san-pablo
Miguel Antonio Barriola

El “Año Paulino”, que nos encontramos celebrando, se desarrolla desde el 29 de junio de este año 2008 hasta la misma fecha del año próximo, solemnidad que asocia con Pedro a Pablo, el “Apóstol Décimotercero”, por medio de una intervención sin parangón del mismo Jesús resucitado.

Es oportuno, pues, comenzar nuestra adhesión a este año de gracia, enfocando a este gigante de la fe cristiana a partir del momento mismo de su encuentro transformador con Cristo.

La importancia del personaje se deja ver por el hecho que una buena tercera parte del Nuevo Testamento lo ocupa su epistolario. Si nos fijamos en los “Hechos de los Apóstoles” de Lucas, la figura de Pablo acapara la mitad de la obra. Y si atendemos a una peculiaridad del estilo lucano, que repite varias veces la narración de los sucesos que juzga como ejes centrales de su obra,[1] también observamos que en tres oportunidades reitera el episodio de la conversión-vocación de Pablo. Es como una especie de “replay”, para que el lector aprecie desde varios puntos de vista un acontecimiento crucial para la expansión del Evangelio.[2]

Pero el mismo Pablo recuerda en distintas ocasiones el giro que dio su vida, al pasar de perseguidor furioso a ardiente heraldo del Evangelio.

Esa duplicidad de fuentes ha levantado puntos de vista opuestos entre los intérpretes, por las dificultades que muchos encuentran en armonizar los datos que aportan Pablo por una parte y el autor de Hechos por otra. Se quieren ver contradicciones, casi siempre en desmedro de la fiabilidad que se le pueda otorgar a Lucas.

Los testimonios del mismo Pablo

Gálatas 1,11-17

Para ubicarnos en la comprensión de este recuerdo de Pablo, hemos de atender a los objetivos que pretende alcanzar con su argumentación en esta carta concreta. Su doctrina sobre el Evangelio como liberación de la ley de Moisés, sobre todo de la obligatoriedad de la circuncisión y otras costumbres judaicas (como no mezclarse en las comidas con paganos), estaba siendo atacada por cristianos de origen judaico.[3] Se puede conjeturar que socavaban la autoridad de Pablo, tratándolo de advenedizo, de predicador de segundo orden, dado que no había pertenecido al grupo de los Doce, que conocieron personalmente a Jesucristo.

Respondiendo a estas acusaciones, Pablo rememora el momento y modo en que fue convocado al servicio del Señor Jesús, relatando su llamada en la forma en que los profetas contaron su vocación, sobre todo Jeremías 1,5.[4]

Con su narración desea Pablo poner de relieve su independencia. Él recibió directamente de Cristo resucitado su misión en la Iglesia. No consultó con ninguno de los que antes que él fueron llamados apóstoles.[5]

Pero no menos tiene bien presente que el don recibido sin mediación alguna, ni siquiera de la Iglesia y sus pastores, que le diera el mismo Cristo, ha de ser entroncado en el cuerpo total de esa Iglesia.

De ahí que recuerde igualmente su visita a Cefas.[6] Para lo cual notemos que no usa cualquier expresión. Escribe más bien que subió a Jerusalén: “historésai Kefan”. O sea: para ver algo digno de ser conocido.[7] Después dará cuenta asimismo de cómo confrontó su predicación con “las columnas de la Iglesia”, para “asegurarse de que no corría o había corrido en vano.”[8] Todo lo cual concuerda, por otra parte, con el papel que desempeña la figura de Ananías, quien, después del encuentro directo de Saulo con Cristo, lo acoge en la Iglesia por medio del bautismo.

Era necesario exponer el trasfondo del pasaje en cuestión, porque la finalidad por la cual Pablo trae a colación sus orígenes cristianos, no exigía abundar en detalles. Lo nuclear era subrayar el cambio notable del judaísmo a la Iglesia, de perseguidor encarnecido de Cristo a defensor convencido del mismo y esto, no por intermediarios humanos, sino por revelación directa del propio Jesucristo. La única explicación de tal contraste se debió a la intervención divina, sorpresiva, inesperada. No se trató de una maniobra humana, sino que sólo la explica ese Dios, experto en escribir derecho con renglones torcidos.

Filipenses 3,3-17

Es muy posible que también aquí esté argumentando el Apóstol contra tendencias judaizantes.[9] Acude aquí a su propia experiencia, como expresión ejemplar del gran contraste entre la vida bajo la ley y la gracia transformadora de la nueva vida en Cristo.

Pasa revista a sus numerosos títulos, de los que podría gloriarse humanamente.[10] A ellos contrapone su encuentro personal con Cristo, debido a pura gratuidad divina y la correspondiente respuesta en la fe, no a sus esfuerzos, por celosos que hubieran sido. Haber conocido a Cristo causó un vuelco en la vida de Pablo, con el resultado de una completa transmutación de sus valores. Lo que consideraba antes como logro lo tiene ahora por desperdicio, antítesis que reitera por tres veces: la anterior “ganancia” es en realidad “pérdida;”[11] su vida previa fue “desventaja” comparada con el “inapreciable conocimiento de Cristo;”[12] su conducta de otrora es tenida por “basura,”[13] porque ahora ha “ganado a Cristo.”[14]

Se ha de destacar que aquello que Pablo degrada hasta tales extremos no es una vida desarreglada moralmente, sino el más riguroso empeño por poner en práctica la ley de Dios. Hasta tal punto el conocimiento personal de Jesucristo supera algo en sí tan santo como es la Ley dada por el mismo Dios.[15] Tal proceso de transformación continuará, como veremos.

