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Néstor Martínez Valls

En las noticias de Zenit se informa sobre un debate acerca de si se puede saber que Dios existe, ocurrido en la Universidad Francisco de Vitoria de Madrid.

Uno de los defensores de la respuesta negativa dijo entre otras cosas:

“Gabriel Albiac, antes de nada, aclaró que no se puede demostrar la no existencia de algo, y que la comprobación viene siempre por parte del que afirma la existencia. ‘Toda afirmación es falsa mientras no se demuestre lo contrario.’”

En pocas palabras se dicen aquí muchas cosas, pero no todas coherentes entre sí. Estamos de acuerdo en que el que afirma la existencia de Dios debe probarlo, pero igualmente el que afirma que Dios no existe, debe probarlo.

Se nos dirá que la no existencia de algo no se puede probar. No es tan así. Toda noción que sea intrínsecamente contradictoria, por ejemplo, es necesariamente inexistente. El círculo cuadrado no existe, ni puede existir. Y eso está racionalmente comprobado, por el principio de no contradicción.

Tampoco puede existir lo que contradice hechos indudables. Por ejemplo, un planeta que no sea Júpiter y que sin embargo se encuentre situado en el mismo punto que Júpiter y al mismo tiempo que él.

O sea, hay formas de probar la no existencia de algo. Luego, el que afirma que Dios no existe, tiene tanta obligación de probarlo, como el que afirma que sí existe.

Lo que pasa es que puede haber aquí un pequeño juego de palabras en torno al término “afirmación”. “Dios existe” es una afirmación. ¿”Dios no existe”, es una afirmación? Pues sí, también lo es. Pues al decir que Dios no existe, estoy diciendo también que eso que digo es verdad, o sea, estoy afirmando: “Sí, es verdad: Dios no existe”.

Luego, si toda afirmación (que no sea evidente por sí misma) debe ser probada, ésta también.

¿Se dirá que son las afirmaciones de existencia las que deben ser probadas, no las de no existencia? Pero ahí simplemente hay que preguntar: ¿por qué? Y si se responde que porque la no existencia no puede ser probada, ya se respondió a eso arriba.

Pero lo que es totalmente incoherente con todo lo anterior, es la afirmación de que “toda afirmación es falsa mientras no se demuestre lo contrario”.

De esto se seguiría, por lo que dice el autor, que la afirmación de la existencia de Dios es falsa hasta que no se demuestre. Pero si esa afirmación es falsa, entonces Dios no existe. De todo ello se siguen consecuencias absurdas: Decir que esa afirmación es falsa equivale a decir que Dios no existe, y entonces, o eso se afirma con prueba o sin prueba. En el segundo caso, es una afirmación totalmente gratuita. En el primer caso, se va contra lo que se dijo arriba, que la no existencia de algo no puede ser demostrada.

Por la misma razón, si decir que esa afirmación es falsa es decir que Dios no existe, al decir al mismo tiempo que esa afirmación es falsa hasta que se demuestre, resulta que entonces Dios comenzaría a existir el día en que se demostrase su existencia, lo cual es absurdo. Y esto vale en general para toda afirmación aún no demostrada, con lo cual el absurdo se generaliza.

En efecto, aún no se ha demostrado que haya vida inteligente en otros planetas. Luego, no la hay, pues la afirmación “hay vida inteligente en otros planetas” es, según este autor, falsa hasta que se demuestre, y si es falsa, es porque no hay vida inteligente en otros planetas. Luego, el día en que se demostrase que hay vida inteligente en otros planetas, comenzaría a haber vida inteligente en otros planetas. Absurdo.

Pero además, si fuese verdad que “toda afirmación es falsa hasta que se demuestra”, entonces una afirmación falsa se convertiría en verdadera, por el hecho de ser demostrada. Alguno fue el primero en demostrar que el lado del cuadrado y su diagonal son inconmensurables. ¿Hasta ese momento la afirmación había sido falsa? ¿Tienen fecha las verdades geométricas?

