vivir una vida de fe.

Según dices, lo que te cuesta aceptar de la religión cristiana no es la moral, sino el dogma. Sin embargo, el dogma cristiano es algo perfectamente razonable. Ser dogmático (es decir, creer en la Palabra de Dios revelada a los hombres) es dejar que sea Dios el que diga la primera y la última palabra en mi vida. Es aceptar que Dios es Dios. Que Él te conceda abrirte a Su Verdad.

Vivir como si Dios existiera supone mucho más que aceptar y cumplir el orden moral objetivo accesible a la sola razón natural. Implica también reconocer a Dios como fin último de nuestra existencia, tratar de hablar con Él en la oración y (en un ambiente cristiano) tratar de escucharlo por medio de la lectura de la Biblia. Supone tratar de conocer, amar y seguir a Jesucristo, la Palabra de Dios hecha carne para nuestra salvación.

Jesús en persona es la autorrevelación de Dios al hombre. Él mismo es el máximo signo de credibilidad del cristianismo. En última instancia, es Él quien hace creíbles a la Iglesia y a la Biblia, no al revés. Entonces, trata de relacionarte con Jesús, el Camino, la Verdad y la Vida. Quizás no puedas rezar aún como aquel padre de familia: “Señor, yo creo, pero aumenta mi fe”. Pero, aunque parezca paradójico, puedes pedir a Jesús el don de la fe; puedes pedirle que se manifieste en tu vida como tu Señor y Salvador.


[1] Véase el Concilio Vaticano II, constitución Lumen Gentium y decreto Unitatis Redintegratio

[2] Ver final del Evangelio de Marcos.

[3] 1 Timoteo 4.

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