1 Timoteo 1,12-16

Aunque para muchos este testimonio[16] no provenga de la pluma misma de Pablo (cosa que otros discuten, como ya adelantamos) se trata de un dato personal que proviene de cristianos muy cercanos a Pablo.

Una vez más se destaca con fuerza la oposición entre la precedente vida de Pablo y su actual existencia en Cristo. Aquí Pablo se identifica como el “peor de los pecadores.”[17] Al respecto oigamos a J. E Everts:[18] “Que sea o no paulino, este pasaje representa ciertamente la tradición paulina y es útil como prueba del modo en que la experiencia de la conversión y llamado de Pablo era comprendida en las Iglesias de los gentiles, que él había fundado”.

Los Relatos de Lucas en los Hechos de los Apóstoles

El autor no fue testigo de primera mano respecto a muchos de los sucesos que transmite. Pero acompañó a Pablo en varios de sus viajes en la última etapa de su vida activa.[19] Fue, pues, testigo ocular de variados datos que nos entrega y pudo informarse directamente del principal protagonista en la segunda parte de su obra, acerca de los acontecimientos en los que no intervino.

Lucas historiador nos ofrece una panorámica más amplia que la brindada por el propio Pablo, que acudía a esta experiencia tan crucial de su vida, sólo para defender la legitimidad de su ministerio apostólico. Asimismo, como ya se anunció anteriormente, le da Lucas tal relieve al acontecimiento que lo narra en tres oportunidades.

Confrontación con Pablo

No faltan quienes opongan los datos lucanos a los que nos brinda Pablo mismo. Así, en los Hechos, Pablo habitando en Jerusalén, intervino como cuidador de los vestidos de quienes lapidaron a Esteban.[20] A lo cual se suele oponer Gálatas 1,21-23: “Las Iglesias de Judea… no me conocían personalmente. Sólo oían decir: ‘El que en otro tiempo nos perseguía, ahora anuncia la fe que antes pretendía destruir.’” De ahí concluyen estos críticos, que Pablo no conoció a Esteban y sólo persiguió a los cristianos de Damasco, sin previo viaje desde Jerusalén, ni mucho menos con la aparición de Cristo en el camino.

Pero el mismo Pablo, en versículos anteriores[21] nos informa que “visitó a Pedro” en Jerusalén y seguramente no se recluyó solo con él en algún recinto aislado. En esa ocasión, fuera de lo que se rumoreaba, seguramente muchos otros cristianos pudieron tener contactos con Pablo. Además, hay conocimiento y conocimiento. Así como la gente en general no “conoce personalmente” a un senador o presidente, pero sí que está enterada de su pensamiento o principales actuaciones. El dato de Gálatas 1,21-28 es armonizable, entonces, con Hechos 9, 26, cuando se notifica que Pablo, a pesar de ya haberse bautizado, al llegar a Jerusalén , sin embargo, “todos le tenían desconfianza porque no creían que también él fuera un verdadero discípulo.”

Se objeta igualmente que el Sanedrín jerosolimitano no tendría jurisdicción como para extraditar desde un país extranjero,[22] a los prisioneros que hubiera podido apresar Saulo.[23]

Es posible responder que los papeles de recomendación del Sumo Sacerdote dados a Saulo, servirían tan sólo como credenciales para presentarlo ante los presidentes de las sinagogas de Damasco. Éstos, junto con el propio Saulo, serían los encargados de organizar después el traslado a Jerusalén de los prisioneros.

¿Despistes en el mismo Lucas?

¿Percepciones opuestas?

No menos apuntan algunos críticos a divergencias en los relatos del propio Lucas, que sienten como contradictorios, resultando así que ha sido bastante torpe. Apuntan a 9,7, donde se informa que los acompañantes de Saulo “oyeron la voz, pero no vieron a nadie”. Mientras que en 22,9: “Vieron la luz, pero no oyeron la voz”. ¿En qué quedamos, se preguntan muchos: oyeron[24] o no;[25] vieron[26] o no?[27]

Es que Lucas está presentando a Pablo como dotado de las mismas características que autentifican a un apóstol: “ver y oír” era la condición para ser apóstol, haber estado en directo contacto con Cristo: “Nosotros no podemos callar lo que hemos visto y oído.”[28] Lucas nos está indicando que el único que “vió y oyó” fue Pablo. A los demás les falta algún elemento y aún cuando se trata de un aspecto positivo que captaron (voz o luz), queda en lo vago, porque no perciben a personaje alguno de modo claro y distinto, ni captan palabras nítidas.