En el fondo el “truco” es muy sencillo: se dice que la carga de la prueba corresponde al que afirma, se toma como “afirmación” solamente la afirmación de existencia, no la afirmación de inexistencia, y se afirma luego, subrepticiamente, la inexistencia, al decir que “toda afirmación es falsa hasta que se demuestra”. Pero una tesis que necesita recurrir a tales trucos se descalifica a sí misma por ese mismo hecho.

Ahora bien, también da para ser comentada alguna intervención de los defensores de la respuesta afirmativa, es decir, los creyentes:

“Pues bien -prosiguió-, cuando alguien dice: ‘Yo sé que Dios existe’, es evidente que no lo dice como quien ve los colores de las cosas o como quien ha hecho una suma o una deducción lógica. Lo dice como quien conoce las cosas en un nivel existencial y, además, en una relación que tiene que ver de alguna forma con la amistad, la filiación, el amor. Lo sabe por experiencia”.

Para dar razones de estos enunciados el profesor Antuñano expuso que el conocimiento de Dios tiene un fuerte carácter subjetivo, porque en ese conocimiento está implicada la propia persona, pero que esto no significa que se confunda esta creencia con una auto-sugestión por parte del sujeto, una proyección interna de sus propias ideas y deseos que termina generando la ilusión ficticia de un ser imaginario llamado Dios.

“Por eso -añadió-, saber que Dios existe tiene también un carácter objetivo: hay una alteridad real en ese conocimiento. No todo lo que puede proyectar un hombre coincide necesariamente con lo que Dios es, o como descubre que Dios es. Más aún, hay veces que lo que uno proyecta es exactamente lo contrario a lo que descubre cuando sabe que Dios existe. Una pura invención mía no puede en realidad dejarme satisfecho, el autoengaño dura poco, y genera frustración, tristeza, y hasta violencia”.

“El profesor concluyó diciendo que este conocer a Dios es evidentemente mucho más que un mero conocimiento empírico, mucho más que el conocimiento matemático o lógico o científico y por supuesto es muchísimo más que una opinión opinable: es el conocimiento cierto y convencido de alguien a quien se ama porque se ha sentido su caricia de amor en la propia vida.”

En definitiva, este participante se apoyó en su propia experiencia. Es magnífico que él tenga una experiencia de Dios. Pero la experiencia es intransferible. En definitiva, este participante está pidiendo a los otros que le crean. O bien, les está diciendo que si se embarcan en cierto camino existencial, podrán llegar a tener la misma experiencia que él. Pero nótese que él no da ninguna razón por la cual los otros deban aceptar que su experiencia no es una mera ilusión. Obviamente, él afirma que no lo es, pero una mera afirmación no es razón para aceptar nada.

Se dirá: cuando el otro se ponga en camino, y haga la experiencia, verá que no es una ilusión. Pero ¿qué razón se le da al otro para ponerse en camino? ¿Cómo sabe que no se embarca en un proceso de auto-sugestión?

La intervención de este participante es un signo del lamentable estado en que se encuentra actualmente el pensamiento católico. Habiendo aceptado el veto kantiano contra la metafísica, habiendo tirado por la borda la filosofía escolástica, única capaz de dar claridad y solidez en estos temas, se cree haber hecho un gran progreso cuando se reduce uno a “dar testimonio”, con algunas palabras altisonantes, todo lo cual se parece lastimosamente al caso de la zorra que decía de las uvas que no podía alcanzar: “Están verdes”.

Igualmente, da la impresión de que algunos, apabullados por las que ellos consideran ilevantables razones del agnosticismo metafísico, al ver inalcanzables las uvas de la demostración filosófica de la existencia de Dios, se consuelan declarándolas “verdes”, es decir, imposibles, y tratan de elevar lo más que pueden (de ahí las palabras altisonantes) el cercano recurso a la experiencia subjetiva, que sin embargo, quedará siempre así, subjetivo.

Al menos el participante incrédulo se tomaba el trabajo de argumentar, aunque lo hacía mal.

¿Qué diría hoy aquel santo Papa que en su momento enunció esta gran verdad: “Apartarse de Santo Tomás, aunque sea sólo el espacio de una uña, sobre todo en cuestiones metafísicas, es algo que no se puede hacer sin grave daño”?