Ricciotti explicaba ya razonablemente la situación: “El verbo akoúo –oír– tiene en griego un doble significado: el general de percibir un sonido material de palabras o cosas –oír– y el más concreto de captar el sentido de las palabras percibidas–entender. Hoy se puede decir que se ha oído a un orador, pero que no se le ha entendido; que se ha oído que llamaban, pero sin comprender quién pudiera llamar. Ahora, cotejando precisamente los dos relatos, resulta—sobre todo en el texto griego, con las partículas: mén, disyuntivas: “Pablo ciertamente vio u oyó, pero no vieron u oyeron los que iban con él”) que se ha querido contraponer las percepciones visuales y auditivas de los compañeros de Pablo a las del mismo Pablo. Los primeros vieron el fulgor, pero no descubrieron a ningún nuevo personaje, mientras que Pablo vio el fulgor y a Jesús, que le hablaba; así los primeros oyen la voz arcana, pero no entienden las palabras, mientras que Pablo oye y entiende. El cuidado con que ambos relatos quieren poner de manifiesto la parte que les correspondió en el suceso a los compañeros de Pablo se inspira en el deseo de presentarlos como testigos incompletos, pero imparciales del mismo suceso.”[29]

También hay que tener en cuenta que foné significa fundamentalmente “sonido ininteligible”, lo “audible”, que puede ir desde un trueno a un grito. Así es en el versículos 9,7: “Oyen la voz”, o sea: un ruido. Pero en el versículo 22,9, no escuchan lo específico del diálogo: “No oyeron la voz del que hablaba conmigo.”[30]

¿Cayeron todos o no?

Otra incongruencia que se suele endilgar a Lucas, se refiere al versículo 9,7, donde se relata que, habiendo caído Saulo a tierra, los demás “quedaron de pie.”[31] Pero, en 26,14, Pablo, en su discurso ante el rey Agrippa, refiere que “todos caímos a tierra”. Una vez más—se asombra más de uno—¿cayó sólo Pablo, según lo expresado en 9,7, o se desplomaron todos, como se cuenta en el último de los relatos?

Se puede responder que, por de pronto, el verbo eistékeisan no necesariamente ha de significar: “quedaron de pie”. Así T. Ballarini traduce: “los que viajaban con él se detuvieron.”[32]

Con todo, también aquí prefiere Ricciotti otra explicación: “Eistékeisan puede traducirse también simplemente habían quedado atónitos; pero, si se quiere mantener la idea de la posición erecta, hay que imaginar un segundo momento de la escena, ya que en el primero habían caído todos a tierra.[33] Pasado el primer azoramiento los demás se levantaron, mientras Saulo tenía graves razones para continuar en el suelo.”[34]

¿Desapareció Ananías?

Hay quienes sospechan también sobre la verosimilitud del personaje de Ananías, dado que en el último relato del capítulo 26 no figura más.

Pero en este detalle hemos de considerar las circunstancias de las tres narraciones. En la primera, a cargo del mismo Lucas, Ananías figura como representante de la Iglesia, que acoge a Pablo en su seno, bautizándolo.[35]

En el primer discurso del mismo Pablo, cuando recuerda su cambio profundo ante un auditorio judío, agrega notas acerca de Ananías, que, si bien era ya cristiano, lo mantenían todavía unido al judaísmo: “Varón piadoso según la ley y acreditado por todos los judíos que allí habitaban.”[36] En su exposición final, ante Herodes Agrippa II y su comitiva, predominantemente compuesta por paganos, no tenía objeto hacer mención de este personaje, así que Pablo omite recordarlo.

Superadas estas aparentes contradicciones, no hemos de olvidar el alcance que se sigue de este hecho fundamental en la vida y misión del apóstol. J. Jeremias, sintetiza acertadamente al respecto: “Hay sólo una clave: es Damasco, en cuya vivencia está enraizada toda la teología paulina.”[37]

Tal como se dijo, Pablo recibió también de la tradición de la Iglesia, dado que él no estuvo presente, por ejemplo, en la Última Cena o no participó de las apariciones del resucitado a Cefas, Santiago y a otros hermanos. Pero sí es cierto que, en el encuentro inesperado con Cristo, podemos encontrar lo nuclear de su doctrina sobre la gracia, porque todos sus esfuerzos humanos quedaron por tierra, sin resultado alguno, y lo que prevaleció fue únicamente la gratuita intervención de Jesucristo. La centralidad y suficiencia omnímoda de Cristo para la salvación, sin necesidad de aditamentos legales o de cualquier otro tipo, también es palmaria en este acontecimiento. Igualmente, la concepción paulina de la Iglesia como “Cuerpo,”[38] íntimamente unido a Cristo, surge inequívocamente de este suceso de Damasco. En efecto: Saulo perseguía a un puñado de “sectarios de los nazarenos.”[39] Pero Jesús se identifica con ellos: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues.”[40] Por fin, en los tres informes sobre la conversión de Pablo se insiste en su llamado a ser heraldo del Evangelio entre los paganos.[41]

¿Conversión o vocación?

La Liturgia católica, sigue celebrando “la Conversión de San Pablo” cada 25 de enero. Pero comenzó a instalarse una controversia a raíz de un escrito de Kirsten Stendahl.[42] Según este autor, “conversión” es un concepto fuertemente teñido por la experiencia de Agustín y Lutero, concebido como un paso, que deja atrás el insoportable peso del pecado. Ahora bien, el mismo Pablo, en Filipenses 3,6, se describe a sí mismo como llevando una conducta intachable.

Tampoco se trataría de un “cambio de religión”, abandonando su judaísmo. En efecto, la fe cristiana no era por aquel entonces una religión distinta de la judía. Se comprueba, en efecto, cómo los apóstoles acudían todavía al templo de Jerusalén, después de Pentecostés.[43] El mismo Pablo visitará el santuario jerosolimitano, para cumplir con un voto[44] y dirá ante el procurador Félix: “Sirvo al Dios de mis Padres, siguiendo el camino que llaman secta. Creo en todo lo que está contenido en la ley y escrito en los profetas y tengo la misma esperanza en Dios que ellos tienen.”[45] Hay algo de verdad en estas advertencias, porque, como escribirá también él mismo en Romanos 9,15: “[Los creyentes no judíos] fueron cortados de un olivo silvestre e injertados en el olivo bueno.”

Así y todo, es importante notar que todos los recuerdos de la conversión-vocación de Pablo se dan en contextos donde la relación entre judaísmo y cristianismo es problemática. En Hechos—como acabamos de notar—está en juego la misión a los gentiles.[46] Lo mismo sucede en Gálatas 1,13 donde dice “oyeron hablar de mi conducta anterior en el judaísmo.” Igualmente en Filipenses 3,18, al considerar como “desperdicio”, no una vida anterior disoluta moralmente, sino de estricta observancia de la ley mosaica. Este tema del “contraste” va a ser comentado en 1 Timoteo 1,15, llegando a considerarse como “el peor de los pecadores.”

La Pontificia Comisión Bíblica enseñó que “personalmente, Pablo sigue preciándose de su origen judío,”[47] pero relativiza, al mismo tiempo todas esas ventajas, teniéndolas como pérdida.[48] Es posible que Pablo efectivamente se considerase como judío para toda su vida, pero no menos insistía en una reinterpretación a fondo de la Torá, ya anunciada por los profetas, pero realizada concretamente sólo por Jesucristo. El hecho era tan radical que creaba, al fin y al cabo, una nueva religión. Cosa que ya había realizado el mismo Cristo. Por otro lado, no deja de haber llamados a la “conversión” dentro de una misma religión. Así lo exigió el Bautista a sus oyentes judíos, invitación que tomará por su cuenta el mismo Jesús.[49]

Además, si muchos quieren encuadrar la vocación paulina más bien dentro de un esquema de una “vocación profética”, vista la similitud de Gálatas 1,15 con Jeremías 1,5—ambos “llamados desde el seno materno”—no repugna con tales convocatorias divinas el sentido de pecado a dejar de lado. Como se puede ver en Isaías 6,5-7.[50]

No falta quien objete que Pablo no tenía conciencia del mal que hacía.[51] Pero ese mismo estado es el que ya comprobaba Pedro en los judíos que crucificaron a Jesús,[52] lo cual no fue óbice a que los exhortara a “convertirse” (ibid., v. 19: “hagan penitencia y conviértanse”).

También hay autores que llaman la atención sobre el hecho de que Lucas no emplea el vocabulario de “conversión”; metanóia, epistréfo, cuando se refiere a este encuentro de Pablo con Cristo.[53]

Sinceramente, parece una “quaestio de nomine,”[54] y que “non est disputandum de verbis cum constet de rebus,”[55] porque en la realidad, si metanóia significa “cambio de mente,” ¿podrá imaginarse transformación más radical que amar lo que se odiaba? Los cristianos perseguidos pasan a ser sus hermanos. Cristo, causante principal de la deserción cristiana respecto al judaísmo, se vuelve centro personal de toda su vida[56] y le hace tener por “basura”, lo que Pablo con tanto escrúpulo antes respetaba.

Así lo ve J. Dunn: “El término ‘conversión’ es en sí apropiado, sea para describir en general el cometido que Pablo busca alcanzar con su propia predicación, sea para describir los comienzos en la fe del mismo Pablo… Se trató sin duda de un vuelco total de algunos axiomas teológicos muy fundamentales.”[57]

Igualmente lo fotografía muy nítidamente D. Wenham: “[Pablo antes del suceso de Damasco] sin embargo, no se veía a sí mismo como un gran pecador, sino como uno que agradaba a Dios, a causa de su observancia de la ley. Ahora [después de Damasco] esto ha cambiado: él fue el salvado no por su observancia de la ley sino por la gracia de Dios. Él experimentó el hecho asombroso de que el Hijo de Dios ‘me amó y se entregó a sí mismo por mí.’”[58]

El celo de Pablo por Dios no disminuyó por su conversión; más bien lo opuesto. Pero su arrogancia fue eliminada por el descubrimiento de sí mismo como pecador, y fue reemplazado por gratitud y su celo reorientado. Su foco no fue ya más la ley, sino la gracia de Dios manifestada en la muerte de Jesús.”[59]

Hasta tal punto ve este autor—y han de registrarlo todos honestamente—esa “con-versio” o cambio de ruta que llega a hablar de un “gran explosión” en la existencia de Pablo: “Los ingredientes clave en su teología—su visión de Jesús, la ley, el pecado, la gracia, la Iglesia, los gentiles—todos le fueron dados en aquel día predestinado. La importancia de la experiencia para Pablo puede ser confirmada por el libro de los Hechos, dado que Pablo cuenta la historia a ambos, a los judíos y a los romanos, con el fin de explicarse a sí mismo y para defender sus acciones posteriores.[60] Fue un ‘gran explosión’ para Pablo—sacudiendo a fondo todas sus ideas previas, aunque enormemente creativo para su teología y ministerio en los años que siguieron.”[61]

Matizadamente ya lo había expresado H. J. Wood: “Contrariamente a Sadhu[62] o al judío Ratisbonna,[63] [Pablo] no se convirtió a un sistema de pensamiento cristiano o a una tradición completamente organizada.[64] Su conversión no significaba su consentimiento a una formulación anterior de la fe, ya sea de la Iglesia judeo-cristiana o de la Iglesia helenista naciente, representada por Esteban. Pablo más bien fue convertido a Cristo que a este cristianismo.”[65]

Conversión duradera

Hay un detalle significativo, que nos indica hasta qué punto aquel comienzo marcó a fondo el alma y acción posterior de Pablo y cómo no se quedó en un fogonazo transitorio, sino que fue magnificándose progresivamente.

En efecto, según la narración de Lucas, Pablo fue envuelto por “una luz”. Cuando el mismo Pablo comunica el hecho a su auditorio judío, lo presenta como “una gran luz.”[66] Y, al tener que defenderse ante un público pagano, también en boca de Pablo, el acontecimiento llega a ser descrito como: “una luz más resplandeciente que el sol.”[67]

Pero no queda aquí este deslumbramiento cada vez mayor, ya que en 2 Corintios 4,1.6, continúa Pablo agigantando ese momento, comparándolo con la fuerza misma desplegada por Dios en la creación: “Teniendo este ministerio, según la misericordia con que fuimos favorecidos… Porque Dios, que dijo: ‘del seno de las tinieblas fulgurará la luz,’[68] es quien la hizo fulgurar en nuestros corazones, para que irradiásemos el conocimiento de la gloria de Dios, que reverbera en la faz de Cristo Jesús.”

He ahí, percibida tan intensamente primero en él mismo, la simiente de la perspectiva sobre la “nueva creación”, con que, en el capítulo siguiente, concibe el Apóstol a toda vida cristiana: “El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente.”[69]

Para Pablo, pues, el hecho de su conversión se le fue imponiendo progresivamente, como algo cada vez más luminoso, como punto de arranque de una nueva era, con la cual no basta comparar el Antiguo Testamento,[70] sino que hay que remontarse a la creación misma. Así dice L. Cerfaux: “La creación de la luz en el primer día del mundo y la creación espiritual se llaman mutuamente. La palabra de Dios es creadora en los dos casos.”[71]

No exagera, pues, Pablo al colocar su conversión bajo “la misma luz” más brillante que el sol y parangonable con la que brilló desde la creación del mundo. El suceso dio un vuelco a la historia. Tampoco es Lucas un cansador reiterativo al estampar por tres veces esta historia en la articulación del segundo tomo de su obra: comprendió certeramente su importancia y la va presentando matizadamente, según lo pidan las circunstancias.

Semejante profundización constante de Pablo sobre su “vocación-conversión” nos alerta sobre la necesidad de no quedarnos en los comienzos, por portentosos que hayan sido. Como lo confesará en otro lugar Pablo: “Esto [el previo recuerdo de su encuentro con Cristo] no quiere decir que haya alcanzado la meta ni logrado la perfección, pero sigo mi carrera con la esperanza de alcanzarla, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús.”[72] Por eso Pablo alabará a sus cristianos por “permanecer firmes en el Señor”[73] o los llamará al orden, cuando “no se han mantenido fieles a la verdad.”

Podemos confirmar y compendiar estas reflexiones con meridiana claridad, cediendo la palabra al ya citado D. Wenham: “El relato del encuentro de Pablo con Jesús resucitado en la ruta de Damasco debe ser el más famoso relato de conversión de todos los tiempos. Sea como sea que entendamos el acontecimiento, cambió al mundo y no solamente al mismo Pablo. Por supuesto que cambió el mundo de Pablo. Algunos han cuestionado si debería llamarse ‘conversión’, dado que en la perspectiva de Pablo no era el caso de cambiar su religión, sino el hecho de haber encontrado al Mesías esperado por él y por otros judíos. Sin embargo, si la palabra ‘conversión’ significa cambiar de un camino a otro, esto le sucedió ciertamente a Pablo. Fue un cambio dramático. En 2 Corintios 5,17 Pablo puede usar la frase ‘nueva creación’ de la persona que llega a ser cristiana. Esto fue justamente lo que le pasó a él: la luz que brilló en la creación brilló en su corazón y trajo nueva vida.[74] Esto trajo también una total y nueva comprensión de Dios y sus planes: cuando Pablo dice en Gálatas 1,1 que él recibió su evangelio ‘por revelación de Jesucristo’, se está claramente refiriendo a su conversión, a la trascendental ocasión en que él llegó a entender la buena nueva.”[75]


[1] Así, entre 10,1 y 11,18 da cuenta tres veces de la conversión del Centurión Cornelio por medio de Pedro, que significa un paso importante de la fe cristiana, fuera del ámbito judío.

[2] Hechos 9,1-19; 22,1-21; 26,9-18.

[3] Llamados por lo común “judaizantes”.

[4] “desde el seno de mi madre”; comparar con Gálatas 1,15

[5] Ver ibid., vv. 16-17.

[6] Ver ibid. v. 18

[7] De esa raíz procede nuestra palabra “historia”, o sea la disciplina que recoge hechos notables, dignos de “pasar a la historia”, como solemos decir. No cualquier trivialidad. El giro empleado por Pablo indica, pues, el lugar especial que le competía a Pedro en la primitiva Iglesia.

[8] Ver ibid. 2,2 y 9. || Observemos hasta qué punto un personaje de la talla de Pablo, con suficientes títulos como para justificar su acción en la Iglesia, sin embargo, no se larga “por lista propia”, no “hace rancho aparte”, sino que tiene como un punto de trabajo genuino en la Iglesia, no comportarse como un francotirador, sino en comunión con Pedro y el resto de los Apóstoles. En 1 Corintios 15,11, escribirá: “Tanto ellos como yo predicamos lo mismo.”

[9] En el versículo anterior–Filipenses 3,2–advierte muy duramente: “Cuídense de los perros, de los malos obreros y de los falsos circuncisos.”

[10] Según la carne: vv. 3-4.

[11] Ver ibid. v. 7

[12] Ver v. 8a.

[13] Skýbala (eis kýnas bállo): arrojo a los perros, desperdicio.

[14] Ver v. 8b

[15] Así lo declarará en Romanos 7,12: “La ley es santa”. Pero sin Cristo y su gracia redentora es incapaz por sí sola de sanar la debilidad humana (la “carne”).

[16] Aclaramos que para muchos intérpretes las “Cartas Pastorales” no tienen a Pablo por autor, sino que son debidas a miembros de la escuela que apela a su patrocinio. Con todo, los exégetas, sobre todo ingleses, con válidos argumentos siguen sosteniendo la autenticidad paulina de estos documentos. G. W. Knigth III, The Pastoral Epistles, Grand Rapids, Michigan, Carlisle; 1992; pp. 21-52; E. E. Ellis, Lettere Pastorali en: Dizionario di Paolo e delle sue lettere a curadi G. F. Hawthorne; R. P. Martin; D. G. Reid; Ed. Italiana a cura di R. Penna, Cinisello Balsamo; 1999; pp. 956-959.

[17] Ver v. 15

[18] “Conversione e chiamata di Paolo” en: Dizionario di Paolo e delle sue lettere, p. 289.

[19] También aquí hemos de dar cuenta de las diferentes opiniones existentes entre los exegetas. Hay quienes oponen violentamente al “Pablo de Pablo” con el “Pablo de Lucas”, acumulando “contradicciones” que creen descubrir en el material que presenta el Tercer Evangelista sobre el Apóstol. No es el momento para detenernos en esta controversia, pero tengamos en cuenta algunos puntos. Ante todo los famosos “Wirstücke” (segmentos-nosotros). Es decir, el hecho que, a un momento dado, el narrador se involucra en el relato, pasando a expresarse en primera persona plural: “Tratamos de partir para Macedonia, convencidos de que Dios nos llamaba para que la evangelizáramos” (Hechos 16,10-17; ver: 20,5-15; 21,1-18; 27,1-28). Sobre la postura favorable a la implicancia del propio Lucas en esos pasajes, parecen del todo convincentes estos escritos de V. Fusco: “Le sezioni – noi degli Atti nella discussione recente” en su obra: Da Paolo a Luca, Brescia; 2000; p. 57; I, pp. 57-71. También, del mismo autor: “Ancora sulle sezioni – noi degli Atti”; ibid., pp. 73-84. Como se insinúa más arriba, es frecuente en muchos autores la preocupación por acumular deficiencias y errores en Lucas, que, sin embargo, ha declarado expresamente su intención de ofrecer noticias sólidas (ver: Lucas 1,1-4). Tales posturas ocultan, por otra parte, aciertos notables en las noticias de este autor. Por ejemplo, en Hechos 17, 8 califica como “politarcas” a los magistrados de Tesalónica, título nunca atestiguado en la literatura griega conocida, pero salido a la luz en inscripciones encontradas siglos después en excavaciones arqueológicas realizadas en Macedonia (E. Gabba, Iscrizioni greche e latine per lo studio della Bibbia, Torino; 1958; pp. 68-70). Lo mismo sucede con “Publio”, llamado “prótos tés nésou” (el primero de la isla) en Malta (Hechos 28,7), designación ausente del todo en los escritos helenistas antiguos, pero confirmada también por la arqueología modernamente, que nos muestra a un tal Castricio Prudente, como “prótos melitáion” (el primero de los malteses; ver: E. Gabba, ibid., pp. 50-51). Se podrían añadir otros datos, pero, como se dijo, no es éste el momento de alargarnos al respecto.

[20] Ver Hechos 7,58.

[21] Gálatas 1, 18.

[22] Damasco, capital de Siria.

[23] Hechos 9,1. || “Saulo… se presentó al Sumo Sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de traer encadenados a Jerusalén a los que eran del camino”.

[24] Oyeron: v. 9,7.

[25] No oyeron: v. 22,9.

[26] Vieron: v. 22, 9.

[27] No vieron 9, 7.

[28] Hechos 4,20.

[29] G. Ricciotti, Pablo Apóstol – Biografía – Introducción crítica – Ilustraciones; Madrid;1950; p. 215. Hay que descartar, por lo tanto, otro intento de solución, basado en la filología de la lengua griega, pero que es inconsistente con los usos de Lucas. Así, dicen algunos que en 9,7 se construye el verbo akoúo con su complemento directo en genitivo (tes fónes), cuando en 22,9 el mismo verbo tiene su complemento directo en acusativo (ten fónen), lo cual es acertado. Proponen entonces, que el primer régimen del verbo (en genitivo) indicaría la percepción del sonido material (oír), mientras que el segundo (con acusativo) señalaría la percepción intelectual de las palabras (entender). Así no habría contradicción: en el primer relato se diría que “oyeron la voz, pero no entendieron;” en el segundo: “no lo oyeron distintamente.” Pero ¿es esto cierto? Sin ir muy lejos y limitándonos a un solo ejemplo, basta con observar en estos dos mismos relatos cómo refiere Lucas el momento en que Pablo oye a Jesús, que lo llama: en uno oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo ¿Por qué me persigues?” (construcción con acusativo; ékousen fonén: 9,4). En otro, en boca del mismo Pablo: “Oí una voz, que me decía: Saulo, Saulo…” (en genitivo: ékousa fonés: 22, 7). Lucas, pues, usa indistintamente una u otra construcción, para indicar lo mismo.

[30] En Juan 12,28 nos encontramos con un episodio donde sucede algo parecido y que puede iluminar la situación que estamos comentando: la voz potente del Padre responde a Jesús: “Lo he glorificado y lo glorificaré”. Los circunstantes opinan que un ángel le ha hablado o que hubo un trueno. No pudieron distinguir la respuesta concreta del Padre, interpretando como mejor les parecía.

[31] Gr. eistékeisan

[32] It. “s’erano arrestati”. || T. Ballarini, “Atti” (ad locum) en su obra: Paolo-Vita-Apostolato-Scritti, Marietti; 1968. Igualmente: J. M. Bover – J. O’Callaghan, Nuevo Testamento trilingüe, (ad locum) traen: “Los hombres que con él caminaban se habían detenido”. La Bible de Jérusalem, Paris (1974) : “Sus compañeros de ruta se habían detenido (s’étaient arretés)”. También la Traduction Oecuménique de la Bible – Nouveau Testament; Paris; 1972. Igual versión ofrece La Biblia del peregrino – Nuevo Testamento, III ; dirigida por L. Alonso Schökel, Bilbao; Estella; 1996; “Los acompañantes se detuvieron”.

[33] Ver v. 26,14.

[34] G. Ricciotti, Gli Atti degli apostoli tradotti e commentati, Roma; 1951; p. 186.

[35] No ha faltado quien vea, también en este encuentro con Ananías, una incongruencia entre el “Pablo de Pablo” y el “de Lucas”, dado que en Gálatas 1,11-12, el Apóstol afirma que “la Buena Noticia que les prediqué… yo no la recibí ni aprendí de ningún hombre.” A lo que podemos responder que, en lo sustancial, es meridianamente claro que Pablo recibió la revelación del mismo Cristo. Pero él mismo declarará contenidos que conoció sólo por la tradición (1 Corintios 11,23; 15,2-3). Y en esta última cita se trata también de “la Buena noticia del Evangelio” (1 Corintios 15,1-2). Por lo demás, Pablo comunica que él ha sido bautizado, al incluirse en esta afirmación: “Todos nosotros hemos sido bautizados para formar un solo cuerpo” (1 Corintios 12,13). Y, como bien apunta J. Sánchez Bosch, “el hecho de que el nombre de Ananías, en otras partes del libro (Hechos 5, 1.3.5; 23,2; 24,1) designe a personajes negativos, tiende a confirmarnos que la figura del buen Ananías no es un puro invento de Lucas.” Nacido a tiempo – Una vida de Pablo Apóstol; Estella; 1994; p. 47.

[36] Ver v. 22,12

[37] J. Jeremias, Der Schlüsser zur Theologie des Apostels Paulus; Stuttgart; 1971; p. 20.

[38] 1 Corintios 6,15; 10,16; 12,12-26; y en Colosenses y Efesios Pablo es el único autor del Nuevo Testamento que acude a esta figura, para hablar del misterio de la Iglesia.

[39] Hechos 24,5.

[40] Hechos 9,5.

[41] Hechos 9,15; 22,15.21; 26,17

[42] K. Stendahl, Paul among Jews and Gentiles, Philadelphia; 1976; London; 1977.

[43] Hechos 2,46; 3,1.

[44] Ibid. 21,26.

[45] Ibid., 24,14

[46] Hechos 9,15; 22,15; 26, 17.

[47] Romanos 11,1. || Pontificia Commissio Biblica, Le Peuple Juïf et ses Saintes Écritures dans la Bible Chrétienne, Città del Vaticano; 2001; p. 189.

[48] Filipenses 3,7. || Pontificia Commissio Biblica, Le Peuple Juïf et ses Saintes Écritures dans la Bible Chrétienne, Città del Vaticano; 2001; p.190

[49] Mateo 3,2; Marcos 1,15.

[50] Pontificia Commissio Biblica, Le Peuple Juïf et ses Saintes Écritures dans la Bible Chrétienne, Città del Vaticano; 2001; p.189

[51] “Cuando no tenía fe, actuaba así por ignorancia,” 1 Timoteo 1,13.

[52] Hechos 3,17.

[53] A. M. Buscemi, San Paolo – Vita, opera, messaggio; Jerusalem;1997; pp. 44-45 y n. 26. J. Sánchez Bosch, Nacido a tiempo – Una vida de Pablo, el apóstol, Estella; 1994; pp. 43-44. Pero tanto el primero (op.cit., p. 52) como el segundo (op.cit., p. 27) hablarán todavía espontáneamente de “conversión”. Lo mismo hará Sánchez Bosch, luego en su obra: Maestro de los pueblos – Una teología de Pablo el Apóstol; Estella; 2007; p. 26.

[54] Lat. “un asunto de palabras.”

[55] Lat. “no se ha de discutir de palabras, cuando consta la cosa.”

[56] “Para mí vivir es Cristo” en Filipenses 1,21.

[57] J. Dunn, La Teologia dell’Apostolo Paolo, Brescia; 1999; pp. 370; 149 y n. 87.

[58] Gálatas 2,20.

[59] D. Wenham, Paul and Jesus – The True Story, London; 2002; p. 17.

[60] Hechos 22; 26.

[61] Ibid., 18.

[62] Sadhu: un anacoreta hindú, que adhirió a la fe cristiana.

[63] Recordamos que se convirtió al catolicismo, siendo el fundador de las “Hermanas de Sión.”

[64] Nuevamente cortamos la cita, anotando cómo en los orígenes eclesiales, todavía no estaba todo claramente explicitado en la doctrina cristiana. La reunión de Jerusalén (Hechos 15,1-35) tuvo que dilucidar si era o no necesaria la circuncisión para los paganos que abrazaran el Evangelio, por ejemplo.

[65] H. G. Wood, The Conversion of St. Paul. Its nature, antecedents and consequences, en: New Testament Studies, I (1953/55) p. 276. Benedicto XVI habla naturalmente de “conversión”: “De hecho, (Pablo) se definirá explícitamente ‘apóstol por vocación’ (cfr. Romanos 1,1; 1 Corintios 1,1) o ‘apóstol por voluntad de Dios’ (2 Corintios 1,1; Efesios 1,1; Colosenses 1,1), como para subrayar que su conversión era, no el resultado de un desarrollo de pensamientos, de reflexiones, sino fruto de una intervención divina, de una imprevisible gracia divina” (Pablo de Tarso en: Benedicto XVI – Joseph Ratzinger, El Año de San Pablo, Buenos Aires; 2008; p. 21). “Pablo, entonces, se convirtió al mismo tiempo, a Cristo y a la Iglesia” (ibid., 34). “En este día en el que se celebra la conversión del apóstol Pablo… Es significativo que la memoria de la conversión del Apóstol de los gentiles coincida con la jornada final de esta importante semana (de oración por la unidad de los cristianos)…” (ibid., 50).

[66] Ver ibid., 22,6.

[67] Ver ibid., 26,13.

[68] Génesis 1,3.

[69] 2 Corintios 5,17.

[70] Esto hizo en el contexto inmediatamente anterior: 2 Corintios 3,7-18, donde su ministerio es declarado superior al de Moisés.

[71] L. Cerfaux, Saint Paul et le ‘Serviteur de Dieu’ d’Isaïe, en: Recueil Lucien Cerfaux, II, Gembloux (1954) p. 449. Hay además otros contactos, que no hacen tan descabelladas las relaciones entre Lucas y los textos de 2 Corintios que estamos comentando. En Hechos 26,18 se habla claramente de un apostolado que aporta luz, para que las naciones paganas salgan de las tinieblas y del poder de Satanás. En 2Corintios 4,4 se describe a los incrédulos, cuyas inteligencias cegó “el dios de este mundo”—tinieblas en Hechos significa ceguera en 2 Corintios mientras que Satanás significa “el dios de este mundo.” Por eso, “hay que abrir los ojos” (Hechos 26,18) de los “cegados” (2 Corintios 4,4). Estamos, entonces, ante dos series de textos paralelos en Hechos y 2 Corintios, que se llaman mutuamente: luz, esplendor, fulguración; misión apostólica, predicación, versus obcecación, velo; poder de Satanás y dios de este mundo; apertura de los ojos, movimiento de las tinieblas a la luz. Y esto en contextos análogos dominados por el pensamiento de la investidura apostólica, que se defiende contra calumnias de los adversarios. Comprobamos una vez más hasta qué punto el “Pablo de Lucas” no es tan diferente al “Pablo de Pablo.”

[72] Filipenses 3, 12.

[73] 1 Tesalonicences 3,8.

[74] 2 Corintios 4,4.

[75] D. Wenham, op.cit., 9.